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Un mes y medio sin Maduro: volver a Venezuela, ¿posibilidad real o utopía? La visión de los exiliados en la Argentina

El 3 de enero pasado fue un día histórico para los ocho millones de venezolanos que viven en la diáspora, entre ellos, los más de 300.000 que residen en la Argentina. El Obelisco fue una fiesta...

Un mes y medio sin Maduro: volver a Venezuela, ¿posibilidad real o utopía? La visión de los exiliados en la Argentina

El 3 de enero pasado fue un día histórico para los ocho millones de venezolanos que viven en la diáspora, entre ellos, los más de 300.000 que residen en la Argentina. El Obelisco fue una fiesta...

El 3 de enero pasado fue un día histórico para los ocho millones de venezolanos que viven en la diáspora, entre ellos, los más de 300.000 que residen en la Argentina. El Obelisco fue una fiesta entre la euforia y la incredulidad, las lágrimas y los gritos de victoria, ante la detención de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. “Estoy convencida de que esos líderes tendrán el mayor de los protagonismos, junto a ustedes que volverán a su Venezuela querida cuando las condiciones se den. Los vamos a extrañar”, afirmó la senadora Patricia Bullrich, un día después, en otra celebración de los exiliados al pie del ícono porteño.

A un mes y medio, el escenario es uno muy distinto, cuando la realidad comienza a imponerse, empiezan a crecer las dudas, el desencanto y, de nuevo, el miedo.

Ahora, ante la pregunta concreta sobre la posibilidad de regresar a su país, el ímpetu inicial dio paso a la cautela, dejando atrás las declaraciones y reclamos a viva voz contra la dictadura y por los derechos humanos. La posibilidad, por remota que parezca, existe. Volver es una opción en el horizonte y entonces la estrategia se impone.

Como las familias de quienes decidieron abandonar el país aún permanecen allá, la nostalgia se mezcla con miedo a represalias. Para muchos ya no es una opción hablar públicamente, contar los crímenes, la persecución, la escasez de alimentos y medicamentos, o las historias del Helicoide, la prisión donde se alojan los presos políticos del chavismo.

La llegada de Delcy Rodríguez a la presidencia interina al poder perpetuó el régimen y aún se aguarda la aprobación de la anunciada ley de amnistía.

Los que ansían volver, pero guardan anonimato

Ana María es docente y tiene 50 años. Llegó hace ocho años al país, en 2017, en plena oleada migratoria que siguió a meses de protestas en Venezuela, con decenas de muertos por la represión. Para muchos, ese fue el momento en que quedó claro que no había salida política cercana y que había que irse: se conoce como la generación de los 8 años.

“Fue un momento muy, muy difícil en el que no teníamos qué comer, en muchos hogares se redujo a dos comidas. Yo tenía a mis dos niñas pequeñas, una falleció por la precariedad del sistema médico porque fueron uno de los primeros perseguidos políticos que se fueron del país. Si necesitabas un especialista en gastroenterología, te atendía un neurólogo. Eso fue lo que ocurrió. Y salí para poder darle seguridad a mi hija mayor”, detalló.

Ahora se abre la posibilidad del retorno, pero son los propios venezolanos los que se preguntan: ¿hacia qué?, ¿cómo sigue?, ¿es seguro?, ¿va a cambiar? “Yo siento que a mí la tierra me llama”, dice Ana María. Tiene fe, está segura que sí, pero hay que tener paciencia y cautela, por eso el anonimato, todos tienen familia allá.

Es la misma historia de Julia y Carmen. La primera tiene 67 años, se dedica al coaching y también llegó con la generación de los 8 años, dice que “regresar ahorita es peligroso, yo no sé si a mí me están esperando en el aeropuerto, si estoy en la lista ; si no, volvería de una vez. Allá quedó el dolor y ese dolor me llama, tiene que ser sanado para que las generaciones se puedan encontrar, Venezuela se va a reconstruir con la gente que migró”.

Carmen, de 70, concuerda. Vino hace seis años a visitar a su hija y su nieta y se tuvo que quedar por la pandemia. “No vine preparada para quedarme, dejé mi casa y mis cosas. Hoy no pienso en volver pero sé que debo hacerlo, hay que tener paciencia, el cambio político puede ser rápido pero el cultural va a llevar mucho más tiempo”, explica.

Helen tiene 63 años y hace casi cinco que llegó con dos de sus hijas. Ella también tiene grandes esperanzas para Venezuela. “Hay una luz al final del túnel, sabía que en algún momento iban a cambiar las cosas, esto nos abre una nueva puerta para pensar y creer que es posible”, dice.

No obstante, también tiene miedo de hacer públicas sus expectativas para un nuevo país al que quiere regresar cuando sea seguro. “Me lo guardo y me lo reservo, me lo degusto en mi silencio porque la situación todavía no se ve clara, están las redes y toda la información, entonces es una prevención no aparecer. Yo tengo familia allá”, aclara.

Los que dudan del cambio

Antonio hace más de 20 años que vive en nuestro país. Vino porque se enamoró de una argentina, pero nunca se desentendió de Venezuela. De hecho se convirtió en un referente comunitario, ayudando a migrantes a establecerse y a recibir contención de sus compatriotas.

“Cambió el personaje principal, que en esta película murió en el capítulo anterior. Y ahora están los herederos o los socios de la empresa. Esto fue un matrimonio no convenido”, opina Antonio de la caída de Nicolás Maduro y la decisión de Donald Trump de que el régimen permanezca en el poder. “Ya vivimos esto muchas veces: parecía que era ahora y no pasó nada. Empezó cuando renunció Chávez y a las 48 horas estaba de vuelta hasta las últimas elecciones que ganó González Urrutia, pero no ganó”, agrega.

