Mercedes Funes: la maternidad, el amor que la conmueve y el sueño que se hizo realidad sobre el escenario
Dice Mercedes Funes que trabajar con Miguel Ángel Solá era un gran sueño que se cumplió cuando el director Manuel González Gil la convocó para hacer Por el placer de volver a verla, obra que ...
Dice Mercedes Funes que trabajar con Miguel Ángel Solá era un gran sueño que se cumplió cuando el director Manuel González Gil la convocó para hacer Por el placer de volver a verla, obra que está de gira por el Gran Buenos Aires y el interior de nuestro país, y en agosto recala en la sala Picasso del Paseo La Plaza. La actriz, que interpreta a una madre, le cuenta LA NACION que este personaje la conectó con su infancia y, especialmente, con su mamá. Además, habla de su historia de amor con el periodista y conductor Cecilio Flematti, y reflexiona sobre algunas decisiones que tomó a lo largo de su vida.
Funes llega de un ensayo, apenas se maquilla y está lista para las fotos. “Es la parte más difícil de una nota”, marca con simpatía. Después pide un té con limón, se da el gusto de saborear un mini alfajor de almendras relleno de dulce de leche y se dispone a abrir las puertas de su corazón.
View this post on Instagram-¿Se te cumplió un deseo?
-¡Sí! Tenía muchas ganas de trabajar con Miguel. Y además es una preciosísima obra de teatro que tiene que ver con la identificación de lo más humano que todos tenemos, y es ese vínculo con nuestra madre o, como digo yo, con quien haya sido el regazo. Quizá ese regazo fue tu mamá, tu papá, tu abuela, tu tía, tu tío, una hermana que estuvo ahí para hacerte upa, para felicitarte por tus logros, para retarte por tus macanas. Todos conocemos esa dinámica de ser hijo. Interpreto a una madre sin haber sido madre…
-¿Cómo es eso?
-En la obra, el personaje de Miguel tiene un reencuentro onírico con la madre en distintos momentos de su vida. Es como si quisiera participar al público de distintos recuerdos con su mamá. Y hay algunos que son muy graciosos, como cuando lo corría con la chancleta, y otros muy sentidos como los consejos. Esta madre y este hijo tenían un vínculo muy lúdico relacionado con la pasión por los libros. No desde un lugar intelectual, sino desde un lugar absolutamente cotidiano. Era como sentarse a hablar de la novela de la tarde y ese hijo era su gran compañerito que terminó siendo autor de teatro y, en un punto, fue porque ella lo animó.
-¿Cómo construiste a esta madre?
-Mi personaje es una mujer ama de casa de los años 60. Madre, esposa, protectora, trabajadora del hogar. Muchos hemos sido criados por una de esas mujeres. Fueron nuestras madres o nuestras abuelas que tan poco reconocimiento han tenido porque no hay ningún diploma que te gradúe de madre y ama de casa, y sin embargo es uno de los trabajos más complejos, donde te relegás por completo. Hay generaciones enteras de esas mujeres que, aun así, no perdían la alegría. Esta madre que me toca ser es un ejemplo de esa luminosidad que han dejado esas mujeres maravillosas que alentaban a sus hijos e hijas para que eligieran lo que querían hacer de sus vidas. Por ahí, en generaciones anteriores no estaba tanto la posibilidad de poder elegir sino que te imponían. En cambio, esta madre le da libre albedrío a su hijo, aunque lo contagió con su pasión sin imponérsela.
-¿El personaje te llevó a revisar tu relación con tu mamá?
-Sí, claro. Esta historia me hace recordar un poco a mi historia personal. De chica, mi mamá siempre me llevó a ver teatro, a ver a la Filarmónica, a La Camerata. Siempre hablábamos sobre libros o cuentos. Mi papá y mi mamá siempre fueron muy artísticos. Ella eligió el camino del ama de casa porque en la estructura de lo que le enseñaron, decía que “no se puede tener la chancha y los veinte” (risas). Era actriz en San Francisco, en Córdoba, y estaba en el grupo de teatro. Mi abuela también fue directora de teatro...
-La actuación está en tus genes...
-Mis abuelos vinieron de Italia justo durante el toque de queda de la Segunda Guerra Mundial, y ella era de una familia de la alta sociedad. A veces nos reímos con nuestros primos porque eran de familia de condes, y los nazis les tomaron el castillo en su momento, y ellos estaban todos relegados. Mi nono era un herrero que tenía tres dedos en una mano, porque había perdido los otros dos trabajando, y siempre estaba con una sonrisa cantando canciones italianas. Mi nona estuvo en un grupo de teatro del cual era directora, y me cuenta mi tío que estaba fascinado porque la veía a su mamá haciendo las puestas sobre el escenario. Mi nona practicaba declamación, después mi mamá también practicó declamación. Hay mucho arte en mi familia.
-¿Tu mamá quería que fueras actriz?
