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Una aventura bajo tierra: la pareja argentina que recorre Europa buscando tesoros ocultos

María Guadalupe Ponce, correntina, y Esteban Campostrini, de Gualeguaychú, Entre Ríos, se conocieron a comienzos de este año. Desde entonces viajan por Europa en busca de tesoros olvidados, obj...

Una aventura bajo tierra: la pareja argentina que recorre Europa buscando tesoros ocultos

María Guadalupe Ponce, correntina, y Esteban Campostrini, de Gualeguaychú, Entre Ríos, se conocieron a comienzos de este año. Desde entonces viajan por Europa en busca de tesoros olvidados, obj...

María Guadalupe Ponce, correntina, y Esteban Campostrini, de Gualeguaychú, Entre Ríos, se conocieron a comienzos de este año. Desde entonces viajan por Europa en busca de tesoros olvidados, objetos perdidos y rastros del pasado escondidos bajo la tierra del viejo continente.

La pasión de Campostrini, de 31 años, por la detección metálica nació en Entre Ríos, cuando era chico. Los domingos, sus padres cargaban el mate, subían al auto y partían juntos a recorrer campos. “Cuando veíamos alguna casa abandonada, frenábamos y entrábamos a hacer una especie de recorrido. Encontrábamos monedas viejas, cosas. Yo tendría ocho o nueve años y ya hacíamos ese ritual en familia. Eso me generó la curiosidad de pensar: ‘Estamos yendo a estos lugares tan lindos… ¿qué habrá debajo de la tierra?’”.

Con el tiempo entendió que esa curiosidad había sido un legado de sus padres, que le transmitieron la intriga por descubrir qué secretos podían haber quedado enterrados: “Siempre decíamos: ‘uy, capaz dejaron algún tesoro’”.

Dos décadas más tarde, a los 24 años, compró su primer detector. Al principio no le prestó demasiada atención: el equipo era básico, encontraba sobre todo basura y eso lo desanimaba. Pero llegó la pandemia. “Me tocó transitar la pandemia y, como todos, comenzamos a consumir más y más redes sociales. YouTube fue parte fundamental”.

Empezaron a salir detectores de metales nuevos, mucho más innovadores, y me compré uno. Yo soy de Gualeguaychú y tuve el privilegio de que mi familia decidió pasar la pandemia en el campo, en el medio de la nada, por miedo a lo que podía pasar. Como la universidad estaba cerrada y todo era virtual, me fui con ellos. Y conmigo fue el detector de metales. Ahí comenzó mi pasión”, sostuvo Esteban.

En ese entorno rural descubrió que bajo la tierra se escondían objetos de todo tipo: piezas antiguas, tenedores, cucharas y elementos que jamás imaginó. Empezó a transmitir en vivo desde el campo y subía los videos a YouTube para que su abuela, que se había quedado en la ciudad, pudiera verlo. “Siempre me llamaba por teléfono y me decía: ‘¡Qué lindo lo que sacaste!’”.

Al terminar la pandemia, notó que cada vez más personas se dedicaban a la detección metálica. Formó un grupo con compañeros y colegas de Gualeguaychú y empezó a salir a buscar en equipo. “Fue muy divertido”, recuerda. Todavía se emociona al mencionar su primer hallazgo: “Fue una herradura de hierro. ¡Qué bueno! Y creo que todavía la conservo en la chimenea de la casa de mi abuela. Fue el primer objeto que saqué importante, o que yo consideraba importante en ese momento, porque fue muy simbólico para mí”.

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Hace un año, Guadalupe llegó a Portugal en busca de nuevas aventuras. Nacida y criada en Corrientes,se graduó como contadora pública en Resistencia y, tras trabajar en su provincia y luego en Ushuaia, sintió que era el momento de empezar de nuevo en otro lugar. Así llegó a tierras lusitanas.

Conoció a Esteban en el sur de Portugal, a principios de este año, cuando se mudó definitivamente. Él ya vivía allí. A ella siempre le apasionó el senderismo y, cuando descubrió la afición de Esteban por la detección metálica, quedó cautivada. “Me fue contando que también tenía un hobby. Para mí era como algo increíble, súper nuevo, porque sabía de la detección, pero no era parte de mi mundo. No conocía a nadie que hiciera ese tipo de detección”, explicó.

