¿Pedro III o Lula 4?
Cuando asumió Lula esta tercera presidencia tuvimos la oportunidad de asistir a la ceremonia, acompañando al presidente Lacalle Pou, que nos invitó junto al colega Mujica. Esperábamos, dada la ...
Cuando asumió Lula esta tercera presidencia tuvimos la oportunidad de asistir a la ceremonia, acompañando al presidente Lacalle Pou, que nos invitó junto al colega Mujica. Esperábamos, dada la notable circunstancia de sus dos presidencias anteriores y un retorno triunfal luego de haber estado hasta preso, un Lula Pedro III, una suerte de emperador popular que convocaba a la unidad nacional, con un espíritu amplio y generoso. Desgraciadamente no fue así y ya desde el primer discurso hubo un aliento de revancha en el que predominaba el antibolsonarismo.
No ha sido un gobierno a la altura de los anteriores. Su política exterior se empequeñeció con un trasnochado intento de armar un bloque de izquierda con un par de gobiernos en eclipse, mientras se asumía hostil a los EE.UU. Termina ahora su mandato con un déficit que se aproxima al 10% del PBI, una deuda que ha trepado al 83% del PBI y unos intereses de 13,75%, los más altos de la región, que paga la sufrida clase media. La presión fiscal es del orden del 35%, también récord, y esto le está marcando un límite a la gestión que iniciará en enero. Ya la reacción de los mercados ha sido muy negativa, con suba del dólar y caída de las acciones en la bolsa brasileña y en los mercados internacionales.
El resultado nuevamente fue sorpresivo, como había ocurrido ya en la primera vuelta. Las encuestas instalaron falsos favoritismos y, por más que ahora aleguen que en los últimos días registraban un leve repunte de Lula, ninguna lo dio ganando. Ni intuyeron una verdadera remontada épica. Es un triunfo personal incuestionable, propio de un liderazgo popular capaz de hazañas.
De origen humildísimo, trabajando desde los 14 años en una fábrica de tornillos, emergió como un líder sindical de enorme peso en el sector metalúrgico. Si bien condujo numerosos conflictos, se instaló como un gran interlocutor del empresariado brasileño. De algún modo pasó a ser parte del establishment y se lanzó a la vida política, con candidaturas presidenciales en 1989, 1994 y 1998, las dos últimas perdiendo ante Fernando Henrique Cardoso. Cuando triunfó en 2002, llamé a mi colega, el presidente Sarney, para pedirle una opinión sobre ese obrero que llegaba al Planalto. Su respuesta fue: “... No te preocupes, es alguien que sabe el valor de un 2%...”. Dicho de otro modo, es un negociador de oficio, lejos de los maximalismos de la izquierda radical. Y así fue.
Esta campaña ha sido institucionalmente penosa. Recién el último debate tuvo algún contenido, pero fueron más las descalificaciones y acusaciones cruzadas. Ni hablar de la Justicia, que se transformó en un foro de polémicas con una parcialidad extrema de los magistrados que parecían diputados en debate más que intérpretes de las leyes. El mismo día de la elección, la tardía y abrupta prórroga de la hora decretada por un juez de la Suprema Corte, en solitario y sin competencia jurisdiccional, fue un real frangollo, con algunas mesas ya cerradas que no sabían qué hacer. Con un resultado como el que se dio y sin lesión del derecho a votar, no parece justificarse el anunciado reclamo de anular la elección, pero no deja de ser otra expresión de esa Justicia desjerarquizada. Que al día siguiente el juez Moraes ya le retirara el pasaporte a Flavio Bolsonaro fue una pésima señal de una intención manifiesta de llevarlo a una condena. La esposa de ese juez tuvo un contrato de asistencia jurídica por unos 24 millones de dólares con el Banco Master, del banquero Vorcaro, y se conoció una segunda propuesta contractual por más de nueve millones de dólares con otra empresa del mismo empresario, que pedía consejos al mismo magistrado sobre qué hacer con las denuncias en su contra. Hoy es tan emplazado él como el candidato perdidoso.
Ante la inminencia de un juicio sin garantías, intempestivamente Flavio Bolsonaro se va a los EE.UU. Podemos entenderlo en un ciudadano común que se siente perseguido de antemano. No en alguien que acaba de ser votado por 60 millones de personas, asumiendo un liderazgo que impone pesados deberes, como el de seguir luchando por los suyos en su propio país. No muestra pruebas del fraude e invoca un liderazgo que a nuestro juicio se irá desvaneciendo, porque no veo a los gobernadores afines y a sus parlamentarios dispuestos a atarse indefinidamente al carro de esa turbulenta familia Bolsonaro, cuando emergen ya opciones tan válidas como la Tarsicio de Freitas, exitoso gobernador de San Pablo.
En un orden más general la elección reitera que el Brasil ha consolidado una división electoral de raíz sociológica: el norte más pobre, beneficiario principal de las ayudas del Estado, votando al PT; y el sur de la producción agrícola e industrial haciéndolo por quien esté en contra del PT, en este caso un Bolsonaro, mañana probablemente otro. Ya no está presente el viejo Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) que lideró Fernando Henrique Cardoso y tuvo en su tiempo de candidato al mismo Geraldo Alckmin, dos veces gobernador de San Pablo, candidato a la presidencia, derrotado justamente por Lula en 2006 y ahora su vice, electo y reelecto. No hay una expresión de centro democrático, como viene ocurriendo en toda América, aunque en Brasil el viejo Centrão parlamentario se integra por un grupo de legisladores moderados que normalmente van pactando con los gobiernos sean de donde sean.
Una vez más, el fiel de la balanza ha sido Minas Gerais, el único Estado en que revirtió la candidatura, pasando de Bolsonaro a Lula. Se reitera que no se puede ganar sin esa cuna de grandes políticos, como los presidentes Juscelino Kubitschek y Tancredo Neves, ambos gobernadores del estado. Durante su gestión como alcalde de Belo Horizonte, Kubitschek impulsó la obra del arquitecto Niemeyer, con quien modernizó la ciudad como preludio de la nueva Versalles racionalista que fue Brasilia, pensada para que el Brasil de la costa cediera espacio a una visión territorial más amplia desde el Planalto.
Vuelve Lula a tener en sus manos la opción inicial. ¿Predominará la idea del emperador del pueblo o un Lula 4 mero continuador del actual? ¿Tendrá la grandeza de indultar al padre para pacificar al país y dejar sin sustento la opción de Flavio por la escapada? Para no ser “el patio trasero de nadie”, ¿volverá a enfrentar a los EE.UU., ahora que ya no tiene cómo formar un bloque de izquierda latinoamericana? ¿Procurará rescatar el prestigio del gran Brasil que asomó después de la dictadura con Tancredo, Sarney y Fernando Henrique o continuará sin entender que persiguiendo al clan Bolsonaro solo se empequeñece él?
La opción está abierta. Lula ya está en la gran historia. Puede, sin embargo, subir algunos escalones más. O bajarlos a un nivel que a todos nos empobrecería.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/pedro-iii-o-lula-4-nid31102026/