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Un mundo en transición. El viejo orden se resquebraja y no aparece un reemplazo

La guerra de Irán no inaugura una época: la expone. Llega después de una secuencia de conflictos que, lejos de ser excepciones, empiezan a delinear –según los especialistas– una nueva pauta...

Un mundo en transición. El viejo orden se resquebraja y no aparece un reemplazo

La guerra de Irán no inaugura una época: la expone. Llega después de una secuencia de conflictos que, lejos de ser excepciones, empiezan a delinear –según los especialistas– una nueva pauta...

La guerra de Irán no inaugura una época: la expone. Llega después de una secuencia de conflictos que, lejos de ser excepciones, empiezan a delinear –según los especialistas– una nueva pauta. La de un sistema internacional en el que las normas ya no ordenan, las instituciones no arbitran y los líderes de las principales potencias actúan cada vez con menor restricción. No es todavía un nuevo orden. Pero parece claro que el viejo, tal como lo conocíamos, ha dejado de regir. Reina la imprevisibilidad y no hay certezas sobre cuánto tiempo se extenderá esa transición.

Las tensiones geopolíticas, más allá del enfrentamiento entre Estados Unidos e Israel con Irán, atraviesan un momento de alta densidad, con múltiples focos simultáneos que reconfiguran el equilibrio global. Lejos de la lógica bipolar de la Guerra Fría, el escenario actual se caracteriza por una competencia más fragmentada, donde potencias tradicionales, actores emergentes y conflictos regionales se entrelazan en una dinámica inestable.

La rivalidad entre Estados Unidos y China excede lo comercial, aunque ese sea un factor clave, y se proyecta sobre distintas cuestiones estratégicas como el control de semiconductores, la inteligencia artificial y las rutas marítimas. El problema de Taiwán funciona como uno de los puntos más sensibles. Para Pekín es una provincia rebelde, mientras que Washington sostiene su autonomía y le brinda apoyo político y militar, elevando el riesgo de una confrontación.

‘Estamos en un orden que cruje, lo que significa desorden y caos, quiebra de procedimientos, reglas y costumbres’, dice Diana Tussie

En paralelo, la guerra entre Rusia y Ucrania, tras la invasión lanzada por Vladimir Putin, continúa siendo un elemento desestabilizador relevante. No solo redefinió la seguridad europea, sino que impactó en los mercados energéticos globales (como ahora lo hace Irán al mantener cerrado el estrecho de Ormuz). La Unión Europea se vio obligada a diversificar sus fuentes de gas y petróleo, con consecuencias directas sobre precios e inflación.

A esto se suman las tensiones en Medio Oriente desatadas por el ataque de Hamas de octubre de 2023 y la represalia israelí, que incluye la crisis humanitaria en Gaza; la fragilidad en que viven Siria y el Líbano y las disputas entre Arabia Saudita y Turquía. En este escenario, los expertos destacan el ascenso de potencias intermedias como India y Brasil, que buscan mayor autonomía y evitan alineamientos rígidos.

“Estamos en un orden que cruje, lo que significa desorden y caos, quiebra de procedimientos, reglas y costumbres. Es un interregno entre un sistema que se deshace y el siguiente que no llega”, describe Diana Tussie, directora de Relaciones Internacionales de Flacso. “No se trata de una transición ordenada, sino de una desarticulación. Y el orden que se irá instaurando no será una vuelta atrás, habrá nuevos procedimientos, nuevos intereses”.

Tussie señala que desde 1945, cuando se crea la Organización de Naciones Unidas (ONU), había en el mundo un conjunto de pautas que seguramente necesitaba cambios, pero que ofrecía cierto orden; ahora hay un retroceso de las instituciones. “Los organismos internacionales no tienen la fuerza de antes. Podían gustar más o menos, pero daban reglas”, dice.

Juan Gabriel Tokatlian, responsable del departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella, señala que desde hace unos años hay un debate sobre el estado del orden mundial. Algunos afirman que hay una transición que supone cambios en el poder relativo de las principales potencias (Estados Unidos y China), uno asciende, el otro desciende, algo que no siempre se dirime en una guerra. Otros destacan en cambio que hay un interregno, una etapa histórica en la que “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”.

