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Muerte en el vestíbulo

A menudo, cuando busco alguna historia de la ciudad para mi trabajo, me cruzo con sucesos que quizás no alcancen para una crónica extensa, pero que de todas formas merecen ser narrados. Curiosida...

Muerte en el vestíbulo

A menudo, cuando busco alguna historia de la ciudad para mi trabajo, me cruzo con sucesos que quizás no alcancen para una crónica extensa, pero que de todas formas merecen ser narrados. Curiosida...

A menudo, cuando busco alguna historia de la ciudad para mi trabajo, me cruzo con sucesos que quizás no alcancen para una crónica extensa, pero que de todas formas merecen ser narrados. Curiosidades que, humildemente, intento sacar del olvido, al menos por un rato.

Así me encontré, por ejemplo, con un hecho de sangre entre un periodista y un militar italiano que ocurrió en la última década del siglo XIX en un teatro que ya no existe, ubicado en la que era entonces la calle más elegante de Buenos Aires: Florida.

El nombre de ese coliseo era El Nacional y se encontraba en la mencionada arteria, entre Piedad y Cangallo (hoy Bartolomé Mitre y Perón) y fue inaugurado en febrero de 1882. El Nacional que conocemos hoy, de la calle Corrientes, lleva ese nombre en homenaje a aquel otro, que desapareció devorado por las llamas en 1895.

Construido con la intención de ser escenario para óperas, dramas y zarzuelas, este imponente teatro contaba con una capacidad de 2000 espectadores, iluminación a gas, salidas de emergencia pioneras y un telón metálico que bajaba en 40 segundos. Un edificio de lujo que vio sobre su escenario a los artistas más prestigiosos de la lírica y la dramaturgia de la época.

Y allí ocurrió la historia que me interesa contar. Porque fue en el vestíbulo de ese coliseo donde resonó un disparo que dejó atónitos a los presentes. Sucedió en la noche del 4 de septiembre de 1892, pero el conflicto que terminó en un estallido de pólvora había empezado un tiempo antes. Y muy lejos de allí.

Ocurrió que había una soprano italiana llamada Luisa Tetrazzini, mujer del empresario teatral de Florencia Giuseppe Scalaberni, que un día escapó de su país y especialmente de su marido, con rumbo a Sudamérica. La mujer se fugó junto a quien sería su amante, el tenor Pietro Cesari. Otras versiones indican que la artista, conocida como ‘el Ruiseñor Florentino’, huyó a Buenos Aires pero para actuar en un teatro porteño, rompiendo con ello un lazo contractual que tenía con su marido.

Ya sea por la infidelidad o por el incumplimiento del contrato, lo cierto es que Scalaberni, indignado con la actitud de su esposa, decidió mandar a un allegado suyo a la Reina del Plata a buscarla. Este amigo resultó ser un exteniente italiano, miembro de una distinguida familia –hijo de una condesa-, llamado Luis Genazzini. Según cuenta Alfredo Taullard en Historia de nuestros viejos teatros, este personaje era un ser de muy pocas pulgas. Es más, fue por su altanería y su espíritu camorrero que lo habían dado de baja del ejército. No parecía tener el mejor perfil para resolver un conflicto tan delicado.

Una vez llegado a Buenos Aires, no se sabe si el exmilitar dio con la esposa de su amigo, pero al que sí encontró fue a un periodista llamado Jorge Arnold Brown. Este reportero había escrito en un periódico de la época un suelto en tono sarcástico sobre la aventura ultramarina de la señora Tetrazzini. Fue por eso mismo que al cruzarlo en El Nacional, un enfurecido Genazzini increpó al redactor y estuvo cerca de irse a las manos con él, pero la gente del lugar los separó. Mientras lo empujaban hacia la salida, el exoficial le juró al argentino que la próxima vez que lo cruzara le iba a pegar la bofetada que se merecía.

A la noche siguiente, Genazzini volvió a encontrar a Brown en el vestíbulo del teatro y, tal como lo había profetizado, le sacudió el rostro con una sonora cachetada. Y mientras en la sala teatral el público se disponía a disfrutar del tercer acto de La Traviata, el periodista abofeteado, sin vacilar, sacó de su cinto un arma y disparó directo al corazón del agresor, que segundos más tarde estaba muerto. La justicia determinó que Brown había actuado en legítima defensa.

Aquel teatro El Nacional, que había quedado marcado como un lugar de mala suerte por muchos porteños, fue destruido por un incendio en una madrugada del 18 de diciembre de 1895. Tras de sí dejaba noches gloriosas sobre el escenario y el eco de un disparo mortal en su antesala.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/muerte-en-el-vestibulo-nid23022026/

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