Tiene ocho episodios, brilla Benjamín Vicuña y es “obligatoria” para los hombres de 50
El resto bien (Argentina, Uruguay/2026). Dirección: Daniel Burman, Daniel Hendler. Guion: Daniel Burman, Ariel Gurevich, Andrés y Pablo Gelós, Eloy Burman. Fotografía: Arauco Hernández Holz. M...
El resto bien (Argentina, Uruguay/2026). Dirección: Daniel Burman, Daniel Hendler. Guion: Daniel Burman, Ariel Gurevich, Andrés y Pablo Gelós, Eloy Burman. Fotografía: Arauco Hernández Holz. Música: Nico Cota. Edición: Andrea Kleinman, Luz Lopez Mañe, Inti Nieto. Elenco: Benjamín Vicuña, Violeta Urtizberea, Rita Cortese, Jorge Bolani, Daniel Hendler, Andrea Frigerio, Alejandro Awada, Marina Bellati. Plataforma: Flow. Cantidad de capítulos: 8. Nuestra opinión: buena.
No por cotidiano, el cansancio de todos los días no deja de ser agobiante. Esas situaciones habituales, desgastantes, que con el tiempo incluso se llegan a normalizar, no son lo suficientemente fuertes como para pegar cuatro gritos; pero están ahí, carcomiéndonos por dentro.
De eso se trata El resto bien, serie que en clave de comedia desgrana la cotidianeidad de un hombre al límite. Ariel (Benjamín Vicuña) es un historietista que, al cumplir cincuenta años, comienza a tomar conciencia de una realidad que se vuelve insostenible: vive con cinco hijos de distintos matrimonios, su nueva pareja (Violeta Urtizberea), y en alerta permanente por la cada vez mayor fragilidad de sus padres (Rita Cortese y Jorge Bolani). El primer capítulo lo coloca ante una situación que se revela como desencadenante: ante la necesidad de hacer algo “para él” intenta volver al gimnasio después de diez años, con tanta mala suerte que se provoca una hernia. No puede sostener más de tres kilos, demasiado poco para lo que tiene por delante.
La metáfora acerca del excesivo peso que carga sobre sus hombros, transformado en lesión palpable, es evidente. El cuerpo de Ariel le da la primera señal de alerta, empujándolo a un cambio que no se resuelve con suplementos vitamínicos ni faja abdominal, que es mucho más profundo y atraviesa cada situación de su vida.
De aquí en más, la serie dirigida por Daniel Burman y Daniel Hendler (que también interpreta al mejor amigo del protagonista) se estructura como una sucesión de pequeñas situaciones, que colaboran a sumarle peso simbólico a la vida de Ariel. La intensidad de los hijos, la aparición de un alumno de intercambio que comienza a vivir con ellos en el superpoblado departamento, los caprichos de sus padres, todos momentos que colaboran a su invisibilidad; Ariel está para los demás, pero nadie parece estar para él. Su vida ya no es proyecto, sino gestión emocional.
La idea funciona muy bien y es imposible no sentirse identificado. Sin embargo pierde algo de brillo cuando, con el devenir de los capítulos, los conflictos se repiten sin mayor avance que su mera exposición. Los episodios entran en una suerte de loop, y la serie descansa en la repetición de situaciones, como una especie de subrayado del conflicto principal. Es evidente que no se trata de un error, sino de una decisión creativa que, si bien logra su cometido, cuando resigna la progresión dramática merma también el entusiasmo inmediato por continuarla. El protagonista no avanza sino que “sostiene”, la serie también.
Con el correr de los capítulos, uno siente que está viendo variaciones de lo mismo, con un Ariel que no termina de completar su arco evolutivo, sino que se mantiene más o menos en el mismo lugar, mientras que son los personajes satélite quienes empujan la trama hacia lugares más determinantes.
Tampoco ayudan algunas sub-historias esbozadas que nunca terminan de completarse, como la relación de su hija con el estudiante de intercambio, o las trabas de su primogénito con su despegue artístico como comediante de stand up. En este último apartado, hay que destacar una muy buena idea, que es terminar cada capítulo con un breve monólogo de algún artista local de comedia (a la manera de lo que hacía Seinfeld en su sitcom de los 90). Pasan Ezequiel Campa, Sebastián Wainraich, Agus Aguilar y Mike Chouhy, entre otros.
Aun con estos altibajos, hay una propuesta de base sólida y atractiva, y en buena parte es mérito de la dirección, con ese permanente registro del caos, y de la labor del elenco. Benjamín Vicuña hace un trabajo impecable, sin correrse ni por un segundo de ese hombre lleno de contradicciones, capaz de transmitir lo que siente con una mirada o con un gesto. Su Ariel transita la imperfección de cualquiera en su misma situación, a veces egoísta, a veces sensible, a veces distante. Un desafío que el actor cumple de manera excelente. A su alrededor, el resto del elenco vuelve creíbles y cercanos a cada uno de sus personajes, con especial atención a Rita Cortese, capaz de generar pena, risa y tristeza, al mismo tiempo.
Por decisión propia, El resto bien no vuela tan alto como podría haberlo hecho a partir de su premisa. Elige, en cambio, mantenerse en tierra para ofrecer un retrato más cercano y reconocible para el espectador, que lo pueda interpelar sin caer en golpes bajos. El objetivo está cumplido, aunque queda en el aire la sensación de que podría haberse atrevido a más.