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Pablo Sirvén: “No hablar claramente de lo que pasó en los 70 nos deja atrapados en una arena movediza de la que no se puede salir”

“Qué bien la estoy pasando”, pensó el periodista Pablo Sirvén en un instante puntual del 25 de enero de 1997. Estaba en Pinamar, era su día de franco en medio de la siempre vertiginosa cobe...

Pablo Sirvén: “No hablar claramente de lo que pasó en los 70 nos deja atrapados en una arena movediza de la que no se puede salir”

“Qué bien la estoy pasando”, pensó el periodista Pablo Sirvén en un instante puntual del 25 de enero de 1997. Estaba en Pinamar, era su día de franco en medio de la siempre vertiginosa cobe...

“Qué bien la estoy pasando”, pensó el periodista Pablo Sirvén en un instante puntual del 25 de enero de 1997. Estaba en Pinamar, era su día de franco en medio de la siempre vertiginosa cobertura de la temporada veraniega, acababa de darse una zambullida en el mar y, allá arriba, el cielo lucía uno de sus mejores celestes.

Por aquel entonces editor general de la revista Noticias, Sirvén no sabía que en apenas unos minutos, bajo ese mismo sol y respirando el mismo aire salobre que ahora lo hacía sentir tan pleno, su compañero, Gabriel Michi, le traería una noticia con sabor a tinieblas: el fotógrafo José Luis Cabezas había sido asesinado.

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A 29 años de ese hecho, Sirvén recuerda el escalofrío. Lo imposible de creer: habían matado a quien, durante dos veranos, 1993 y 1994, había sido su compañero de coberturas en ese mismo lugar de la costa bonaerense. Recuerda la conmoción, el miedo, las horas que pasaron entre el espanto por los detalles que rodeaban al suceso y la salida a la palestra: él, periodista, obligado a responder las preguntas de colegas de todos los medios del país, mientras el ruido interior no cesaba (que si Alfredo Yabrán, que si hubo anuncios a los que no prestaron atención, que el horror del modus operandi de los asesinos, que cómo seguir).

El sol se mantenía incólume, el mar alardeaba belleza, de la playa llegaba el habitual rumor de risas y olas. Suele ser así: la vida sigue, a despecho de las tragedias. Sirvén recuerda que alguien se preguntó, con un temblor que venía de los años setenta: “¿Vuelve la violencia?” “¿Empezaron a matar otra vez?”. Recuerda también que esa noche, cuando sobre la playa estallaron los fuegos artificiales del desfile de modas de Roberto Giordano –plena fiesta noventosa-, algo dentro suyo se soltó. Cuenta que estalló en lágrimas, que lloró hasta vaciarse. Después, durmió unas horas. Hasta que lo despertó su propio cuerpo que, de la cabeza a los pies, no paraba de temblar.

-Luego de ese verano, volviste varias veces a Pinamar, pero siempre para estadas breves, nunca para vacacionar. Hasta ahora. ¿Qué ocurrió este año, que te pudiste quedar?

-Creo que fue el paso del tiempo. De todos modos, estar acá me hace volver a aquella época en que cubríamos, con José Luis y todo a pulmón, la temporada. Una vez, para una nota en Cariló, íbamos a juntar a dos economistas, Roberto Alemann y Juan Sourrouille. José Luis iba a buscar a uno en un auto; yo en otro. Y él me decía: “Qué locura, se suben a autos sin saber de quiénes son, van a atravesar el bosque sin pensar que les podría pasar algo”. Finalmente, al que le pasó fue a él.

A través del monitor –la entrevista se realiza vía zoom-, el rostro de Sirvén, por un segundo, se entristece. El sol de este verano se le nota en el bronceado. Las heridas abiertas aquel otro verano, el de hace 29 años, no se ven. Solo se escuchan.

