Se amaban profundamente, vivieron un idilio, pero había algo clave que no compartían: “Creí que era algo de la juventud”
A los veinte, Analía solía ser una de esas mujeres soñadoras, amantes de la naturaleza y la vida simple. Y en cuestiones del amor, indefectiblemente caía en el hechizo de los chicos de pelo lar...
A los veinte, Analía solía ser una de esas mujeres soñadoras, amantes de la naturaleza y la vida simple. Y en cuestiones del amor, indefectiblemente caía en el hechizo de los chicos de pelo largo y guitarra, en especial si estaban alejados de las pretensiones materialistas y con ganas de sumar su granito de arena en causas solidarias. Matías, un chico que conoció en un centro cultural de Tigre, provincia de Buenos Aires, sin dudas cumplía con todos los requisitos para encandilarla. Y no era la única, tan bien parecido como era, varias mujeres suspiraban alrededor suyo, mientras que los hombres se le pegaban, con la esperanza de que su imán les trajera su cuota de suerte.
Pero había algo que nadie comprendía del todo, tampoco Analía, la personalidad de Matías no era una fachada o una etapa pasajera: “Esto es algo que entendí a los porrazos y con el corazón roto”, asegura hoy Analía. “Debo admitir que yo era de esas chicas que se sentía atraída por todo ese cuadro, pero para vivirlo un tiempo y después cambiarlo, no para atravesarlo una vida entera y de las maneras más inesperadas”.
La historia de la chica `bien´ que reniega de los lujos y el chico de pelo largoAnalía era una chica de Acassuso, con una crianza que había transcurrido en un barrio muy elegante, en esas calles arboladas y circulares donde las personas se pierden como si hubieran caído en un bucle. Su padre viajaba siempre por trabajo y su madre había relegado la educación de sus hijos a las niñeras, por lo que ella creció con sensación de abandono, convencida de que el dinero no trae la felicidad y que más bien es capaz de alejar a las familias y sumirlas en una sensación de profunda soledad. Fue así que a los 15 casi solo escuchaba Pink Floyd y comenzó a involucrarse en todo tipo de comedores, organizaciones como `Un techo para mi país´ y a rechazar las actividades sociales y los lujos de sus padres.
La joven llegó a la universidad, podría decirse, con mucha más calles que varios de sus pares del secundario. Se inscribió en la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, y dividió sus horas restantes entre un trabajo medio tiempo en un centro médico y sus actividades solidarias y culturales: “Digamos que a los ojos de mis padres era una rebelde”, cuenta Analía. “Pero no era una oveja negra, siempre tuve muchos proyectos, mucho empuje, muchas ganas de estudiar, trabajar y hacer cosas. Y, por supuesto, mi procedencia siempre fue un privilegio”.
Fue así que para cuando Matías ingresó a su vida, toda su magia se alineó a la perfección con su visión del mundo. Y la química entre ellos fue inmediata: un cantar de a dos sin conocerse (Analía tiene mucha educación musical y un gran oído), una charla sobre la sociedad adormecida por el consumismo que duró horas, cerveza mediante, y el mejor primer beso que ella pueda recordar hasta el presente.
Analía y Matías se volvieron uno. Dos almas inseparables.
Un idilio golpeado por la realidad: “Debíamos cambiar nuestro estilo de vida”Primero vivieron en una casita elevada para evitar las sudestadas en Tigre, sobre el continente. Luego, involucrados a una causa para la mejora de los niños en las islas, se mudaron a la primera sección del Delta. Hasta allí, todo era casi idílico, su vida era una mezcla entre pasión romántica, causas nobles en común y una forma de consumo creativa, ecológica y austera.
Pero los años pasaron, y las circunstancias propias de la vida comenzaron a delatar sus carencias evidentes: una urgencia médica que casi le cuesta a Analía la vida, por estar tan inaccesibles a un hospital, tener los servicios básicos de manera escasa o intermitente, y la dificultad de generar suficiente dinero de la mano de emprendimientos o proyectos que no estaban apuntados a generar grandes ganancias.
“El amor que nos teníamos era inmenso”, asegura Analía. “Pero en mí nació el deseo de tener hijos, y fue en ese momento -en especial cuando tuve esa experiencia crítica con mi salud- que comprendí que debíamos cambiar nuestro estilo de vida, lo que para Matías significaba `aburguesarnos´”
Algo propio de la juventud que debe mutar: “Habíamos evolucionado de maneras diferentes”Desde chico, Matías se había criado entre barcos, y ya de adulto, más allá de sus causas solidarias, trabajaba entre un astillero y una arenera. Y justo para cuando Analía comenzaba a sentir que debían salir de la isla y regresar a tierra firme, él terminó un proyecto de años con un barco y sacó de su galera la idea más opuesta a todas: mudarse de la isla al barco.
Sin poner el grito en el cielo -no es el estilo de Analía-, ella se negó a semejante aventura, expresó sus miedos y su necesidad de volver al continente, a un trabajo estable para generar un sustento y formar una familia. El barco podría ser su escape, su sueño cumplido de fin de semanas.
Alguien tenía que ceder si deseaban compartir la vida. El amor era real y profundo y Matías aceptó: “Ahí es cuando comenzó realmente la caída de nuestra relación”, revela Analía. “Yo sinceramente pensé que la aventura del Delta, de la inestabilidad, de vivir con lo justo y todo lo asociado a una vida bastante fuera del sistema, era algo propio de nuestra juventud, una época de la vida inolvidable, pero que iba a cambiar. Pero para Matías, volver al ritmo de la ciudad fue terrible. Lo agobiaban los ruidos, la gente, no tener el agua pegada, incluso cómo se sentía estar en tierra bien firme. Comenzó a retrasar la idea de formar una familia y, al final del día tuvimos que aceptar algo: habíamos evolucionado de maneras diferentes”.
Tierra y agua: “Con el amor solo no alcanza”Pasaron varios años desde que Analía y Matías se separaron. Los primeros tiempos fueron muy dolorosos para ambos, él se fue a vivir al barco, e incluso hubo en el primer año un intento de volver, donde Analía cayó en la ilusión de que tal vez podría vivir con él en el agua. Lo hizo, pero fue demasiado extremo, demasiado irreal para su forma de ver la vida y para sus proyectos a futuro.
Hoy, con las heridas ya sanadas, son grandes amigos. Ella tiene un hijo y una vida simple, pero ordinaria, en tierra firme, con un trabajo de 9 a 18, sin los lujos de sus padres, pero en paz por tener todas las comodidades necesarias. Matías, mientras tanto, vive en el barco.
“A veces pienso que fue el amor de mi vida”, dice Analía, que es madre soltera. “Pero no podemos cambiar a nadie. Y hay cosas que son tan profundamente incompatibles que, con el amor solo, no alcanza”.
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