“The Great Gig in the Sky”: la verdadera historia detrás de los lamentos de ”muerte y orgasmo"
Transcurría el año 1973, cuando dentro de los legendarios estudios Abbey Road, Pink Floyd estaba terminando de pulir su obra cumbre, ...
Transcurría el año 1973, cuando dentro de los legendarios estudios Abbey Road, Pink Floyd estaba terminando de pulir su obra cumbre, The Dark Side of the Moon. El álbum era un mapa conceptual sobre las presiones que conducen a la locura, el tiempo y la muerte, el final del camino. Pero había una pieza, el quinto corte del disco, que todavía no encontraba su alma.
Richard Wright, el tecladista de la banda, había compuesto una progresión de piano melancólica y circular que hasta entonces se conocía bajo títulos provisionales como “The Mortality Sequence” o “The Religion Theme”. Durante los shows en vivo, el grupo solía acompañar la música con grabaciones de versículos bíblicos o discursos sobre la muerte, pero en el estudio, la frialdad de la cinta exigía algo más.
Buscaban sumarle una voz fuera de serie, una interpretación cruda que brotara de las entrañas. Fue el ingeniero de sonido Alan Parsons quien recomendó para la sesión a una joven cantante de sesión de 25 años que había escuchado tiempo atrás en un disco de covers. Su nombre era Clare Torry. Lo que siguió a ese llamado telefónico no solo completaría el álbum más icónico del siglo XX, sino que décadas más tarde obligaría a la justicia británica a redefinir los límites legales de la creación musical.
El grito de Clare Torry que desafió a Pink FloydHay que decirlo, por entonces Clare Torry no era una fanática de Pink Floyd. De hecho, aquel domingo 21 de enero de 1973, estuvo a punto de rechazar la invitación porque tenía entradas para ver a Chuck Berry. Finalmente, aceptó acudir a Abbey Road. Al llegar, se encontró con cuatro músicos que no sabían explicar con precisión qué necesitaban de ella. David Gilmour y Richard Wright le mostraron la base instrumental. “No queremos palabras”, le advirtieron. Según reconstrucciones de la época y testimonios de la propia Torry, las instrucciones fueron tan abstractas como perturbadoras: “que no cantara palabras, que pensara en la muerte y el orgasmo”.
La banda buscaba un sonido visceral, algo que Gilmour recordaría años después en una entrevista para la revista Mojo como un “sonido orgásmico que todos conocemos y amamos”. Torry, inicialmente desconcertada, intentó una primera toma con frases genéricas como “Oh, baby”. La banda la detuvo de inmediato. No querían una cantante de soul convencional; querían un instrumento humano.
Fue entonces cuando Torry cerró los ojos y decidió dejar de pensar. En apenas dos tomas y media, la cantante lanzó una catarata de lamentos, gritos agónicos y crescendos que recorrieron tres octavas. Su voz no solo acompañaba al piano de Wright, sino que dictaba la melodía, subiendo y bajando con una desesperación que parecía capturar el último aliento de una vida. Al terminar, el silencio en la cabina de control era total. Torry, lejos de sentirse orgullosa, salió del estudio abochornada. “Pensé que había gritado demasiado, que aquello era un desastre”, confesaría tiempo después. Se disculpó con la banda por el exceso de intensidad y se retiró a su casa. Por aquel trabajo dominical, Torry cobró 30 libras esterlinas (el triple de la tarifa habitual por ser un día no laborable), firmó un recibo estándar y se olvidó del asunto.
La sorpresa llegó semanas después, cuando Clare pasó frente a una disquería y vio la icónica portada del prisma. Al comprar el álbum y poner la aguja sobre el vinilo, descubrió que su improvisación no solo había sido incluida, sino que se había convertido en el clímax emocional del disco. Sin embargo, en los créditos originales de 1973, su nombre aparecía simplemente bajo la categoría de “voces”, mientras que la autoría de la canción figuraba exclusivamente a nombre de Richard Wright.
Durante 30 años, Torry vivió con la satisfacción de haber participado en un hito de la historia del rock, aunque con cierto sabor amargo de que su aporte había sido ninguneado por la industria. Así las cosas, en 2004, decidió llevar el caso a la justicia. Su argumento fue revolucionario para la jurisprudencia musical: ella no había sido una simple intérprete siguiendo instrucciones; ella había compuesto la línea melódica que define la canción. Sin sus notas, “The Great Gig in the Sky” era apenas una secuencia de acordes de piano; con ella, era una composición nueva.
El caso llegó a la Alta Corte de Justicia de Londres. Los peritos musicales analizaron la estructura de la canción y determinaron que la improvisación de Torry era tan intrínseca a la identidad de la obra que no podía considerarse un mero arreglo. En 2005, se llegó a un acuerdo extrajudicial. Si bien su contenido permanece desde entonces bajo estrictas cláusulas de confidencialidad, su resultado se hizo visible en las nuevas ediciones de The Dark Side of the Moon, que oficialmente llevan los créditos de las firmas “Wright/Torry”.
Sin dudas, aquel fallo sentó un precedente fundamental en la historia del rock y los derechos de autor. Fue uno de los pocos casos donde “gritar” –aunque claramente expresa mucho más que un grito– se consideró legalmente como “componer”. La justicia entendió que la invención de una melodía vocal, aun sin letra y nacida de la improvisación absoluta, constituye un acto de autoría.
La historia de Clare Torry es la historia de una compensación tardía pero justa. El grito que ella consideró una vergüenza aquel domingo de 1973 terminó costándole a la maquinaria de Pink Floyd y a la discográfica EMI una fortuna en regalías retroactivas y futuras. Cada vez que su voz estalla en el segundo 1:07 de la canción, además de una interpretación magistral, donde un grito desgarrador de muerte y orgasmo aseguró a Torry su lugar en la eternidad.
El lamento MonumentalLa huella de “The Great Gig in the Sky” tuvo un capítulo fundamental en suelo argentino en octubre de 1994, cuando Pink Floyd (ya sin Roger Waters, quien había dejado la banda en los años 80) desembarcó con la imponente gira "The Division Bell" al Estadio Monumental de River Plate, y el público porteño pudo vivir la experiencia de ese lamento en vivo. En aquellas noches, el desafío de recrear la épica de Torry recayó sobre un trío de voces que se volvieron legendarias para el público local: Sam Brown, Durga McBroom y Claudia Fontaine.
Con los años, Durga McBroom construyó el vínculo más estrecho con nuestro país, donde regresó en sucesivas ocasiones para interpretar la pieza junto a bandas tributo como The End. En una entrevista para LA NACION, la cantante californiana sostuvo que interpretar esa canción es “un acto de vulnerabilidad total”. Para el público que llenó el Monumental en 1994, escuchar ese lamento fragmentado en tres voces poderosas fue la confirmación de que el grito de Torry se había universalizado.