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Luciana Delabarba: de ser prohibida de jugar a alzar la voz, alcanzar un récord y ser una referente del básquet argentino

Conversa. Gesticula. Se saca sus zapatillas y se las da a Charly, el utilero. “El básquet me atraviesa por completo”, dice Luciana Delabarba, dueña de una historia con instantes relucientes y...

Luciana Delabarba: de ser prohibida de jugar a alzar la voz, alcanzar un récord y ser una referente del básquet argentino

Conversa. Gesticula. Se saca sus zapatillas y se las da a Charly, el utilero. “El básquet me atraviesa por completo”, dice Luciana Delabarba, dueña de una historia con instantes relucientes y...

Conversa. Gesticula. Se saca sus zapatillas y se las da a Charly, el utilero. “El básquet me atraviesa por completo”, dice Luciana Delabarba, dueña de una historia con instantes relucientes y ratos de oscuridad. La niña del vestido y el dibujo de princesa conoció el básquetbol a los seis años, en los pisos de baldosa del club de su barrio. Creció, conoció otras realidades y su carrera despegó. Con Diego Maradona como su emblema, la base fue campeona con varios equipos y es jugadora de la selección argentina. Sin embargo, cuando quiso exponer sus desacuerdos, se le prohibió jugar. “Los clubes no me podían contratar”, asegura. Pudo volver, pero la pasó muy mal. Los pensamientos catastróficos formaban parte de su día a día y no dudó en asesorarse con ayuda profesional. Con la camiseta número 1 del club El Talar, su actual equipo, se transformó en la máxima anotadora de la historia de la liga femenina.

Sentada en una pequeña tribuna de madera, habla de sus padres y se emociona al recordar el esfuerzo que hicieron para que ella sea lo que es hoy. A los 28 años, es una referente de muchísimas chicas que juegan al básquetbol. Por la exigencia del alto rendimiento, fue bulímica y por su experiencia siente que puede “ayudar a otra persona y está buenísimo”. Le encanta maquillarse y es un ritual que tiene hasta antes de los partidos. Lo cuenta con una sonrisa en su rostro, pero también lo reflejó antes de posar para las fotos que ilustraron esta entrevista con LA NACION. “Esperá que me voy a arreglar un poco y ya vuelvo”.

Luciana Delabarba nació el 29 de marzo de 1997 en Glew, provincia de Buenos Aires y comenzó a con la pelota naranja a los seis años, en el club Defensores de Glew. Sus padres, amantes de los deportes, llevaron a Luciana y a su hermana mayor a jugar al básquetbol y de inmediato supo que iba a ser para siempre: “Fue el primer deporte que probé, lo elegí y desde el primer día sabía que quería jugar”.

La Argentina formó grandes basquetbolistas. Muchos son figuras de las que los chicos observan para seguir sus caminos en busca de sueños, pero Luciana eligió otro referente. “Desde chica soy muy fanática de Diego Maradona. Es mi ídolo deportivo y siempre me inspiró todo lo que transmite, pero para hacerlo en mi deporte”. Nadie le había mostrado nada de él. Ni siquiera su padre, que es fanático de fútbol, de Boca y del propio Maradona. “Me salió sola. Me acuerdo que miraba un video suyo entrando en calor, con frases, momentos de juego y goles. Todo eso me motivaba un montón”.

Mientras, su camino en el básquetbol continuaba. Cuando cumplió los 14 se fue a Temperley. Allí estuvo un año, con dificultades para ir a los entrenamientos. “Salía del colegio doble turno, me tomaba el tren e iba a entrenarme. Terminaba muy tarde y me tomaba el último tren para volver a mi casa”. Con mucha gracia rememoró una anécdota que formó parte de un cambio en su vida de la mano del deporte: “Salí de un club de barrio y jugaba en piso de baldosa. Uno de mis primeros partidos en Temperley fue contra Vélez, un club con cinco pisos, muchas canchas y el estadio de fútbol. Recuerdo que con dos compañeras llegamos tarde al partido porque nos quedamos recorriendo todo el club y nos perdimos. Para mí eso era una locura, yo que estaba acostumbrada a la baldosa”.

Eso fue “el comienzo de algo más profesional”, expresa. Su realidad ya era diferente. “Me encontré con que había otras ligas, con chicas que jugaban muy bien, que había selecciones y otro tipo de entrenamiento”. A los 15, Berazategui fue su destino. Allí comenzó a entender mucho más lo que sucedía en el básquetbol y llegó uno de los momentos más importantes para cualquier deportista: “Tuve mi debut en primera, pero con esa edad era estar en el banco y ser la que más alentaba”, recuerda entre risas.

