Generales Escuchar artículo

Por qué el público se aleja cada vez más de las salas de cine: ¿crisis económica o cambio de costumbres?

Esta semana hubo un pequeño terremoto numérico: se conocieron las recaudaciones cinematográficas de enero y fueron las más bajas del siglo para ese mes. 2,1 (casi) millones de entradas respecto...

Por qué el público se aleja cada vez más de las salas de cine: ¿crisis económica o cambio de costumbres?

Esta semana hubo un pequeño terremoto numérico: se conocieron las recaudaciones cinematográficas de enero y fueron las más bajas del siglo para ese mes. 2,1 (casi) millones de entradas respecto...

Esta semana hubo un pequeño terremoto numérico: se conocieron las recaudaciones cinematográficas de enero y fueron las más bajas del siglo para ese mes. 2,1 (casi) millones de entradas respecto de 2,8 hace un año. 25% de variación. Por supuesto que el primer acusado por la baja fue el Gobierno, aunque en realidad el problema es otro y mucho más profundo. Una semana antes, tuvimos una amable discusión varios colegas en redes sociales a raíz de una nota. En esa publicación se explicaban las razones por las cuales el público no pisa una sala de cine. Los argumentos para no ir al cine eran —son— convincentes. Allí se decía que el público pierde, por un lado, la concentración y la inmersión en la película como única actividad posible, pero gana un catálogo inmenso, disponibilidad y la posibilidad de acceder con excelente calidad a una película adaptada al tiempo y posibilidades que uno tenga. Sin apelar a cierto romanticismo y a la nostalgia, es difícil defender el “ir al cine” como obligación moral o estética.

Los dos fenómenos están relacionados: va menos gente al cine y, cuando faltan películas para los que aún van (público familiar en plan salida), las recaudaciones se desploman. Es cierto que hay restricciones de gastos: un economista podrá explicar mejor que se cuida más el peso cuando la inflación es baja, por ejemplo, y entonces se planea dónde y cuándo se sale. Pero no es la única explicación ni la más interesante. Respecto del ingreso, una entrada de cine representa más o menos lo mismo que desde los noventa, entre cuatro y cinco dólares promedio para todo el país. Aunque sí, en el AMBA es más cara. Pero poca gente paga la entrada completa: hay 2x1, días de 50%, etcétera. No es la entrada la variable que expulsa a la gente de los cines, aunque —parece contradictorio, pero no lo es— sí puede serlo el costo. Veamos cuatro personas al 50% cada entrada un día normal. Cada ticket de alrededor de $9000 ($36.000 en total), más un combo de dos gaseosas y pochoclo, consumo que se ha vuelto una obligación para el público familiar, y hablamos del combo más barato, alrededor de $25.000.

Solo “ir al cine” implica unos sesenta mil pesos. Sumen viaje (transporte público directo serían unos $4000) o más o menos lo mismo o más si es que se va con auto (los cines suelen ofrecer dos horas de estacionamiento gratis, pero no suele alcanzar). Y no hablemos de comer lo mínimo luego, que puede fácilmente duplicar lo gastado hasta allí. La experiencia completa podría superar —repetimos, días con mitad de precio o promociones— por mucho los $100.000. ¿Quién puede pagar eso por semana? Y aclaremos algo importante: los productores (sobre los que recae también el gasto de marketing) solo ven alrededor del 50% del ticket. Cero participación en el resto del negocio, que va entero a las salas, service charge o incremento por “automatización” (hay cada vez menos humanos en un multicine) incluidos.

Ante tal gasto, el espectador va en busca de aquello en lo que cree que vale la pena invertir porque conoce la marca. De allí que fueran un éxito la última Avatar o la segunda Zootopia. Pero cuando el peso del estreno se diluye (y termina pasando más temprano que tarde), si no hay alternativas, la recaudación cae. Este enero fue especialmente malo en novedades. Dirá el lector: “Pero se estrenó Marty Supremo, que es una buena película; o Valor sentimental, que emociona mucho”. Ok, pero es difícil que alguien vaya a ver Marty... o Valor... con un balde de pochoclos. Es otro público, no “mejor” sino que busca una experiencia diferente de la del familiar. Y, por otro lado, es reducido y cada vez más espera que esa clase de películas más centrada en personajes e historia (que pierden muy poco en la experiencia casera dada la calidad de las pantallas actuales y, también, del sonido de los equipos hogareños) llegue a las plataformas. Y llegan, muchas veces, demasiado rápido.

Sí, la visión es bastante apocalíptica para el cine en salas y vamos a agregar dos puntos más. Uno: hay pocas pantallas y están concentradas básicamente en los multicines. Lugares poco amables para quienes quieren ver un film con algo (no estamos hablando de “mucho”) de contemplación, y que además requieren su viaje (quizá si muchos lectores tuvieran un cine en la esquina de su casa, quizá irían más seguido). Y luego, amigos, la educación del público. El reclamo más repetido en varias notas sobre lo que pasa con el cine en salas apunta al pésimo comportamiento de una parte importante del público. Celulares que no se apagan, conversaciones a viva voz en plena película, alimentos consumidos con ruido y descuido, movimientos constantes, fotos y grabaciones de la pantalla (con flash) y un enorme etcétera de “nos portamos como en casa, total...” que directamente ha expulsado a muchas personas de la experiencia. Sumemos la cada vez más escasa cantidad de funciones subtituladas. Antes el doblaje era básicamente para las películas realizadas para público infantil. Pero hoy la epidemia de no lectura ha alcanzado a todas las películas y es mayoritaria. A nadie parece importarle que destruye el diseño sonoro original, o que el subtitulado —en nuestra lejana infancia— era un aliciente para leer. No suma: resta público. Y en general, nadie se hace cargo de que la exhibición en multisalas sea ordenada o se pida un comportamiento más o menos civilizado.