No obstante, el periodista anda con otros hechos del pasado en mente. Mientras se permite disfrutar de la playa, se prepara para presentar, el próximo viernes, a las 18, en el hotel Marcin de Cariló, Operación Sallustro, su último libro (la presentación se reiterará el 10 de este mes, a las 17, en Villa Victoria, Mar del Plata).

Fogueado tanto en la velocidad de las redacciones como en el trabajo a más largo plazo que exige un libro (entre otros, publicó Esteban Bullrich. Guerrero del silencio, y El rey de la TV. Goar Mestre y la pelea entre gobiernos y medios latinomericanos), en Operación Sallustro, Sirvén se animó a jugar con un estilo que, sin dejar de lado el apego a la investigación periodística, suma las posibilidades del relato ficcional. El desafío fue abordar uno de los tantos hechos violentos de nuestra historia reciente: el secuestro y posterior asesinato, el 10 de abril de 1972, a manos del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), del empresario ítalo-paraguayo Oberdan Sallustro, director general de Fiat en la Argentina.

Sirvén tenía 14 años y una incipiente vocación periodística cuando la noticia del secuestro de Sallustro paralizó al país. La larga crisis política que marcó la segunda mitad del siglo XX en la Argentina se había traducido en una espiral de violencia que no pararía de crecer. Fue ese horror, el de la muerte que podía tocar en cualquier momento y a cualquiera, lo que lo estremeció hace 29 años, cuando le llegó la noticia de que los restos de un colega habían sido encontrados, calcinados en un paraje a kilómetros de Pinamar. Y es a esa huella, la del trauma colectivo, a la que, entre otras cosas, busca interpelar en su nuevo libro.

-¿Cuánto del verano de 1997 sobrevoló en la escritura de Operación Sallustro?

-La verdad, el libro, el personaje, se me cruzaron de casualidad. Nunca pensé que iba a escribir un libro sobre Sallustro. Pero el tema apareció de la manera más azarosa. El primero de mayo de 2023, Esteban Bullrich, que es el personaje de mi anterior libro, Guerrero del silencio, hizo una convocatoria en San Nicolás de los Arroyos, en la Casa del Acuerdo. Viste que cuando uno trabaja en los medios, a veces se te acerca gente… Así que se me acerca una persona, me empieza a hablar de distintas cosas, y en un momento me dice que había sido el asistente directo de Sallustro. Ahí me vino a la memoria todo lo que en mi adolescencia me había impactado ese hecho: fueron tres semanas en las que este empresario estuvo en la tapa de los diarios y en los noticieros, para después terminar de la peor manera. Recuerdo las noticias del secuestro, el enigma de si lo iban a encontrar o no, las negociaciones, lo que se pedía de botín, todo lo que se dijo… y el asesinato. Ese mismo día también asesinaron al general de división Juan Carlos Sánchez, en Rosario. O sea, fueron dos hechos muy impactantes.

-¿El asesor que se te acercó era Carlos Tonelli?

-Sí, él me empezó a contar que Sallustro había luchado en la Segunda Guerra Mundial. “Fue partisano contra Mussolini”, me dijo. Eso me quedó un poco flotando. Me pareció interesante porque cuando ocurrió el secuestro, ese empresario era alguien desconocido para la mayoría de los argentinos. No para lo que hoy llamamos el “círculo rojo”; para el establishment era un hombre conocido porque era el director general de Fiat, que en ese momento era la empresa número uno de la Argentina en facturación. Pero para el resto de los ciudadanos era ignoto. Te lo podías cruzar en la calle y no sabías quién era. ¿Y además había peleado en la Segunda Guerra Mundial y contra Mussolini? Ahí pensé que podía ser interesante contar la vida de ese emprendedor, y cómo había terminado.

-¿Cómo pasaste, de esa primera intuición, al libro?