La carrera de la base ascendía cada vez más. Con Berazategui se consagró campeona del Torneo Federal en 2016 y del Torneo Clausura 2018 de la Liga Femenina. Ese mismo año pasó a Quimsa, de Santiago del Estero, y obtuvo el Clausura 2019. Más adelante vistió la camiseta de Lanús y en 2022 se fue a Obras. En estos momentos juega en El Talar. En el Aurinegro fue campeona del Apertura 2024 y elegida la jugadora más valiosa (MVP) de ese torneo. De la mano con sus grandes rendimientos en los diferentes clubes, Delabarba formó parte de las diferentes selecciones nacionales juveniles. También de la mayor, con la que logró la medalla de plata en el Sudamericano 2022.

El 19 de noviembre pasado, en El Talar, su actual equipo, Delabarba se convirtió en la máxima anotadora histórica de la Liga Nacional Femenina. Aquella noche en Lanús, llegó a los 2041 puntos y superó a Camila Suárez, que llevaba 2029. Sus sensaciones por haber logrado esa marca son infinitas y todo la emociona muchísimo. “A mí el básquet me atraviesa por completo, me apasiona. Creo que no podría hacerlo si no me pasara esto”. Se muestra muy agradecida, porque sabe que no es un récord que logró sola: “De repente crecés y capaz que cuando sos adolescente pecas de decir ‘todo lo consigo sola’. Hoy de grande soy más consciente de esas cosas, entonces disfruto de estar en este club, de mis compañeras, de lo que podemos lograr juntas y eso hace que las cosas lleguen, porque la realidad es que yo no podría haber anotado todo eso si no era parte de un equipo y si no tenía un entrenador que confió en mí”.

Delabarba sabe que también hubo un gran esfuerzo personal por todo lo que hizo por el deporte que ama. “Pasan los años y me acuerdo de las horas de viaje cuando jugaba en Berazategui el primer año, que tenía que terminar el colegio y salía de entrenarme a las 12 de la noche, llegaba a las 2 de la mañana a mi casa y al otro día a las 6 me levantaba para ir al colegio, y a la tarde otra vez al club”.

El entorno para ese récord y para su brillante presente fue mucho más amplio para Luciana. “También fue parte del esfuerzo que hacían mis viejos”. El brillo en sus ojos se notaba mucho más cuando hablaba de sus padres. En su garganta, un nudo le cortaba la voz y lo advirtió: “Lo cuento y me emociono. Soy de una familia humilde, nunca nos sobró nada. Mi viejo es operario en una fábrica, mi mamá es docente y me emociona el esfuerzo de ellos, que resignaron un montón por mis hermanos y por mí para darnos algo mejor de lo que ellos tuvieron. Es lindo también para ellos ver que pude alcanzar algo en lo que también aportaron”.

Durante la charla, una vez más la desbordó la emoción al recordar por qué sus padres no podían ir a verla a los partidos cuando era chica: “Al principio me enojaba porque no iban, pero de grande entendí cómo funciona una familia”. Como le pasaba a sus compañeras, Luciana quería que sus padres estén presentes en los juegos, pero con el tiempo entendió muchos episodios que pasaban y los recordó: “Mi viejo se dormía en mi casa porque laburaba todo el día. Después hubo un momento que estuvo sin laburo, me llevaba en bici y se iba a hacer changas. Y mi mamá también, quería alimentarme bien, que no me falte nada, que pasamos necesidades y yo nunca me enteré”.

Ser multicampeona, figura y goleadora convirtió a Luciana Delabarba en una estandarte del básquetbol femenino en la Argentina para muchas chicas. Su imagen es la de una referente, pero recién pudo darse cuenta de eso durante la primera edición de su campus, que dictó en diciembre del año pasado. “Fui más consciente de eso cuando empecé con ese proyecto, que lo hice con una productora que, cuando hace un evento así, es porque primero hace un análisis de qué impacto tiene en las chicas y mucho más”.

Al principio, a la jugadora le costaba ponerse en ese lugar de insignia, pero hoy lo entiende y lleva ese mote con muchísima responsabilidad: “Mucho se basa en las redes y en lo que se comunica. Me siguen muchas chicas chiquitas y tengo que tener cuidado con lo que publico. También dentro del deporte, y siendo mujeres, con las injusticias que pasan, no me puedo quedar callada. Puedo hacerlo, pero no lo elijo. Entonces, hay que tomar todo eso y decir ‘lo hago y me expongo’. A veces me pasa que pienso ‘¿para qué dije eso?’, pero después veo todo el cariño que recibió y es tremendo”.