Y la paradoja es esta: para que el cine funcione, requiere estrenos. La mayoría de los estrenos no son tanques. Si esos “no tanques” no traccionan público, cuando los “tanques” se agotan, no hay alternativas y la recaudación cae en un bache. Pero las salas privilegian los “tanques” porque es en general el público que consume lo que verdaderamente les da dinero: el pochoclo y las gaseosas, que tienen una ganancia monumental. Sin embargo, cuando privilegian ese tipo de experiencia, expulsan a los otros espectadores que se refugian en las plataformas y, por lo tanto, no sostienen las salas cuando los “tanques” no funcionan. Que fue lo que pasó en nuestro mercado en enero: los estrenos eran poco atractivos y ese público que duda en ir o no al cine decidió quedarse en casa. Ni siquiera los sedujo la promesa de tres horas de aire acondicionado.

Dicho de otro modo: lo que pasó fue un fenómeno de cambios de hábitos de consumo combinado con una muy mala gestión de públicos, nada más. El fenómeno no es ni de hoy, ni responde exclusivamente a la coyuntura económica (que influye, claramente), ni es de fácil solución sin inversión por parte de los exhibidores. Aunque hay alternativas.

Intentemos una defensa de la experiencia en salas. Provee una concentración total en el film, la posibilidad de ver detalles y comprender sutilezas que la pantalla hogareña disuelve bastante; en ciertos géneros viscerales (el terror, la comedia cómica) potencia el efecto con el “contagio” de la reacción de quienes nos rodean; y propone otro tipo de inmersión, incluso en espectáculos no inmersivos, porque en un cine solo podemos ver la película. Y propongamos algunas soluciones. La primera es insistir en la educación del público. No solo en las salas, no solo por parte de los exhibidores (que tienen amplia responsabilidad en el laissez-faire actual), sino también fuera. Pero además de modales, hay que crear un público y eso se hace educando para el audiovisual, sobre todo en los primeros años del secundario. El cine en el colegio suele usarse para “ilustrar” un hecho, pero rara o nula vez se explica por qué un plano es como es, por qué tal o cual sonido, por qué los actores tienen tal o cual registro. Opinión personal: educar formalmente en el audiovisual es central y urgente, mucho más allá del cine.

Segundo: pequeñas salas con muy buena tecnología que sean lugares de encuentro para espectadores de un cine que no busca la inmersión física. Y fuera del centro de la ciudad, de paso. El modelo con el que fue exitoso el teatro independiente. Es cierto que esto implica un problema: negociar ventanas de exhibición mucho más largas que las actuales para las salas. Volvamos con Valor sentimental: en breve, aparecerá en Mubi. Pero si una película es exitosa en salas, esa ventana para cine se amplía (ejemplo de este año: Homo Argentum, que postergó varias veces su ingreso en plataformas). Valor... es de esas películas que funcionan con el boca a boca y a la larga; quizás un circuito de salas chicas de no más de 50 espectadores, bar y programación amplia incluidas, logre ser una moda primero y cuajar como un modelo de renovación de público, después.

Tercero, desarrollar el gran formato. Parece contradictorio, pero una enseñanza que dejó 2025 en Hollywood es que muchos films lograron ser un éxito (Pecadores, Fórmula 1, Una batalla tras otra) gracias a que los espectadores elegían formatos de pantallas gigantes. Complementario con lo anterior, implica dividir el tipo de consumos (no el público: quien guste del cine irá a ver Marty Supremo y Fórmula 1 con igual entusiasmo en diferentes tipos de experiencia) y que se potencien. Claro que esto no funciona sin un compromiso de los exhibidores de difundir toda clase de películas y no solo las que, por defecto, venden snacks. Sería apuntar a la supervivencia del negocio a mediano plazo.

Estas propuestas son perfectibles, rebatibles, discutibles, pero las quejas del tipo “ya no se puede ir al cine porque la gente saca el celular” o “tuvimos un enero pésimo por culpa del Gobierno” no solo no sirven, sino que potencian el status quo. La sala de cine provee una experiencia bella, aunque el cine, se ha demostrado, ya no la necesita de modo imprescindible. Pero sería un mundo un poco menos rico —y un mucho menos civil, menos social, menos proclive a la convivencia— si se la dejara extinguir, especialmente por magnificar márgenes de ganancias con lo que rodea cada película en lugar de cuidar el producto central y su consumo. Veremos qué pasa en los próximos meses: si alguien levanta el guante o si un eventual taquillazo excepcional permite volver a meter la cabeza bajo la arena amparados en números. ¿Continuará? No sabemos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/por-que-el-publico-se-aleja-cada-vez-mas-de-las-salas-de-cine-crisis-economica-o-cambio-de-nid07022026/

Volver arriba