-Fue un proceso largo, porque el encuentro ocurrió el primero de mayo de 2023 y cuando empecé a visualizar que podía llegar a ser un libro, ya era 2024. En el último trimestre de ese año se me impuso escribirlo. Además, se me había ocurrido escribirlo en primera persona, lo cual era un desafío. Somos periodistas, usamos la tercera persona, sabemos no contaminarnos con lo que está sucediendo. Y bueno, acá decidí que me iba a contaminar mucho porque la voz omnisciente iba a ser la del propio protagonista. Yo había leído hace muchas décadas Soy Roca, de Félix Luna, que está escrito en primera persona, pero termina con una necrológica de LA NACION. La diferencia es que en mi libro hice que la primera persona trascienda la muerte del personaje. De alguna manera, lo que me planteaba es que lo más conocido de Sallustro fue su secuestro y asesinato, pero nunca tuvo un libro dedicado a su vida. Siempre apareció en capítulos de distintos libros sobre los años 70; hay millones de libros sobre los 70 y en muchísimos se alude, incluso con varias páginas, a ese secuestro y asesinato. Obviamente yo incluí esos hechos, pero quise trascenderlos. El libro no termina con el secuestro y la muerte, sino que la voz de Sallustro sigue hablando, hasta llegar al siglo XXI. Cuando empecé a trabajar me surgió más el periodista que el escritor. Me dije: “tengo que ser muy fiel, muy leal, al pensamiento de este hombre”. Pero me di cuenta de que no podía contar muchas cosas. ¿Cómo accedés al pensamiento de alguien que no está vivo y que no sabés si dejó textos sobre sí mismo? Fui a la Biblioteca Nacional, suponiendo que, dada la importancia de este hombre, el día de su muerte LA NACION habría hecho una necrológica espectacular. Pero no. Las notas en los diarios, La Opinión, LA NACION y todos, son muy escuetas. Con lo cual dije: “Voy a tener que remar bastante para saber de su vida”. Había dos hijos vivos, pero uno muere en marzo del año pasado y el otro, cuando le escribo, en un primer momento estaba muy refractario. Finalmente, accedió a encontrarse conmigo y me dio alguna documentación. En Fiat obtuve información a través de Cristiano Ratazzi y del archivo Fiat en Italia…Y bueno, cuando empezás a juntar piezas, todo empieza a fluir.

“Uno a veces pierde dimensión del nivel de miedo y el nivel de capilaridad que tuvieron ese miedo y esa tragedia”

-¿Y el personaje de Nahuel Sima? Ahí tenemos pura ficción.

-Yo ya tenía el paraguas de la novela, un empresario de primer nivel que cuenta cosas, que es un tipo abierto. Necesitaba una contrafigura, no del mismo nivel, que me sirviera para ampliar la historia, para darle un contexto. Y me surge la idea de este personaje, que es en realidad un personaje satelital de Sallustro; no es un contrapunto al estilo Eva y Victoria, sino contrapunto de temperamento, de carácter. Tenés un Sallustro muy bien plantado como empresario, con su mirada capitalista, con un padrino muy interesante en la vida real, que fue Aurelio Peccei, y por el otro lado Nahuel Sima, un chico de familia bien, sin problemas, pero incómodo en esa situación, que, de casualidad, en Punta del Este se engancha con Tupamaros y luego entra en el ERP. Eso se me ocurrió al principio y luego pude chequear con mucha bibliografía e incluso hablando con un miembro de Tupamaros, que efectivamente había vínculos entre los grupos guerrilleros de la Argentina, Bolivia, Uruguay y Chile. Tupamaros fue la primera organización armada desmembrada, en Uruguay, y algunos de sus integrantes vinieron a Buenos Aires y se incorporaron al ERP.

-En todo caso, los dos personajes, el que tiene base real y el que es totalmente inventado, terminan arrasados por la tragedia histórica.