“La promoción de la democracia está en uno de los puntos más bajos de la historia“, dice Federico Merke

“Lo que ambas posturas tienen en común es que habrá un desenlace –dice Tokatlian–. A mi entender y, más allá de algunos muy relevantes aportes de estas perspectivas, estamos asistiendo a un orden internacional sin hegemonías. Habrá más reacomodos, fricciones y pugnacidad. Vivimos una fase inicial de ese vacío hegemónico y, por eso se remarca que el escenario es incierto, turbulento y crítico”.

Federico Merke, profesor asociado de la Universidad San Andrés, coincide en que el orden global tal como se lo conoció desde el fin de la Guerra Fría se está eclipsando. “Ese orden liberal internacional que perseguía integración económica, capitalismo abierto, promoción de la democracia y de los derechos humanos y cooperación internacional está en una situación muy crítica –advierte–. Está erosionado, las reglas no se cumplen”.

Tokatlian señala que hay siempre una relación entre la distribución de poder mundial, las instituciones que se forjan y las normas que las sustentan

Y enumera: “La promoción de la democracia está en uno de los puntos más bajos de la historia; Estados Unidos desatiende los compromisos por el cambio climático; en materia de energía nuclear no hay prácticamente ningún tratado que restrinja a los que tienen la bomba; las políticas de migraciones sufren cambios drásticos; hay retiros de la Organización Mundial de la Salud. Pero lo más crítico, es la guerra. Países que invaden, que atacan, matan lideres sin importar las reglas”.

Tokatlian señala que hay siempre una relación entre la distribución de poder mundial, las instituciones que se forjan y las normas que las sustentan. “La ONU, en 1945, selló una distribución de poder derivada de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial y la preponderancia de las reglas e intereses de cuño occidental fue elocuente. Hoy existe una compleja redistribución de poder de Occidente a Oriente, acompañada de la irrupción del sur global y del empoderamiento de actores no estatales que tienen más recursos e influencia que la suma de varios países”.

En ese contexto, el experto sostiene que la crisis de Naciones Unidas deriva de una nueva realidad. “Estamos en un mundo en el que un dato clave es la resistencia de Occidente a adaptarse a las profundas transformaciones. Por eso, el llamado orden basado en reglas, horadado desde Occidente mismo, está resquebrajado y desacreditado. No al azar, entonces, la ONU ha tenido un papel infecundo e incompetente en Irak, Afganistán, Crimea, Yemen, Sudán, Ucrania, Gaza e Irán, entre otros”.

Ricardo Dessey, economista jefe de Citibank Cono Sur y docente de las universidades Di Tella y de La Plata, pone la lupa sobre el impacto que la guerra de Irán tendrá sobre la economía mundial. “Depende de la duración del conflicto y de los participantes”, define. En un escenario de “corta” extensión –hasta unas seis o siete semanas– su proyección es que el precio del petróleo de abril en adelante convergería en US$85 para terminar en US$70 en el segundo semestre; el crecimiento global alcanzaría 2,75% y la inflación 2,6%. “Esa normalización depende de que el sistema recupere previsibilidad”, enfatiza. “Si la guerra se alarga hasta unos seis meses, el crecimiento global quedaría debajo del 2% y la inflación rondaría entre 3% y 3,5% en el año. Y, en vez de tres reducciones de tasa por parte de la Reserva Federal, habría una de 25 puntos”.

Dessey señala que la clave es, más que el fin de la guerra, la liberación del estrecho de Ormuz, por donde pasa un quinto del petróleo que se consume en el mundo: “Ahí aparece incerteza. Incierto es peor que malo, porque frena la inversión y sin ese ingrediente no hay crecimiento, no hay prosperidad”.

El economista sostiene que el impacto de la situación es asimétrico. “Hay países menos vulnerables e, incluso, algunos que pueden salir beneficiados, como los que producen alimentos y energía, que es lo que priorizan las naciones en estas situaciones”. Sin embargo, que el conflicto se alargue sería muy malo para esos países. “Lo que hoy es una ventaja se convertiría en un imán para potencias dominantes –dice–. Migraríamos de un modelo multilateral a uno imperial. Habría dos que mandan, un mundo de señores feudales. La probabilidad es baja, pero no cero”.

Para Dessey, la respuesta a estas incertidumbres globales pasa por el “salto del progreso tecnológico, que elevó en gran medida la productividad”.

