Ståle Wig: “En Cuba hay mucha incertidumbre y sobre todo desesperación”
Cuando el noruego Ståle Wig decidió instalarse en Cuba, no era solo un viaje a otro continente, a otro país. Era un viaje al pasado, a una tierra caliente pero congelada en el tiempo, donde los ...
Cuando el noruego Ståle Wig decidió instalarse en Cuba, no era solo un viaje a otro continente, a otro país. Era un viaje al pasado, a una tierra caliente pero congelada en el tiempo, donde los autos destartalados de otra era hacen juego con un sistema decadente, la revolución que impuso a sangre y fuego Fidel Castro.
El proyecto era hacer su tesis de antropología, para la que había recibido una beca y que originalmente debía transcurrir en el sur de África. Después de visitar casualmente la isla por unos días con su pareja, dio un volantazo a sus planes y quiso situarla ahí, en ese legendario comunismo tropical que de alguna manera capturó su atención y se convirtió en obsesión.
En diálogo con LA NACION, Ståle contó que como estudiante universitario en Europa “no era de los que se ponen la camiseta del Che”, en referencia a los admiradores vintage del paraíso comunista caribeño que todavía quedan repartidos por el mundo. Viniendo de un país como Noruega, de hecho, donde Estado y mercado trabajan en sintonía por una sociedad más digna, subrayó que no estaba a favor “del capitalismo salvaje ni del comunismo fracasado”.
Pero Cuba lo intrigaba. No era un paraíso: era otro mundo. No tardó mucho en mudarse a esa isla de fotos en sepia. Una isla donde vio que nada funciona bien, sin médicos en los hospitales ni maestros en las escuelas, donde cualquiera es acusado de traición y arrastrado a la cárcel por el tiempo que algún gran personaje crea justo y necesario. Donde el gobierno sostiene, para su solo beneficio, la bandera desgarrada y desteñida de Fidel y el Che Guevara.
La propuesta era estudiar la sociedad desde adentro, trabajando como un cubano más a ver qué salía. Lo que salió fue Havana Taxi, un libro que se adentra en la vida cotidiana y que presentó en la sede argentina de la Universidad de Bologna, con el auspicio de la Embajada de Noruega y la fundación CADAL. El título refiere al viejísimo taxi que se compró no bien bajó del avión para hacer la experiencia, un coche que apenas si se movía y desde donde fue viendo lo que quedaba del deshilvanado comunismo.
“Todos saben que en los taxis se conversa, entonces, en primer lugar, me interesaba lo que iba a pasar dentro del carro, de las conversaciones. Pero al mismo tiempo el hecho de hacerte responsable de unas toneladas de chatarra en Cuba también te convierte en un participante de la sociedad. Y esa siempre era la idea, tratar de observar y aprender a través de participar, no simplemente observar, y me hice cargo de un negocio, de esa inversión”, comentó.
Esa chatarra le costó casi todo el dinero de su beca. No duraba mucho andando sin que algo se rompiera, pero el hecho de ocuparse del auto, de mantenerlo, de echarlo a andar, lo ayudó a adentrarse en la Cuba real, en el bosque oscuro de la burocracia comunista, donde observó, como dijo confirmando la frase de Orwell, que “todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”.
Una miga en un hormiguero“Las cosas más interesantes eran las cosas que no pasaban dentro del carro, y eso me sorprendió, sino alrededor del carro. El taller, el drama de conseguir petróleo clandestino, la odisea para registrarlo y sacar la patente. Todas esas cosas te abren una puerta a la sociedad. Y ese fue el método literario-antropológico. Era tratar de soltar esa inversión en Cuba como si fuera una miga de pan en un hormiguero y ver qué sucede”, explicó.
Se ganó la confianza de la gente, se hizo amigos, compartió sus penas y sus glorias, salidas, cumpleaños, viajes a las provincias a ver sus familias. Conoció, sobre todo, el desdén entre sus amistades por una revolución que perdió su mística, y que se mantiene en pie sobre la base de propaganda vacía y a punta de pistola.
“Quedan algunos de la generación histórica, de los que vieron los logros de la revolución, como la alfabetización que se hizo en la década de 1960, las campañas de vacunación, cierta distribución de la riqueza, etc., que son logros objetivos, sin duda. Fueron miles los cubanos que salieron a la calle cuando murió Fidel Castro en 2016 y pasó su ataúd de La Habana hasta el extremo este del país para saludar al líder. Fue un pesar genuino”, recordó.
En el otro extremo están los que crecieron en las décadas de 1990 o 2000, en la Cuba de la escasez. Los que veían en Fidel no a un héroe que bajó de la sierra como el salvador del pueblo, sino a un mandamás de largos discursos sin sentido. “Ellos notan la separación entre lo que se dice en la televisión y lo que vives en la esquina, el abismo entre la propaganda y tu vida cotidiana. Esa generación está creciendo y no le otorga legitimidad al régimen”, señaló.
Si la diferencia de edad marca un corte radical entre los cubanos sobre la visión de la historia, la diferencia entre los que tienen la batuta y el resto de la sociedad marca una grieta igual de insalvable sobre el acceso a los bienes y servicios, sobre el nivel de vida.
