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Sebastián Albín: jugó en la primera de River, metió un hit cumbiero que bailó el país, pasó por un reality y ahora se dedica a la cocina

Multidisciplinario. Así se define Sebastián Ablín. Y así lo demuestra su trayectoria, sus reinvenciones, el salto de un ámbito al otro, una carrera ecléctica de cambios y aprendizajes....

Sebastián Albín: jugó en la primera de River, metió un hit cumbiero que bailó el país, pasó por un reality y ahora se dedica a la cocina

Multidisciplinario. Así se define Sebastián Ablín. Y así lo demuestra su trayectoria, sus reinvenciones, el salto de un ámbito al otro, una carrera ecléctica de cambios y aprendizajes....

Multidisciplinario. Así se define Sebastián Ablín. Y así lo demuestra su trayectoria, sus reinvenciones, el salto de un ámbito al otro, una carrera ecléctica de cambios y aprendizajes.

Para entenderlo hay que ir en orden.

Sebastián tiene 53 años, pero a los 14 jugaba al fútbol en el Instituto River Plate. Escaló rápido: alrededor de los 16 ya estaba en Tercera división. Se había salteado varias etapas. Fue un camino intempestivo, y a los 18 llegó a Primera. Fue un ascenso fortuito.

“Fue muy rápido, no me costó mucho esfuerzo. Cuando estaba inspirado, lucía —bromea—. Siempre me probé de 10 o de 8. Generalmente en inferiores, y más en esa época, en donde se necesitaban marcadores de punta ofensivos, a los que iban como volantes se los retrasaba. Ahí conseguían buena salida y también lugar para dejar a los más habilidosos. Así que me retrocedieron y bueno, entré”, explica.

El hecho casual que lo catapultó fue que el lateral derecho titular de su división no pudo asistir a un entrenamiento por estar en el viaje de egresados. Sebastián ocupó su lugar en una práctica, donde tuvo un desempeño excelente frente a Alejandro Sabella, técnico de la reserva en ese entonces. Lo vio, le gustó y lo mandaron a la pretemporada de verano. Daniel Pasarella dirigía la Primera.

“En ese momento me bajó el santo y bueno, jugué muy bien. Los dos marcadores de River, tanto “El Loco” Enrique y Basualdo, iban a la Selección (campeona en Chile 91). Como ellos viajaron, se me dio un espacio, y yo lo aproveché rápidamente. Llegué al toque. Debuté contra Racing, ganamos 1 a 0”, recuerda.

También jugó contra Boca, en un plantel que compartió con grandes como Jorge Higuaín, Ramón Medina Bello, Juan Amador Sánchez, Gustavo Zapata, entre otros.

Tenía futuro, pero ese presente futbolístico duró poco. Algo no le terminaba de cerrar. El deporte en ese entonces era diferente, asegura: “Era otro fútbol, eran otros códigos. No había tanta igualdad entre los más jóvenes y los más grandes. Tenías que ser más sumiso a los grandes ‘caciques’”.

Pero no fue eso lo que lo llevó a alejarse. O no fue solo eso. Hace énfasis en el nivel de competencia y en la percepción que había, y a veces todavía hay, del fútbol como “salvación” económica, una lectura casi maniquea: o se tiene poco dinero para acceder a la salud, a la educación, o el fútbol te da todo, la posibilidad de colaborar con la familia, de comprar la casa. El fútbol como camino para alcanzar el bienestar: “Esa sensación, si uno no está convencido, se vuelve una presión muy grande”.

Se termina perdiendo la idea del fútbol como un juego, como un espacio que, además de laboral, también es lúdico. Ejemplifica con el cambio que se vio en la Selección Argentina después del fracaso de Sampaoli, el ánimo bajo de los jugadores: “Tuvo que venir un tipo como Scaloni, que jugaba desde los 13 años, para recordarles a todos esos monstruos que el fútbol es un juego, a vivirlo diferente. Lo primero que tiene que pasar es disfrutar, y para disfrutar necesitás estar ahí. Vos le veías la cara a Messi en 2022 y no pensaba en otra cosa más que en la pelota”.

Hace el contraste con los disparos errados al arco del Pipita Higuaín y Rodrigo Palacio en el Mundial 2014: “Los dos tuvieron tiempo de darse cuenta de que estaban solos frente al arquero, y eso bastó para que patearan a cualquier lado. Ahí se metió el pensamiento. Y bueno, resumiendo, a mí me abrumó el pensamiento”.

Perdió la gracia del juego, pero la encontró en otro lado: la música.