-La historia del libro incluye una semblanza de lo que fue el siglo XX, un siglo espectacular: el siglo del automóvil, que permite una explosión de trabajo, de producción, de dejar de ser sedentario y empezar a moverse, que genera efectos en otras industrias, desde los lavaderos hasta los bares de las rutas, el asfalto, los impuestos, los seguros de autos, los garages. Sallustro nace el 17 de julio de 1915, 3 años después del hundimiento del Titanic. El año de su nacimiento hunden el Lusitania, ese día mismo empieza el genocidio armenio; es asimismo el año de la Teoría de la relatividad, o sea, el siglo XX en su máxima expresión. Había empezado, además, la Gran Guerra, que en ese momento no se sabía que iba a ser la Primera Guerra Mundial. El siglo XX tiene eso, ¿no? Es también el siglo de la explosión de los medios de comunicación masiva, la radio, la televisión, los medios gráficos en su esplendor, los quioscos llenos de diarios, de revistas. Si bien éste es un libro sobre los años 70, no está enfocado obsesivamente en ese tema, sino en el azar de una vida, la de Sallustro. Y el hombre, después de muerto, sigue hablando de las cosas que suceden. Ahí sí que tuve que volar un poco y preguntarme cómo podría haber visto Sallustro los adelantos de hoy en día. Por ejemplo, el auto eléctrico o el hecho de que hoy no existe esa locura que había en los años 60 por el auto. Los chicos de hoy son más ecológicos, son más de la bicicleta, de caminar. El auto no tiene el valor simbólico que tenía en aquel momento.

-¿De todos modos, por qué pensás que cada tanto, ya sea en libros, películas u otros productos culturales, se vuelve a los años setenta?

-Fue un enorme trauma… Sí, creo que trauma es la palabra justa porque no es solamente la violencia o las malversaciones del relato que se hicieron después. Cuando hablamos de malversación del relato se piensa en el kirchnerismo, que sí, lo tuvo, pero antes lo tuvo también la dictadura cuando se decían cosas como “bueno, desaparecido, no sé, no está”. Creo que no poder hablar claramente de lo que pasó nos deja atrapados en una especie de arena movediza de la que no se puede salir. Además, y creo que el libro en ese sentido sí sobrevuela estas cuestiones, no solo hubo consecuencias de la violencia, mucho dolor en las familias de las víctimas de la guerrilla y después mucho más en las familias de los desaparecidos, sino que también hubo consecuencias económicas. Es decir, cuando ves ese hecho histórico, ves que Fiat decide, a partir de ese lustro, achicar la operación en la Argentina. Y los Born se van a Brasil porque el mercado era más grande y porque a pesar de que también hubo gobiernos militares, la política económica fue menos alocada que la nuestra. Creo que quedaron muchas historias sin contar y la de Sallustro era una de ellas. En el sentido de ver en él no solamente a una víctima, sino a un hombre que fue atravesado por distintas situaciones. Creo, además, que en los setenta hubo algo así como un corte con el país anterior. Termina un poco también el modelo de sustitución de las importaciones, un país que se autoabastecía, que no estaba conectado como hoy en día, pero que era un país con muchas librerías, muy buenos artistas en teatro, en música, científicos, premios Nobel. Era un país interesante para vivir. Entonces me parece que hay algo así como un duelo por lo que se perdió.

-¿Un duelo? ¿Oportunidades perdidas?

-Una potencialidad que estaba hasta que empezaron cimbronazos económicos muy fuertes. El Rodrigazo en el 75 y a partir de ahí no paró más. Pero también me parece que había una cuestión con el nivel de educación y que eso traía consecuencias muy gratas, primero para la sensibilidad de uno, pero también económicas para el tipo que tenía su bolichito, su kiosco. Por eso yo siempre reivindico, de manera popular, la tira Mafalda, que mostraba cuál era ese mundo ideal. Un mundo modesto: el autito, las vacaciones en Mar de Plata, la casa propia, el papá que trabaja, la mamá. Las violencias tuvieron mucho que ver con la pérdida de eso. También hay que decir que finalmente hubo una justicia. Desde lo que hizo Alfonsín, que no bajó un cuadro, sino que en un momento en que el aparato militar estaba intacto, toma una decisión tan fuerte como la de juzgar a las Juntas de comandantes. Este es un país donde no quedó impune la violencia del Estado. Creo que la justicia lo tocó en su momento bastante bien, pero después la política metió la pata… y bueno. Por eso me parece que el libro habla de esta sensación de que hay algo todavía para elaborar. Y es interesante porque está lo político, pero también todo lo que marca la evolución tecnológica, cultural y cómo todo eso tiene blancos y negros. Matices.

