Sin piedad: ¿Es posible que la humanidad delegue todo?
Sin piedad (Mercy, Estados Unidos/2026). Dirección: Timur Bekmambetov. Guion: Marco Van Belle. Fotografía: Khalid Mohtaseb. Edición: Dody Dorn, Austin Keeling, Lam T. Nguyen. Elenco: Chris Pratt...
Sin piedad (Mercy, Estados Unidos/2026). Dirección: Timur Bekmambetov. Guion: Marco Van Belle. Fotografía: Khalid Mohtaseb. Edición: Dody Dorn, Austin Keeling, Lam T. Nguyen. Elenco: Chris Pratt, Rebecca Ferguson, Kali Reis, Anabelle Wallis, Chris Sullivan Kylie Rogers. Calificación: No disponible. Distribuidora: UIP-Sony. Duración: 100 minutos Nuestra opinión: regular.
En una distopía no muy lejana a nuestra realidad, el crimen es el comodín para ejercer el control de la población y el Tribunal de la Piedad en la ciudad de Los Ángeles, su mejor experimento. Chris Raven (Chris Pratt) era su ejemplar adalid hasta que se convirtió en su perfecta víctima: todavía alcoholizado, se descubre sentado en la silla eléctrica del tribunal listo para la ejecución. Es acusado de haber asesinado a su esposa Nicole (Anabelle Wallis), a puñaladas y en su propia casa. Juez, jurado y verdugo, el Tribunal de la Piedad se encarna en el rostro amable de la jueza Maddox (Rebecca Ferguson), una versión ideal de la justicia creada por la inteligencia artificial.
Maddox parece no tener emociones ni preferencias que afecten su juicio a la hora de dictar sentencia y su tarea consiste en orientar al acusado en la prueba de su inocencia (novedad: no todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, sino a la inversa). Por ende, Chris tiene apenas hora y media para demostrar que no mató a su esposa y hallar al verdadero culpable, teniendo para ello acceso total a un servidor en el que toda la información es almacenada. Y toda es toda, porque cada ciudadano debe dar al tribunal acceso a sus dispositivos, y todos sus datos -mensajes, fotos y videos- quedan a discreción de “Mercy” (casi de manera reveladora, el título local invierte el sentido original anulando la ironía). El sueño de una sociedad voluntariamente vigilada y de una justicia objetiva y expeditiva se ha hecho realidad. O pesadilla.
Esa es la premisa y el contenido total de Sin piedad, película que, al igual que la justicia que retrata, parece hecha con IA. Todas sus imágenes provienen de dispositivos “neutrales” -cámaras de seguridad, drones aéreos y terrestres, videos de celulares, registros hogareños-, y la tarea del director Timur Bekmambetov queda reducida a la mera compaginación de esos materiales, siguiendo la misma operatoria de sus personajes.
Es que toda la película nos mantiene atados a una habitación en el tribunal donde un Chris encadenado a una silla dialoga con una imagen femenina mientras exploran archivos digitales, realizan llamadas telefónicas y juntan piezas de un misterio por demás previsible. Lógicamente la condición de sospechoso se combina con la del detective, ahogando en el vértigo de la cuenta regresiva cualquier complejidad humana para los personajes o riqueza dramática para la acción.
Es claro que la evidente inspiración del guion del irlandés Marco van Belle es la historia de Philip K. Dick filmada por Steven Spielberg en Minority Report (2002), pero allí sí había astucia e ingenio en la trama e inteligencia en su resolución. Sin piedad no puede salir del entusiasmo por el artefacto que cree haber elaborado, con sus múltiples camaritas y su velocidad arrolladora, al mismo tiempo que no tiene a una estrella como Tom Cruise, sino a un héroe recio y con músculos como Pratt, quien falla en transmitir matices en sus expresiones o siquiera un trazo de ambigüedad en su conciencia. Ferguson consigue habitar a ese rostro de algoritmo de una tensión contenida, pero no alcanza para sostener la dimensión humana de la película.
Bekmambetov había dirigido a Pratt en Se busca (2008), quizás la película que le dio su primera fama, y este reencuentro resuena entre compensación y puesta al día de aquellas búsquedas más tecnológicas que cinematográficas. El problema estructural de Sin piedad es que no quiere ser más que una ilustración de los dilemas contemporáneos en relación con la inteligencia artificial. Entonces, se pregunta: ¿es posible que la humanidad delegue en el algoritmo decisiones que involucran la vida y la muerte, la justicia y la libertad? Sobre ese interrogante que hoy aparece por doquier, en discusiones serias y en otras banales, el director y su guionista construyen una historia demasiado trajinada, fruto del rejunte de literatura de ciencia ficción, crónica policial y true crime. Poco más hay para descubrir que los límites de la IA nacen de los propios límites humanos.