Por qué deberías comer las semillas de la sandía y no las de la manzana
Durante años nos enseñaron que, al comer una fruta, hay que descartar las semillas. Que, si no, “nos iba a crecer una plantita en la panza”, nos decían cuando éramos chicos. Y, en los casos...
Durante años nos enseñaron que, al comer una fruta, hay que descartar las semillas. Que, si no, “nos iba a crecer una plantita en la panza”, nos decían cuando éramos chicos. Y, en los casos más extremos, que había semillas capaces de envenenarnos, nos asustaban. Si bien es cierto que algunas de ellas pueden derivar en sustancias tóxicas, lo cierto es que no son tan peligrosas ni todas las semillas de frutas son contraproducentes. De hecho, algunas hasta aportan nutrientes valiosos. Entender la diferencia evita riesgos y también abre una puerta a un universo poco explorado de sabores y beneficios.
Joaquín Ais, biólogo dedicado a la gastronomía científica y autor del libro Botánica para comer (Siglo XXI) comienza por reconocer el asidero de la advertencia, aunque le resta gravedad: “Es cierto que algunas semillas pertenecientes a la familia de las rosáceas (manzana, pera, durazno) contienen precursores del cianuro. Sin embargo, para que eso sea peligroso, deberían masticarse muy bien y tragar cientos de semillas de una sola vez. Una semilla entera es una cápsula blindada que pasa por el cuerpo sin liberar nada”.
Ahora bien, despejada la inquietud, es importante aclarar que no por eso da lo mismo ingerir semillas de cualquier fruta. Primero hay que comprender de qué se trata esta parte de la planta y descifrar el idioma con que nos habla.
Anatomía de una semillaJoaquín Ais enfatiza en que el primer paso es entender que, botánicamente hablando, el fruto y la semilla son unidades distintas con propósitos diferentes. El fruto (la pulpa y cáscara) es el ovario maduro cuya función es proteger a la semilla y, a menudo, “seducir” a un animal para que se lo coma y traslade su contenido. “La semilla, en cambio, es el óvulo fecundado: un organismo independiente en estado de latencia”, explica Ais. Es, literalmente, una planta en miniatura que contiene un “kit de supervivencia” denso: un embrión, reservas de energía —almidones, grasas y proteínas— y una armadura protectora.
Si una semilla “no es comestible”, en la mayoría de los casos se debe a dos grandes estrategias de defensa que la planta diseña para asegurar que ese “kit” llegue a buen puerto y garantizar su descendencia:
Defensa mecánica: acá entra en juego la lignina, el mismo componente que endurece la madera. Semillas como las del durazno o la ciruela están diseñadas para resistir los dientes y los ácidos del estómago. La planta no quiere que la semilla sea destruida; quiere que “pase de largo” para ser sembrada en otro lugar. Si se intentara morderlas, el riesgo sería más dental o de obstrucción que de intoxicación. Defensa química: como la planta no puede salir corriendo, usa armas químicas. Acumula compuestos que, solo si la semilla es triturada, se rompe y libera precursores de sustancia que, en altas concentraciones, pueden ser tóxicas. Es un mensaje de advertencia: “si me masticas, te sentirás mal”. Un “semillómetro” subjetivoJoaquín Ais propone clasificar las frutas habituales que encontramos en la verdulería de acuerdo con una lógica de placer y dosis, más que entre comestibles o no comestibles:
Las adorables integradasSon aquellas frutas con semillas pequeñas, de textura suave, que son parte del placer sensorial. El kiwi, el higo, la fruta del dragón y la tuna son ejemplos claros. ¡Y la frutilla! “Es un caso poético”, define el biólogo y explica que lo que comemos es el receptáculo de la flor hinchado, y los puntitos exteriores son técnicamente los frutos (aquenios) con su semilla dentro. También el maracuyá entra en este grupo, aportando fibra y una textura gelatinosa que ayuda al tránsito intestinal.
Las semillas del maracuyá son parte natural del consumo de la pulpa. Aportan fibra y ayudan al tránsito intestinal. Su textura gelatinosa las hace fáciles de ingerir y, a diferencia de otras semillas duras, no suelen generar molestias digestivas.
Las viajeras con escudoHay semillas que son “pasajeras”, como las del melón o la sandía. Están ahí, libres en la pulpa, esperando que algo o alguien las transporte. Y por eso cuentan con “armaduras” lo suficientemente resistentes para aguantar el paso por el tracto digestivo de algún animal y el viaje posterior para finalmente ser depositadas casi intactas lejos de la planta que les dio origen.
Aunque solemos descartarlas, Ais recuerda que son ricas en proteínas, minerales como magnesio e hierro, y grasas saludables. Para ingerir los beneficios hay que triturarlas o masticarlas muy bien.
En distintas culturas, las semillas de la sandía se tuestan y se comen como snack. Aportan proteínas vegetales, minerales como magnesio y hierro, y grasas saludables. El secreto está en secarlas bien y tostarlas levemente: así se vuelven crocantes y digestivas.
