Paul McCartney: cómo es The Boys of Dungeon Lane, su nuevo álbum de recuerdos
Álbum: The Boys of Dungeon Lane. Artista: Paul McCartney. Canciones: “As You Lie There”, “Lost Horizon”, “Days We Left Behind”, “Ripples in a Pond”, “Mountain Top”, “Down Sou...
Álbum: The Boys of Dungeon Lane. Artista: Paul McCartney. Canciones: “As You Lie There”, “Lost Horizon”, “Days We Left Behind”, “Ripples in a Pond”, “Mountain Top”, “Down South”, “We Two”, “Come Inside”, “Never Know”, “Home to Us”, “Life Can Be Hard”, “First Star of the Night”, “Salesman Saint”, “Momma Gets By”. Edición: Universal Music. Nuestra opinión: Muy bueno.
Dingle quizás no sea hoy un barrio duro de Liverpool, pero desde la mirada de Paul McCartney, el recuerdo de una zona difícil (hace setenta años atrás) y la vindicación de ese lugar que, a pesar de todo, era el hogar de muchos, es un magnífico ejemplo de lo que representa su flamante álbum, The Boys of Dungeon Lane. El origen de Ringo Starr, uno de sus hermanos de música, es Dingle. Paul quiso viajar en el tiempo, evocar esa niñez y juventud y plasmarla en una canción, “Home of Us”, que sirvió de anticipo del álbum. Un día la escribió y se la mandó para que, luego, la grabaran juntos.
Ringo cuenta cuatro con el golpe de sus palillos y todo comienza. Pone, de a ratos, sus corcheas demoradas sobre el tambor (esas que provocan un movimiento de cabeza) y garantiza el swing de la canción. Los colores que se pintan por encina, como un cielo, son las voces de Sharleen Spiteri y Chrissie Hynde. El resto es McCartney con todo lo que tiene para decir y para sonar.
The Boys of Dungeon Lane (además de referir a una calle de Liverpool y a un momento de la vida del artista) es un disco en solitario en el más amplio sentido. Porque toca casi todos los instrumentos en la mayoría de los temas, porque camina por su niñez y su juventud de un modo mucho más profundo que en cualquier disco anterior de su extensa expresión solista. Porque se llena de preguntas y ensaya respuestas en esa vida. Dialoga con sus padres, incluso en situaciones previas a su nacimiento (“Saleman Saint”), tiene algún código secreto con John Lennon, que sigue guardado (“Days We Left Behind”), o convierte en canción las polaroids de un viaje a dedo con George Harrison (“Down South”). Y con el joven productor discográfico Andrew Andrew Watt combina nostalgia y novedad.
Si de productores de moda se trata, Watt es de los de perfil clásico, de ahí que este disco no sea como abrir una caja de pandora de sonidos, eso que suele suceder con otros que se escuchan en estos tiempos porque los cerebros que están detrás echan mano a todos los bancos de sonido y sampleos sin filtros ni discreción. En ese sentido, The Boys of Dungeon Lane es un disco básicamente de guitarras, a veces rotas, a veces limpias y diáfanas, según el perfil folk o rockero que pueda tener cada pista. Dentro de ese universo se movió McCartney, mostrando su inventario sonoro (de ahí que muchos conecten este trabajo con algunos discos de su banda Wings) y con historias que, por algún motivo, habían quedado pendientes.
El álbum es una construcción hecha ladrillo por ladrillo. Cuando McCartney mostró la trastienda de la producción no se vio allí un trabajo intensivo con dedicación exclusiva, sino momentos, en medio de otras actividades, como las giras, que dispuso para escribir o grabar. Aun así, lo que cuenta en esas catorce canciones quedó bien cohesionado. Hasta dio pistas extramusicales. Su presentación, entre otros detalles, vino acompañada de una postal, con una fotografía de juventud que lleva escrita parte de la letra de una canción y una dirección de remitente que es la calle donde el bajista vivió durante un par de años, en su niñez. Volver al barrio Speke, en recuerdos, nostalgias y canciones. Volver para preguntarle a una chica si todavía se acuerda de él.
Hay otras canciones que pueden ser de ayer y de hoy, como “Mountain top”, según quien se la quiera apropiar, en esas estrofas que hablan de los efectos alucinantes de los hongos mágicos (la voz de Nancy Shevell McCartney aparece procesada en el final).
Los riff de guitarra se imponen mientras que las pinceladas con otros tonos quedan colocadas en detalles para nada estridentes. La flauta de “Never Know”; la orquesta de jazz que se cuela como una polimetría en el final de “Saleman Saint”; el orgánico sinfónico (más beatle) sobre el que navega “Momma Gets By”.
Allí está Paul, con la voz gastada (sus 83 años están bien presentes), con su entusiasmo, con su pasión por las melodías, aunque en este caso no nos haya regalado motivos sonoros contundentes, esos que jamás podrán salir de nuestra mente. Sin embargo, su increíble oficio al momento de hacer música sigue bien plantado y eso se pondera, más allá del andarivel por donde se mueva su música.
Sin ser sobresaliente, The Boys of Dungeon Lane -que aparece a más de un lustro sin estrenos discográficos- se ubica por encima de producciones anteriores y llega en un tiempo donde Macca parecía mucho más concentrado en sus largas giras, de largos conciertos (sus últimas series de shows no duraron menos de dos horas y media).
Trabajador incansable, evita la jubilación con todos los medios que tiene a su alcance. Ahora quiere que la gente se siente a escuchar. Insiste con la idea de que no se trata de canciones sueltas. “Espero que se enamoren de las canciones y las interpretaciones de este álbum. Espero que los lleve a un lugar de alegría. Espero que los transporte, porque eso es lo mejor de la música: puede sorprenderlos y llevarlos de repente a un lugar donde piensen (...) Y, saben, como es un álbum completo y no solo sencillos, realmente es un lugar. Creo que por eso The Boys of Dungeon Lane es un título que me gusta, es un lugar al que puedes ir. Este álbum ahora es tuyo. Solo espero que la gente pueda sentarse, relajarse, poner el vinilo, o los auriculares, reproducirlo en el teléfono, en streaming, o lo que sea, y simplemente disfrutar escuchándolo. Ese es mi objetivo: ofrecer algo que la gente pueda disfrutar, y cuanto más lo disfruten, más feliz seré“.