De la cancha a la batería

A ese agobio se le sumó una lesión. Tuvo que operarse del menisco, y estuvo parado casi un año. Después volvió a jugar poco tiempo, hasta que decidió dejar el fútbol para siempre. “Cuando volví me seguía encontrando con desilusiones constantes que no soporté. No me gustaba, la pasaba muy mal en los vestuarios. No me sentía pleno. Jugaba bien, pero había algo que nunca me cerró”, dice.

La música es más libre, agrega, lo hacía sentir diferente: “Ni hablar del ambiente, para mí fue mucho más ameno y grato que el de la competencia tan fuerte. En la música sigue habiendo competencia, pero mucha es con vos mismo, que ya es otra cosa. Podés tocar solo, podés tocar acompañado, tiene unas variables enormes”.

¿Cómo cambió la gambeta por la batería? ¿Cómo eligió el instrumento? Lo cierto es que no lo recuerda, pero habla de distintos momentos que lo fueron llevando a eso, algunos recuerda al hablar.

Cuenta, por ejemplo, que tiene un primo guitarrista, y que este tenía, a su vez, un amigo baterista. Ahí le llamó la atención el instrumento. Pero también destaca un festival en la escuela donde enseñaba su papá. Habían armado una batería amplificada. Él se sentó en el banquillo, tocó el bombo, el redoblante, escuchó el sonido: “No sé qué me pasó, pero dije: ‘Esto me vuelve loco’”.

Algún video de AC/DC de finales de los 80; o Deep Purple; Sting tocando con la filarmónica en la entrega de los premios Oscar en la misma década; el disco Thriller de Michael Jackson: no sabe exactamente qué ni cuándo, pero hace un relevamiento de todo lo que pudo haberlo impulsado a volcarse hacia la música.

Su primer gran momento fue cuando formó parte del grupo de cumbia Los Chakales. Tenía un conocido en común que estaba en otra banda, Vagantes Nocturnos. Él le hizo el contacto, se presentó a un casting y quedó. Ensayó “los pasitos” de las canciones, tuvieron un gran hit que sigue sonando, “Vete de mi lado”. ´Tocaban mucho cada noche, frente a 4000, 5000 personas por evento. Después lo echaron, duró seis meses, pero no se conformaba con las condiciones: “Me quise poner reglamentista y me dijeron: ‘Que te vaya bien’”, cuenta.

Pero unos años después de esa fugaz participación tuvo una idea junto a su hermano Santiago. Se inspiraron en el grupo inglés Stomp y crearon una banda performática que interpreta música con objetos cotidianos: El choque urbano.

El choque urbano

Sebastián había participado antes del grupo de percusión Caturga, derivado de la murga de Catalinas Sur, en La Boca, y creado en 1994. Cuando la banda “terminó su ciclo”, arrancó con el proyecto de El choque urbano. Era el 2001, con una economía que los ayudó a conseguir un éxito rápido: “Se juntó con la pesificación, la poca posibilidad de que vengan artistas extranjeros por la fuerte devaluación, y se empezó a necesitar producto interno. Así ingresamos fuerte”.

Fue un crecimiento parecido al de su paso por River: empezaron a tocar en un predio cerca de las vías de Retiro. Los vio un productor que los llevó al teatro La Comedia, donde los conoció León Gieco, quien a su vez los acercó al Luna Park. Después los contactó otro productor importante que los llevó al Paseo la Plaza.

Ahora, al grupo lo integran, entre muchos otros, sus hermanos, Santiago, percusionista, y Manuel, que fue director y actualmente es realizador de su última producción, Trash. También su cuñada, Analía González, coreógrafa. Trash se presenta en su página web como “un concierto totalmente improvisado en un espacio 360°”, un encuentro en el espacio cultural Maquinal Maquinal, en la zona de Abasto.

Gracias a la música Sebastián vivió, después de años, un acercamiento con River que para él fue “reparador”.

View this post on Instagram Reencuentro con Gallardo

El 9 de diciembre de 2019, El Choque participó de una celebración que armó River al año de consagrarse campeones de la Copa Libertadores, tras ganarle la final a Boca en Madrid.

Durante el ensayo, se acercó al vestuario. Le contó una anécdota a un hombre de la producción: cuando en 1991 Marcelo Gallardo debutó en la reserva de River, en un enfrentamiento contra Platense en la cancha de Independiente, recuerda, una de las primeras jugadas que hizo fue un caño al contrincante. Sebastián era parte del equipo, pero se compenetró como un hincha más: gritó “ole”. Dice que Gallardo suele contar esa anécdota, porque en aquel entonces, ser reconocido por un compañero no era normal.

