Un marketing místico sin empatía espiritual
Abraham Lincoln fue un presidente sin soberbia: dormía poco, visitaba hospitales, escribía cartas de consuelo a madres de soldados y soportaba las críticas con serenidad; nunca permitió que la ...
Abraham Lincoln fue un presidente sin soberbia: dormía poco, visitaba hospitales, escribía cartas de consuelo a madres de soldados y soportaba las críticas con serenidad; nunca permitió que la guerra le robara el alma y, cuando sus partidarios le pedían venganza, se negó y dijo: “Con malicia hacia nadie, con caridad para todos”. Comprendió que el futuro de una nación no se construye sobre el rencor, sino sobre la misericordia. Es por todo esto, y también por la legendaria modestia de Lincoln, que Esteban Bullrich -un estudioso de su obra y de su biografía- lo elige como emblemático ejemplo de “liderazgo espiritual”. Así se denomina, precisamente, el último libro de Esteban, que publica Aguilar y que lleva una bajada emotiva: “Mi legado político”. Víctima de ELA pero dueño de una valentía y una lucidez crecientes, el exsenador desarrolla allí su teoría de la espiritualidad como componente fundamental de un buen estadista. Esa perspectiva, que es actitudinal y ética, dista mucho del marketing místico que utilizan, para legitimar sus acciones, los actuales mesías del populismo de derecha. Luego de criticar por eso mismo a Donald Trump, el autor se refiere específicamente a Javier Milei: “Recurre de manera constante a una épica trascendente. ‘Las fuerzas del cielo’ no es en él una expresión periférica: se volvió una contraseña política, una forma de conferir al proyecto propio una dimensión superior, casi providencial. A eso se suma su repetida invocación a Dios en discursos oficiales y su uso visible de referencias religiosas y judeocristianas en la escena pública”. Tanto Trump como Milei, afirma, buscan beneficiarse de la energía simbólica de la religión “sin asumir las exigencias espirituales que impone. Quieren la legitimidad del altar sin la humidad del servicio; la épica del elegido sin la carga interior del que escucha, y quieren el lenguaje de la trascendencia, pero no siempre aceptan la exigencia de integrar, comprender, reconciliar. Y allí se produce una distorsión profunda. Porque el liderazgo religioso auténtico tampoco es, en esencia, un liderazgo de odio”. Y añade: “Cuando lo religioso se convierte en herramienta para dividir el mundo entre puros e impuros, entre elegidos y descartables, entre patriotas de Dios y enemigos absolutos, deja de servir a su propia verdad”. Esta banalización religiosa -el kirchnerismo hacía lo propio con la historia- sirve como escudo, excusa, relato e insumo para cohesión de la tropa y para demonización del adversario. Un experto en la materia, el profesor Loris Zanatta, también escribió hace unos días sobre este asunto: “Milei quiere convertir el ‘mito de la nación católica’, un mito anticapitalista, en el ‘mito de la nación judeocristiana’, un mito turbocapitalista. Ambos son dogmas de fe, imponen unanimidad, son intolerantes ante la competencia entre ideas y ante la visión laica que alimentó el progreso”.
Milei celebró el día del maestro con un video realizado por inteligencia artificial donde Sarmiento -autor de “Vida de Abraham Lincoln” y admirador de aquel líder espiritual de Kentucky- lo trataba de igual a igual al León y justificaba su política de irascibilidad, escatología y divisionismo. Lincoln y Sarmiento fueron héroes del siglo XIX, cuando había cruentas guerras civiles en todo el continente americano y faltaba mucho todavía para que la democracia liberal se instaurara con sus virtuosas reglas de convivencia. Sus formas, con perdón de la palabra. Milei utiliza al autor de Facundo para indultar su mala conducta, y de paso escamotea de la narrativa oficial algo relevante: Sarmiento no pretendía desmantelar el Estado sino construirlo, y su revolución estaba basada en la educación pública. El contraste de Milei con Lincoln, por otra parte, no puede ser más marcado: la carencia de humildad y también de serenidad frente a las críticas, convive con la falta de consuelo a quienes sufren. El darwinismo libertario considera justa cualquier injusticia que cometa el mercado, y el tendal de víctimas ocasionales no parece ser de su incumbencia. De igual modo, el uso y abuso del rencor como arma política le parece compatible con la misericordia judeocristiana que pregona este mesías de pomposa fraseología religiosa pero de exiguo liderazgo espiritual.
