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Nuevo clima de época: añoranza con esperanza

Los términos que organizan, estructuran y sintetizan el humor social de este primer trimestre de 2026 se han invertido con respecto a los que lo hicieron en buena parte del año pasado. Si ...

Nuevo clima de época: añoranza con esperanza

Los términos que organizan, estructuran y sintetizan el humor social de este primer trimestre de 2026 se han invertido con respecto a los que lo hicieron en buena parte del año pasado. Si ...

Los términos que organizan, estructuran y sintetizan el humor social de este primer trimestre de 2026 se han invertido con respecto a los que lo hicieron en buena parte del año pasado.

Si en 2025 la vibración dominante era la de una “esperanza con añoranza” ahora es más fuerte lo que se añora que lo que se espera. La “añoranza con esperanza” no es una alarma, pero sí una señal amarilla que está enviando la sociedad.

La esperanza encarna una ilusión, un deseo y una motivación que, cuando es bien entendida y no se confunde con el mero optimismo, invita a la acción. De ella emana, además, el compromiso que es fuente de convicción y creador de un sentido de pertenencia, una comunión entre los “fieles” que se aferran a su visión común para marchar y atravesar las dificultades con temple. Lo hacen porque saben, imaginan, creen que al final del camino estará su premio.

Por el contrario, la añoranza es una entidad simbólica de otra naturaleza. En la añoranza hay nostalgia, incluso pena y tristeza. Se hacen presentes recuerdos del pasado, de una situación mejor, que incomodan, que señalan una ausencia, que laceran el espíritu con lo que se fue dejando en esa marcha a lo largo del camino.

Esas remembranzas invitan a la comparación permanente entre un “antes” –ambiguo, confuso, difícil de explicar con precisión– y un “ahora” donde sobran las evidencias. A veces, sobreexplicadas y hasta exageradas, mas no por ello menos fastidiosas.

En definitiva, en la añoranza hay pérdida y dolor. Un dolor que, sin tener la agudeza de otros, funciona como una erosión suave, pero paulatina, del ánimo. Lo lastima con memorias dulces de momentos alegres y fluidos, que al rememorar el afecto por lo vivido hacen más notorio el contraste con la aspereza que provoca la falta, lo que ya no está.

La añoranza no es un sentimiento amargo, pero sí agridulce. Suele ser una alteración del sentir propia de los procesos de crecimiento y maduración. Los seres humanos, y también las sociedades, que –siempre vale la pena recordar– están hechas de personas, no pueden evolucionar si no se atreven a dejar cosas atrás, mientras, en simultáneo, preservan, en mayor o menor medida, rasgos de su esencia.

Crecer es aprender a añorar, sin que eso signifique desentenderse de las tareas del presente. La seducción de un nuevo futuro que convoque desde el más allá resulta vital para que la añoranza termine siendo asimilada sin afectar la salud emocional.

La transformación y la mutación son necesarias para ser otros mientras, en parte, se continúa siendo los mismos. Caminar hacia adelante exige dejar de mirar hacia atrás.

Sin embargo, no puede soslayarse que en ciertas ocasiones, cuando el presente se vuelve ominoso, opresivo, opaco, la añoranza puede tornarse crónica, obturando los llamados del futuro.

En esas circunstancias, lo que debería ser parte de un desarrollo natural se vuelve fragilidad. La debilidad de la voluntad es una afección peligrosa. La fuerza física, psíquica y espiritual es condición necesaria para concretar los logros anhelados.

Cuándo empezó

El crecimiento de la añoranza en la sociedad argentina emergió en 2025, pero se está haciendo más notorio en el comienzo de este año.

Dicho movimiento tiene su origen en una economía cotidiana que, en lugar de acercarse a lo imaginado para esta instancia del tránsito, se aleja.

Las ventas de los productos de consumo masivo han caído 2% interanual en el primer bimestre según la auditoría de mercado de Scentia, que refleja lo que sucede en todos los puntos de venta del país.

El año pasado habían crecido 2%. ¿Cuál es el problema entonces? Que en 2024 cayeron 14% versus el año anterior.

Algo similar se ve en la construcción privada que mide el Índice Construya: creció 2,6% en el primer trimestre de 2026, pero había caído 23% en el acumulado de los dos años previos.

