“Mi hija vivía preguntándole a ChatGPT qué comer y qué no”: cómo la inteligencia artificial se metió en los trastornos alimentarios
“Yo pensé que era Instagram. Que estaba mirando cuerpos imposibles, dietas raras. Nunca se me ocurrió que le estaba preguntando a ChatGPT cómo dejar media taza de yogur en el plato para que pa...
“Yo pensé que era Instagram. Que estaba mirando cuerpos imposibles, dietas raras. Nunca se me ocurrió que le estaba preguntando a ChatGPT cómo dejar media taza de yogur en el plato para que pareciera que había desayunado”, cuenta Andrea.
La mamá de Martina —su nombre fue cambiado para preservar su identidad— tenía la contraseña del celular de su hija de 15 años “por seguridad”. Nunca lo había abierto. Pero, poco a poco, varias conductas empezaron a inquietarla.
Martina empezó el verano diciendo que quería “ordenarse”. Que iba a comer mejor, a entrenar más. Nada que llamara demasiado la atención. Pero con el correr de las semanas dejó de desayunar en familia y evitaba las salidas con amigas a locales de comida rápida, que antes “disfrutaba un montón”. Decía que “ya no le iba esa onda”. Solía irse a su cuarto con el celular después de cada comida o decía que ya había cenado cuando el plato seguía casi intacto.
Cuando su mamá veía de reojo la pantalla del teléfono, la adolescente respondía que estaba “investigando” sobre alimentación saludable. Hasta que una madrugada la descubrió sentada en la mesada de la cocina, leyendo con atención las etiquetas de información nutricional de varios alimentos. Esa noche, esperó a que se durmiera y decidió mirar su celular.
ChatGPT estaba abierto y acumulaba varias preguntas de la adolescente:
—Si comí dos tostadas y me siento culpable, ¿cómo compenso?
—¿Cuántas calorías tiene una ensalada sin aderezo?
—¿Cómo hago para que mis papás no se den cuenta de que estoy comiendo menos?
—¿Cuáles son los ejercicios para quemar más grasa?
“Hablaba con el chat como si fuera una amiga y le hacía una catarata de preguntas vinculadas con la comida, la imagen corporal y la actividad física”, describe Andrea y sigue: “Cuando las preguntas eran muy al límite, como cuando llegó a preguntar cómo vomitar rápido, la IA le ponía una alerta para que pidiera ayuda. Pero ella aprendía a rodear las preguntas para obtener algún tipo de respuesta”.
Martina detallaba todo lo que había comido en el día y le pedía al chat que le dijera cuántas calorías tenían esos alimentos. “Le mandaba su peso, su altura. Le preguntaba si estaba gorda. Era como tener a alguien disponible las 24 horas que le respondía exactamente lo que quería escuchar”, agrega su mamá.
Gracias a ese hallazgo pudieron pedir ayuda profesional. “Hace tres meses le diagnosticaron anorexia y hoy está en tratamiento, dando pasitos de a poco”, dice.
En los consultorios, psiquiatras y nutricionistas especializados en trastornos alimentarios están viendo con frecuencia casos como el de Martina: adolescentes —en general mujeres de entre 13 y 17 años— que usan herramientas de inteligencia artificial para validar restricciones alimentarias, calcular calorías y reforzar conductas de control propias de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA).
“Desde el año pasado lo veo cada vez más”, dice Alejandra Freire, nutricionista del Servicio de Cirugía del Hospital de Clínicas y especialista certificada en trastornos alimenticios por la International Association of Eating Disorders Professionals Foundation. “Un día, en el consultorio, le pedí a una paciente que me mostrara lo que le preguntaba a ChatGPT. Cuando lo abrimos juntas, se abrió un mundo”, cuenta.
Las consultas son variadas: pedidos de “dietas de 1000 calorías”, planes personalizados, preguntas sobre cómo hacer que sus padres crean que almorzaron. Algunas pacientes incluso envían fotos propias para pedir opinión sobre su cuerpo.
“La clave está en cómo preguntan”, explica Freire. “Si uno consulta de forma directa algo riesgoso, el sistema alerta. Pero los adolescentes saben usar el prompt. Rodean la pregunta, plantean un caso hipotético, hablan de ‘una amiga’, formulan la consulta en positivo. Tienen una habilidad que los adultos no tenemos”.
Juana Poulisis, psiquiatra con mucha trayectoria en la temática y fellow de la Academia Mundial de Trastornos de la Conducta Alimentaria (Academy of Eating Disorders), lo describe así: “La inteligencia artificial se convirtió en el nuevo oráculo de nuestro tiempo. Como el oráculo de Delfos, tiene una autoridad simbólica enorme. Muchos adolescentes la perciben como una voz experta, casi incuestionable”.
