Un mundo en trance distópico (y la batalla por una paz justa en Ucrania)
Una generación sin momentos fundacionalesLas generaciones nacidas en las últimas dos décadas crecieron bajo la sombra de crisis concatenadas: la gran recesión, la pandemia, la guerra en Europa,...
Una generación sin momentos fundacionales
Las generaciones nacidas en las últimas dos décadas crecieron bajo la sombra de crisis concatenadas: la gran recesión, la pandemia, la guerra en Europa, el deterioro climático y la erosión visible de la democracia liberal en múltiples latitudes. A diferencia de quienes vivieron la derrota del nazismo, la caída del muro de Berlin y el fin de la guerra fría, o la liberación de Nelson Mandela, su memoria política no está asociada desde entonces a hitos de expansión de libertades sino a la sensación de un orden que se fragmenta.
Diversos centros de análisis coinciden en que el sistema internacional atraviesa una transición turbulenta. El World Economic Forum advierte que los riesgos geopolíticos se entrelazan con amenazas climáticas y tecnológicas, creando un escenario de potencial inestabilidad prolongada. El International Institute for Strategic Studies, por su parte, registra el mayor incremento sostenido del gasto militar global desde el fin de la Guerra Fría. No se trata solo de percepciones: la estructura misma del poder mundial está en mutación.
La erosión del consenso liberalEl principio de soberanía territorial, pilar del orden posterior a 1945, enfrenta su prueba más severa en Ucrania. El Carnegie Endowment for International Peace ha señalado que el desenlace del conflicto será determinante para la credibilidad del sistema internacional basado en reglas. Si la anexión de territorios por la fuerza se consolida, el precedente excederá ampliamente el teatro europeo.
Desde otra perspectiva, el Council on Foreign Relations subraya que el proyecto estratégico del Kremlin combina ambiciones históricas con una narrativa de agravio frente a la expansión occidental. El RAND Corporation añade que Moscú percibe la guerra como una confrontación existencial con la arquitectura de seguridad europea surgida tras 1991. Esa combinación de revisionismo y percepción de amenaza explica la persistencia del conflicto.
Pero desde ya el deterioro explicativo no es exclusivo de Rusia. La calidad del debate público en democracias consolidadas también se ha visto afectada por la polarización y la desinformación. Estudios de la Brookings Institution y de Chatham House muestran cómo la guerra informativa y la manipulación digital debilitan consensos básicos y erosionan la confianza institucional. La batalla por la narrativa se ha convertido en un frente tan decisivo como el militar. Lamentablemente, hoy el mundo asiste a que en la mayoría de los países del planeta no son las democracias liberales las que gobiernan, sino modelos de autocracias, autarquías o directamente crueles dictaduras. Y todo ello en permanente crecimiento. Gravísimo.
Estados Unidos: liderazgo, fatiga y debate internoEn Washington, la discusión sobre el alcance del compromiso con Ucrania atraviesa divisiones partidarias y estratégicas. El American Enterprise Institute expresa que sostener a Kiev es fundamental para preservar la credibilidad global de EEUU y disuadir a otros actores revisionistas. En contraste, el Cato Institute enfatiza los costos fiscales y el riesgo de escalada, promoviendo una aproximación más contenida.
Las recientes declaraciones del Secretario de Estado de los EEUU, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich reflejan la tensión entre esas corrientes. Rubio insistió en que cualquier negociación debe impedir que la agresión sea recompensada y garantizar la soberanía ucraniana. Su postura se alinea con una visión clásica de defensa del orden liberal: la estabilidad duradera solo puede basarse en reglas claras y en la no legitimación de la conquista territorial.
Sin embargo, el contexto político estadounidense introduce incertidumbre. El liderazgo de Donald Trump y el avance de corrientes más nacionalistas plantean interrogantes sobre la continuidad del apoyo estratégico a Kiev. La credibilidad de la disuasión occidental depende no solo de la capacidad militar, sino también de la coherencia política interna.
El discurso de Rubio se ha dado en un contexto de tensiones por políticas comerciales, desacuerdos sobre Groenlandia, Rusia y Ucrania, y debates sobre la responsabilidad que deben asumir los europeos en defensa y autonomía estratégica.
A pesar del espíritu más amistoso del Secretario Rubio en comparación con las del Vice Presidente de EEUU, J.D.Vance, meses atrás, muchos líderes europeos concluyeron en que los resultados de las visiones europeas y estadounidenses en la Conferencia, permiten afirmar que Europa necesita defender sus propios intereses con mayor independencia y no depender tan fuertemente de EEUU.
El discurso de Rubio fue recibido con una mezcla de alivio y cautela: alivio por un tono menos directo que en ocasiones anteriores, pero también controversia por su contenido ideológico y exigencias implícitas para que Europa adopte ciertas políticas y valores.
Europa reafirma la importancia de la alianza transatlántica, pero también manifiesta sus propias prioridades estratégicas, que no siempre coinciden con la visión expresada en el discurso estadounidense, sea de Trump, de Vance o del mismo Rubio.
