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¿Y si la respuesta a la desinformación empieza con una pregunta?

Un video sorprendente, un audio que anticipa una catástrofe, una teoría que confirma nuestra “certeza” llega a nuestro celular. Lo envía una persona en la que confiamos. El mensaje provoca m...

¿Y si la respuesta a la desinformación empieza con una pregunta?

Un video sorprendente, un audio que anticipa una catástrofe, una teoría que confirma nuestra “certeza” llega a nuestro celular. Lo envía una persona en la que confiamos. El mensaje provoca m...

Un video sorprendente, un audio que anticipa una catástrofe, una teoría que confirma nuestra “certeza” llega a nuestro celular. Lo envía una persona en la que confiamos. El mensaje provoca miedo, bronca, entusiasmo o indignación y aparece el impulso de compartirlo.

Entre el momento en que recibimos ese contenido y el instante en que lo reenviamos existe una oportunidad para hacernos algunas preguntas. Son preguntas sencillas. La dificultad está en detenernos a hacerlas. Esa pausa puede ayudarnos a decidir si tenemos razones suficientes para hacerlo circular.

¿Quién lo dice? ¿Quién me lo envió y cómo llegó hasta esa persona? ¿Qué pruebas ofrece? ¿Cuándo? ¿Hay algún medio, creador de contenido, periodista, especialista o institución en la que confío que también lo haya publicado?

Las preguntas parecen elementales. Y lo son. Ahí reside buena parte de su potencia, porque pueden ayudarnos a intervenir antes de que un contenido falso o engañoso siga circulando y se convierta en una mentira viral. No podemos controlar todo lo que circula, pero sí tenemos margen para decidir qué hacemos con aquello que recibimos.

La desinformación aprovecha la velocidad, las emociones y la confianza. Un mensaje enviado por alguien cercano puede parecernos más creíble, aunque esa persona tampoco conozca su origen. Una publicación con miles de reacciones puede transmitir una sensación de consenso. Una imagen prolija o una voz convincente pueden simular autoridad. Con la inteligencia artificial generativa, además, la fabricación de rostros, declaraciones y escenas cada vez más difíciles de reconocer a simple vista es parte de la cotidianeidad.

Los datos muestran la dimensión del desafío. Según el Digital News Report 2026, el 54% de las personas consultadas en 48 países accede a noticias online a través de redes sociales y plataformas de video. Al mismo tiempo, el 62% de las personas consultadas manifiesta preocupación por la desinformación en internet, cuatro puntos porcentuales más que el año anterior. En la Argentina, la confianza general en las noticias cayó al 26%, el nivel más bajo de la última década y por debajo del promedio global del informe.

Todo esto ocurre en un escenario delicado. Circula más información de la que efectivamente podemos analizar, llega por caminos cada vez más diversos y contamos con menos referencias compartidas para evaluarla. Frente a ese escenario, desconfiar de todo tampoco ayuda. Cuando cualquier afirmación parece igualmente dudosa, todo termina colocado en el mismo plano. Una investigación que identifica sus fuentes y explica cómo llegó a sus conclusiones ofrece elementos de evaluación que una afirmación anónima no proporciona.

Por eso importa detenernos en las preguntas que podemos hacernos antes de compartir. El pensamiento crítico, en ese momento crítico, permite construir una confianza mejor fundada. Nos ayuda a reconocer quién produce un contenido, con qué intención, qué evidencia ofrece y qué sabemos sobre su procedencia. También permite reconocer que a veces no tenemos elementos suficientes para decidir si algo es verdadero. En esos casos, no compartir es una respuesta responsable mientras buscamos más información.

Las responsabilidades dentro del ecosistema informativo son diferentes. Quien fabrica una falsedad, quien obtiene un beneficio con ella, la plataforma que la amplifica y la persona que la reenvía de buena fe tienen responsabilidades diferentes. También los algoritmos, que no premian la verdad sino que consagran emociones, enojos, polarizaciones. Aun así, cada persona puede interrumpir una parte de ese recorrido. Una pregunta a tiempo puede cortar una cadena antes de que llegue a cientos de pantallas.

Estas capacidades se enseñan, se practican y se fortalecen. La Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) busca justamente desarrollarlas, ayudándonos a acceder a la información, analizarla, evaluar sus fuentes, comprender cómo circula y decidir responsablemente qué hacemos con ella.

Los jóvenes construyen buena parte de su experiencia informativa en redes sociales, plataformas de video, streamings y, cada vez más, herramientas de inteligencia artificial

Una investigación impulsada por Chequeado y realizada por un equipo independiente aporta elementos para pensar ese trabajo. Los participantes clasificaron correctamente, en promedio, el 65,1% de los titulares sobre salud presentados en el estudio. La alfabetización mediática y la alfabetización en salud estuvieron entre las variables asociadas con un mejor desempeño.

Además, el estudio encontró que el error más frecuente fue rechazar información verdadera. Esto refuerza la necesidad de enseñar tanto a detectar falsedades como a reconocer información respaldada.

La escuela puede tener un lugar decisivo en este proceso, especialmente para los jóvenes, que construyen buena parte de su experiencia informativa en redes sociales, plataformas de video, streamings y, cada vez más, herramientas de inteligencia artificial. Analizar una fuente, reconstruir el origen de una imagen, comparar titulares o identificar qué emoción intenta provocar un video son ejercicios que conectan los contenidos escolares con situaciones cotidianas.

Los docentes son aliados fundamentales porque conocen las preguntas reales de sus estudiantes y pueden convertirlas en experiencias de aprendizaje. La tarea también involucra a las familias, los medios, las universidades, las bibliotecas, el Estado y las organizaciones de la sociedad civil. Formar una ciudadanía capaz de desenvolverse en este ecosistema informativo exige una comunidad educativa amplia y activa.

Esa es, quizás, la principal oportunidad en el camino de ayudar a las personas a tomar decisiones informadas. ¿Tenemos que aceptar pasivamente todo lo que llega a nuestras pantallas? No necesariamente. Podemos aprender a mirar mejor, a reconocer fuentes, a contrastar y a convivir con la duda sin que esa duda nos paralice.

Cada pregunta abre unos segundos para recuperar algo que la velocidad digital suele arrebatarnos: la capacidad de decidir. Hacernos una pregunta antes de compartir puede parecer un gesto mínimo. Pero cuando esa pausa se vuelve un hábito compartido, puede transformar la manera en que circula la información y mejorar la conversación pública. Frente a la velocidad, quizás una de nuestras mejores herramientas siga siendo algo tan simple como detenernos a preguntar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/y-si-la-respuesta-a-la-desinformacion-empieza-con-una-pregunta-nid21102026/

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