“Creo que esa es la diferenciación clave, los que tienen poder formal y los que no tienen nada. Y eso se representa incluso en el idioma cotidiano del pueblo, que habla de esa gente como ‘ellos’. Todos saben que ‘ellos’ son la cúpula. Es casi una cosa misteriosa, pero es una clase de privilegiados militares que viven en Siboney, en Miramar, en los barrios más ricos de La Habana, tienen cuentas bancarias en Suiza y sus hijos tienen vacaciones en Mónaco. Esa es una división de poder fundamental”, señaló.
“Se ha creado también una clase alta de empresarios con contactos con el régimen. En muchos casos son los propios hijos y nietos de los generales y de los líderes políticos, que tienen dos o tres bares, que tienen inversiones de afuera, que viajan. Ha aumentado la desigualdad y es una desigualdad que también está racializada. Los dueños de restaurantes y taxis casi siempre son blancos y casi siempre tienen familia en el exterior, y los trabajadores humildes casi nunca tienen esa conexión. En Cuba se dice que hay que tener mucha fe, pero fe en dos cosas: fe en Dios y FE, Familia en el Exterior”, agregó.
Obama en La HabanaFue durante el gobierno de Raúl Castro, que sucedió a su hermano mayor Fidel como el hombre fuerte de la isla, cuando Ståle se afincó en Cuba con su decrépito taxi. Fueron también los años del deshielo del presidente Barack Obama, que desde la Casa Blanca intentaba, por primera vez, un enfoque de acercamiento a los dinosaurios comunistas.
Eran momentos de expectativa de cambio, sin duda, porque también desde dentro del régimen salían señales de cierta mínima apertura. De hecho, el subtítulo del libro de Ståle es Cuba y los años de la ilusión. Después, claro, los cubanos del común volvieron al calvario de costumbre. No se pudo con la inercia decadente. Desde entonces la sociedad civil intenta recomponerse e impulsar el cambio, aunque sin resultados, según comprobó Ståle. La fuerza bruta, junto a su sistema asociado de espionaje y delación, siempre ha funcionado bien en la isla. Lo único que no falla.
“Se han visto protestas en Cuba y la protesta del 11 de julio de 2021 fue masiva e impactante. Pero existe también una protesta silenciosa que se representa en el éxodo masivo de casi dos millones de personas que han salido del país en dos o tres años. En 2021 la protesta fue reprimida totalmente, detuvieron a más de 1500 personas casi de un día para el otro. Y eso fue para esa generación una lección de que salir a protestar en las calles es un peligro inmenso y que es mejor irse del país”, dijo Ståle, subrayando el torrente de migrantes que ven en cualquier sitio donde puedan recalar una segura mejora con lo que dejan al irse.
Dejan atrás las penurias, la miseria, la escasez. Pero también los arrestos y juicios amañados, los castigos y aprietes. ¿Pero cómo justifica el régimen su práctica represiva? Una cosa es explicar la pobreza culpando al embargo estadounidense, el viejo comodín que pretende dar cuenta del 100% del descalabro económico y social. Pero la represión no tiene ningún criterio de dónde aferrarse. Aunque tal vez sí. Según recordó Ståle, se basa en un solo argumento, que al igual que el embargo comercial ha servido de llave maestra: los agentes del imperialismo norteamericano.
“Para mantener y para practicar ese nivel de represión tienes que sostener que cualquier periodista independiente es pagado por la CIA. Muchos opositores y disidentes son periodistas jóvenes que quieren hacer cosas, pero los demonizan como gusanos pagados por el imperio y eso facilita la represión. Pero la gente no se cree que se llevaron preso a tal porque era un mercenario. Como te contaba antes, ese abismo de propaganda entre lo que se describe en la prensa y lo que se vive está muy internalizado en el cubano, y al leer las noticias siempre lo toman con distancia”, señaló.
Ståle vivió la era de la conciliación de Obama con los cubanos, y ahora sigue de cerca la contracara de aquel momento, la presión extrema que está ejerciendo Donald Trump. El jefe de la Casa Blanca quiere llevar al régimen a negociar, a tramitar cambios urgentes, a abrirse a la fuerza. Al parecer nadie tiene del todo claro que este enfoque de asedio derrumbe al final al sistema, ni qué será en definitiva lo que puede terminar emergiendo.
“Algunos esperan algo de la situación y de la historia que aparentemente está en marcha de nuevo, del tablero que se ha movido y que ese impulso se transforme en logros sociales, materiales, económicos. Otros temen que el resultado de una apertura entre Estados Unidos y Cuba se transforme, no en un cambio real, sino en un fraude. Que se quiten un par de líderes y se liberen unos cuantos presos, pero que la división de poder fundamental de la sociedad siga como era. Hay mucha incertidumbre, un poco de esperanza, y sobre todo mucha desesperación”, lamentó.
Si su travesía a la isla fue un viaje al pasado, sus muchos conocidos cubanos también quieren viajar en el tiempo, pero en sentido contrario. “Está la sensación de que se ha apagado la luz. No simplemente en el sentido de que hay apagones, a veces de más de 20 horas. Pero también que se ha apagado la luz del espíritu, que el futuro se ha transformado no ya en un tiempo diferente, sino en un lugar diferente. El futuro es la migración, es otro sitio”.