Europa ante su prueba históricaPara Europa, la guerra en Ucrania es una cuestión existencial. El German Marshall Fund advierte que la cohesión transatlántica será determinante para el desenlace del conflicto. Si Estados Unidos reduce su implicación, la Unión Europea deberá asumir mayores responsabilidades en defensa y financiamiento, pero eso llevará tiempo y no está claro si Europa lo dispondrá antes de una nueva y eventual agresión rusa, esta vez ya no a un país ex soviético y que no forme parte de la UE, o peor aún, de la OTAN
Al mismo tiempo, el European Council on Foreign Relations observa una creciente fatiga social y económica en varios países europeos. La tensión entre sostener principios normativos y gestionar costos internos podría erosionar la unidad política. Esa fragilidad es observada con atención por Moscú, que tiene un gran aliado en la Hungría de Orban, que ha declarado con total desparpajo, que el peligro para Occidente no es Rusia sino Europa. Cabe recordar que Hungría es uno de los 27 miembros de la UE.
El tablero global: más allá de UcraniaEl impacto del conflicto trasciende el continente europeo. El Center for Strategic and International Studies sostiene que el desenlace influirá en los cálculos estratégicos de China respecto de Taiwán. Si la fuerza produce beneficios tangibles, otros actores (en este caso, China) podrían sentirse incentivados a adoptar conductas similares a la de Rusia.
La respuesta a esto la da Japón, incrementando su gasto militar a un 2% del PBI, a instancias de lo decidido por su nueva Primer Ministro, Sanae Takaichi.
Asimismo, el Atlantic Council advierte que la competencia por recursos estratégicos -incluidos minerales críticos y rutas árticas- puede intensificarse en un mundo donde la cooperación multilateral pierde densidad. La guerra en Ucrania es, en ese sentido, un síntoma de una transición más amplia hacia una estructura internacional más fragmentada y competitiva.
El frente militar hoy: desgaste, adaptación y límites estructuralesEn el plano estrictamente militar, la guerra en Ucrania ha ingresado en una fase de desgaste prolongado, con avances tácticos limitados pero políticamente significativos. El Institute for the Study of War (ISW) sostiene en sus informes más recientes que Rusia mantiene la iniciativa en determinados sectores del frente oriental, particularmente en áreas del Donbás, pero que esos avances continúan siendo graduales y a un costo humano y material considerable. Moscú prioriza la presión constante antes que la maniobra profunda, apostando a erosionar la capacidad ucraniana más que a obtener rupturas estratégicas decisivas.
No obstante, Ucrania ha logrado estabilizar sectores críticos mediante una combinación de defensa en profundidad, ataques de precisión contra nodos logísticos rusos y una creciente adaptación tecnológica, en especial en el uso de drones y guerra electrónica. La dinámica actual no muestra indicios de un colapso inminente de ninguna de las partes, pero sí revela una asimetría estructural: Rusia conserva mayor volumen de recursos movilizables, mientras Ucrania depende de la continuidad del apoyo occidental para sostener su capacidad operativa.
Otro elemento central señalado es que el Kremlin continúa combinando la ofensiva militar con una estrategia político-informativa orientada a fracturar la cohesión occidental. El cálculo ruso parece descansar en la hipótesis de que el tiempo juega a su favor: prolongar la guerra podría debilitar la unidad europea y erosionar la voluntad política estadounidense.
Infraestructura, economía y guerra de resistenciaEl conflicto ya no se limita al frente terrestre. Rusia mantiene ataques sistemáticos contra infraestructuras energéticas y logísticas ucranianas, buscando degradar la resiliencia económica y la moral social de los ucranianos. Ucrania, por su parte, ha intensificado ataques de largo alcance contra instalaciones militares y energéticas dentro del territorio ruso, ampliando la dimensión estratégica del conflicto.
En términos operacionales, la guerra se ha convertido en una competencia de adaptación industrial. La capacidad de producir y reponer municiones, drones y sistemas de defensa aérea es tan decisiva como la posesión de territorio. La pregunta central ya no es únicamente quién avanza más kilómetros, sino quién puede sostener el esfuerzo bélico durante más tiempo sin fracturas internas.
Las negociaciones: entre la diplomacia y la presión militarEn paralelo, las conversaciones entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos atraviesan una fase compleja y aún preliminar. Las rondas recientes no han producido avances ni mucho menos un acuerdo concreto, pero sí han permitido delimitar las posiciones irreductibles de cada actor.
Rusia insiste en el reconocimiento -explícito o de facto- de los territorios ocupados y en garantías de neutralidad estratégica de Ucrania. Kiev, respaldada por Europa y en mucho menor medida por Washington, rechaza cualquier fórmula que legitime anexiones por la fuerza. EEUU intenta explorar fórmulas intermedias que combinen garantías de seguridad a largo plazo para Ucrania con mecanismos de verificación que hagan viable un eventual Alto el Fuego.
