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Lo rescató del jardín de su casa con un pesado collar que delataba su triste pasado: “No me dio mala suerte, sino una lección de humildad”

Nunca se había reconocido como alguien que sintiera una especial atracción por los perros o los gatos. Ni siquiera en tiempos de “gathijos” y “perrhijos” y de ciudades enteras donde los c...

Lo rescató del jardín de su casa con un pesado collar que delataba su triste pasado: “No me dio mala suerte, sino una lección de humildad”

Nunca se había reconocido como alguien que sintiera una especial atracción por los perros o los gatos. Ni siquiera en tiempos de “gathijos” y “perrhijos” y de ciudades enteras donde los c...

Nunca se había reconocido como alguien que sintiera una especial atracción por los perros o los gatos. Ni siquiera en tiempos de “gathijos” y “perrhijos” y de ciudades enteras donde los cachorros humanos son minoría. Pero, una mañana destemplada, un animal con aspecto fantasmagórico, con el cuerpo marcado por un mapa de cicatrices y una delgadez que delataba un pasado de abandono, irrumpió en la galería de su casa.

“Yo tenía una teoría, de esas que te armás para sentir que tenés el control de algo. Mi teoría dividía al mundo en dos: de la puerta para adentro, los humanos; de la puerta para afuera, los otros animales. En mi estructura mental, el humano duerme en cama y los perros y los gatos, en su cucha. Creía en una relación meramente transaccional donde a cambio de la provisión de comida, prestaban servicio de seguridad, los perros, y una casa libre de ratas, los gatos. Seguí creyendo en esto a pesar de que tuvimos muchos animales en la familia que fueron realmente adorables. Pero el universo, que suele ensañarse bastante con la gente que tiene planes, me mandó un emisario”, reflexiona Gastón Bivort.

Agonizaba en una zanja hasta que el día de Navidad alguien descubrió que todavía respiraba: “Era un milagro que siguiera con vida”

Estaba flaco, famélico, al borde de la inanición. El cuerpo evidenciaba su lucha por la supervivencia. “Su pelaje negro (atención supersticiosos), se había convertido en un conjunto de chuzas duras y sucias que empeoraban aún más su fisonomía. Eso sí, tenía un collar con una chapa pesada que le colgaba como un yunque; un símbolo de la pesada carga que arrastraba. En esa identificación no había nombre. Solo un número de celular que nunca respondió a los innumerables llamados que hice. El mensaje era claro: alguien se había cansado y lo había dejado a la buena de Dios“, detalla.

Al principio, Gastón no quiso saber nada con aquel animal que pedía ayuda. Los otros dos gatos que ya vivían en su casa lo miraban con desdén. Pero el asiduo visitante de cuatro patas no se iba. Se quedaba ahí, parado frente a la puerta de la cocina, emitiendo un sonido que más que maullido era un llanto, un lamento, un ruego.

Gastón recuerda: “De a poco empezamos a acostumbrarnos a su presencia e incluso nos alarmábamos si algún día no venía. Hasta le pusimos un apodo, Chapón, en homenaje a la pesada chapa que portaba. Cada día que pasaba, nos quedaba más claro que necesitaba ayuda, que iba a perseverar hasta conseguirla y que nos había elegido (¿o me había elegido?) para que se la brindáramos".

Su esposa y sus hijas, “que tienen el corazón mucho más blando y menos cuadriculado” que el de él, asegura, empezaron con lo que llamó la logística de la piedad. Un poquito de alimento acá, una caricia allá y, finalmente, sacarle el collar que le pesaba un kilo.

“Yo me hacía el duro. ‘¡Afuera!’, gritaba, como si fuera un general romano. Pero la resistencia era inútil. Un día mi hija me miró con esa cara que tienen las hijas cuando saben que ya ganaron la guerra antes de empezar la batalla —cuenta—. Me pidió adoptarlo. Para salvar los restos de mi dignidad, puse dos condiciones estúpidas: que no entrara a la casa y que yo le ponía el nombre".

Lo bautizó Cuervo por dos razones: el color del pelaje y su pasión por el club de fútbol San Lorenzo de Almagro. Si iba a convivir con él, por lo menos tenía que ser del Ciclón: “Ese fue mi pequeño triunfo. Una victoria pírrica, porque a los diez minutos el gato ya estaba durmiendo en el sofá. Eso sí, al bautizarlo, lo sentí mío y ese feeling fue correspondido“.

Al poco tiempo —y luego de la correspondiente visita al veterinario de confianza de la familia— Cuervo cambió su aspecto, engordó, suavizó su pelaje y dejó su lamento para volver a maullar. “Los gatos que están enfermos, cualquiera sea la causa, dejan de acicalarse, y eso se nota en el pelaje, que aparece opaco, áspero, desprolijo y despeinado. Por eso, cuando un gato se está recuperando de una enfermedad, estado de desnutrición o parasitosis, eso se nota en el pelaje porque se vuelve sedoso, brilloso, acicalado y pomposo”, explica Patricia Paredes, médica veterinaria del equipo de Natural Life (M.P 7387).

Durante el día, Cuervo duerme bastante, como todo gato, y lo hace generalmente en su lugar preferido, el sofá del living. Come balanceado y rechaza cualquier otro alimento que se le ofrezca. A la tardecita se activa y sale y entra por una ventana que siempre queda abierta y tiene acceso al jardín de la casa, donde toma sol y se acicala.

Cuando ve a Gastón escribiendo o trabajando, sube a su regazo o se acomoda al lado de la computadora y observa. Lo mismo hace cuando Gastón descansa en el sofá; esos son los momentos en los que le “amasa” la panza. Que un gato amase a su tutor significa que se siente seguro y feliz cuando está con él. “Siente la misma seguridad y felicidad que sentía cuando era cachorrito y amasaba la panza de su mamá mientras amamantaba (incluso algunos ronronean mientras lo hacen)”, aclara Paredes.

A Gastón le cambió la vida: “Cuervo se transformó en un filósofo estoico que me demostró que las dificultades no son obstáculos para cambiar, sino oportunidades para ejercitar el carácter. Cuervo resultó ser un maestro de la estafa emocional. En dos meses pasó de ser un espectro de la calle a ser un filósofo griego con piel de seda. El tipo me dio cátedra sin decir una palabra”.

De Cuervo aprendió que la perseverancia es la clave para alcanzar todo aquello que uno se proponga. Que la paciencia es buena consejera, porque las metas no se alcanzan de un día para el otro. Que pedir ayuda no es señal de debilidad cuando uno se da cuenta de que solo es imposible. Que rodearse de la gente que uno quiere es un ejercicio sanador. Que llevar cicatrices por la vida es señal de que hubo dolores que fueron superados.

“Cuervo me ganó. Me cambió los esquemas. Me demostró que los gatos negros no dan mala suerte, lo que dan es una lección de humildad que te deja pedaleando en el aire. Me recordó que, a menudo, los mejores gurús no visten túnicas naranjas ni hablan sánscrito: a veces tienen bigotes, ronronean y nos enseñan, simplemente, a ser”, remarca.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/desnutrido-y-enfermo-lo-rescato-del-jardin-de-su-casa-con-un-pesado-collar-que-delataba-su-triste-nid15012026/

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