¿Un cáncer invisible o un riesgo modificable? Detectan señales moleculares hasta ocho años antes del diagnóstico
Una muestra de sangre tomada durante un control de rutina puede parecer intrascendente. Pero para un grupo de investigadores de Canadá, esas muestras guardadas durante años se transformaron en un...
Una muestra de sangre tomada durante un control de rutina puede parecer intrascendente. Pero para un grupo de investigadores de Canadá, esas muestras guardadas durante años se transformaron en una especie de máquina del tiempo biológica: contenían señales moleculares asociadas al cáncer mucho antes de que la enfermedad fuera diagnosticada.
Lo más llamativo es que algunas de esas huellas aparecían hasta ocho años antes de que un médico detectara clínicamente un tumor. El hallazgo surge de un estudio publicado esta semana en la revista científica Cell Genomics, en el que investigadores de la Universidad de Toronto, el Ontario Institute for Cancer Research y la Universidad de Oxford analizaron ADN libre circulante presente en muestras de sangre obtenidas de personas que estaban sanas cuando ingresaron a un estudio poblacional, pero que años más tarde desarrollaron cáncer de próstata o mama.
El trabajo se centró en una característica conocida como metilación del ADN, una modificación química que regula la actividad de los genes sin alterar su secuencia. Los investigadores estudiaron fragmentos de ADN libre circulante, pequeñas piezas de material genético que llegan al plasma sanguíneo desde distintos tejidos del organismo y que pueden contener información sobre procesos biológicos en curso.
Para realizar el análisis utilizaron muestras procedentes del Ontario Health Study, una gran cohorte prospectiva canadiense. A través de los registros sanitarios identificaron participantes que no tenían cáncer al momento de donar sangre, pero que recibieron un diagnóstico años después. Tras los controles de calidad, la investigación incluyó 491 muestras: 93 correspondientes a futuros pacientes con cáncer de próstata, 171 a futuros pacientes con cáncer de mama y 227 controles sin cáncer. Algunas de las muestras habían sido obtenidas apenas dos semanas antes del diagnóstico y otras hasta nueve años antes.
Los científicos encontraron alteraciones epigenéticas en determinadas regiones reguladoras del genoma que aparecían con mayor frecuencia en quienes desarrollarían cáncer en el futuro. Esas señales estaban asociadas tanto a procesos observados en tejidos tumorales como a cambios vinculados con la respuesta inmune y la inflamación.
“Nuestros hallazgos sugieren que los cambios epigenómicos del ADN libre circulante procedentes de fuentes tumorales y no tumorales reflejan etapas tempranas del desarrollo del cáncer”, escribieron los autores en la discusión del trabajo.
Los resultados más sólidos surgieron en el cáncer de próstata. Los investigadores identificaron patrones de metilación en regiones reguladoras conocidas como silencers que permitieron distinguir, con una precisión moderada pero consistente, a quienes más tarde desarrollarían la enfermedad.
El dato clínicamente más relevante fue que los individuos clasificados dentro del grupo de alto riesgo presentaron una probabilidad 3,55 veces mayor de desarrollar cáncer de próstata que aquellos ubicados en el grupo de bajo riesgo, incluso después de ajustar los resultados por factores conocidos como la edad, el consumo de alcohol y los antecedentes familiares.
Además, la capacidad predictiva del método no desaparecía entre quienes fueron diagnosticados varios años después de la extracción de sangre. Los investigadores observaron que algunas de las señales se mantenían detectables incluso en personas cuyo cáncer fue diagnosticado entre cinco y ocho años más tarde.
La situación fue diferente en el cáncer de mama. Aunque también se identificaron patrones asociados al riesgo futuro, la precisión de los modelos fue notablemente menor. Los resultados variaron según el subtipo tumoral, la edad de las pacientes y el tiempo transcurrido desde la última mamografía. Los autores destacan que las señales fueron más fáciles de detectar en algunos subtipos agresivos y en mujeres más jóvenes, pero reconocen que la utilidad práctica de estos marcadores todavía es limitada.
La gran pregunta que deja abierta el estudio es qué representan realmente estas huellas moleculares.
Una posibilidad es que reflejen la existencia de tumores microscópicos que ya estaban presentes en el organismo, pero eran demasiado pequeños para ser detectados mediante los métodos convencionales. La otra hipótesis es que expresen un estado biológico de mayor riesgo, una especie de terreno fértil para el desarrollo futuro del cáncer, antes de que aparezca una lesión tumoral propiamente dicha.
Por ahora, el trabajo no permite distinguir entre ambas explicaciones.
Los propios investigadores señalan que parte de las señales encontradas coincide con patrones observados en tejidos tumorales ya desarrollados. Sin embargo, también detectaron cambios asociados a células inmunológicas y procesos inflamatorios, lo que sugiere que el organismo podría estar reaccionando a alteraciones tempranas mucho antes de que exista un tumor clínicamente identificable.
“Las alteraciones observadas podrían indicar procesos fisiológicos sistémicos que promueven el desarrollo temprano del cáncer o que están asociados con un aumento del riesgo oncológico”, señalaron en el paper.
Esa incertidumbre no es un detalle menor. Si las señales corresponden a cánceres ya iniciados pero invisibles, el principal beneficio de estos biomarcadores sería adelantar el diagnóstico. Si, en cambio, reflejan un estado de riesgo todavía modificable, podrían abrir la puerta a estrategias preventivas, seguimientos personalizados o intervenciones dirigidas antes de la aparición de la enfermedad. El trabajo actual, sin embargo, no demuestra ninguna de esas posibilidades.
Sin embargo, los investigadores consideran que estas herramientas podrían tener un papel futuro en la medicina preventiva. “Los enfoques fiables para estratificar el riesgo individual podrían ayudar a definir intervalos de detección personalizados, reduciendo pruebas innecesarias en personas de bajo riesgo y permitiendo una vigilancia dirigida en quienes presentan un riesgo más elevado”, concluyeron.