Poco a poco, Guadalupe, de 33 años, fue sumándose a la pasión de Esteban hasta que también se volvió propia. Durante un viaje por Galicia encontró su primer objeto. “Fue una moneda de Galicia de 1800”, recordó.

Sin embargo, fue recién en septiembre pasado cuando se inició de lleno en la detección de metales. La pareja participó del Detectival, el encuentro de personas que se dedican a la detección más grande del mundo. Se realizó el 13 y 14 de septiembre en Inglaterra y reunió a más de 2000 participantes. Durante dos días, aficionados de todas partes exploran más de 500 hectáreas de terreno histórico en busca de monedas, reliquias y tesoros.

Cuando se les pregunta cómo funciona un detector, Esteban lo resume con naturalidad: “Los detectores se manejan con frecuencias. Mandan una señal hacia la tierra y, cuando llega al objeto, rebota. De acuerdo a ese rebote, la frecuencia vuelve al plato del detector y, por medio de la tecnología, te da una señal”. La pareja trabaja con dos indicios simultáneos: las señales auditivas y las visuales. “Los detectores están programados para que cada metal, según su conductividad, te dé un sonido diferente. No solo tenés el sonido —que es muy difícil de interpretar, porque los detectores que usamos con Guada son bastante complejos— sino también la pantalla”, detalló.

En el detector de Guadalupe, la pantalla marca un número del 0 al 30. “Por ejemplo: del 0 al 5 puede ser aluminio; del 5 al 10, monedas de otro material; del 10 al 15 tenemos más posibilidades de oro; y del 15 al 30, más posibilidades de plata. Dependiendo del material, te va a dar un número en la pantalla y un sonido distinto en el oído”, explicó Esteban. La dificultad —advirtió— es que muchos metales tienen composiciones similares: “La conductividad de varios materiales es parecida. Entonces, muchas veces te suena un sonido y un número que vos decís: ‘Esto es un anillo de oro sí o sí’, y sacás un pedazo de aluminio”.

La búsqueda, coinciden, no siempre arroja resultados valiosos. “No es 100% exacto. No existe ningún detector que vaya más de un metro. Las cosas que sacamos son superficiales, a unos 30 o 40 centímetros”, contó Esteban.

Y la mayoría de lo que encuentran es basura. “Totalmente basura. De ocho horas detectando hacemos unos cien pozos, y de esos cien, noventa y cinco son pedazos de lata, chapa… Encontramos picos de botella con vidrio, que a veces es muy peligroso porque hacemos el pozo y tenemos que usar guantes. Y por ahí, dentro de toda esa basura que la gente tira, sacamos alguna monedita”.

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Ahora, la pareja argentina sueña con un nuevo proyecto: recorrer una ruta milenaria que comienza en Inglaterra y termina en el Vaticano. “Es una ruta milenaria que incluso los reyes de Austria hicieron. Va desde una ciudad de Inglaterra, muy cercana a Londres, por una antigua ruta romana que te lleva hasta el Vaticano. Son 2500 kilómetros y estamos craneando y viendo las posibilidades para el próximo año, a principios de año, antes de asentarnos definitivamente en Portugal, poder recorrerla en bicicleta y, obviamente, llevar los detectores de metales”, contaron.

Para Esteban, la detección de metales se convirtió en mucho más que una actividad recreativa. “Es un hobby que me conectó mucho con la naturaleza, con la aventura, con andar por el río, salir a pasear, despejar. Yo considero que la detección de metales no es solamente un hobby, sino una conexión con la tierra y una desconexión de todo lo que hacemos en el día a día”, explicó

Para ambos, es una actividad que les permite desconectarse de la realidad y vincularse con el entorno. “Como todos los piratas, nos gustaría encontrar la moneda de oro”, cerraron

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/una-aventura-bajo-tierra-la-pareja-argentina-que-recorre-europa-buscando-tesoros-ocultos-nid29112025/

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