El riesgo no es solo lo que responde¿Por qué preocupa esta tendencia? Para Poulisis, el problema no es únicamente el contenido puntual de las respuestas. “El riesgo mayor no reside solo en lo que dice la IA, sino en cómo interactúa: la personalización progresiva, el tono, la frecuencia. Te habla a vos, con tus datos. Está disponible 24/7. Podés estar a las tres de la mañana reforzando pensamientos rumiantes sobre tu cuerpo”.
Esa disponibilidad constante, sin listas de espera ni horarios, puede convertirse en un amplificador de síntomas. “Se generan bucles de retroalimentación. Los daños no son siempre inmediatos ni evidentes. Surgen a partir de microinteracciones que al principio parecen inofensivas y que, con el tiempo, arman patrones problemáticos”, señala.
Además, advierte, la IA facilita la rumiación continua: “Al estar siempre accesible, se convierte en una herramienta para pensamientos repetitivos e intrusivos sobre el peso, la comida y la apariencia física”.
Entre los riesgos, enumera: consejos de salud sin contexto médico, normalización de conductas restrictivas, comparación corporal, reproducción de modelos de idealización de la delgadez —lo que se conoce como thinspiration—, vinculación entre peso y valía personal y moralización de alimentos.
Freire agrega otro elemento: “Muchas veces, cuando el chat te dice lo que no hay que hacer —no vomitar, no ayunar— termina enumerando conductas que el adolescente ni siquiera había considerado. Esa información puede dar ideas”.
A diferencia de Google, explican, la IA no solo resume información: la organiza y la personaliza. “Te arma una dieta ajustada a tu peso, tu altura, tu actividad. Eso da una sensación de precisión y de acompañamiento que no tiene un buscador tradicional”, dice Freire.
El fenómeno tiene, además, otro condimento: los chats funcionan desde el anonimato. El historial puede borrarse. No hay testigos.
En noviembre pasado, LA NACION publicó el caso de un padre que denunció que ChatGPT había acentuado el trastorno alimentario de su hija de 14 años y lanzó una petición en Change.org para pedir mayores advertencias y controles en estas plataformas.
“Los padres están muy atentos a Instagram: qué cuentas siguen sus hijas, qué contenidos miran. Pero no tienen idea del poder que tiene la IA”, advierte Freire y agrega: “Para muchos chicos es como su mejor amigo: siempre disponible, gratuito y que no juzga”.
¿Puede tener algo positivo?Las especialistas evitan una mirada exclusivamente alarmista y también señalan una posible ventana de oportunidad. “Hay adolescentes que están desarrollando un TCA y primero consultan a la IA sus síntomas”, señala Poulisis. “Por ejemplo: ‘Me pasa esto, tengo atracones dos veces por semana, ¿puede ser un trastorno?’. Esa pregunta puede ser el inicio de una toma de conciencia y un pedido de ayuda. Puede funcionar como un puente hacia la atención profesional”.
Freire coincide: “Así como buscan ayuda para sostener la conducta, cuando empiezan a sentir que la situación los domina también preguntan qué les está pasando. A veces una aproximación diagnóstica llega por ahí”.
El desafío, sostiene Poulisis, es que ese potencial no quede librado al azar. “Necesitamos que los médicos clínicos, los agentes de salud, participen en el diseño de estas tecnologías. Hoy la IA no es un espacio seguro: son sistemas generalistas, no intervenidos. Hasta hace poco pensábamos los TCA desde una perspectiva individual. Con la irrupción de la IA tenemos que pensar en términos de sistema”.
Abrir la conversación“Yo pensé que el peligro estaba en las redes, en las fotos editadas, en las influencers”, dice Andrea. “Nunca imaginé que el riesgo podía estar en una ventana de chat que parece inofensiva. Hoy entiendo que hay que hablar de esto”.
Las especialistas coinciden: así como se promovió la alfabetización digital en redes sociales, ahora es necesario hablar del uso crítico de la inteligencia artificial. Preguntar qué se consulta, cómo se interpreta, recordar que ninguna respuesta automática reemplaza la evaluación profesional.
Martina está en tratamiento. Hay días buenos y otros más difíciles. En la casa volvieron a hablar de comida sin que sea un campo de batalla. Pero Andrea no deja de pensar en esas madrugadas frente a la pantalla.
“Lo que más me impacta es que ella no sentía que estaba haciendo algo grave. Sentía que estaba aprendiendo. Por eso creo que tenemos que empezar a preguntarles también qué le están preguntando a la inteligencia artificial. Porque a veces no es que no quieran hablar. Es que ya están hablando… solo que no con nosotros”, concluye la madre.
Más informaciónEn la guía “Hablemos de trastornos de la alimentación” de Fundación La Nación, podés encontrar más información sobre señales de alerta, cómo hablar con los chicos de estas problemáticas y dónde buscar ayuda.