Trump, Medio Oriente y las lecciones de la historia
La guerra asimétrica no es una novedad. Dos siglos antes de Cristo, la República romana avanzaba triunfadora en todos los frentes, en Italia y en el Mediterráneo también. Tenía sólo un gran r...
La guerra asimétrica no es una novedad. Dos siglos antes de Cristo, la República romana avanzaba triunfadora en todos los frentes, en Italia y en el Mediterráneo también. Tenía sólo un gran rival -Cartago- antes de enfrentarse con el imperio persa. Cartago contaba con un general brillante y audaz, nacido en una isla rocosa (Conillera) al oeste de otra grande (Insula Maior) que hoy llamamos Mallorca. Ese general era Aníbal, que concibió y organizó la invasión de Roma por tierra. Sus columnas avanzaron por terrenos inhóspitos, llanos y montañas, hasta llegar casi a las puertas de Roma. (Cuanto más se alejaba de Cartago más tenía problemas de suministro). Allí se encontró con otro estratega romano brillante llamado Escipión.
Las legiones romanas normalmente encaraban a sus enemigos con una formación compacta en forma de tablero de ajedrez. Eran prácticamente invencibles. Pero Aníbal los enfrentaba con un arma novedosa y disuasiva: 80 elefantes de guerra capaces de aplastar a cualquier infantería. Los elefantes proyectaban el poder móvil de Cartago frente a quienes se le opusieran. Su superioridad parecía apabullante y esa era justamente su misión: asustar y amedrentar hasta lograr la sumisión.
Frente a ese desafío, Escipión cambió de táctica y de estrategia. En la batalla de Zama (202 a.C.) Escipión neutralizó la carga de los 80 elefantes de Aníbal mediante una brillante innovación asimétrica. En lugar de la tradicional formación cerrada que habría sido aplastada por los animales, Escipión utilizó el diseño de los animales en su contra. Alineó sus unidades uno detrás de otro, dejando amplios pasillos abiertos a lo largo de todo el ejército. Los elefantes, que tienden a seguir el camino de menor resistencia, corrieron por estos huecos sin chocar con los legionarios romanos. Para que no se notaran los huecos antes del ataque, Escipión llenó los pasillos con infantería ligera. Cuando los elefantes atacaron, estos soldados se retiraron hacia los lados o hacia atrás, mostrando los pasillos abiertos. En ese momento, los trompetistas de Escipión tocaron en estruendo. Los elefantes se espantaron, se dieron vuelta, y pisotearon a las propias tropas de Aníbal.
Veintitrés siglos han transcurrido desde entonces. Pasemos ahora de la tierra al mar y del siglo 2 a.C. al siglo 21 d.C. Los inmensos portaaviones norteamericanos que envió Trump a Medio Oriente tienen la misma función que los elefantes de Aníbal: intimidar y disuadir. Y tienen sus mismos defectos: deben pasar por estrechos pasillos.
Los estrechos de Ormuz (Golfo Pérsico) y Bab el-Mandeb (Mar Rojo) son dos de los cuellos de botella marítimos más críticos del mundo. Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán, crucial para el petróleo, mientras que Bab el-Mandeb une el Mar Rojo con el Golfo de Adén, vital para el comercio. Las naves que pasan por esos estrechos pueden ser destruidas por mar y por tierra, con escolta o sin ella, por medio de minas explosivas, de lanchas torpederas, de submarinos, y de misiles lanzados tierra adentro, desde Irán o desde Yemen. Aquí el invasor no es Cartago sino los EE.UU. (actúan como apoderados de Israel), y el equivalente de los elefantes son los portaaviones, arma masiva del siglo XX pero blanco fácil en el XXI para los Escipiones modernos.
Para seguir con comparaciones y analogías históricas, yo diría que en el mar hoy los persas se disponen a reeditar la antigua batalla de Salamina (480 a. C.) en la que triunfaron los griegos, pero esta vez al revés. La fuerza bruta y masiva a veces fracasa contra la astucia y sus trampas, caso omiso de la época. En la batalla de Salamina (480 a.C.), el estratega ateniense Temístocles utilizó la astucia para compensar la inferioridad numérica griega. Engañó a Jerjes I enviando un falso desertor para asegurar que los griegos huirían, atrayendo a la flota persa al estrecho de Salamina. Esta trampa inmovilizó a los grandes barcos persas, facilitando su derrota. Hoy son los persas los que tienden la trampa.
Hay una segunda lección histórica que nos proporcionan las guerras púnicas. Escipión se ganó el apodo de “Africano” porque abrió un segundo frente en la guerra con Cartago, en el Norte de África, dejando a Aníbal literalmente “colgado” en Italia. La invasión de África por Escipión (204-202 a.C.) fue la estrategia definitiva de la Segunda Guerra Púnica, que forzó a Aníbal a abandonar Italia para defender Cartago.
Hoy en día, el estado de Israel ha logrado que los E.E. U.U. se empantanen en una guerra prolongada en Medio Oriente, y que en consecuencia debiliten su poder en el Extremo Oriente. En un mundo multipolar, la dinámica favorece a terceros, en especial a la República Popular China, y por carambola también a Rusia. La guerra contra Irán, que ya pasó a ser una guerra regional en todo Medio Oriente, ha sido caprichosa, innecesaria y desastrosa. Tarde o temprano los EE.UU. deberán abandonarla para focalizarse en frentes necesarios. Por su parte, Europa deberá repensar la estrategia de confiar demasiado en los elefantes que supuestamente la protegen.
Profesor emérito en Sociología en la Universidad de Nueva York
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/trump-medio-oriente-y-las-lecciones-de-la-historia-nid31032026/