¿Mito o realidad?: América para EE.UU., Ucrania para Rusia y Taiwán para China
LONDRES.– ...
LONDRES.– La insistencia del presidente norteamericano, Donald Trump, en avanzar sobre Groenlandia en nombre de la seguridad hemisférica, así como su invitación al presidente ruso, Vladimir Putin, a integrar el Consejo de la Paz para Gaza, han alimentado en la prensa internacional la idea de un mundo dividido en zonas de influencia entre Trump, Putin y el chino Xi Jinping.
Esta imagen de una nueva Tordesillas se ha vuelto ubicua en medios, ámbitos académicos y círculos diplomáticos a nivel global. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto esta lectura refleja con precisión el contexto geopolítico actual o si, por el contrario, constituye un diagnóstico equivocado, con potenciales costos para quienes actúen en consecuencia.
Nuestra región ya conoce los efectos de diagnósticos fallidos. El mito de la multipolaridad fue particularmente dañino. Entre sus consecuencias más trágicas se cuentan los escándalos de corrupción y profunda crisis fiscal causadas por la sobre-extensión de Brasil, así como la connivencia del chavismo con potencias autoritarias extrarregionales que desembocó en la intervención armada en Venezuela.
Hoy las mismas anteojeras parecen producir un espejismo similar en los que ven a China y Rusia como pares con los que Estados Unidos dividiría el globo.
Tres piezas básicas del rompecabezas internacional indican que esta lectura es probablemente un nuevo mito. Estados Unidos es la única potencia que ya cuenta con una zona de influencia consolidada, mantiene una presencia militar global y conserva como corazón de su doctrina militar prevenir la primacía militar de otras potencias en sus regiones. Por ello es improbable que abandone a Taiwán y aún si llegara a conceder a Rusia parte de Ucrania, lo haría, justamente, con el objetivo de evitar su alineamiento con China, para bloquear la hegemonía regional de cualquiera de las dos.
Estados Unidos como único hegemón regionalChina, la segunda economía del mundo, está flanqueada por la India y Japón, la cuarta y la quinta, respectivamente. Comparte además cuatro mil kilómetros de frontera con Rusia, novena economía global, flanqueada por Alemania, el Reino Unido y Francia, tercera, sexta y séptima. Sin siquiera considerar a la larga lista de países de menor porte que se verían directamente amenazados por cualquier expansión militar de China o Rusia en sus vecindarios, la distribución de poder en torno a ellos desbarata por sí sola la teoría de las áreas de influencia.
El contraste con Estados Unidos en las Américas es contundente. Su tamaño económico cuadruplica al de toda América Latina y el Caribe combinados y su capacidad militar es francamente incomparable.
Como ha señalado con acierto mi colega John Mearsheimer, Estados Unidos es el único hegemón regional del sistema internacional porque ganó la lotería geográfica: domina una región estructuralmente débil y está separado por dos océanos de Eurasia, donde ninguna potencia pudo jamás reclamar una zona de influencia similar. La doctrina militar de Estados Unidos en el último siglo se ha basado en preservar esa posición única.
EE.UU. como única potencia con proyección militar globalEstados Unidos ha negado a otras potencias la posibilidad de tener zonas de influencia porque tiene una inaudita supremacía militar que se manifiesta, entre otras cosas, en su despliegue global: opera unas 800 instalaciones militares en cerca de 80 países y territorios. Estas representan alrededor del 80% de las bases extranjeras del mundo, distribuidas en todos los continentes habitados. Ese entramado sostiene una capacidad de despliegue rápido, con unos 200.000 efectivos estadounidenses en el exterior.
En el plano tecnológico, la ventaja en los dominios aéreo, espacial, naval y de la información le otorga a Estados Unidos el llamado “comando de los comunes”: el control del mar, el aire y el espacio. Esa capacidad le permite negar a casi cualquier otro Estado el acceso a líneas críticas de comunicación y suministro.