Julia González tiene 45 años, es diseñadora gráfica y comediante de stand up que llegó hace cinco. Cuenta que el deseo de volver está latente, pero, como la mayoría de sus compatriotas, está viendo cómo evoluciona “porque nosotros ya vivimos esto”, coincide con Antonio. “En algún punto vivimos una supuesta renuncia, porque después fue negada. Veíamos todo un escenario claro que no nos duró ni 48 horas. Entonces todos estamos en esa expectativa”.

La necesidad del anonimato también la toca de cerca. “Maduro ya no está en el poder, pero sigue el régimen que rechazamos. Tenemos miedo por nuestros familiares, porque a partir del 3 de enero nos contaron que empezó un acoso masivo en las calles de Venezuela; ibas caminando a comprar unos víveres y te paraba un policía a quitarte el teléfono y revisarte tu WhatsApp”, describe.

Los que ya no vuelven

Los más jóvenes entrevistados por LA NACION parecen los menos dispuestos a volver. Toda la vida que conocen está aquí. Andrés tiene 21 años, llegó hace seis, estudia y tiene novia argentina. “La Argentina me ha acogido muy bien y siento que es como mi segundo país, mi hogar. Iría de vacaciones, de visita, pero no a quedarme”, advierte.

Su hermano, Joan, tiene 40 años, está aquí desde 2015 y piensa igual. Es dueño de un restaurante de comida venezolana. Gran parte de su familia y un hijo viven en Buenos Aires. “Siempre tuve en claro que no iba a volver. La Argentina es un país muy lindo, la Capital es como vivir en Caracas, con el mismo ritmo de vida. No volvería ni de vacaciones; la mayoría de los venezolanos anhela la playa, pero a mí nunca me gustó, me gusta más el frío, aquí hay estaciones. Estoy muy bien”, comenta.

Eusebio es chofer de remise, al igual que lo era en Venezuela. Tiene 45 años y está casado con Ana María, la maestra que sueña con volver a reconstruir su país. Él, en cambio, no tiene esa ilusión. “El problema es cultural, a las generaciones que nacieron con esta gente ya no les puedes cambiar la cabeza. Aquella Venezuela que nosotros conocimos, la Venezuela Saudita, la democrática, la de la bonanza, ya no existe”, sostiene.

Los que pueden alzar la voz

Marilyn Oviedo Villarreal tiene 40 años, es abogada, activista en derechos humanos y migración, y presidenta de la ONG Save My Identity. “La situación sigue siendo ambigua, hay un limbo institucional y jurídico, entonces, yo el retorno inmediato no lo haría y tampoco lo aconsejaría. Hay tres cuestiones clave. Mientras el Estado siga haciendo lo que quiere no hay garantías jurídicas para volver, además que se supone que hay un presidente electo que no está siendo reconocido ni por Trump ni por quienes ejercen el poder. Y la cuestión económica va a tomar mucho tiempo también, la estabilidad, el tema del petróleo y la garantía para que las empresas quieran invertir”, enumera.

Lormys Rojas también es activista migrante y presidenta de la ONG Lazos de Libertad. Llegó hace diez años, trajo a sus hijos que ya tienen una vida aquí, es administradora de empresas y tiene un emprendimiento gastronómico en la feria de San Telmo de comida típica venezolana.

“El 3 de enero mi mamá me dijo que por fin tenía esperanzas, que creyó que se iba a morir sin poder verme de nuevo. Para muchos, como yo, lo más importante que queremos es poder ir a abrazar a nuestros familiares, es lo que nos tiene más presionados. Quiero darle ese abrazo a mi mamá y a mi papá, que ya están bien viejitos”, cuenta Rojas.

“Llevo diez años sin verlos, tampoco a mis hermanas ni a mis tías, no pude regresar por la situación política porque he visibilizado y defendido los derechos humanos, me conocen. Hay mucho temor tanto por mis padres que están allá y mi familia de que regrese, porque no hay estado de derecho y en cualquier momento te pueden detener”, se lamenta. Sin embargo, la esperanza es grande. “Este es el comienzo del fin”, concluye con su gran sonrisa.

Radicado aquí desde 2019, Pedro Moya tiene 35 años, es administrador industrial y tenía un puesto gerencial en Pdvsa, la empresa petrolera estatal venezolana. Aquí vende comida típica venezolana en un local frente a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. “Uno cuando sale de Venezuela se saca el chip. Allí éramos tal cosa, esto es un nuevo país y se trabaja de lo que sea, mientras que sea trabajo digno”, expresa.

“Salir de Venezuela es cómo divorciarse estando enamorado, uno realmente no eligió salir, sino que se vio forzado. Uno al final no pertenece acá por más que tenga todas las comodidades, que lo quieran. Nosotros nos sentimos muy valorados acá y es hermoso, pero uno no termina de pertenecer y uno siempre tiene ese anhelo de volver a su tierra natal”, explica.

En cuanto a la situación actual de Venezuela, considera: “Se sacó la pieza más fácil, el cerebro todavía permanece. Cuando se elimine a Diosdado Cabello, ya otra cosa sería, nosotros tomaríamos mucho más en serio el tema de que hay una ruptura del gobierno bolivariano”.

Para muchos, volver no es necesariamente regresar a vivir, sino recuperar la posibilidad de elegir. Como dice la canción que cita Moya: “Y si un día tengo que naufragar y el tifón rompe mis venas, enterrar mi cuerpo cerca del mar de Venezuela”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/un-mes-y-medio-sin-maduro-volver-a-venezuela-posibilidad-real-o-utopia-la-vision-de-los-exiliados-en-nid16022026/

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