Los resultados hasta ahora son muy limitados. No existe consenso sobre el status territorial ni sobre el esquema de seguridad futura. Sin embargo, se han discutido posibles marcos técnicos para supervisar un cese de hostilidades, intercambios de prisioneros ampliados y mecanismos de reducción de riesgos alrededor de infraestructuras críticas, incluida la central nuclear de Zaporishia.
¿Qué podría obtener cada parte?Desde una perspectiva realista, los escenarios posibles se concentran en tres alternativas:
1. Congelamiento del conflicto con líneas de control estabilizadas pero sin tratado de paz definitivo.
2. Acuerdo gradual por etapas, donde primero se consolide un alto el fuego verificable y luego se abran negociaciones territoriales más amplias.
3. Prolongación del desgaste, si ninguna de las partes percibe incentivos suficientes para concesiones significativas.
El ISW ya citado advierte que Rusia podría utilizar el proceso negociador como instrumento táctico para ganar tiempo, reorganizar fuerzas o presionar por alivio de sanciones sin modificar sustancialmente sus objetivos estratégicos. Para Ucrania, el riesgo es aceptar un acuerdo que congele la vulnerabilidad estructural sin garantías de seguridad sólidas. Para EEUU, el dilema es equilibrar apoyo sostenido con contención de riesgos de escalada directa. Europa ve como las charlas se suceden y jamás se la invita a participar de ellas y eso constituye un handicap gratuito que se ofrece a la Federación Rusa sin percepción de contraprestaciones equivalentes.
El factor tiempo y la voluntad políticaEn última instancia, la evolución del frente militar condiciona la diplomacia. Si Ucrania logra mantener estabilidad defensiva y demostrar capacidad de infligir costos significativos a Rusia, su posición negociadora se fortalece. Si, por el contrario, la Federación consolida avances territoriales y capitaliza la fatiga occidental, el margen de maniobra de Kiev podría reducirse.
La guerra en Ucrania no está en un punto de resolución inminente. Se encuentra, más bien, en una fase donde el cálculo estratégico de cada actor se entrelaza con variables políticas internas y con la percepción global de credibilidad. Lo que ocurra en el campo de batalla en los próximos meses influirá decisivamente en la arquitectura de cualquier eventual acuerdo.
¿Qué significa una paz justa, estable y duradera?La noción de paz en Ucrania no puede reducirse a un simple Alto el Fuego. El International Crisis Group subraya que un acuerdo sostenible debe combinar realismo estratégico con legitimidad política. Una paz que consolide anexiones sin garantías podría generar una guerra congelada lista para reactivarse. Pero una estrategia maximalista sin correlato militar también prolongaría el sufrimiento.
La justicia implica respeto por la soberanía, mecanismos de rendición de cuentas y garantías de seguridad creíbles. La estabilidad requiere equilibrio de poder y compromisos verificables. La durabilidad demanda reconstrucción económica e integración institucional. Si uno de estos componentes falla, el acuerdo será frágil.
También implica compromiso a largo plazo. En ese sentido, el Presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, acaba de declarar en la Conferencia de Seguridad de Múnich que las garantías de seguridades que certificaría EEUU deben ser de 20 o más años de plazo, en contraste con los 15 años ofrecidos por las autoridades estadounidenses. Agregó que esas seguridades son el apoyo de EEUU a las fuerzas europeas que se instalarían en terreno ucraniano una vez que se logre un acuerdo de paz.
El dilema del poder y el derechoEl núcleo del debate es si el orden internacional puede renovarse sin abandonar sus principios fundacionales. La guerra en Ucrania es el laboratorio donde se confrontan dos lógicas: la del poder desnudo y la del derecho internacional. Las declaraciones de Rubio en Múnich reflejan una supuesta apuesta por la segunda, pero su efectividad dependerá de la voluntad colectiva de sostener costos y asumir riesgos.
Si las democracias logran coordinarse, reforzar la disuasión y abrir al mismo tiempo canales de negociación realistas, la paz podría asentarse sobre bases sólidas. Si, en cambio, prevalece la fragmentación y la fatiga estratégica, el resultado podría ser un acuerdo precario que deje abierta la puerta a futuras conflagraciones.
Una encrucijada históricaLa política internacional vive un momento de inflexión. El conflicto ucraniano concentra tensiones acumuladas durante años: rivalidades geopolíticas, crisis de legitimidad democrática, competencia tecnológica y disputas energéticas. El desenlace no determinará únicamente el mapa de Europa oriental, sino también la naturaleza del orden global en las próximas décadas.
La posibilidad de una paz justa, estable y duradera en Ucrania dependerá de la capacidad de las potencias occidentales para sostener coherencia estratégica, de la disposición rusa a recalibrar sus objetivos, y de la habilidad ucraniana para combinar resistencia con diplomacia. En ese delicado equilibrio se juega algo más que un territorio: se define si el siglo XXI estará regido por normas compartidas o por la ley del más fuerte o poderoso.