Perdedores, de Taormina a la Argentina
Si Woody Allen hubiese sabido que en la Argentina existían coros griegos más accesibles que los augures ominosos que utilizó en el Teatro Greco de Taormina para su película Poderosa Afrodita, h...
Si Woody Allen hubiese sabido que en la Argentina existían coros griegos más accesibles que los augures ominosos que utilizó en el Teatro Greco de Taormina para su película Poderosa Afrodita, habría gastado la mitad y se hubiera divertido el doble. Pues con solo reiterar a viva voz la nómina de perdedores y morosos “del modelo”, nuestros corifeos hubieran demostrado ser mejores pájaros de mal agüero que los coreutas del teatro siciliano.
Según repiten, desde la asunción de Javier Milei la cantidad de empleadores habría descendido de 512.357 a 481.015, mientras el empleo registrado habría bajado de 9.857.173 trabajadores a 9.423.047. Por otro lado, aumentó el empleo por cuenta propia e informal hasta compensar esa caída. Ese fenómeno es parte del debate por la situación de las provincias beneficiadas por el crecimiento de las exportaciones, frente a los populosos conurbanos que pivotean sobre las pequeñas y medianas industrias.
La cuestión es saber si esos números revelan el fracaso de un plan desacertado o si ponen a la luz una situación insostenible que se incubaba desde hace años y que estalló cuando el déficit fiscal destrozó la moneda. Pues los perdedores de hoy ya fueron condenados antes y se rindieron al ser expuestos a un mundo impiadoso y competitivo.
Durante 80 años, la Argentina mantuvo una estructura productiva aislada del mundo exterior y ajena a su evolución. Y mucho menos, preparada para los cambios que están ahora ocurriendo, no solo para nuestra sorpresa, sino también de los países desarrollados: nuevas tecnologías, robotización, inteligencia artificial, bajos costos de las naciones asiáticas, crisis energética, comercio dominado por aplicaciones, trabajos a distancia, caída de la natalidad, extensión de la vida y crisis de sistemas jubilatorios.
En paralelo crecen las demandas de bienestar, los nuevos derechos, el acceso a la salud, las licencias laborales, la educación diferencial, el apoyo a las personas con discapacidad y la atención a los longevos. Los menos favorecidos reclaman tierras, viviendas dignas, agua potable, cloacas, transporte barato y seguridad en los barrios. Los productores exigen obras en zonas inundadas y los gobernadores, pavimento en rutas destrozadas.
Esa tensión solo puede solucionarse con inversión, mayor productividad y crecimiento, palabras ajenas a nuestro vocabulario populista pues la renta del campo permitió, durante años, mantener un proteccionismo que, en lugar de adecuar las estructuras productivas para los tiempos que vendrían, las abarrotó de ineficiencias que se hicieron intolerables. Las empresas cargan sobre sus espaldas pesados costos laborales, industria del juicio, presión fiscal en los tres niveles, falta de crédito e infraestructura obsoleta que -dicho sea de paso– todos supieron tolerar mientras podían ser trasladados a precios en connivencia con políticos y sindicalistas.
Esos morrales repletos replican la superpoblación de empleados públicos en provincias y municipios; el desequilibrio del sistema previsional; los subsidios energéticos, los déficits de las empresas estatales y también los montos desviados por corrupción. Agreguemos las cifras que extraen los sindicatos a empleados y empleadores, mediante aportes solidarios y por las obras sociales que controlan, sin ser auditadas.
Como nadie quiere fundirse cargando mochilas que tardarán en aligerarse pues el sistema jubilatorio aún no puede reformarse, los subsidios se reducen de a poco, los sindicatos no renuncian a sus cajas y las provincias y municipios rechazan bajar impuestos y tasas, los nuevos trabajos se canalizan por vía informal o a través de un cuentapropismo facilitado por aplicaciones en los celulares o el zoom en las laptops.
Aquella condena a los perdedores de hoy fue aplaudida y votada por los argentinos de ayer y explica la razón de esas estadísticas. La convertibilidad fracasó por falta de voluntad política para hacer consistente el gasto público con el dichoso “uno a uno” y cuando se hizo insostenible, se optó por hacer volar todo por el aire, con aplausos de pie. El kirchnerismo ocultó el desajuste mediante ruptura de contratos, congelación de tarifas, controles de precios, cepo cambiario, prohibición de exportaciones, emisión monetaria y mayor presión fiscal. Alberto Fernández y Sergio Massa potenciaron la mentira con un plan “platita” que nos puso al borde de otra hiperinflación.
Lo peor y que más daña la recuperación económica fue la destrucción de la moneda, sin la cual, no crece el ahorro, ni el crédito, ni el mercado de capitales. No hay suficiente noción de ello y suele ignorarse que, sin moneda, ninguna actividad productiva será viable, aunque cambien los planes, los discursos y los ministros.
Sin oxígeno no es posible la vida humana. Sin oxígeno no tiene sentido debatir acerca de mejores cultivos, ni de fábricas, ni de viviendas, de caminos, de puentes, de hospitales, de escuelas, ni de planes de desarrollo. La moneda es el oxígeno, condición previa e indispensable para permitir los intercambios a menos que volvamos al trueque de bienes y servicios. Las alquimias para reactivar sin lograr antes que los argentinos reconozcan el peso como instrumento de ahorro y se olviden de los “verdes”, no servirán para nada. A la larga o a la corta, luego de pasar por manos de algunos empresarios que movilizarán sus empresas por un tiempo, volverán a fugarse al dólar como siempre ocurrió y sigue ocurriendo.
La confianza tiene base política y poco puede hacer este gobierno u otro para recrearla si la incertidumbre primordial se refiere a las ideas y creencias de los argentinos. No es el caso de reproducir aquí el largo historial de incumplimientos, confiscaciones, congelamientos y quiebres de la seguridad jurídica.
Esa condición previa es necesaria y superior a cualquier otra, aunque parezca de “mentalidad financiera”, ajena a las necesidades del mundo productivo. Según el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), “la economía no puede medirse solamente por la evolución de la inflación” y tendría razón, en un país con moneda. Pero en el nuestro, ese índice refleja la aversión al peso nacional. Si el Gobierno la deja correr, subirá el dólar y drenará reservas, conduciendo a devaluaciones y controles. Sería una ilusión voluntarista soslayar ese riesgo para congraciarse con las organizaciones empresarias o con vistas a las elecciones del año próximo. La más mínima señal de debilidad sería mal interpretada por el mercado, forzando aumentos de la tasa de interés para enfriar corridas, en detrimento de las empresas fabriles que requieren mayor consumo, más crédito y más inversión. Un verdadero tiro por la culata.
Entretanto, fuertes inversiones en energía y minería, más las exportaciones de servicios y del campo, garantizarán un flujo de divisas como nunca tuvo la Argentina. Se estiman 106 mil millones de dólares este año. Esos dólares contantes y sonantes, como ingresos regulares, podrían “comprar” la confianza que, por ahora, la política no logra afianzar. “Show me the money”, dijo aquel deportista estrella a su agente Tom Cruise, en la película Jerry Maguire, pues en boca de mentiroso, lo cierto se hace dudoso.
Nuestros coreutas criollos deberían hacer una única pregunta a quienes plantean otros rumbos o se proponen como alternativas a la actual gestión: “¿Cómo hará usted para recuperar la confianza en la moneda?”. Eso es todo lo que se necesita saber, pues sin oxígeno, no habrá vida. Ni en Taormina, ni en la Argentina.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/editoriales/perdedores-de-hoy-condenados-de-ayer-nid20092026/