Existe una preocupación cada vez más aguda y genuina entre economistas y observadores que comulgan en general con el rumbo del Gobierno: los inquieta el diseño del programa, el malestar social en ascenso, y la construcción y la industria en modo “caída libre”
El Topo que Viene a Destruir el Estado cumple sus mil días de gobierno ejerciendo una conducción esencialmente mediática: la administración pública se la cedió por completo a su hermana Karina y la macroeconomía y las reformas estructurales, a sus dos ministros favoritos, con quienes tiene largos y apasionantes debates teóricos. Pasa horas patrullando la televisión y revisando X, y gestionando ataques a los disidentes: hoy el Presidente sólo es un tuitero con custodia, dijo Emilio Monzó. Dedica mucho tiempo a recibir amigos en Olivos, se entrega a sus propios monólogos, estudia la Torá y escribe libros. Estas dos últimas tareas pueden ser encomiables, pero sólo en mandatarios que ya han dejado muy atrás cualquier emergencia o que consideren -tal vez este sea el caso- que ya cumplieron con éxito su misión y piensen que ahora sólo resta que la magia austríaca haga su efecto. Que viene un tanto retrasado. Nadie le pide que piense un “plan platita” como Trump está ejecutando precisamente en estos días, pero existe una preocupación cada vez más aguda y genuina entre economistas y observadores que comulgan en general con el rumbo del Gobierno: los inquieta el diseño del programa, el malestar social en ascenso (el ajuste lo pagaron las clases medias y los jubilados) y la construcción y la industria en modo “caída libre”. La baja inflacionaria de julio no atenuó la impresión de estancamiento en la economía real e incluso el posible peligro recesivo, y las palabras de Domingo Cavallo formuladas esta semana terminaron por resonar fuerte no entre opositores al modelo sino entre muchos de los convencidos: “Más importante que baje la inflación es que haya reactivación y la economía crezca no al 3% sino al 8%”, dijo el padre de la convertibilidad. Congelar el bosque para apagar un incendio es tan riesgoso como tirarle nafta al fuego, algo que solían hacer los kirchneristas.
No termino con Lincoln ni con Sarmiento, sino con Guy Sorman, que escribió estos días un ensayo donde ataca a Peter Thiel y a los otros “tecnomonarcas” que tanto admira el mileísmo: vamos hacia un mundo sumido en informaciones inexactas generadas por máquinas y es posible que eso se transforme en “una sociedad nunca antes vista, totalmente opuesta a la democracia liberal”. Según Sorman, las instituciones republicanas fueron moldeadas por la información: la prensa escrita condujo el mundo hacia la democracia; y mucho después la radio permitió a los aspirantes a dictadores hacerse con el poder en Italia y en Alemania. “¿Hacia qué orden político nos conducen las redes sociales? -se pregunta entonces-. No se ve cómo la difusión de noticias falsas y la exaltación de los extremos podrían conducir a una sociedad más civilizada, ni más democrática. Muy al contrario, las propuestas más descabelladas son las que ocupan más espacio en los medios”. Se permite, por lo tanto, imaginar una desaparición de la democracia, sustituida por Estados automáticos, gestionados por IA, en manos de un número muy limitado de individuos exaltados al estilo Elon Musk. “Para estos nuevos monarcas, los centros de datos que salpican el planeta son las catedrales de los tiempos modernos -dice-. Desde allí se difunde su nueva religión, futurista, deshumanizada, estrictamente cuantificable, en la que los individuos no se guiarán por la moral, sino que ignorarán incluso lo que significa el espíritu crítico”. Sólo los verdaderos liderazgos espirituales podrían acaso salvarnos de esa otra religión siniestra.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/un-marketing-mistico-sin-empatia-espiritual-nid12092026/