Las semillas de la uva, por su parte, son pequeñas y astringentes y suelen pasar inadvertidas cuando comemos la fruta. Son seguras y ricas en antioxidantes cardiovasculares (proantocianidinas). Su textura puede resultar dura, porque son astringentes, pero masticarlas o incorporarlas molidas en licuados es una forma sencilla de aprovechar sus propiedades. Sin embargo, su amargor por los taninos suele ser una barrera para el paladar.
Lo mismo ocurre con las de los cítricos (como naranja, mandarina, limón y pomelo), que no nos van a intoxicar, pero generan un rechazo instantáneo por su sabor amargo y son algo pesadas para el estómago si se ingieren en exceso.
Que una semilla sea segura y comestible no siempre significa que sea rica. Algunas plantas, como los cítricos, las carga de sustancias extremadamente amargas que funcionan como un “¡no me comas!” químico.
Las fantasmalesAis revela que la banana comercial es en realidad un fruto estéril; esos puntos negros que vemos no son semillas, sino óvulos que nunca maduraron. En las versiones silvestres, las semillas son duras como piedras y ocupan casi todo el espacio de la pulpa.
Las que tienen fama de venenosasAlgunas rosáceas arman un búnker y protegen sus semillas en cavidades centrales (las manzanas, peras y membrillos) o en carozos (los duraznos, damascos y ciruelas) con precursores de sustancias que, al contacto con algunas enzimas, pueden resultar en compuestos tóxicos (según la dosis).
Sin embargo, como ya se aclaró, el riesgo de envenenamiento se disipa por una cuestión de números. Para graficarlo, Ais estima que un adulto de 70 kilos debería masticar y tragar entre 150 y 200 semillas de manzana trituradas de una sola vez para que su salud corra peligro. Además, llegado el caso, nuestro organismo cuenta con mecanismos metabólicos para neutralizar pequeñas dosis
Muchas veces la industria frutícola moderna se basa en variedades sin semillas, como si fueran un producto “premium”. Visto desde el punto de vista botánico es una anomalía que priva al fruto de su sentido reproductivo.
El sabor que avisa y no traicionaLa mayoría de las semillas que llamamos “no comestibles” en realidad son solo “no palatables” (feas, duras o amargas). Esto ocurre porque en el mundo vegetal la comunicación es sensorial, y podemos estar atentos a algunas variables que dan aviso.
Las plantas utilizan colores, texturas y, sobre todo, sabores para decirnos si somos bienvenidos a comer o si debemos alejarnos. El sabor quizás sea nuestra herramienta más confiable. El amargor extremo es la señal universal de advertencia. Casi todos los compuestos de defensa de las semillas (como los alcaloides o los precursores de cianuro) son amargos.
“Si mordés una semilla y el sabor es repulsivo, la planta está cumpliendo su objetivo de disuadirte —dice Joaquín Ais—. La consistencia y la forma son más engañosas, pero el diseño de muchas semillas es funcional a su defensa. Aquellas con ´escudos´ de lignina muy brillantes, lisos y extremadamente duros cumplen la función de resbalar y resistir. Si la semilla es imposible de romper con una presión moderada de los dientes, es una señal mecánica de que tu sistema digestivo no está invitado a procesarla".
La dosis hace la diferenciaEl principio que atraviesa todas estas recomendaciones es simple: la toxicidad depende de la cantidad. Muchas frutas contienen compuestos naturales de defensa —una estrategia evolutiva para proteger sus semillas— pero el cuerpo humano tolera pequeñas dosis sin inconvenientes. El problema aparece cuando se transforman en hábito o se consumen de forma concentrada.
“Hay muchas cosas que comemos que según la dosis pueden ser el mejor y más excitante estímulo o la peor o más tóxica de las experiencias —explica Ais—. Masticar una rama de romero entera va a hacer que nuestro tracto respiratorio se inflame y que inmediatamente nos sintamos mal. Lo mismo con los picantes. El universo de los condimentos es el ejemplo más maravilloso de cómo nosotros como especie que cocina hemos dominado la dosis para ampliar la paleta con la cual nos estimulamos a través de la comida". Lo mismo ocurre a la inversa: hablar de las semillas que resultan nutritivas es desconocer que la dosificación es tan baja que el aporte, aunque positivo en ese caso, no llega a ser significativo.
La próxima vez que encontremos semillas en la fruta ya podemos dejar de mirarlas como heroínas o villanas, ni siquiera con indiferencia. Ahora podemos verlas como estrategas de la supervivencia: las semillas son la promesa de la generación futura y, como tal, está claro que encuentran la manera de defenderse, perdurar e incluso convocar a otros reinos para trasladarse a través del territorio. Conocer cómo funciona y se expresa el mundo vegetal nos sirve para mucho más que entender el mensaje sobre cuáles semillas consumir.