-En Operación Sallustro construiste dos personajes. Jugando con aquello de “Madame Bovary soy yo”… ¿qué de Pablo Sirvén hay en cada uno de ellos?

-Yo cumplo este año nada más y nada menos que 50 años de periodista, empecé muy joven. Uno ha estado en contacto con tantas personalidades y situaciones distintas... Lo que puedo pensar es que, en el caso tanto de Sallustro como de Nahuel, me detengo en algún momento en los años 60, que fueron los años de mi infancia y que yo recuerdo más allá de las inestabilidades del sistema político. Era una década donde todavía había un 4% de pobreza. Los 70 empezaron convulsionados, pero en los primeros 60 la sociedad argentina, por lo menos la metropolitana, la de las grandes ciudades, vivía razonablemente bien. Vos lo veías en las revistas, que estaban pletóricas de avisos. Además, el nivel de inseguridad era mucho menor. Creo que algo de eso tenía que ver con ese capitalismo del Estado de bienestar de la posguerra. En el caso de Nahuel, como generacionalmente vendría a ser más grande que yo, lo fui ubicando para que el personaje recibiera el impacto de diversas situaciones. Por ejemplo, el nacimiento y el bautismo . Me parecía que era muy alegórico que él, alguien que se une a las filas de ERP, tuviera esa fobia a los ruidos extremos. Lo cual es absurdo porque decís “Bueno, flaco, sos guerrillero, vas a tener que empuñar las armas o poner bombas”. Pero me pareció un guiño literario. Hay otra cosa, y es que Nahuel cultiva una amistad de redacción en el diario El Mundo con Luis Alberto Frontera, periodista y escritor que sí existió y del que fui muy amigo durante varias décadas. Los episodios que refieren a él me los contó cuando coincidimos, a partir de 1976, en la revista Somos, de editorial Atlántida.

-La vida de Sallustro tiene, de por sí, elementos novelescos. De nacionalidad italiana, nacido en Paraguay, participa en la Segunda Guerra, estudia abogacía, se doctora con una tesis sobre las ciudadanías...

-El libro flota un poco sobre todo lo azaroso que tiene la vida. El hijo me contó que en la Segunda Guerra vio de muy cerca la muerte de un compañero. Lo vio estallar por el aire y a él le quedó de por vida una esquirla y la cicatriz de una herida en la pierna.

-Sobrevivir a la guerra y luego morir en el marco de un secuestro donde todo sale mal... Hay otro personaje enorme que aparece en el libro, Aurelio Peccei. ¿Cómo fue la reconstrucción de lo que hizo para intentar rescatar con vida a Sallustro, incluida la negociación con Santucho?

-Peccei había sido partisano y tenía una cabeza privilegiada, escribió libros, era un intelectual. En plena Guerra Fría, ya hablaba de los problemas de un mundo multipolar. Por eso quise que estuviera, vi los libros de Peccei, y él ya estaba pensando en la aceleración del progreso, analizaba el proceso que arrancó con Copérnico y llegó a la era atómica, el auge de las computadoras, la conquista del espacio, los trasplantes del corazón. Al mismo tiempo, el tipo era un hacedor en Fiat, iba abriendo subsidiarias en América, en Rusia, en China, en España. Funcionaba a 1000 por hora. Al empresario uno en general en la Argentina lo ve bastante alejado de esa sensibilidad cultural. Peccei era distinto. Todo el tiempo estaba pensando. Cuando ocurrió lo del secuestro, le fue más fácil decir: “Yo quiero hablar con estas personas; sé cómo hablarles, yo también fui guerrillero.” El tema es que el secuestro fue muy desprolijo. Lo hicieron mal, lo llevaron a Sallustro de un lugar a otro, la policía iba detrás... En un momento Peccei pide que se detenga a la policía porque si los secuestradores se veían emboscados, iba a pasar lo que finalmente terminó pasando. Era una mente preclara y al secuestro lo enfocó de una manera pragmática, se dijo: “tengo que resolver este problema”.

