Los cuentos de Hoffmann: el “golpe al corazón” que significó la muerte de Eugenio Zanetti y el legado de su puesta cuidada por su pareja, Sebastián Sabas
¿Cuál es el límite entre la ficción y la realidad, lo verdadero y lo imaginario en el arte? Incluso entre el destino del autor y la historia de su obra o la de sus artistas. En algunos casos pa...
¿Cuál es el límite entre la ficción y la realidad, lo verdadero y lo imaginario en el arte? Incluso entre el destino del autor y la historia de su obra o la de sus artistas. En algunos casos paradigmáticos, esa frontera invisible que divide lo ficticio de lo real, como una línea dibujada en el agua, se desvanece.
Así en Los Cuentos de Hoffmann, la ópera de Jacques Offenbach, donde el poeta romántico E.T.A. Hoffmann es a la vez el autor original de las historias y su protagonista. Un juego de cajas chinas a la que se suma la puesta en escena que el Colón repone este viernes en una suerte de “teatro dentro del teatro”. En el que, finalmente y a modo de espejo trágico, el régisseur vio reflejada su muerte en la del propio compositor. Algo así como una “puesta en abismo” en la que Offenbach muere trabajando en la obra cuya partitura deja inconclusa, y el genial Eugenio Zanetti, en la reposición del título a semanas de su estreno.
A partir de este viernes y a lo largo de siete funciones —bajo la batuta del maestro Carlo Montanaro, con dos elencos y cuerpos estables del Teatro Colón—, vuelve al escenario del primer coliseo la ópera francesa en tres actos con prólogo y epílogo, que cuenta los amores fracasados del escritor. Se ofrecerá en su versión escénica de 2019 montada según la dirección, escenografía y vestuario del recientemente fallecido realizador cordobés Eugenio Zanetti. Reposición que a la luz del desgraciado acontecimiento, hará las veces de homenaje póstumo a su brillante trayectoria, ganador del Premio Oscar a la mejor dirección de arte y diseño de producción en 1995 por su trabajo en el film Restoration de otro Hoffmann, llamado Michael.
Sebastián Sabas, escenógrafo responsable y compañero de vida de Zanetti durante veinticinco años, dialogó con LA NACION sobre el sentido que cobra esta representación como legado.
“Eugenio —afirma Sabas— concibió su puesta como una película. En el inicio vemos un equipo de filmación en los años 50 montando el set para filmar la vida de Hoffmann. Esta idea introduce al espectador en esa lógica y a la vez, en la vida del propio Eugenio, que fue la del cine. Toda esa maquinaria escenográfica está allí para representar, mucho más que las historias de amor o la relación con el arte, el paso del tiempo”.
–A la propia estructura de la ópera que juega con ese límite difuso entre la realidad y la ficción con “el relato dentro del relato”, la puesta le suma al juego “la obra dentro de la obra”...
–La propuesta que nos lleva al mundo del cine consiste en ver la ópera como una película, algo que no es real, que pertenece a la ficción. Es una gran estructura, un octógono central y unas escaleras gigantes que giran y en cada giro, como en las vueltas de un reloj, con unos autómatas que lo mueven por dentro, vemos transcurrir el tiempo que conecta la realidad con la fantasía. Y vemos fracasar a Hoffmann en esos tres amores que son sus desaciertos. En el plano superficial de la acción, se enamora de una muñeca (Olimpia), de una mujer enferma al borde de la muerte (Antonia) y de una prostituta (Giulietta). Él siempre está intentando regresar, pero aún en esos intentos, también fracasa. Es un perdedor. Y lo mostramos con el paso del tiempo. En el plano visual, la realidad y la ficción confrontan permanentemente. Y la idea de Eugenio era acentuar esa indefinición.
–Existe el peligro de la confusión cuando esas dimensiones se entrelazan demasiado...
–Y ese fue el principal desafío: lograr que todo lo que sucede, la acción que se ve, se entienda como algo que acontece en la cabeza de Hoffmann. Plantear la escena de modo tal que el público comprenda que esa locura y contradicción imaginaria existe en la mente del protagonista. Es un recurso muy propio del cine donde hay un texto y uno o varios subtextos. Pero llegamos al teatro con ese proceso desarrollado, todo pensado, armado y resuelto. Sin embargo, el destino nos sorprendió con una ironía: la muerte de Eugenio exactamente cuando nos pone al frente de esta ópera que hicimos en 2019. Una obra trágica para Offenbach que murió antes de estrenarla.
–¿Se la verá como una obra nueva o actualizada, después de siete años?
–No hay actualizaciones. Es intacta la puesta de 2019. Una escenografía magnífica e impactante como todo lo que hacía Eugenio. A él siempre lo caracterizaron como un barroco. ¡Y lo era! En el sentido de la exuberancia y los sentimientos a los que apela ese período estético que tenía por objetivo maravillar tanto a los fieles en la iglesia como atraerlos desde la emoción. La gente se fascinaba con ese espectáculo visual y así atraía el sentimiento hacia la religión. Eugenio, más que por los dorados y los terciopelos, era eso: impactar con una imagen hasta la emoción. Algo que se le daba de manera natural y genuina.
–Hablando de esta suerte de espejos del arte en los que se reflejan los autores, ¿con qué escena, música o situación se identificaba?
