Por qué algunas personas prefieren dormir con la puerta abierta
Dormir con la puerta del dormitorio abierta o cerrada parece un gesto automático, casi un detalle menor de la rutina nocturna. Sin embargo, psicólogos y especialistas en comportamiento señalan q...
Dormir con la puerta del dormitorio abierta o cerrada parece un gesto automático, casi un detalle menor de la rutina nocturna. Sin embargo, psicólogos y especialistas en comportamiento señalan que esta elección suele estar ligada a cómo cada persona concibe la seguridad, la intimidad y el control sobre su entorno inmediato.
Quienes piensan en irse a la cama sin cerrar la puerta tienden a buscar una sensación clara de protección. Para ellos, “sellar” la habitación crea un límite nítido frente al resto de la casa y al exterior. Esta preferencia se asocia con personas que valoran mucho la privacidad, las rutinas estructuradas y la idea de tener todo bajo control antes de dormir.
En el otro extremo están quienes duermen con la puerta abierta o entreabierta. Estas personas suelen sentirse más cómodas manteniendo cierta conexión con lo que ocurre fuera del cuarto: quieren oír a otros miembros de la familia, a las mascotas o a cualquier ruido que les indique que todo está en orden. Suelen tolerar mejor los estímulos externos y no perciben el hogar como un espacio amenazante.
Los especialistas recuerdan que estas costumbres no se forman en el vacío: la historia personal pesa. Quien creció en una casa donde los padres dejaban las puertas abiertas para vigilar a los hijos o favorecer la comunicación probablemente repita ese patrón. En cambio, quienes han vivido robos, conflictos o miedos nocturnos tienden a cerrar la puerta como un “escudo” simbólico frente a posibles peligros.
También hay un componente práctico. Dormir con la puerta cerrada puede ofrecer más protección en caso de incendio, ya que retrasa el paso del humo y el calor hacia el dormitorio. Es una razón de peso para que muchos opten por esta opción, especialmente en viviendas donde las salidas de emergencia son limitadas.
Al mismo tiempo, cerrar todo herméticamente puede afectar la calidad del aire en la habitación. Si no hay buena ventilación, se acumula dióxido de carbono y el ambiente se vuelve más cargado, lo que puede empeorar el descanso. Por eso, algunos expertos de la Universidad Técnica de Eindhoven recomiendan abrir la puerta o ventana durante el sueño para que disminuya la concentración de CO2.
Desde la psicología, se insiste en que ninguna de las dos conductas es “buena” o “mala” por sí misma. La elección de dormir con la puerta abierta o cerrada no define un trastorno ni permite etiquetar la personalidad de forma rígida. Más bien revela preferencias, necesidades de seguridad y aprendizajes que cada persona ha ido acumulando a lo largo de su vida.
Investigadores de la Universidad Técnica de Dinamarca concluyeron que dormir en una habitación con altos niveles de CO2 afectaba la capacidad de concentración al día siguiente, evidenciado en pruebas de lógica con mejores resultados tras una ventilación nocturna.
Solo cuando esta costumbre se vuelve rígida hasta el extremo(por ejemplo, cuando alguien es incapaz de conciliar el sueño si la puerta no está exactamente en una posición determinada, o sufre ansiedad intensa al cambiar la rutina)podría ser una señal de que conviene consultar con un profesional de la salud mental para explorar qué hay detrás de ese malestar.
En definitiva, la forma en que preparamos el dormitorio antes de dormir habla de cómo nos relacionamos con nuestro entorno: cuánto control necesitamos, qué tan vulnerables nos sentimos y qué tipo de tranquilidad buscamos. Revisar conscientemente estos hábitos puede ayudar a ajustar la rutina nocturna para que combine seguridad, buena ventilación y, sobre todo, un descanso reparador.
Por Jaider Felipe Vargas Morales