-Estuvo cerca de lograrlo.

-Lo que pasa es que para Lanusse era un dilema. Me parece que en ese momento privilegió no pactar con la guerrilla. Entonces, a Sallustro lo encontraron, pero lo encontraron muerto. Quedó ese sabor amargo.

-Por el modo en que lo “pinta” tu libro, Peccei pensaba de una manera compleja, un tipo de pensamiento que hoy parece faltar más que nunca.

-Sí, privilegió la posibilidad de preservar una vida. Pero se entiende que era todo muy complejo, muy difícil.

-¿Hubo algún hallazgo en particular, algo que descubriste en el proceso de creación del libro?

-Mirá, yo tuve muy muy claro desde el principio el esquema. En una libreta iba anotando lo que quería en cada capítulo, lo cual te hace mucho más llevadero el trabajo. Fui escribiendo a la par que investigaba. A veces era como estar en un velero con la brisa que te lleva para adelante. Y otras, como estar en un pantano donde cuesta avanzar. Sobre todo en la parte del fascismo, tuve que documentarme mucho.

-Tenías 14 años cuando se conoció el caso Sallustro y empezaste a incursionar profesionalmente en el periodismo cuatro años después. ¿Cómo se ligan ambas cosas?

-Es en 1972, justamente, donde defino ser periodista. Ese año. Yo estaba en el segundo año del Nacional Sarmiento y me dije “voy a ser periodista”. Para entonces ya escribía cosas. Copiaba el noticiero de la televisión y se lo vendía a mi viejo. Cuando fue el tema del Apolo 11, junté todos los diarios, LA NACION, todos, de cada día, y los encuaderné. Después, en el 73, empecé a registrar en un grabador de cinta abierta los discursos de la televisión. Así que en 1972 lo defino, termino el secundario en 1975 y arranco en 1976, nada más y nada menos que ese año en la Escuela Superior de periodismo. De hecho, mi primer profesor de técnica periodística, Eduardo Suárez, fue desaparecido. Uno a veces pierde dimensión del nivel de miedo y el nivel de capilaridad que tuvieron ese miedo y esa tragedia. Por ejemplo, yo tuve que cubrir una de las primeras rondas de las Madres de Plaza de Mayo. Me acuerdo que me separé del fotógrafo un rato. Hay algo que pasa: el cronista siempre se puede resguardar un poco más, pero al fotógrafo se lo ve. Mirá, empezamos hablando de Cabezas... Y bueno, me acuerdo que ese día, después de cubrir la ronda de las Madres, volví a la editorial y descubrí que el fotógrafo todavía no había vuelto. No llegaba, no llegaba. Nos pusimos nerviosos... Por suerte, al final llegó. Lo habían interceptado y le habían sacado los rollos. Pasaban esas cosas. Me acuerdo también de un fotógrafo muy conocido de Atlántida, Eduardo Frías, que estuvo desaparecido; la editorial hizo mucha presión sobre el gobierno militar y logró rescatarlo con vida. Frías volvió a su casa y a la semana le tocan el timbre le dicen: “¿Te olvidaste esto?”. Era un pullóver que tenía cuando lo desaparecieron. Complicado. Por eso, cuando pasó lo de Cabezas a los más veteranos nos volvieron todos los recuerdos de golpe. Son traumas colectivos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/no-poder-hablar-claramente-de-lo-que-paso-en-los-70-nos-deja-atrapados-en-una-especie-de-arena-nid01022026/

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