–¡Barcarola! El acto de Venecia, sin dudas. Porque se sentía veneciano, identificado con ese mundo. Como si en otra vida hubiera vivido allí. En realidad, vivió más de cinco vidas y todas fueron fabulosas: París de chico, donde se formó con Antonio Seguí que lo albergó en su estudio. Afganistán, donde trabajó con Pier Paolo Pasolini y Maria Callas en la película Medea integrando el equipo de arte. Después volvió a Córdoba. Los 35 años en Estados Unidos, las películas y los grandes premios. Y esta última etapa, otro regreso a Córdoba con el hotel que hicimos en las sierras y los 25 años en que tuve la bendición de compartirlo todo. Vivíamos donde queríamos. Un año en Europa, otros varios en Estados Unidos, en el mundo, en cualquier parte trabajando en el cine, el teatro, la ópera. Siempre decía que su vida se desarrollaba en tres actos y que estaba atravesando el final. Se murió trabajando con una dignidad a la altura de su trayectoria. Jamás hablaba de política ni dinero. Solo del arte y la creación. Y a medida que hablamos caigo en la cuenta de que en medio de la tragedia que fue su enfermedad, de Parkinson y el corazón, yo pude inventarle un mundo en el que todo fuera fabuloso, donde pudiera seguir pintando, ensayando, recibiendo gente. Volver a Los Cuentos de Hoffmann es volver a ese universo de fantasía que creamos, donde la ópera y el arte en general, mucho más intensamente de lo que imaginamos, nos salva. Eso que vivimos en el borde de la ficción y la realidad, nos atraviesa de una manera muy poderosa. Es un don que nos salva.
Una música descriptiva y teatral“Durante toda su vida, Offenbach fue conocido como un gran compositor de operetta. Era famoso por eso. Con esta obra hizo un último y único intento de algo serio y profundo. Buscaba reconocimiento como un compositor de otra envergadura. Fue una pena que muriera antes del estreno”, agrega Carlo Montanaro, director musical de la producción en su debut en el Colón.
–¿Logró ese propósito con Los Cuentos de Hoffmann?
Montanaro: –Offenbach es un compositor absolutamente teatral. Un hombre que entiende el teatro y sostiene la escena con una música descriptiva. Aquí se percibe esa condición a través de las diferencias a lo largo de los tres actos. El primero inspirado en un aire de operetta, porque el amor ideal de Olimpia, una muñeca-máquina que él ve a través de unos anteojos, representa el amor artificial, imaginario, que al final se quiebra. Musicalmente es la frescura del aria de Olimpia, los staccatos de las flautas, el arpa. Un sonido descriptivo. El segundo acto, con Antonia, el amor real con una mujer de verdad. Es el amor artístico materializado en una melodía ampulosa, un sonido romántico y dramático donde el pathos entra de lleno como ingrediente musical. Y el tercero, el amor sensual de Giulietta con el que finalmente decide no creer en nada. Se abandona a la pasión carnal y no solo pierde el amor. También se pierde a sí mismo, borracho en la taberna donde, portado por la Musa/ Niklausse, renace en el arte. Es una apoteosis final bellísima con la participación del coro y la consagración de la poesía.
–¿En qué aspectos tímbricos ha concentrado sus esfuerzos?
Montanaro: –En enriquecer los colores y las dinámicas. Buscar la transparencia, subrayar la diferenciación y abrir el rango dinámico. Un poco de rojo por aquí, otro azul por allá, un amarillo, un esfumado. Y no es fácil porque este bellísimo teatro es muy sonoro. Hay que estar atento. ¿Cómo? Cuidando la calidad del sonido porque hasta el pianissimo más extremo en el último rincón del foso, se va a escuchar en la sala. Estoy feliz de trabajar aquí. Orquesta, coro y organización, todos increíbles trabajando por el bien de la producción a pesar de la desgracia que nos pegó tan fuerte. La muerte de Eugenio es un golpe al corazón que nos hace difícil encontrar el estado de ánimo para sacar adelante este divertimento. Cuando llega la hora es difícil, pero como se dice, a pesar de todo, the show must go on.
Para agendarLes Contes d’Hoffmann, de Jacques Offenbach. Ópera en tres actos con prólogo y epílogo. Libreto en francés de Jules Barbier basado en la pieza teatral Los cuentos fantásticos de Hoffmann realizada junto a Michel Carré, inspirada en tres cuentos de E.T.A. Hoffmann. Reposición de la versión 2019. Dirección musical: Carlo Montanaro. Dirección escénica, diseño de escenografía, vestuario e imágenes: Eugenio Zanetti. Diseño de escenografía y vestuario: Sebastián Sabas. Colaborador de dirección de escena: Carlo Argento.
Reparto. Hoffmann: Jean-François Borras/Leonardo Caimi. Nicklausse / La Muse: Annalisa Stroppa/Daniela Prado. Lindorf / Coppélius / Docteur Miracle / Dapertutto: Dmitry Ulyanov/Nahuel Di Pierro. Olympia: Mar Morán/Constanza Díaz Falú). Antonia / Stella: Jaquelina Livieri/Laura Pisani). Giulietta: Marina Costa-Jackson/Mariana Carnovali). Andrès / Cochenille / Frantz / Pitichinaccio: Santiago Martínez/Pablo Urban. Spallanzani: Carlos Ullán/Reinaldo Samaniego y elenco.
Reestreno: viernes 9, a las 20. Próximas funciones: 10, 11, 13, 14, 15 y 16 de octubre (esta última, función sub-30). En el Teatro Colón.