Un charco en una esquina
Cada vez que podía lo miraba. Cuando salía al balcón del tercer piso en que vivíamos, cuando acompañaba a mi padre a buscar el auto en el garaje de la otra cuadra, cuando iba junto a mi madre ...
Cada vez que podía lo miraba. Cuando salía al balcón del tercer piso en que vivíamos, cuando acompañaba a mi padre a buscar el auto en el garaje de la otra cuadra, cuando iba junto a mi madre al almacén de Horacio a comprar lo que precisábamos, cuando mi abuela me daba el gusto y me llevaba a tomar un helado de dos bochas a lo de Annun. Yo pedía solo dulce de leche. Lo miraba cada vez que podía y lo miraba atenta. Era un charco. Un manchón de agua opaca que nunca reflejaba el cielo y que se había instalado en la esquina empedrada de Azara y Rivera, en esa bocacalle poco transitada del barrio en que nací. Estaba siempre. Los días de lluvia, los de sol, los de viento, los fines de semana, los feriados, con frío, con calor, con mucha gente o nada, cuando volvía de la casa de las mellizas, cuando mi madre limpiaba el living con las canciones de La vieja guardia o Sandro a todo volumen, cuando regresábamos de las vacaciones en Mar del Plata. El agua no se secaba nunca. Era aterrador.
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Mi hermano me lo había dicho. Me había dicho que allí hacía un tiempo un motociclista se había caído y había desaparecido. En ese punto oscuro, ese charco. El hombre tocó el agua con su moto por algún motivo que nunca me quiso revelar y jamás volvió. Pero no me dijo que murió, no sé si fue planeado o por casualidad, pero me dijo algo peor: me dijo que el hombre se había caído al vacío. Esa palabra usó. Yo debía tener unos siete años, él ya once, y por su culpa o intención comencé a pensar en eso todo el tiempo, en el vacío. En qué era, en cómo se veía, en qué color tenía, qué olores, en qué otros lugares estaba. ¿Me podía tragar a mí? Creo que pensaba en el vacío en el recreo, en la sala de espera de la dentista, mientras alrededor me atosigaban los gatos que tenía, en el micro que me llevaba del colegio a mi casa, cuando jugaba a las escondidas y nadie me encontraba, a veces por las noches, en el cuarto que compartíamos. Yo dormía en la cama que se sacaba de abajo de la de mi hermano bajo un acolchado de números en colores y cuando ya estaba oscuro seguro seguía pensando en eso, en el charco, en su forma, en su profundidad, en lo que se había llevado. Algunos días también pensaba en ese hombre, cuyo rostro ignoraba. Lo imaginaba en su moto, cayendo, cayendo, cayendo. En mi cabeza el color era el negro y ese hombre no paraba de caer.
Recuerdo que una vez le pregunté sobre el charco a mi madre y mi miedo no se alivió: no debe haber entendido del todo lo que mi hermano me había contado, no lo debe haber encontrado lógico y entonces no me explicó nada pero sí me pidió que no me acercara. Eso fue lo que me quedó. “Dolores, ni se te ocurra”, debe haber dicho, ella solía lanzar frases como esa. Hoy no tengo dudas de que lo hizo para que no me ensuciara porque para mi madre la limpieza de las cosas es cardinal pero entonces fue dramático. Yo soñaba con el charco, yo caminaba a metros del charco, yo miraba de reojo y temía por el charco. Yo era de esas niñas que lloraban por todo, lloraba porque mi hermano me ponía apodos que odiaba, lloraba porque me cortaban el pelo y no me gustaba, lloraba porque no me dejaban ver televisión, lloraba porque no podía vestirme como quería pero también lloraba por ese charco. No quería que mi familia se cayera allí. No quería que mis amigas se cayeran allí. No quería que mis juguetes de cayeran allí. ¿Dónde va lo que se cae al vacío?
A mis nueve años nos mudamos del departamento del tercer piso y nos fuimos a un quinto con balcón precioso y una habitación solo para mí. Hoy tengo cuarenta y dos y paso varias veces al mes por ese mismo lugar. Mis padres viven a cuatro cuadras. El charco no está. Pero algo queda. Yo miro la esquina y algo de eso queda.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/un-charco-en-una-esquina-nid26032026/