El portal web La página millonaria recupera lo que el propio Gallardo dijo en una entrevista con ESPN en 2012: “Ese día fui al banco y entré 20 minutos. Sobre la raya, agarro la pelota y, para salir del paso, le tiré un caño a un rival. Fue tan lindo que el loco éste, Sebastián Ablín, desde atrás le gritó ‘ole’. Fue muy gracioso. Se escuchaba todo porque no estaba el grito del público”.

“A mí me quedó esa anécdota como referencia del momento. Bueno, entonces en el ensayo lo fui a buscar. Hablé con el de seguridad, y al final me hicieron pasar y lo vi. Me llevó con el plantel que había ganado la Libertadores. Yo hacía 29 años que no pisaba ese vestuario, así que estaba muy emocionado. Me dijo que tocara algo frente a los jugadores. Eso me quedó guardado para siempre. Fue como un momento de reparación con mis recuerdos de River”, agrega.

Pero a pesar de esa “reparación” con su club, cambió su rumbo una vez más.

El paso por Masterchef

“Me estoy reinventando. Me gusta mucho la cocina, la amo, y en este momento la producción de El Choque requiere mis servicios. Hago la comida para todos los que participan en el staff fijo y los invitados, que rondan entre 25 y 30 por presentación”, comenta.

Aunque ya no es percusionista del grupo, armó un emprendimiento nuevo: El ingrediente secreto, en donde se presenta como “cocinero/catering para artistas”. Para esta otra pasión sí tiene una influencia más clara que para la música: “Mi viejo y mi vieja. Además, a mí me gusta mucho el buen comer, y en una época en donde tenía la posibilidad económica, iba a muchos restaurantes de la ciudad. Pegué buena onda con muchos cocineros, me enamoré de los fuegos, de la alquimia, modificar el estado de ánimo de la gente… Siempre conectado con eso de transmitirle algo a las personas, más allá de que sea música, fútbol o cocina”.

En 2015, además, participó del reality Masterchef. Una vez más, como su ascenso en River, fue un evento fortuito: El Choque iba a hacer una presentación en Masterchef Junior, así que se reunieron con los productores. Vieron fotos de los nuevos participantes, y uno de sus hermanos (no recuerda cuál) preguntó si estaba abierto el casting. Ya lo habían cerrado.

“‘Él quiere hacer el casting’, dijo, y me señaló. Entonces el productor me preguntó, y bueno, yo con la idea de que el sí siempre suma más que el no, dije que sí. Y terminé participando del programa sin haberlo visto antes. No sabía ni cómo era, que te daban tanto en el ego. Juegan con la emoción, pero bueno, uno sabe que va a un reality. Uno viene de la casa, donde siempre está contenido, te dicen que cocinaste rico, que te salió bien el asado… y ahí te sacan un poco del eje. Son las reglas del juego”, explica.

Le iba bien, había entendido ese juego. Era creativo y, además, “tenía problemas divertidos”, y sabía que eso, tener problemas, lo acercaba más al público que hacer un buen plato. No ganó, pero avanzó bastante: participó de 14 programas en los que empezaron compitiendo 20 chefs.

Su proyecto de cocina, El choque urbano con Trash y una posible producción nueva para el próximo año, tiene varios planes. Pero a futuro, su meta es otra, más personal: “Más allá de eso, quiero tomarme las cosas de una forma distinta. Acercarme a la idea de que lo importante son otras cosas. Me parece que mi proyecto es estar preparado anímicamente, mentalmente, emocionalmente a que nada afecte mi relación con mi hijo, con mi compañera, con la familia, mis seres queridos, el trato cotidiano con la gente. No enfermarme la cabeza”.

Básicamente, añade, “vivir lo bello”, los momentos simples: un buen café por la mañana, una rica comida con su hijo a la noche, encontrarse con la familia, no pelearse.

Al fútbol no juega más. Sufrió artrosis de cadera, estuvo seis o siete años con renguera progresiva a causa de esto, y hace dos años se operó. Ahora está recuperando la movilidad, intenta caminar, trotar.

¿Cambiaría algo de lo que hizo? ¿Se arrepiente?: “Cuando uno dice ‘vuelvo atrás’, también tiene que pensar qué parte de las condiciones por las que uno volvería atrás implicarían borrar todo lo vivido hasta ahora. Yo no tendría a mi hijo, no hubiera conocido a la madre de mi hijo, no hubiese existido El choque urbano. No me arrepiento de no haber jugado más, me arrepiento de otras cosas”.

También dejó de tocar la batería de manera profesional, pero sigue haciéndolo con su hijo. La música es, ahora, una forma de conectar con su familia y un tema constante de conversación.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/sebastian-albin-jugo-en-la-primera-de-river-metio-un-hit-cumbiero-que-bailo-el-pais-paso-por-un-nid02022026/

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