Parte de ser una emblema significa atravesar dificultades. “Sobre todo cuando pasan cosas que me exponen y tengo que decir cosas que no gustan”, advierte. Muchos mensajes le llegaban a diario por parte de chicas de casi todo el país que atravesaban situaciones injustas en sus clubes o en sus ligas. Luciana sintió que tenía muchas cosas en común con esos episodios y para ella, no involucrarse, no está en sus planes. “Eso es lo que más me cuesta administrar. Me encantaría poder separar las emociones, pero no puedo. Si me escriben porque les pasa algo enseguida pienso en que tengo que ayudar”.

Ese compromiso tuvo una fuerte consecuencia. A su alrededor veía “cosas que no iban conmigo”, a pesar de que podía tener un beneficio de todo eso por estar en un lugar de privilegio. Vio injusticias y episodios que no compartía. “El problema fue que yo lo hablé y aparentemente eso no gustó, porque hay cosas que no se pueden decir estando en mi lugar”, reveló. A partir de ahí desde la Confederación Argentina de Básquet se tomó la decisión de que Luciana no continuara jugando: “Los clubes no me podían contratar”.

Luciana Delabarba estuvo prohibida de jugar desde marzo de 2023, por casi un año y medio. Durante la charla con LA NACION, expresó que no sucedió algo puntual para generar esta sanción. “Querían hacer daño por el simple hecho de hacer daño, sin enfocarse en lo que uno puede mejorar, sino en cómo podían perjudicar a otro”. Durante esos 18 meses fuera de las canchas se replanteó muchas cosas, pero su sensación no le permitía quedarse callada. “Si lo hago, ¿qué ejemplo doy? Sé que hay que ser cuidadosa. Al principio me afectó, ahora todo lo contrario. Después de que decidí exponer ciertas cosas, reafirmé más por qué lo hice”.

Y en ese contexto, Luciana recordó un episodio repulsivo que vivió a principios del 2025 junto a sus compañeras de El Talar, en el Náutico Sportivo Avellaneda de Rosario, y que forma parte de una de sus luchas: por encima de una pared que dividía el vestuario de mujeres con el de hombres, observó un brazo que sostenía un celular apuntando a las duchas. “Sobre eso llegaron a decir que lo inventamos, la misma gente que después sube una publicación sobre el 8 de marzo por el Día de la Mujer. Entonces, ese manejo de decir una cosa y puertas adentro hacer otra, no me gusta. Yo no soy eso. No voy a ser la cara de algo que yo sé que no pasa”.

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— Luciana Delabarba (@Ludelabarba) May 26, 2023

Durante todo el tiempo en el que no jugó fueron pocos los que la acompañaron. “Te los puedo contar con los dedos de una sola mano: Sebastián Silva, que es mi entrenador, mi familia y mi pareja. En esos momentos te das cuenta qué tan chico es tu círculo, porque me acuerdo de estar recontra mal y esa gente que te decía que está si te pasa algo malo, se borraron todos”. A pesar de estar fuera de la actividad, nunca dejó de entrenarse y comenzó terapia, pero extrañaba la competencia: “Pude estar tranquila, pero sin jugar arañaba las paredes”, recuerda con humor. “Encima mi pareja también juega e iba a ver los partidos. Nunca estuve fuera del deporte”. Pensó en dejar, pero cambió de idea: “Me daba mucha pena por todo el esfuerzo que hice y porque era como que otro decidía hasta cuándo jugaba”.

Sobre su reclamo, cree que cambiaron algunas cosas, pero avisa que conformarse con eso es muy poco. Delabarba todavía observa situaciones por mejorar y expresa que lo hace desde una realidad económica y profesional muy diferente a la mayoría de sus colegas. “Somos quizá dos o tres clubes con cinco jugadoras cada uno que pueden vivir del básquet y estar bien. Algunas son madres, otras laburan, no duermen y van a jugar, se alimentan mal y capaz no les pagan. Si los porcentajes son esos, no estamos bien”, sugiere.

Por fin, pudo volver a jugar, pero no fue fácil. Apareció en su vida el Club El Talar con un entorno que la acompañaba, pero su contratación se convirtió en un problema: “Lo primero que se dijo fue ‘no, esta jugadora no’, pero acá en el club dijeron ‘esta jugadora sí’. Incluso, al día siguiente me dijeron que no me podían contratar. Yo tenía todo cerrado, ya había hecho mi vida acá en Buenos Aires, porque si no vivo en Córdoba. Pero entendí que era por mi situación. Después se solucionó, pero en un momento perjudicaban al club con injusticias y era porque estaba yo”, confesó.

En cuanto al juego, a Luciana le costó volver a encontrarse con lo que significa el básquetbol. “Me volvía a encontrar con muchos escenarios: lo que se dice, con la presión de ver qué hacía, cómo volvía, si rendía”. Los partidos pasaban y la jugadora disfrutaba de jugar, de su relación con sus compañeras y con el club. Sin embargo, llegó un momento en el que “cayó la ficha” y todo se volvió oscuro.

