“Si te quieren, estás haciendo las cosas mal”: el mandato que una empresaria desafió para humanizar su compañía
Cecilia Zucco todavía recuerda cuando llegó a su primer día de trabajo en una de las estaciones de servicio que administraba su familia. Recién había egresado del secundario y había ido vesti...
Cecilia Zucco todavía recuerda cuando llegó a su primer día de trabajo en una de las estaciones de servicio que administraba su familia. Recién había egresado del secundario y había ido vestida de punta en blanco. Estaba convencida de que su papá la iba a ubicar en el área administrativa. Pero la primera tarea que le asignaron fue limpiar los baños.
“Si el día de mañana le vas a pedir a otro que haga este trabajo, primero tenés que saber hacerlo vos”, le dijo ese día Pablo, su papá.
“Él quería que no me la creyera, que arrancara desde abajo”, recuerda ahora, sentada en la sala de reuniones de la estación de servicio que tiene en Esteban Echeverría y a la que se llega después de pasar una oficina compartida. Desde la ventana ve los surtidores y los autos que se detienen a cargar combustible.
A los 46 años, Cecilia recuerda muchos de esos consejos paternos. Pero hay uno que al principio marcó su forma de trabajar: “Si tus empleados te quieren, es porque estás haciendo las cosas mal”. Esa frase se volvió casi un mantra cuando, con solo 23 años, tuvo que ponerse al frente de la empresa porque tanto su papá como su hermano mayor atravesaban problemas de salud.
“De golpe tenía 50 familias que dependían de mí y de mis decisiones”, relata. Su instinto la llevó a replicar el modelo de su papá como si siguiera un manual de instrucciones. Hoy revive esos primeros años como una etapa en la que fue autoritaria y distante. Pero enseguida descubrió que más que respeto, generaba miedo en los demás y una mezcla de malestar y disconformidad en ella misma.
“Ahí empecé a formarme, a capacitarme y entendí que había otras maneras de liderar”, explica. Entre todas esas nuevas formas, hubo una que le resonó especialmente: “Yo quería inspirar. Que mis empleados hicieran las cosas lo mejor posible porque se sienten bien en el lugar donde trabajan”, dice.
Del miedo a la inspiraciónCon esa idea fue construyendo un programa de incentivos que incluye desde salidas a salas de escape hasta tortas de cumpleaños personalizadas y cajas navideñas que arma junto a su hija mayor. En cada una suma regalos pensados para los chicos de las familias de sus empleados.
“Ya es una tradición que tengo con mi hija. Arrancamos cuando ella tenía 8 años y ahora tiene 17. Cada vez tratamos de superarnos”, cuenta con una sonrisa y agrega: “Me imagino que cada empleado abrirá la caja en familia, así que para mí es como meterme un ratito en la casa de cada uno”.
En 2019, incorporó un beneficio que terminó convirtiéndose en el más codiciado por todos: quienes tienen asistencia perfecta y no registran sanciones disciplinarias durante el año acceden a una semana de alojamiento gratuito en su departamento familiar de Miramar. El mismo espacio en donde Cecilia pasó los veranos de su infancia hasta los 14 años.
El departamento, cuenta, había quedado olvidado y se había deteriorado por falta de uso. “Estábamos pensando en venderlo. Pero como ya alguna vez se lo habíamos prestado a algún empleado, se me ocurrió remodelarlo y convertirlo en otro incentivo”, explica y sigue: “Ahora el departamento es para ellos”.
Corría el año 2020 y, por la pandemia, siguió la remodelación a distancia. Cada vez que le tocaba elegir algún material, lo hacía por Zoom. Así fue siguiendo los avances. “No quería que el premio fuera una sobra. Yo quería darles un lugar digno, confortable. Que vacacionaran como a mí me gusta hacerlo”, dice Cecilia.
La empresaria dice que disfruta cada vez que un empleado le comparte sus fotos al volver. “Te cuentan que se van enamorando del lugar. Y aunque no ganen la estadía siguen veraneando allá por el cariño que le tomaron a la ciudad”, cuenta.
La iniciativa, asegura, mejoró notablemente la asistencia del personal. “El primer año hubo un solo ganador. Pero en los últimos veranos terminé alquilando un segundo departamento para que todos pudieran acceder al premio”, dice.
Cada familia que llega a Miramar encuentra un cartel de bienvenida y un kit con yerba, galletitas, agua mineral y artículos básicos. Además, tiene cubierta una semana de balneario. “Así no tienen que cargar reposeras ni preocuparse por esos gastos”, explica Cecilia.
El departamento está ubicado a dos cuadras del mar y sobre una peatonal, es decir, muy a mano de las principales atracciones del lugar. “Esto hace que, hasta los que no tienen auto, puedan ir y disfrutar. La idea es que tengan una experiencia de lujo dentro de lo que le podemos ofrecer”, sostiene.
Entre quienes accedieron al beneficio hubo, incluso, personas que nunca habían visto el mar. “Al principio me decían que Miramar era de cheto. No sé si porque la confundían con Pinamar”, dice entre risas.
