Generales Escuchar artículo

Tan vieja como el sol

Fue toda una paradoja. Hace algunas semanas, caminábamos con Lucía, mi hija adolescente, por Arribeños, en el Barrio Chino de Belgrano. Era uno de esos fines de semana en que esa calle porteña ...

Tan vieja como el sol

Fue toda una paradoja. Hace algunas semanas, caminábamos con Lucía, mi hija adolescente, por Arribeños, en el Barrio Chino de Belgrano. Era uno de esos fines de semana en que esa calle porteña ...

Fue toda una paradoja. Hace algunas semanas, caminábamos con Lucía, mi hija adolescente, por Arribeños, en el Barrio Chino de Belgrano. Era uno de esos fines de semana en que esa calle porteña hierve de gente. Ella llevaba el celular en la mano y yo le decía que lo mejor era que lo guardara para evitar que el manotazo de algún amigo de lo ajeno se lo llevara. Lamentablemente, siempre hay que estar pensando en eso.

Por mi parte, y creyéndome muy precavido, había guardado mi celular en uno de los bolsillos del pantalón. Pero hete aquí que en el momento en que abandonamos la multitud de Arribeños y busqué mi teléfono para hacer una llamada, me di cuenta de que ya no lo tenía. Una sutil y habilísima mano de punga me había despojado de él. En el momento en que trataba de aleccionar a mi hija sobre la seguridad, terminé perdiendo yo.

Como me fascina indagar en escenas cotidianas del pasado de Buenos Aires, cuando sufrí este triste hurto, me pregunté si en otros tiempos también pasaban estas cosas. Y encontré que sí. Y de peor manera.

Me introduje en el libro Historia del antiguo Buenos Aires, de Felipe Bosch, para descubrir que, en los tiempos de la Revolución de Mayo de 1810, primigenias horas de nuestra patria, había bandas de salteadores y bandidos que se escondían en las afueras del ejido urbano de la ciudad para ingresar a robar. Y con frecuencia, matar. También solían encontrarse en los llamados huecos que había en plena ciudad, que eran terrenos baldíos, antecedentes, muy precarios, de las futuras plazas.

Hay que aclarar que, en ese tiempo, Buenos Aires era una pequeña aldea de 400 manzanas, circunscripta por el Río de la Plata al este, las calles Rodríguez Peña y Solís, al oeste, la Avenida Brasil, al sur y Retiro, hacia el norte. Más allá de esos límites, había un territorio natural, inhóspito, que solía ser refugio de gente de mal vivir.

Por las noches de aquella colonial urbe porteña, los delincuentes tenían prácticamente vía libre para cometer sus fechorías. La negrura los ayudaba a clavar sus puñales o asestar sus garrotazos a las desprevenidas víctimas que circulaban por la ciudad. Es que los faroles de las veredas iluminaban pobremente con sus velas alimentadas a grasa de potro. Sus parpadeantes luces se encendían apenas de 8 a 12 de la noche. Y no alumbraban demasiado. Además, los días de luna llena, ni siquiera se prendían.

La cantidad de delitos brutales en Buenos Aires llevó, en 1811, a los hombres del Primer Triunvirato –Chiclana, Paso y Sarratea- a tomar una determinación extrema. En tiempos de revolución no se andaban con chiquitas, y cualquiera que realizara un robo violento sería condenado a la muerte en la horca. En tanto, si algún malandra actuara sin violencia, pero se alzara con un botín superior a los 100 pesos, también iría directo al cadalso. En caso de que el robo fuera menor, o se realizara sin lastimar a la víctima, la pena sería de diez años de prisión, que incluía también realizar trabajos en obras públicas.

Al año siguiente, como los hechos delictivos no menguaban, las autoridades decidieron crear una Comisión de Justicia, para prevenir y juzgar sumariamente “la escandalosa multitud de robos y asesinatos que a todas horas y diariamente se cometen en esta ciudad y extramuros”, decía el decreto. Así se creó la figura del Intendente general de Policía, quien tenía a sus órdenes tres comisarios llamados “alcaldes de barrio” y una fuerza uniformada de unos 100 hombres para patrullar la ciudad y sus arrabales que se llamó “partida celadora”.

Hacia 1821 estos agentes de la ley tuvieron por primera vez un Jefe de Policía oficial. Para ese flamante cargo fue nombrado un exitoso comerciante llamado Joaquín de Achaval. A su vez, se abolía una institución heredada del virreinato: el Cabildo de Buenos Aires.

Como sea, del garrotazo a la luz mortecina de la grasa de potro al pungueo del celular en una calle cualquiera, la delincuencia, en estas tierras, parece ser tan vieja como el sol.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/tan-vieja-como-el-sol-nid29062026/

Volver arriba