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Por qué no se filmó hasta ahora una gran película sobre la guerra de Malvinas

La Guerra de Malvinas es, por muchos motivos, un trauma histórico, como para los estadounidenses lo fue Vietnam. Sin embargo, mientras que Hollywood nos dio Apocalypse Now, El Francotirador o Peca...

Por qué no se filmó hasta ahora una gran película sobre la guerra de Malvinas

La Guerra de Malvinas es, por muchos motivos, un trauma histórico, como para los estadounidenses lo fue Vietnam. Sin embargo, mientras que Hollywood nos dio Apocalypse Now, El Francotirador o Peca...

La Guerra de Malvinas es, por muchos motivos, un trauma histórico, como para los estadounidenses lo fue Vietnam. Sin embargo, mientras que Hollywood nos dio Apocalypse Now, El Francotirador o Pecados de Guerra (por incluir solo las tres mejores películas sobre el tema), la Argentina no pudo todavía tener un film que reflejara ese trauma.

Malvinas produce un sentimiento ambiguo, una contradicción: por un lado, ese reclamo legítimo que nos inculcan desde la infancia; por el otro, un evento bélico lanzado por una dictadura criminal con el solo objeto de permanecer un poco más en el poder. Aquel 2 de Abril llevó a Plaza de Mayo a muchas personas que, dos días antes, habían protestado en el mismo lugar junto a la CGT contra el régimen entonces en manos de Leopoldo Fortunato Galtieri. Otro problema: el cine argentino podría haber optado por retratar esa complejidad, aunque implicara también el retrato del monstruo interno, como lo hicieron esas tres películas sobre el conflicto asiático que mencionamos.

Cuando llega la fecha y los medios piden alguna nota que repase las películas “de Malvinas” suceden varias cosas. La primera: hay pocas. La segunda: son de difícil acceso (la mayoría no está en plataformas). La tercera: no se ven o escuchan bien por el paso de los años. Y por último: no hay ninguna gran película sobre Malvinas.

El catálogo nacional se compone de Los chicos de la guerra (Bebe Kamin, 1984), Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005), Soldado argentino sólo conocido por Dios (Rodrigo Fernández Engler, 2016) y, más lateralmente, Fuckland (José Luis Marqués, 2000) y La deuda interna (Miguel Pereira, 1988), más una buena cantidad de documentales (quizás el más destacado sea Hundan al Belgrano, de Federico Urioste (1996) que muestran diferentes aspectos del hecho. Algunas son mejores que otras, ninguna es brillante o icónica. Es lo que hay.

La mayoría de las ficciones se concentra en el hecho de que muchos chicos sin apenas instrucción fueron arrastrados a pelear contra uno de los ejércitos mejor entrenados del planeta. Se han vuelto casi lugares comunes el maltrato de los superiores, la ayuda que no llegaba a las tropas, la desesperación y el miedo por enfrentarse a una situación alucinante.

Muy ocasionalmente aparece algún atisbo de heroísmo: en lo que estas películas se concentran es en la supervivencia. El retrato de la guerra es el de una expedición insensata cuyos responsables casi no aparecen y que mandan al sacrificio a un montón de adolescentes. Y sin embargo, al mismo tiempo todas estas películas declaran a la guerra como un acto justo. Pocas -prácticamente ninguna- analiza las causas del hecho, de por qué las FFAA en 1982 se lanzaron a una quijotada irresponsable que no podían ganar. Esto no invalida las historias individuales de quienes sufrieron en el campo de batalla. Tampoco, mucho menos, los verdaderos actos de heroísmo que surgieron al calor de las bombas.

El problema de base es la legitimidad no del reclamo sino de la guerra. No es una cuestión para abordar aquí, pero resulta curioso que nunca el arte argentino (ningún arte) se haya planteado siquiera como hipótesis que Malvinas no fuera una guerra justa. La ausencia de buenas películas sobre el asunto parte, pues, de dos problemas: el primero, la inversión técnica que implica un film bélico. El segundo, que el único foco posible está en las historias individuales, en lo que sufrieron los ex combatientes.

También hay un cierto contraste entre las ficciones y los documentales: mientras que en las primeras es un cliché el superior malo que tomaba whisky mientras los soldados se congelaban los miembros casi sin comida, en las segundas aparecen oficiales y suboficiales profesionales que trataron a los soldados con justicia. Esta diferencia es clave.

Porque en ella se concentra aquella ambigüedad de origen: la manera de condenar la dictadura -representada en esos oficiales- sin condenar la guerra. Lo que es casi un credo: es muy difícil, prácticamente imposible, decir públicamente que fue un manotazo de ahogado insensato que no debió haber ocurrido, aunque todos lo pensemos en privado. Quien lo hace, es condenado ipso facto con términos como “antipatria”. Quizás por eso, porque nuestros cineastas no quieren ni incomodar ni quedar mal con la vulgata nacional, es que no existe una gran película.

Cuando en realidad Malvinas fue el escenario de historias de supervivencia notables, de grandes momentos de la aviación bélica argentina que merecen una película, de actos se solidaridad y de camaradería, incluso entre adversarios. Quienes hemos visto lo mejor del cine bélico de Hollywood, sabemos que las mejores son películas ambiguas, incluso tristes y cuestionadoras como Fuimos los sacrificados, de John Ford; Arenas de Iwo-Jima, de Allan Dwan; o la sardónica Doce del Patíbulo, de Robert Aldrich. O, ejemplo de ejemplos, The Big Red One, de Samuel Fuller y Rescatando al soldado Ryan, de Steven Spielberg. En ninguna de esas películas la guerra es un deporte glorioso.

Y en todas se cuestiona el límite moral aunque no la legitimidad del combate (del otro lado, se recuerda, estaban los nazis). En el caso de Malvinas, sólo nos quedamos con la tragedia individual (no la aventura del hombre en peligro) porque no podemos ir más allá ni cuestionar (“cuestionar” no implica afirmar lo contrario, sino poner signos de interrogación) nuestros propios traumas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/por-que-no-se-filmo-hasta-ahora-una-gran-pelicula-sobre-la-guerra-de-malvinas-nid29032026/

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