Los padres terribles: historias reales sobre vínculos rotos
Hay hijos que no hablan con sus padres. Y viceversa. Las versiones de una historia, de un mismo desencuentro, son múltiples. “La forma en la que los distintos miembros de una familia reconstruye...
Hay hijos que no hablan con sus padres. Y viceversa. Las versiones de una historia, de un mismo desencuentro, son múltiples. “La forma en la que los distintos miembros de una familia reconstruyen el pasado es fascinante y temible. Los parientes existen para discrepar de tus verdades. Cada hermano tiene un padre diferente; escribo del que me tocó en suerte, y sobre todo, del que he elaborado a lo largo de sesenta y seis años”, escribe Juan Villoro en La figura del mundo (Random House), donde recorre su vínculo con su padre, el filósofo Juan Villoro. La literatura de no ficción da cuenta cada vez más de casos donde la distancia y el silencio entre padres e hijos es atroz, y cada vez menos tabú.
Anthony Hopkins, en su reciente autobiografía, Lo hicimos bien, chico (Cúpula), un artista que ha trabajado de modo infatigable por cincelar a sus criaturas, ha escrito que no tiene relación con su —única—hija, Petronella, desde hace 50 años. En las entrevistas que brindó a los medios de comunicación tras la publicación del libro, se negó de forma hostil a profundizar en el tema. Y quizá con su máscara más elogiada, la del psicópata Hannibal Lecter, le dijo a The Times en noviembre: “Espero que mi hija sepa que mi puerta estará siempre abierta para ella. Quiero que esté bien y feliz”.
¿Y si la reconciliación no es un final feliz, sino una acción impulsada por el mero statu quo de lo que debería ser una familia? ¿La distancia es una liberación? Mark Haddon, el autor de El curioso incidente del perro a medianoche, una obra de teatro que se representó en las principales plazas del mundo, entre ellas Buenos Aires, publicó su biografía Leaving Home. An Exorcism (Doubleday). Sus padres lo enviaron como pupilo a un colegio donde padeció humillaciones y cuando no estaba en esta institución, simplemente no sabían cómo tratar a este chico “tan nerd”; su hermana, que logró forjar una carrera profesional, como productora de la BBC, a diferencia de su madre, ama de casa, también cosechó los celos de la progenitora. Así como hay padres que enlutan el casamiento de sus hijos o los abandonan durante una enfermedad, es decir, que se convierten en protagonistas cuando sus hijos merecían cariño o, al menos, respeto, Haddon recuerda la cáustica actitud de su madre cuando el autor estrenó su más célebre obra de teatro. “¿Es posible que mis padres no supieran expresar su amor? Cuando escucho a la gente decir esto, me atraganto. Es como decir: «era una persona muy generosa, solo que no tenía dinero». ¿No se expresa el amor con aquellos a quienes hacés?”. También puede leerse su obra, a partir de esta biografía, de otro modo. El autor, que ha escrito muchos libros infantiles, escribe en su multipremiada pieza teatral la historia de un adolescente abandonado por su madre.
Josefina Licitra escribió Crac (Seix Barral), un libro tan bello como doloroso. Este desgarro, desde donde escribe, cuenta la ruptura y el silencio que, desde hace años, signan su existencia. Él vive en Madrid y ella, en Buenos Aires. La acción comienza cuando la autora se entera de que su padre viajará a Argentina, por segunda vez desde aquel desencuentro, y él decide no avisarle ni verla. ¿Cobardía, egoísmo, crueldad, orgullo? Por el motivo que fuere, o quizá todos ellos, este caso, en especial en estos tiempos de familias divididas por la migración, es más común de lo que se narra. “A lo largo del tiempo, la relación con mi padre se ha ido extinguiendo como una estrella que se apaga y deja un agujero negro en el espacio. Yo le hablaba poco. Y él apenas llamaba en los cumpleaños para saludarnos a mí —su única hija— o a mi hijo —su único nieto— con una incomodidad notoria que anunciaba el fin inmediato de la comunicación”. Crac es también una novela sobre las heridas que dejó el exilio en tantas familias y el cuestionamiento que los hijos de los militantes realizan de su causa, incompatible, en muchos casos, con la crianza.
Los motivos de estas distancias son casi infinitos y, sin lugar a dudas, el factor económico es el menos interesante entre ellos. Un hermano adicto, enfermo, preso en una espiral de violencia o reticente a madurar, rompe con su otro hermano, que ha tomado las riendas de su vida hace rato, y aquí la impericia y la parcialidad de los padres. La pareja narcisista del hijo que dinamita (adrede o no) un lazo materno/paterno-filial. La infidelidad de uno de los miembros del matrimonio, y el hijo que toma partido por la parte engañada. Los traumas del pasado que arrasan con el diálogo y luego con el vínculo. Los padres e hijos y la codependencia con uno de ellos que desecha a los demás miembros de la familia: “ Mi predilección por él lo llevó a preferirme, porque los padres no quieren igual a todos los hijos, aunque lo disimulen, sino que en general quieren más, precisamente, a los hijos que más los quieren a ellos, es decir, en el fondo, a quienes más los necesitan”, escribió Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos.
La ficción, desde la comedia hasta el drama, retrata estos casos de vínculos complejos. ¿Existen peores padres que los de Succession? El tabú se rompe cuando se abordan desde la no ficción, con valentía y dolor, estos nudos que laceran la existencia de quizá ambas partes, pero al menos de una de ellas. Hay casos extremos, pero quizá el hecho de que haya tantos nos hace pensar que no son extremos, sino que hay hijos que no tienen las herramientas para contarlo o que el tiempo para hacerlo no ha llegado aún. Mommie Dearest es la famosa biografía en la que Christina Crawford relata su relación tortuosa con su madre, la diva de Hollywood Joan Crawford. Este es quizá un caso extremo en el que una personalidad pública queda expuesta por su maltrato. Galia Oz, la hija del célebre autor israelí Amos Oz, relató la experiencia con su padre en Algo disfrazado como amor la “violencia creativa” con la que su padre la crio. Además, no se trata de memorias, sino de una carta que causó estragos, la que publicó Andrea Robin Skinner, hija de la premio Nobel de Alice Munro poco después de que ella muriera. La mujer revelaba en el diario canadiense Toronto Star que había sido abusada por el segundo marido de su madre, Gerald Fremlin, durante años y que su madre no había hecho nada a pesar de conocer la verdad.
Padres o madres totémicos, ausentes, crueles, egoístas, parciales… ¿Por qué se ha edulcorado la paternidad o la maternidad? ¿Por qué se considera que ser buen padre o madre implica no infligirle castigo físico a un hijo, proveerle de alimentos y atención médica, y llevarlo de vacaciones? ¿Basta con pedir perdón para acercar posiciones? ¿Pedir perdón, tanto tiempo después del destrato, cura las heridas? ¿La catarsis de escribir, ese proceso que se asocia a la curación, realmente sana?