-Mi mamá nunca me dijo que fuera actriz, al contrario, quería que estudiara una carrera universitaria porque tenía miedo de que, sin un título, me muriera de hambre. Y también porque si yo quería ser actriz no podía tener una familia... Y si quería tener una familia no podía ser actriz… Lo de “la chancha y los veinte” le quedó a ella en algún lugar, eligió ser madre y dejó de lado su pasión por la actuación que disfrutaba solo como espectadora. Y ahí, me llevó a mí a ser espectadora también. En ese sentido, me siento muy identificada con lo que le pasa al personaje de Miguel. Mi infancia también tiene que ver con ese arte que se respiraba en la mesa familiar con el plato de arroz con manteca y queso.
-¿Tu mamá te vio actuar?
-Sí. Falleció hace algunos años. Empecé de muy chiquita y porque yo insistí; ellos no querían que descuidara la escuela. Éramos cuatro hermanos y mi mamá se ocupaba de la casa, y mi papá trabajaba todo el día. En una oportunidad nos mudamos enfrente de Canal 13 y pedí muchísimo que me llevaran a hacer una prueba para un programa que se llamaba Superclan y que veía todas las tardes. Y quedé. Tendría 10 años, pero mis trabajos fueron esporádicos hasta que terminé la escuela secundaria porque mis padres no querían que descuidara nada y me parece que hicieron bien.
-¿Cómo fue la convocatoria para El placer de volver a verla?
-Miguel es uno de los actores que más admiro y tenía muchas ganas de trabajar con él. Pero parecía lejano porque él vivía en España y cuando venía al país, sus obras ya estaban armadas. Cuando trabajé con Manuel González Gil, nuestro director, en Me duele una mujer, supe de la amistad entrañable que tienen ellos dos; son hermanos de la vida y es muy hermoso verlos juntos porque tienen un vínculo conmovedor. Entonces le dije a Manuel que quería trabajar con Miguel y lo recordó cuando la vida cambió, Miguel volvió al país y apareció esta obra. Miguel no me conocía y confió en la palabra de Manuel, así que estoy muy agradecida. No podría estar más feliz porque es un compañero súper generoso, divertido, muy gracioso. Se armó un grupo muy lindo que se une también por el adorable corazón de Miguel, que es tan querible. Y además es inmenso… A veces estoy actuando y me abstraigo dos segundos para, simplemente, deleitarme observándolo. Es magnético, y profundamente generoso. Todo el tiempo quiere que yo esté feliz en el escenario y es lo mejor que te puede pasar en una obra, porque también quiero lo mismo para él. Es la mejor manera de transitar una obra de teatro juntos.
-¿Cómo te organizás con las giras?
-Deposito todo en Cecilio y en las cuidadoras de mi perro, que lo mandamos a una guardería cuando me voy porque es intenso y es mucho trabajo para una sola persona. Tenemos nuestro gato que está grande y muy enfermo, y el perro tiene ciertas limitaciones neurológicas, y requieren mucho cuidado los dos. En nuestra casa tenemos toda una estructura. La gira es hermosa pero cansadora también porque viajás mucho, dormís en distintos lugares, y cuando vuelvo duermo las primeras 24 horas. Después ya estoy lista para seguir.
View this post on Instagram-¿Además estás ensayando otra obra?
-Sí, estoy ensayando un preciosísimo unipersonal. Hace unos años hice un unipersonal que se llamaba Te voy a matar mamá, un personaje muy perturbado con un monólogo recriminándole de todo a la madre. Y recuerdo una anécdota muy graciosa y es que a mi mamá le encantaba venir a verme. Se sentaba en la primera fila y, como no veía nada, tenía binoculares para ver bien mis expresiones, y una sonrisa de oreja a oreja. Yo me reía por dentro y tenía que estar llorando y desgarrada en la obra, diciendo, que odiaba a mi mamá porque me había arruinado la vida. Y la veía a ella, con esa sonrisa. Me daba mucha ternura. Siempre me pareció muy graciosa esa dualidad. Tenía muchas ganas de volver a hacer un unipersonal, había unas ideas dando vueltas y sabía de qué quería hablar pero no le encontraba la vuelta. Finalmente, salió en una charla con Franco Verdoia, que es quien lo materializó en el texto y quien me va a dirigir también.
-¿De qué trata?
-Es un texto muy hermoso el que logró, y tiene que ver con el edadismo… Cada vez parece que el mundo se achica más para mucha gente. Rápidamente quedás afuera del sistema, las reglas del juego cambian vertiginosamente, y tanta gente que se preparó para tantas cosas, de golpe no tiene espacio en la vida laboral. Por ende, tampoco en la vida social ni en el desarrollo personal, que va de la mano con la realización, el bienestar, la alegría de vivir y un montón de otras cosas relacionadas a un para qué. Hay muchas preguntas que me hago sobre este mundo que se siente chato, vacío y de plástico. Me vuelvo un poco filosófica… La obra habla de una mujer enviada al espacio para una misión que le hacen creer que es muy importante, pero no lo es en realidad para los demás. Un poco como sucedió con la perra Laika. Y después no hay ni recursos, ni ganas, ni tiempo de traerla de vuelta. Entonces, su sentido se pierde y a nadie le importa. Hay toda una declaración de principios, y es una manera de revolver un poco en la humanidad propia, y en redescubrir para qué estoy en este mundo, si necesito que me validen los demás o saber lo que tengo para dar. Son muchas preguntas que nos hacemos los mayores de 40 cuando ves que las empresas buscan chicos de 28 años para puestos jerárquicos. La vida se está alargando y las capacidades intelectuales de las personas florecen y se enriquecen con la edad.
-¿Fue esa tu inquietud?
-Sabía que quería un astronauta. Sabía que quería que fuera alguien que se sintiera expulsado. Un outsider. Y Franco le terminó de dar forma... Así que estamos ensayando tranquilos. Sin pausa, pero sin prisa, y sin prisa, pero sin pausa.
-¿Tenés otros proyectos?
-Estoy escribiendo desde hace mucho tiempo y tengo ya varias ficciones presentadas en distintos concursos, haciendo sus caminos. Voy poniendo semillitas. Mientras tanto, también siento que la utilidad de mi creatividad tiene un sentido.. Recuerdo que en pandemia nos dijeron en la cara que la humanidad se dividía entre esenciales y no esenciales. Para mí fue muy horrible. Porque lo que hice toda mi vida fue con esfuerzo, dedicación, amor, verdad. Lo poco o mucho que pueda conseguir en cuanto a resultados, es otro tema. Pero sé todo lo que puse para que me digan que no tiene ningún tipo de vestigio esencial. Por otra parte no es cierto, porque el arte en todas sus expresiones despierta al ser humano del desgarro de vivir sin vivir. Incluso te salva a veces de la depresión y de la locura. En el arte encontrás un espacio en el que poder expresarte y por eso somos esenciales. Al menos para el espíritu. Esa convicción es la que me hace seguir poniendo semillitas todos los días. No sé si yo las voy a ver florecer, pero me ocupo.
-Antes decías que interpretás a una madre sin haber sido madre. ¿Qué pensás hoy de esa decisión?
-No me falta nada. No me queda un espacio vacío. Amo profundamente a las infancias, las observo, y desde mi lugar trato siempre de brindarles todo el afecto desde el rol que me toca, ya sea como tía, como tía postiza, y hasta como tutora de mis infancias animales, que son las que tengo en mi casa. Cecilio me dice que tengo una enorme capacidad de maternar y siempre fue así, a veces en exceso. Materno a mis amigos, a mis hermanos, materné a mis padres. A lo mejor agoté demasiado ese recurso. Por otra parte, también entendí que no sé cuánto me queda por vivir, que ojalá sea mucho, y mi energía se está achicando de a poquito y todo me resulta más costoso que antes… Y esta energía la conservo para mí. Hubiera sido hermoso ser madre, obvio, pero en otro momento. Antes era otra Mercedes y me sentía de otra manera, hoy ya no. Las cosas dependen de las circunstancias que te tocan y no siempre tenemos las mismas circunstancias. Tampoco somos nuestras circunstancias… No me definen mis circunstancias y estoy por encima de ellas, pero no puedo dejar de contemplarlas para tomar las decisiones que tenga que tomar.
-¿Cómo fue ensamblar la familia con Cecilio?
-Somos una familia ensamblada, como muchas. Cecilio tiene un hijo que ya es un hombre, pero lo conocí hace nueve años y atravesé toda su adolescencia. Somos una familia, y fue importante entenderlo en su momento. Sobre todo en la búsqueda, porque hicimos tratamiento de fertilidad antes de la pandemia. En ese entonces se cerraron los quirófanos para este tipo de cuestiones, tuvimos que parar y empecé a observar y hacerme preguntas. Y entendí que no era para mí. Fue una decisión que me llevó a mucha angustia, mucho miedo, y uno de los factores que me alivió fue que Cecilio me dijera: “Mirá que nosotros ya somos una familia”. Fue muy liberador entender que ya tengo todo lo que necesito.
-Antes de la pandemia también se casaron... ¿Qué trajo este amor a tu vida?
-Muchas cosas me trajo, pero creo que la más contundente es sentir que estás con los dos pies adentro. Da vértigo porque en la vida, a veces y por las dudas, dejás una patita afuera. Por si la cosa se rompe, se cae, no se queda. Y Cecilio es una de las pocas personas que conocí en mi vida que se tira de cabeza. Conmigo fue tan contundente desde el primer momento. Sin miedo a lo que yo pensara o si estaba a la misma altura que él o no. Cecilio agarró el corazón, lo puso arriba de la mesa y dijo: “Mirá, este soy yo”. Y eso me pareció tan noble, tan valiente. Me enseñó a animarme a apostar a amar así. Con todo. Es hermoso tener a tu lado una persona que te demuestra con hechos que todo el tiempo elige estar con sus dos pies donde estás vos. Me hace sentir absolutamente amada y, además, es mi familia. Y eso tiene un valor inmenso. Me respalda, me aconseja, me cuida, me escucha. Es un precioso compañero que me ha abierto todas las puertas de todos sus espacios sin que yo se lo pidiera, y eso me conmueve.
Agradecemos a @nadinapasteleria