Basta un ejemplo: en el ámbito naval, la Armada estadounidense opera once portaaviones de propulsión nuclear, la plataforma central de proyección de poder desde la Segunda Guerra Mundial, verdaderos aeródromos móviles capaces de actuar sin depender de acuerdos con países anfitriones. China le sigue, con tres.
EE.UU. no otorga esferas de influenciaEstados Unidos no solo es el único hegemón regional y la única potencia con presencia militar global: también mantiene una política sostenida de emplear su poder extracontinental para impedir que otros Estados alcancen ese mismo status.
Hoy, China es el único aspirante plausible a una zona de influencia militar y a alcanzar en algún momento -quizás en décadas- cierta proyección global. Por eso han sonado (a tiempo) las alarmas en Washington. Pekín ha construido unas 16 bases y opera tres portaaviones, pero carece de acceso pleno a aguas azules: Japón y Taiwán controlan la primera cadena de islas frente a su costa, saturada de bases estadounidenses y patrullada, además, por otros tres grupos de portaaviones norteamericanos.
Antes de dar por válida la llamada “Doctrina Donroe”, conviene observar los hechos: ¿ha retirado Estados Unidos tropas y portaaviones para relocalizarlos en América Latina, o esas capacidades—y los principales elementos disuasivos—siguen desplegados de forma ofensiva?
¿Zonas de influencia limitadas?A esta altura debería estar claro que la teoría de las áreas de influencia carece de sustento. Incluso si se intenta rescatarla mediante la noción de zonas de influencia limitadas, el razonamiento no resulta convincente. ¿Por qué conceder Ucrania a Rusia o Taiwán a China? En términos ajedrecísticos, Estados Unidos no obtiene ninguna ventaja de esos gambitos.
Si Washington estuviera dispuesto a ceder una pieza para mejorar su posición estratégica -que ya es dominante- el único escenario plausible sería aceptar una paz favorable a Rusia en los territorios ucranianos ocupados. Pero esa paz se firmaría con garantías para Kiev. Por lo tanto, Rusia no obtendría ninguna área de influencia, ni siquiera en la forma limitada en que Churchill se las concedió a Stalin en la infame servilleta. El acuerdo parecería más al entendimiento entre Bush y Gorbachov sobre los límites de la expansión de la OTAN. ¿Fue eso una división del mundo áreas de influencia o la quintaescencia de la unipolaridad?
Por otro lado, Rusia, pese a contar con capacidades militares respetables -un portaviones, unas quince bases en su periferia (muy) inmediata y un arsenal misilístico y nuclear significativo- es apenas una sombra de la Unión Soviética. Para muestra basta un botón: no ha logrado derrotar a un vecino muy inferior como Ucrania en cuatro años de guerra. Por todo esto, una Rusia en paz con Ucrania y en mejores términos con la OTAN comenzaría a preocuparse más por otro competidor inevitable por áreas de influencia más próximas, como Asia Central: China.
¿Por qué entonces el consenso?En ocasiones, una falsedad se consolida porque resulta conveniente creerla y difundirla. A Xi y a Putin les sirve presentarse como señores de sus respectivas “áreas de influencia”. A Trump la imagen le resulta útil para apaciguar las ansiedades del movimiento MAGA, presionar a sus aliados en Asia del Este y Europa para que asuman una mayor carga en su propia defensa, y sembrar desconfianza entre Pekín y Moscú. A los promotores del mito economicista de la multipolaridad, esta lectura también conviene para enmascarar la realidad de la primacía militar norteamericana que no detectaron con su radar.
Cuando una narrativa resulta funcional a tantos actores y para propósitos tan diversos, es difícil que se desvanezca. Pero a la hora de tomar decisiones de política exterior, conviene distinguir la narrativa de la realidad. Sería un error grave suponer, por ejemplo, que Estados Unidos abandonaría a Taiwán, y basar en esa lectura una política de neutralidad. Desde nuestra neutralidad en la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra de Malvinas, la Argentina ha probado el costo de errores de cálculo que se pueden prevenir con atención a la doctrina y capacidades militares, dos elementos clave para reflexionar sobre el concepto (realista) de áreas de influencia.
*El autor es profesor asociado del University College London