Entre noviembre de 2023 y enero de este año se perdieron 206.000 puestos de trabajo en el sector privado formal. Es muy posible que el dato empeore a medida que se actualice.

Entre los casi 6,2 millones de personas que habitan actualmente ese universo, es decir, las que tienen un trabajo en blanco en una empresa privada, los salarios reales volvieron a caer en febrero, siendo el sexto mes de caída consecutiva.

En el sector público la situación es más engorrosa.

Por otra parte, la consultora Ecolatina prevé que el ingreso disponible de las familias –lo que queda de dinero en los hogares para consumo discrecional luego de pagar los gastos fijos– crezca apenas 1,4% este año.

Finalmente, la mora de las familias en el sistema bancario fue del 11,2% en enero. Último dato publicado. Se calcula que seguiría creciendo cuando se publiquen los datos de febrero y marzo. Comenzaría a estabilizarse a partir de abril.

Primer tema que podría iniciar su solución con la baja en las tasas de interés que está implementando el Banco Central. Cuando suceda, podría reactivarse el crédito, un estimulante clave para el consumo.

Es un sendero que ya se ha empezado a recorrer, pero llevaría varios meses regresar a valores más lógicos.

Cuando la mayor parte de los ciudadanos creían que se vería el fruto del esfuerzo realizado, de pronto se encuentran con que aún hacen falta más tiempo y energía.

Como si fuera un horizonte móvil, el deseo del “buen vivir”, que motoriza a los argentinos desde que, hace muchas décadas, el colectivo social se configuró bajo los patrones de la clase media, se torna esquivo y difuso.

Hoy no hay una idea clara sobre la instancia en la que llegará esa “mejor vida” y, menos aún, de qué modo sucedería.

La única certeza es que no es ahora. Las encuestas de opinión pública más prestigiosas muestran en marzo y abril un empeoramiento de las expectativas. Señal de que, para muchos, es probable que tampoco sea pronto.

Como señalaba, la añoranza continúa siendo articulada con la esperanza. No es este un hecho menor porque, en caso de ser la única manifestación del humor colectivo, volvería más complejo el devenir social y, por añadidura, el económico.

Si bien dicha esperanza no tiene ya ni el volumen ni la densidad ni el arraigo que supo tener hasta hace poco tiempo, todavía su presencia expresa las ganas de que la promesa se verifique en la práctica.

Puesto en los términos de las propias palabras con las que nos lo dijeron numerosos integrantes de nuestro último relevamiento cualitativo: “Elijo creer”, “quiero creer”, “hay que creer”.

Quienes lo hacen argumentan con variables de la macroeconomía, tanto actuales como futuras. Por un lado, el orden, la tranquilidad y la previsibilidad que proporciona un dólar controlado, estable y accesible –se están adquiriendo unos 2000 millones de dólares por mes en el sistema financiero formal–.y la baja de la inflación del 211% anual en 2023 al 30% anual que se proyecta para 2026.

También señalan que hay un rumbo claro, que nunca se dijo que iba a ser corto ni fácil, y que no se quiere volver atrás.

Argumentación que se vuelve mucho más sólida entre los jóvenes que entre los adultos, quienes están más preocupados y críticos. Para ellos, esta es una estabilidad descendente en la calidad de vida y no tienen tanto tiempo como los centennials para seguir esperando.

Para peor, ese descenso, en lugar de menguar, perciben que se profundiza. No tanto por lo que ocurre estrictamente en este momento, sino por efecto de la acumulación de dos años y medio difíciles con proyecciones que se expresan menos entusiastas que al comienzo.

Ese recorrido no opera en el vacío, sino sobre una degradación de largo plazo que ya lleva cinco décadas.

No es que no valoren la estabilidad ni sus beneficios, sino que la consideran incompleta y temen, por ende, que no termine resultando sostenible.

En la dinámica que adquiera la articulación de la añoranza con la esperanza se esconden las respuestas a muchas preguntas que hoy es pertinente esbozar, pero que por ahora se pueden responder únicamente como futuros posibles.

No es tiempo de buscar certezas, sino de tener claridad. Y decidir en consecuencia.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/nuevo-clima-de-epoca-anoranza-con-esperanza-nid20042026/

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