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Una vida de Felisberto Verne

Hace un mes y medio –lo conté aquí mismo–, una gata paseandera dejó dos de sus crías en la terraza. Cómo reaccionaría Felisberto, el otro habitante felino de la casa, era una incógnita. ...

Una vida de Felisberto Verne

Hace un mes y medio –lo conté aquí mismo–, una gata paseandera dejó dos de sus crías en la terraza. Cómo reaccionaría Felisberto, el otro habitante felino de la casa, era una incógnita. ...

Hace un mes y medio –lo conté aquí mismo–, una gata paseandera dejó dos de sus crías en la terraza. Cómo reaccionaría Felisberto, el otro habitante felino de la casa, era una incógnita. Con la experiencia de sus casi quince años, después de afectar un aire indiferente, se acercó a explorarlos con el morro, con curiosidad, sin celos. Tal vez, en su sabiduría animal, entendió que estaba pasando una posta.

No es habitual adoptar gatos desde su exacta venida al mundo, sin la madre cerca. No fue el caso de aquel gato negro y blanco, que llegó a casa cuando tenía tres meses. Según los cálculos del refugio donde lo recogimos, nació algún día de febrero de 2011. Pronto tuvo nombre y apellido, Felisberto Verne, aunque siempre se lo llamó por el primero. Su identidad completa solo figuró en la ficha veterinaria, su único documento.

Las recién llegadas –hembras, hermanas– tienen un carácter muy distinto entre sí. El de Felisberto, sin embargo, era al inicio mucho más reticente. Tal vez fuera efecto de aquellos dos primeros meses de su vida de los que nada supimos. Tenía un corte en la oreja derecha, quizás marca de alguna agresión. Aunque juguetón, mantenía las distancias. Le escapaba a las caricias, excepto cuando él se acercaba a reclamarlas. Vivió a su antojo.

Los animales, sin embargo, también tienen sus traumas. El ritual higienista de la orquiectomía (la esterilización) fue, para Felisberto Verne, de los menores. El más notorio ocurrió a sus cinco años. De pronto interrumpió su vida cotidiana una bestia de otra especie, un hiperkinético cachorro de border collie. Sus erizamientos de pelo resultaron antológicos; el sentimiento de ofensa, evidente. Se pasaba la mayor parte del día en la parte superior de una escalera, como dejando en claro su autoridad amenazada. Cuando su instinto le dijo que era cosa juzgada, fue más drástico: se lanzó a vagabundear por los techos. No se tenían noticias de él durante días. Una tarde lo vi a media manzana, plantando bandera en otras alturas, las de una obra en construcción.

Ante la falta de resultados, cambió de estrategia. Optó por ocupar la casa a conciencia para contrarrestar la presencia de aquel al que tenía por squatter. Aumentó de peso, se aburguesó. Adoptó una política de mutua tolerancia con el can, aunque se lo sacaba de encima con un certero zarpazo cuando aquel (Bártok, tal su nombre) se tomaba demasiadas licencias. Así, convivieron.

También a los felinos les llega la madurez. Puesto a dieta, recobró su deportividad y también se mostró más sociable. Durante años durmió a los pies de la cama de nuestros hijos. Ya veterano, cambió por la nuestra. Los gatos son animales, no humanos, pero Felisberto a veces buscaba rebatir esa obviedad: se estiraba y abría las puertas, como un caballero aristocrático; a la hora de la cena, en cambio, renegando de su alimento balanceado, posaba de mendigo y tocaba el brazo de tal o cual con golpecitos para que se le compartiera algún manjar. Si no, se instalaba en la silla, como un comensal frustrado, en pacífica protesta. Las panzadas al sol eran, por lo demás, su placer más preciado.

Solo en los últimos meses un estudio señaló que su salud no era la misma. Un problema hepático lo tenía a mal traer. ¿Por cuánto hay que multiplicar para saber la edad de un gato? Por siete es un exceso. Felisberto no era centenario. Mejor multiplicar por cinco: septuagenario suena más verosímil. A la llegada de las nuevas residentes, aceptó con estoicismo el incordio del suero. Apenas redujo su actividad y solo en la última hora del último día se negó a tomar agua o probar bocado. Los animales no se quejan. Partió tranquilo, recostado en un puff, el 30 de diciembre, con esas sacudidas agónicas parecidas a las del sueño. Toda muerte es triste, pero el final de esa larga y breve vida tuvo la compañía de los que lo quisimos. Cuando llegó, mi hija tenía cinco años; hoy tiene veinte. Los gatos no tienen biografía, pero esta es su biografía

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/una-vida-de-felisberto-verne-nid22012026/

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