Parque Lezama: tiene 132 años, lo reformó Carlos Thays y hoy brilla en una película
Con sus barrancas, esculturas y centenares de árboles, el Parque Lezama es uno de los espacios más emblemáticos de Buenos Aires. A su fama bien ganada, este año se suma que el parque porteño s...
Con sus barrancas, esculturas y centenares de árboles, el Parque Lezama es uno de los espacios más emblemáticos de Buenos Aires. A su fama bien ganada, este año se suma que el parque porteño se convirtió en el protagonista de la nueva película de Juan José Campanella. Recientemente incorporada al catálogo de Netflix, la historia explora debates, encuentros y desencuentros, atravesados por el paso de los años y el olvido. Así, este pulmón verde vuelve a estar en primer plano; un lugar que fue testigo de momentos clave de la historia y el arte porteño y que hoy, además, ofrece nuevas propuestas para las generaciones más jóvenes.
Del teatro a Netflix“Esta historia podría transcurrir en el año 2030 o en 1984. En el 506 y en el 2000 también. Hace diez años o en un par de días. O, quién sabe, podría estar ocurriendo ahora”. Así empieza la nueva película de Juan José Campanella: Parque Lezama. Con el paso del tiempo como tema principal, un parque cargado de historia se convirtió en el escenario ideal para este relato.
La puesta en escena de Campanella propone a los bancos de madera del icónico parque como un lugar de unión entre personajes muy distintos. A lo largo de la película, los protagonistas, interpretados por Luis Brandoni y Eduardo Blanco, se encuentran en los incontables asientos del Parque Lezama para exponer visiones aparentemente opuestas de la realidad. León Schwartz, un comunista disconforme, y Antonio Cardozo, un hombre resignado y crédulo, representan ambos extremos de las actitudes de la sociedad hacia el pasado. Sus acercamientos entre sí y con los demás personajes están teñidos de una nostalgia por lo antiguo y un desprecio por lo viejo. Fue esta nostalgia la que hizo que el espacio verde de San Telmo se volviera el único escenario posible para esta película.
La misma grabación de la película fue una respuesta al correr de los años. Creada a partir de la obra No soy Rappaport de Herb Gardner, la película fue, según su director y guionista, un intento de resolver “el único problema que tiene el teatro: la finitud”.
Siglos de historia en las barrancas de San TelmoSi del origen de Buenos Aires se trata, el Parque Lezama tiene, sin lugar a dudas, un rol estelar. Algunos estudiosos de la ciudad sostienen que Pedro de Mendoza fundó la capital porteña en lo que hoy es el Parque Lezama. Aunque las investigaciones arqueológicas no encontraron restos de aquel primer asentamiento del siglo XVI, todo indica que fue allí donde llegaron los catorce navíos con mil quinientos hombres. Ulrico Schmidl, un aventurero germano que viajó en aquella expedición, relató su experiencia en Viaje al Río de la Plata. Hoy, su busto tiene su propio rincón en San Telmo.
La historia del Parque Lezama se remonta al siglo XVIII. Esta zona, hoy uno de los barrios más vibrantes de la ciudad, en ese entonces estaba en las afueras de la ciudad colonial. En esos terrenos funcionó la Real Compañía de Filipinas, una empresa vinculada al comercio y tráfico de esclavos. Fue ahí donde se levantó una gran barraca para almacenar las mercaderías que llegaban desde Asia, en una época en la que el puerto del Río de la Plata comenzaba a integrarse a las rutas comerciales ultramarinas.
El parque volvió a ser protagonista de hechos decisivos al comienzo del siglo XIX, durante las Invasiones Inglesas. Las tropas británicas cruzaron el Riachuelo y avanzaron hacia la Plaza Mayor, actual Plaza de Mayo, por el camino que corresponde a la calle Defensa, bautizada así en recuerdo a la resistencia criolla que intentó frenar la marcha de los atacantes.
Décadas más tarde, en 1857, el hacendario salteño José Gregorio de Lezama compró la quinta. Bajo su dirección, se amplió la residencia y se rediseñó el terreno. Si hoy el Parque Lezama tiene 7,7 hectáreas, delimitadas por Defensa, Brasil, Av. Paseo Colón y Av. Martín García, es gracias a él.
Con una pasión por el estilo ecléctico, exótico y variado, el belga Charles Vereecke rediseñó el terreno. De más de 76.000 metros cuadrados, los olmos, acacias, magnolias y tilos transformaron el lugar en el parque privado más atractivo de la ciudad. Gracias al trabajo de los paisajistas europeos que contrató Lezama, quienes no temían combinar camelias con arrayanes, el terreno se convirtió en la fuente de inspiración de artistas y paisajistas hasta el presente.
