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Una mirada de gratitud

Hace unos 25 años, casi en otra vida, tuve la grata tarea de dar clases de Lengua en escuelas rurales en Misiones. El área de mis recorridos comprendía unos 15 establecimientos situados en los a...

Una mirada de gratitud

Hace unos 25 años, casi en otra vida, tuve la grata tarea de dar clases de Lengua en escuelas rurales en Misiones. El área de mis recorridos comprendía unos 15 establecimientos situados en los a...

Hace unos 25 años, casi en otra vida, tuve la grata tarea de dar clases de Lengua en escuelas rurales en Misiones. El área de mis recorridos comprendía unos 15 establecimientos situados en los alrededores de la ciudad de Leandro N. Alem, en el sur de la provincia. A veces, para ir de una escuela a la otra, me tocaba caminar por los característicos senderos de tierra colorada, rodeados de la espesa vegetación selvática. Lo que no dejaba de ser un agotador privilegio.

Una vez, en uno de estos recorridos, me topé con un animal enorme que bloqueaba casi toda la senda. Citadino cabal, como era antes y soy hoy, me asustaron el tamaño de ese ejemplar y, sobre todo, sus largos cuernos. De todas formas, al observar que el obstáculo de cuatro patas -sin duda alguna, un bovino- permanecía en actitud mansa, me atreví a pasar por el pedacito de camino que me dejaba libre. Por supuesto, el bicho ni se mosqueó.

Pasó el tiempo, me fui de Misiones, y alguna que otra vez recordé ese episodio con una sonrisa. Pero hace muy poco, mientras hojeaba una vieja Todo es Historia –amo esa revista- di con un artículo sobre el ganado criollo en la época colonial. Allí, el autor, José Carrazzoni, escribió un subtítulo que me impactó: “Los bueyes esperan su reconocimiento”.

Claro. Era un buey el que había interrumpido mi camino aquella vez. O más bien, fui yo el que invadió su territorio. Como sea, el caso es que este noble animal ha cumplido un rol fundamental en el desarrollo civilizatorio de esta parte del mundo. Específicamente, desde el siglo XVI y por un par de siglos más, este bóvido colaboró con el trabajo de la tierra. Fue un verdadero tractor de carne y hueso para tirar del arado. Y también fue decisivo para el transporte. Movilizó carretas por rutas extensas hasta que llegaron los trenes.

La carreta, dice el historiador Andrés Salas, fue “durante tres siglos el más importante medio de transporte de personas y mercaderías en gran parte de nuestro territorio”. Y allí estaban los bueyes para tirar de ellas. Estos animales, que en verdad son toros castrados en edad adulta, recorrían entre 15 y 40 kilómetros por día. Lo hacían a una velocidad de tres o cuatro kilómetros por hora, llevando cargas de entre 1,5 y 2,2 toneladas.

El lado brutal de esta tarea, realizada con resignada mansedumbre, consistía en que la mortalidad de estos bovinos era elevada. El naturalista Tadeo Häenke, que vivió entre los siglos XVIII y XIX, señaló que en un solo viaje habían muerto unos 290 bueyes. “Sus esqueletos alfombraban los caminos”, decía el mencionado artículo de Todo es Historia.

Hecha la más que necesaria reivindicación histórica del buey, quisiera añadir otro de sus importantes aportes. Así como con el esfuerzo de estas bestias el arado dejaba su marca en la tierra, sus huellas también quedaron marcadas para siempre en el habla cotidiana. Estos animales están presentes cuando expresamos que una persona está muy satisfecha en soledad: “El buey solo bien se lame”. También los usamos al decir que dos individuos que comparten intereses nunca van a entrar en conflicto: “Entre bueyes no hay cornadas”. O para señalar que conocemos bien a nuestro entorno: “Yo sé con los bueyes que aro”.

Hay más. Cuando se conversa sin tener un hilo conductor se habla “de bueyes perdidos”. Y cuando aparece alguien que por algún motivo, en general negativo, se diferencia de los demás, se dice que “nunca falta un buey corneta”. Es que así, corneta, se le llama al ejemplar que carece de un cuerno.

Hay una frase más que incluye a este animal y que se relaciona con la fuerza descomunal que ejerce el atractivo femenino sobre la conducta de los hombres. Como esta sentencia es un tanto grosera, es mejor citar una versión más refinada que escuché por ahí: “Jalan más las cintas de las enaguas que una yunta de bueyes”.

Visto todo lo que nos legó esta hidalga criatura, me dan ganas de volver a aquel sendero colorado para cruzarme de nuevo a ese buey y cambiar mi mirada de susto por una de gratitud.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/una-mirada-de-gratitud-nid04052026/

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