“La pasé mal. Me diagnosticaron ansiedad generalizada, tenía pensamientos catastróficos, no podía dormir bien, tuve miedo porque me llegaron mensajes de que sabían la dirección de mi casa y pensaba hasta dónde serían capaces de hacer algo. Me cuidaba de cosas que nunca se me hubiesen ocurrido”, relata. Durante la conversación recordó que estuvo una semana sin dormir y un llamado a su entrenador Sebastián Silva para comentarle que iba a faltar a entrenar por ese motivo, resultó clave para comenzar con ayuda psiquiátrica. “Sentía todo el tiempo que me iba a morir, tenía taquicardia, falta de aire, sensación de ahogo y pedía ayuda todo el tiempo. Respiraba mal, me mareaba y mi cuerpo estaba en estado de alerta. Había momentos que lloraba y no sabía por qué, pero era la acumulación de todo”.

A partir de la ayuda profesional, aprendió a transitar ese proceso de oscuridad y celebra que en la actualidad se hable mucho más de la salud mental en los deportistas profesionales. Además, considera que dentro de la durísima exigencia por la que se atraviesa en el alto rendimiento, a veces no se los ve como humanos. Dentro de su carrera de esfuerzos y sacrificios vivió un episodio muy complejo cuando era más chica: “Desde los 15 hasta los 18 o 19 años fui bulímica por esa exigencia del alto rendimiento, y nunca tuve un mambo con mi cuerpo, pero llegué al extremo de malos cuidados por consejos de alimentación que me daba gente que no estaba capacitada. Pero bueno, vas a la selección, es lo mejor del mundo y obviamente lo que te dicen a esa edad, te marca”.

Como referente, siempre trata de aconsejar a quienes puede por haber vivido esa mala experiencia. También dejó una reflexión por la imagen de campeona que muchas chicas tienen sobre ella. “Hay muchas cosas que no se dicen y parece todo lindo. A mí no me gusta que una nena entre a mi Instagram, me vea y diga ‘Luciana tiene esto, tiene lo otro’, porque esa no es la realidad. Yo no estoy siempre bien, no estoy siempre feliz. Porque si no parece que desde que arranqué hasta ahora siempre estuve bien, pero fui bulímica, dejé de jugar y me pasaron un montón de cosas”. Y mostró su gratitud por aquellos deportistas que cuentan sus experiencias: “Antes me podrían haber ayudado, pero no era su responsabilidad. Yo ahora puedo ayudar a otra persona y está buenísimo. Siempre con responsabilidad”.

El cuidado de la imagen forma parte de su día a día. Le gusta ir al shopping, arreglarse para ir a eventos, ponerse un vestido: “Me encanta maquillarme, es un ritual que tengo incluso antes de jugar. No podría estar sin eso”. Minutos antes de la entrevista, posó para las fotos, pero antes de la sesión advirtió entre risas: “¡Ah! entonces me voy a arreglar un poco y vuelvo”. Su hermana es amante de la moda, estudia diseño y es vestuarista, y el recuerdo de la infancia juntas sigue latente: “Cuando éramos chicas me tenía como su muñeca de juguete y en ese momento ella era mi ídola. Siempre me gustaba estar disfrazada de princesa, tenía unos zapatos y un vestido que me habían regalado que no me lo sacaba para nada, siempre estaba embarrado”. Su niñez también le trajo un recuerdo con su mamá: “Todavía me carga porque siempre le pedía que me dibujara una princesa. Al día de hoy hace el mismo dibujo porque lo aprendió de tanto hacerlo”.

Luciana Delabarba vive su momento. Actualmente está en pareja con Leonel Schattmann, también basquetbolista, ganador de dos Ligas Nacionales y con una gran trayectoria. Tras cuatro años de convivencia, esta temporada les toca vivir el amor a la distancia. Sin embargo, eso no es una complicación, ambos respetan sus oficios y saben que tienen que trabajar para llevar adelante los proyectos con los que sueñan. Cuando terminó la secundaria, comenzó el profesorado de Educación Física: “Ya hice media carrera y es algo que suma”. Hoy, Delabarba disfruta. Respira hondo y reflexiona: “De los momentos que nadie ve, que para mí son los mejores. Con mis compañeras, cuando nos juntamos, hacemos un asado y hablamos de la vida. Cuando venimos a entrenarnos, nos esforzamos y después, lo que se logra, si es que se logra algo, es producto de eso”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/basquetbol/luciana-delabarba-de-ser-prohibida-de-jugar-a-alzar-la-voz-alcanzar-un-record-y-ser-una-referente-nid06022026/

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