Alineamientos

Los alineamientos fueron propios de la Guerra Fría, apunta Tokatlian. “Pero, desde los años 90, un buen número de países –los poderes intermedios, las potencias regionales– procuran disponer del máximo número posible y combinado de opciones estratégicas para evitar el alineamiento aquiescente”. Entre esas opciones menciona la diversificación activa, la acción conjunta con los países afines, el hedging (cobertura de riesgos en el frente externo) o la colaboración selectiva con potencias. “La idea central es evitar la dependencia o sumisión a los poderosos; cualesquiera sea”, señala.

En ese sentido, destaca que hoy es fundamental para un país preservar y ampliar la autonomía internacional. “El objetivo es afirmar los intereses nacionales, el bienestar colectivo y la seguridad nacional. En ese sentido, la Argentina estableció una subordinación consentida a Estados Unidos en medio de un traslado del epicentro de poder, prestigio e influencia de Occidente a Oriente”, afirma. “Es paradójico que la elite y el Presidente se abracen a Estados Unidos cuando pasa por un momento de declive internacional,con un gobierno híbrido donde cada día hay más componentes autoritarios. Poco de eso interesa a los libertarios y a los liberales, por igual”.

Tussie coincide con que hay una declinación estadounidense, cuando llevaba dos siglos expandiéndose. Y Merke aporta: “Hoy Estados Unidos es el principal spoiler del orden; fue su arquitecto, pero ahora está concluyendo que no le cierra, que no le conviene, y lo desarma desde adentro”.

Respecto del posicionamiento de América Latina, Tussie apunta que, salvo alguna excepción, siempre estuvo en el espacio estratégico de Estados Unidos. “Pero hay que tener en cuenta que no había presencia estatal de Rusia o China en la región –agrega–. Eso cambió. Hoy China es inversora, prestamista, tiene influencia en organismos internacionales. Es otro mundo, mucho más difícil de administrar”.

Lucha de egos

Merke señala que el mundo demanda orden, reglas, pero que no hay oferta en ese sentido. “China quiere volver a las reglas de la carta de Naciones Unidas después de la Segunda Guerra; quiere reglas, pero desmontando la parte liberal. No acepta la intervención en asuntos internos por cuestiones de democracia y derechos humanos. Abrió su economía, se sumó al comercio internacional, pero no acuerda con las normas generales de la gobernanza y de la transparencia. El orden liberal fue creciendo, pero su universalidad es cuestionada por China”.

Tussie estima que la actual coyuntura fue generada por “factores estructurales”. Para Merke es difícil generalizar, pero en el caso de los países con capacidad de provocar los daños más sustantivos, sus líderes son muy mayores, concentrados en definir sus legados. Están en un ciclo casi final, enfocados en lo que van a dejar. Hay una lucha de egos”.

Los tres analistas coinciden en que puede pasar mucho tiempo antes de que el mundo supere la actual incertidumbre

Puntualiza que Vladimir Putin quiere una Rusia restaurada; Benjamín Netanyahu, una Israel más grande; el iraní Mojtaba Khamenei, eliminar a Israel, y Trump, un Estados Unidos grande de nuevo. “Los marca la cultura del hombre fuerte, del que custodia lo suyo y sospecha de lo ajeno. Además, hay poca confianza entre ellos. Por otro lado, Europa está parada en su propia perplejidad ante el desafío geopolítico de Rusia, el geoeconómico de Rusia y Estados Unidos, y el cordón de inestabilidad entre Medio Oriente y el norte de Africa”.

Tokatlian admite que los rasgos de los individuos “juegan un rol importante, aunque nunca excluyente, en la inserción internacional de un país”.

Los tres analistas coinciden en que puede pasar mucho tiempo antes de que el mundo supere la actual incertidumbre. “Asistimos a una coyuntura en la que predomina la pos–legalidad en el ámbito del derecho internacional. Se lo manipula, se lo desconoce o se lo quiebra en función de los intereses estratégicos de las potencias, que operan con escasa rendición de cuentas y con un permanente despliegue militar”.

Sin embargo, para Merke el derecho internacional resistirá. “No va a desaparecer, las reglas tampoco, aunque algunas quedaran obsoletas”.

Aun así, no parece sencillo visualizar todavía, desde este presente tan inestable, un nuevo orden que ocupe el lugar que está dejando aquel que no pudo resistir los vientos de cambio que trajo el siglo XXI.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/un-mundo-en-transicion-el-viejo-orden-se-resquebraja-pero-no-aparece-otro-que-lo-reemplace-nid04042026/

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