Tras la muerte de Lezama en 1889, su viuda, Ángela de Álzaga, decidió vender la propiedad a la Municipalidad con la condición de que se convirtiera en un paseo público con un nombre que homenajease al legado de su marido. Así, el Parque Lezama recibió su nombre y el espíritu acogedor que mantiene hasta el día de hoy. Fue Jules Charles “Carlos” Thays, arquitecto, paisajista y urbanista francés, el que se hizo cargo de la remodelación del parque, así como de muchos otros corredores verdes de nuestra ciudad.
A comienzos del siglo XX, el Parque Lezama vivió su época de mayor esplendor. Tenía un lago artificial, un rosedal, un mini tren, un teatro y un restaurante de lujo. Con sus barrancas, inusuales para una meseta como Buenos Aires, senderos arbolados y vistas hacia el antiguo puerto, el Parque Lezama se convirtió en uno de los paseos más concurridos de Buenos Aires.
Fue esta popularidad y belleza la que le ganó un lugar en las obras de grandes escritores y artistas. Desde Borges, pasando por María Elena Walsh, hasta Campanella, el pulmón de San Telmo llamó la atención de las voces más importantes de la narrativa argentina. Ernesto Sábato se sentaba a escribir en el Bar Británico, ubicado frente a la entrada principal del parque. La considerada obra maestra del escritor, “Sobre héroes y tumba”, empieza: “Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del Parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos”.
El patrimonio que habita el parqueHoy, la casona que habitó Lezama en el siglo XIX se convirtió en la sede del Museo Histórico Nacional. La entrada se encuentra en la calle Defensa y atesora más de 50.000 piezas de historia. Fue aquí donde, en un episodio que recorrió el país, un grupo de jóvenes robó el sable corvo de José de San Martín.
Haciéndole honor a su naturaleza artística, el parque tiene varias esculturas, monumentos y obras de arte. Entre las esculturas se destacan las de Pedro de Mendoza y Ulrico Schmidl, cronista alemán. Entre rejas está también La Loba Capitolina, a la que en 2007 le fueron robadas las figuras de Rómulo y Remo, que fueron restauradas posteriormente. El lugar incluso dispone de un anfiteatro, un mirador y una fuente.
Frente al parque, la Iglesia Ortodoxa Rusa, con estilo moscovita y cúpulas azules, capta la atención de los transeúntes. Además, en la esquina de Brasil y Defensa permanecen dos bares notables de la ciudad: El Británico y El Hipopótamo.
Nuevos juegos para las nuevas generacionesEl valor del parque no solo existe en la retrospectiva. Una nueva área de juegos convierte al Lezama en un lugar de diversión para los chicos y descanso para los padres. El espacio lúdico se diseñó bajo el concepto de fábrica de juguetes y está organizado en dos sectores diferenciados: uno dinámico, para chicos de entre 4 y 12 años, y otro destinado a la primera infancia.
El área dinámica reúne varios juegos de gran escala. Entre ellos se destacan tres mangrullos, aunque el más llamativo es, sin lugar a dudas, el T-Rex. Los chicos pueden treparlo, recorrerlo y luego bajar por su tobogán amarillo que emerge justo del pecho del dinosaurio. El sector se completa con una casita y una estructura inspirada en una fábrica de juguetes, además de un domo y una posta para escaladores.
La zona destinada a la primera infancia cuenta con juegos más pequeños y accesibles, una estructura con forma de tren, una hamaca integradora y ondulaciones en el suelo para trepar y jugar.
Para agregar a la extensa colección del parque, hay un sector para todas las edades que incluye un área de calma con juegos pasivos, un arenero y un banco. Y, asimismo, se crearon sectores de estar y de descanso, tanto para padres como para niños, con mesas y estacionamiento de cochecitos y bicicletas.
Un clásico porteño que sigue vigenteEntre bancos con conversaciones dignas de una película y senderos que atraviesan siglos de historia, el Parque Lezama sigue siendo mucho más que un espacio verde. La película de Campanella lo devuelve al centro de la escena cultural, mientras que las nuevas áreas de juego y de descanso lo proyectan hacia el futuro como un lugar de encuentro para todas las edades. Así, entre memoria y renovación, el histórico parque continúa siendo uno de los rincones más vivos y simbólicos de Buenos Aires.
Texto: Gentileza Lola Mazzaroni