Si trabajás en recursos humanos, sos empresario o tenés un comercio o emprendimiento, podés emplear a jóvenes vulnerables con el mundo del trabajo formal.
“Ser piso y no techo”Cecilia sabe que muchos de sus empleados vienen de familias en donde el empleo formal no era la regla. Por eso, está convencida de que las empresas pueden cumplir un rol clave para romper ciclos de informalidad y falta de oportunidades.
“Cuando ofrecés un trabajo digno y con beneficios, no solo mejorás la autoestima de tus empleados hoy, también ayudás a construir un futuro distinto para ellos y para sus hijos”, sostiene.
Según su mirada, cuando un empleo se transforma en un piso de dignidad, el trabajador también empieza a proyectar otro horizonte para sí mismo. “No podemos hacer otra cosa si de verdad soñamos con una sociedad más justa”, dice.
Hoy, el Grupo Zucco tiene tres estaciones de servicio en La Matanza y una en Esteban Echeverría. Y emplea a unas 100 personas.
Durante varios años, cuenta Cecilia, el énfasis de su empresa a la hora de emplear estaba puesto en contratar jóvenes. “Después entendimos que necesitábamos que nuestro plantel fuera más heterogéneo. Necesitábamos, por ejemplo, gente capacitada para liderar a esos jóvenes”, dice.
Trabajar con jóvenes sin experiencia y hasta, muchas veces, sin demasiadas oportunidades en la vida exige, señala la empresaria, una dosis de docencia y no dar nada por sentado.
Por ejemplo, el manual de convivencia de la empresa está escrito en lenguaje sencillo. Y se lo leen a cada empleado cuando arranca, dispuestos a explicar cualquier cosa que no entiendan.
“Yo lo veo como una oportunidad, los jóvenes tienen una energía única. Cuando los formamos desde cero en nuestra cultura de trabajo, les mostramos que el mundo laboral también puede ser un espacio de respeto y crecimiento”, explica.
Zucco cuenta que es frecuente que, al principio, los jóvenes sean extremadamente tímidos. “Acá les enseñamos desde la puntualidad hasta la importancia de mirar a los ojos al cliente, porque entendemos que estamos formando personas, no solo empleados”, dice.
“No sos un número”Gastón Fraga tenía 22 años cuando llegó a la empresa. Arrastraba una historia marcada por las carencias: noches en las que cenaba apenas un té y un alfajor para dejarle la poca comida disponible de su casa a sus hermanos menores, alguna que otra noche en situación de calle por no tener en donde dormir.
La noticia de un trabajo en blanco le llegó justo el día de su cumpleaños. “Me puse a llorar. No lo podía creer”, recuerda hoy, a pocos días de cumplir 30 años. “Ya me preguntaron cómo quería mi torta”, cuenta feliz. Y entonces se explaya: “La pedí de crema chantilly y galletitas Oreo, con decoración de Géminis. La voy a compartir con mi familia y mis amigos”.
Sentirse especial por su cumpleaños es algo que no siempre le pasó en la vida. La necesidad de sentirse útil en una familia atravesada por las necesidades hizo que muchas veces, sus sueños y deseos se desdibujaran.
Durante la adolescencia, Gastón había tenido que abandonar la escuela para cuidar a sus hermanos mientras su mamá trabajaba. Y eso, la falta del secundario completo, se volvió un obstáculo cada vez que salía a buscar empleo.
Cuando soñaba en qué iba a gastar su plata cuando trabajara, Gastón no pensaba en viajes ni en objetos suntuosos. “Yo quería tener un lugar propio al que llegar después del trabajo y estar tranquilo”, dice.
A través de un programa municipal articulado con pymes como la de Cecilia, accedió a un período de prueba en la estación de servicio. “Cuando me contaron todos los beneficios, yo tenía tantas ganas de pertenecer que limpiaba los baños a cada rato”, recuerda entre sonrisas. A siete años de aquel inicio, gracias a su trabajo pudo cumplir su sueño de irse a vivir solo. Además, terminó la secundaria y sigue ayudando económicamente a su familia.
“En esta empresa no sos un número, siempre te impulsan a mejorar”, dice Gastón. Ese impulso le dio la fuerza necesaria para terminar la escuela de manera virtual y mejorar sus habilidades de comunicación. A futuro sueña con llegar a encargado y estudiar alguna carrera vinculada con la informática. “También espero ganarme la estadía en Miramar. Sé que lo voy a lograr”, sostiene convencido.
“Este trabajo me enseñó que las oportunidades llegan, pero hay que saber aprovecharlas”, asegura.
Para Cecilia, historias como la de Gastón terminan de confirmar su apuesta por un liderazgo basado en la inspiración y no en el miedo. “Liderar desde el cuidado no nos hace menos exigentes, nos hace más humanos. Creo que, como empresarios, tenemos que preguntarnos cuál es la huella que queremos dejar”, concluye.
Si trabajás en recursos humanos, sos empresario o tenés un comercio o emprendimiento, podés emplear a jóvenes vulnerables con el mundo del trabajo formal.
Vidas desigualesEsta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables