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Marinos, artistas y científicos en una expedición a uno de los sitios más inexplorados del país

1.Roberto Ulloa tenía 13 años cuando la vio por primera vez. Navegaba hacia la Antártida junto a su padre, a bordo del transporte polar ARA Bahía Aguirre, y entre las nubes del sur divisó las ...

Marinos, artistas y científicos en una expedición a uno de los sitios más inexplorados del país

1.Roberto Ulloa tenía 13 años cuando la vio por primera vez. Navegaba hacia la Antártida junto a su padre, a bordo del transporte polar ARA Bahía Aguirre, y entre las nubes del sur divisó las ...

1.

Roberto Ulloa tenía 13 años cuando la vio por primera vez. Navegaba hacia la Antártida junto a su padre, a bordo del transporte polar ARA Bahía Aguirre, y entre las nubes del sur divisó las cumbres de la Isla de los Estados. No desembarcó. La isla quedó ahí, suspendida en la memoria como quedan los lugares que se desean sin saber del todo por qué.

Décadas después, siendo oficial de marina, la volvió a ver durante la guerra de Malvinas. El destructor del que era tripulante fondeó en la Bahía San Antonio el día anterior al hundimiento del ARA General Belgrano. Ulloa formó parte del rescate de los náufragos durante cuatro días. La isla estuvo ahí también, como fondo de escena de uno de los momentos más trágicos de la guerra.

“Hasta hace muy poco, nunca había bajado a tierra”, dice. “Es típico de marino: todo el día en el barco”, agrega.

Pero algo fue creciendo. La literatura, primero: El faro del fin del mundo, de Julio Verne, leído cuando era chico. “Te alimenta la imaginación, ¿viste? Estaban los piratas, el faro…”, cuenta. La historia, después: los presidios, los cementerios, los refugios de náufragos, las ruinas del primer faro que se levantó en la Argentina y que se dejó desmoronar hasta que un grupo de franceses, a finales de los noventa, lo reconstruyó como homenaje a Verne. “Los argentinos nos distraemos, a veces, de las cosas importantes, y dejamos que ese faro se desmoronara. Tuvo que venir un francés a reconstruirlo”, se lamenta.

Cuando se retiró de la marina, la inquietud se volvió proyecto. En enero de 2021 fue por primera vez en una expedición de reconocimiento. Eran un grupo de aventureros, como él mismo los define. Tomaron fotos, recorrieron el faro, volvieron. Y ahí mismo dijeron: tenemos que volver, pero con un propósito.

2.

La expedición “Aquí hay dragones” -nombre tomado de la advertencia que los cartógrafos medievales estampaban en los rincones inexplorados de sus mapas: Hic sunt dracones- zarpó de Ushuaia el 15 de enero de 2026 a bordo de dos veleros oceánicos, el Galileo y el Pampa Mía, con 12 personas a bordo.

Ulloa entendió, desde el principio, que necesitaba “forajidos”, como los llama cariñosamente, de otras disciplinas. Los encontró en el CONICET. Carlos Landa, antropólogo y doctor en arqueología, especializado en campos de batalla, que además juega al rugby. Sebastián Ávila, historiador y escritor, experto en refugios históricos. Alejandra Raies, arqueóloga submarina y timonel. Y Nicolás Ciarlo, arqueólogo de naufragios, que figura entre los cinco especialistas más importantes del mundo en su campo. “Los encontramos porque así nos reúne el viento, medio de casualidad, a través de un amigo común que entendía los dos proyectos. Yo dije: ¿por qué no hacemos algo juntos?”, relata, acerca de los inicios de este proyecto.

Se sumaron un fotógrafo, Pedro Atés, y las artistas Magdalena Casá -Male- y Silvana Baylac (quien finalmente no viajaría), convocadas para hacer lo que hacían los pintores de las antiguas expediciones: registrar con tinta, acuarela y lápiz lo que la cámara no puede del todo capturar. “Queríamos eso, como los viejos diarios de navegación que tenían dibujos”, dice Roberto. Un médico con su hijo de 14 años completó el grupo.

Los capitanes de los veleros eran marineros de aguas australes. Andrés Antonini, que navegó el Pampa Mía desde Buenos Aires hasta Ushuaia en 25 días para sumarse (“Andrés está incómodo en tierra, no es su hábitat natural”, ríe Roberto) y Nilo Navas, veterano del Belgrano, dueño del Galileo, que desde que salió de la marina ha dedicado su vida a navegar y a la causa Malvinas.

Podría decirse, con una cuota de eufemismo optimista, que el mar que los esperaba no era del todo amable. En esa zona convergen la corriente antártica y la de Brasil, el Estrecho de Le Maire, el viento del Drake. Cuando el viento para, la corriente corre a cinco nudos. Un velero sin motor, en ese escenario, puede ser enviado directo a las piedras. Los capitanes miraban el pronóstico con la precisión de cirujanos y elegían las ventanas de clima. “Fuimos bastante prudentes. Tuvimos algo de suerte, en cuanto a que íbamos mirando mucho el pronóstico y saltando en función de las ventanas”, explica Roberto, acerca de la planificación del viaje.

3.

Male Casá embarcó con mil pertrechos: pinceles, tintas, papeles. Usó el 10 por ciento.

“Todo lo que ves, lo que escuchás, lo que sentís, es un estímulo constante”, enumera. “No dibujé tanto como quería porque me distraía con los arqueólogos, con los que salían a caminar para allá, con querer ir yo también para allá. Mucha información muy cruda, muy única. Nunca estuve en un lugar así”, describe.

Cuando volvió, alguien le preguntó cómo había sido. “Estuve en el Jurassic Park de Argentina”, respondió. La frase le gustó a Ulloa. Le pareció exacta.

La isla tiene 65 kilómetros de largo, es el último trazo de la cordillera de los Andes antes de hundirse en el Atlántico Sur, y fue modelada por glaciares que hace 20.000 años, cuando el mar estaba 140 metros más abajo, irrumpieron en sus entradas y abrieron fiordos que hoy parecen espadas. En sus costas hay registrados cientos de naufragios.

Los “forajidos” dormían en carpas o a bordo, rotando en las cuchetas. Ocho personas por velero, un solo baño. “Si vos querés unir un grupo, ponelo en contacto con la naturaleza, que pase un poco de hambre y frío”, dice Ulloa. “Ahí sale todo a flor de piel”, comenta entre risas. Male lo describe así: “Todos hacían su tarea perfecto, todos ayudaban al que tenían al lado. Fue un relojito. Y lo que yo sentí, como artista y como persona, es que el haber superado todas esas cosas, el haberlas vivido y sentido, fue superador”.

4.

Los arqueólogos suelen ver lo que los demás no ven. Esa fue quizás la revelación más concreta del viaje para quienes no formaban parte del sector científico del grupo.

“Me decían: acá hay algo, porque hay tal o cual cosa, y acá tiene que haber algo, y acá esta forma no coincide con la naturaleza. Y así encontraban de todo”, dice Roberto. “Por supuesto, cosas que a nosotros nos hubieran pasado totalmente inadvertidas”, añade.

En San Juan de Salvamento, donde se levanta la réplica del faro inmortalizado por Verne, los arqueólogos localizaron los restos de la casilla del primer torrero, los vestigios del primer presidio y del primer muelle. El faro de San Juan de Salvamento fue el primer faro argentino, construido en 1884. Una casucha de madera en el extremo de la isla, pero sin duda un acto de soberanía en el fin del mundo.

En Puerto Cook encontraron las estructuras del segundo presidio -que llegó a alojar más de 100 prisioneros-, la ubicación de la panadería, los pilotes del muelle, vainas de cartuchos Remington que cuentan, sin palabras, historias de violencia. Y un cementerio donde viejas cruces de madera pelean contra la vegetación que avanza. Una piedra grande tiene grabado “Enero de 1900”.

En Bahía Franklin, donde el comandante Luis Piedra Buena naufragó en el siglo XIX al mando de la goleta Espora, los arqueólogos hallaron cuatro grandes restos de embarcaciones. Entre los objetos recuperados: un prisma de vidrio, de los que servían para proyectar la luz solar a las cubiertas inferiores de los barcos. “Hay tres o cuatro en el mundo. Lo encontramos ahí”, dice Roberto.

5.

“Hay muy pocos argentinos que conocen esta isla”. Ulloa lo dice sin drama, como dato. La isla grande de Tierra del Fuego es famosa en todo el mundo; hacia el sur, el territorio se vuelve cada vez más ajeno para la mayoría. Y sin embargo es nuestra: a 25 kilómetros del continente, administrada por la provincia de Tierra del Fuego, con un puesto de vigilancia de la Armada Argentina conformado por cuatro hombres como única presencia permanente.

“No apropiarse simbólicamente de las cosas tiene consecuencias”, advierte Roberto, metiéndose de a poco en consideraciones más geopolíticas. La importancia estratégica de la isla es enorme: genera 200 millas de zona económica exclusiva en aguas ricas en hidrocarburos, minerales y pesca. Es la última tierra antes de la Antártida. Está en el nudo geopolítico que une Cabo de Hornos, Malvinas y la Isla Grande de Tierra del Fuego. “No está militarizada, pero es una zona que de alguna manera se vincula con todo ese escenario tan complejo”, dice.

Y tiene historia. Luis Vernet, el primer gobernador argentino de Malvinas, levantó ahí un aserradero para abastecer la colonia. Luis Piedra Buena construyó refugios, rescató náufragos y fue el marino que izó la bandera argentina en esa tierra de la manera más concreta: viviendo ahí, en la soledad patagónica, con su mujer. Y Roberto Payró, periodista de LA NACIÓN, pasó un mes en la isla en 1898 y la narró con la precisión y la humanidad de quien sabe que está contando algo que de otra manera se perdería. Convivió con marinos y presidiarios, se hizo amigo del torrero y del contramaestre y escuchó las historias secretas del sur. Su libro, La Australia Argentina, es pequeño y gigante al mismo tiempo.

Ulloa cuenta la historia de Paul Groussac, el francés que en 1910 -cuando apenas uno de cada 100 argentinos conocía las Islas Malvinas- escribió el primer libro sobre los derechos argentinos en el archipiélago. Y la de Alfredo Palacios, que en 1936 llevó ese libro al Congreso para que entrara en las bibliotecas y en la educación pública. Cincuenta años después, Malvinas se convertiría en una causa nacional. “La apropiación a través de una narrativa, a través del arte: así funciona”, dice Roberto. “Y por ese lado estamos nosotros también”.

6.

En el interior del faro del fin del mundo, la expedición dejó un cuadro pintado por Silvana Baylac, artista de Punta Alta, que colaboró con el proyecto desde tierra. No es una representación realista del faro -que en su versión actual se parece más a una casucha que a un faro de novela- sino el faro que imaginó Verne: con pisos y una luz en lo alto, y la figura del propio autor mirando hacia adentro de sus historias, con un globo aerostático en miniatura flotando cerca.

Dos días después de que la expedición volviera a tierra, alguien le escribió a Silvana por Instagram. Había estado en la isla, había visto el cuadro, quería saber quién era la artista.

“Eso es lo que buscábamos”, dice Male. “Tirar una onda y que alguien la agarre, aunque jamás nos imaginamos que iba a ser tan rápido”, añade.

La expedición fue tan exitosa que los arqueólogos tienen proyectos para cinco años. Ulloa ya está pensando en un segundo viaje. “La idea no es que esto se agote en una aventura ni en nuestra experiencia. Que inspire a otros para que sigan estas huellas. Que convoque a gente para que escriba, para que hable de esto”, explica

La Isla de los Estados sigue ahí, a 25 kilómetros del continente, con sus fiordos y sus cementerios y sus naufragios enterrados en el barro. Con los ciervos que introdujo Piedra Buena hace siglo y medio y que todavía caminan entre los árboles. Con cuatro marinos haciendo guardia en nombre de todos los argentinos que nunca la vieron.

Los dragones, por ahora, siguen dibujados en el mapa.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/marinos-artistas-y-cientificos-en-una-expedicion-a-uno-de-los-sitios-mas-inexplorados-del-pais-nid09052026/

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