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Lo abandonaron envuelto en un trapo y, ocho años después, un estruendo lo alejó de quienes lo habían rescatado

Hay encuentros que parecen azarosos, pero que con el tiempo revelan una precisión quirúrgica del destino. La historia de Julio comenzó hace ocho años en una vereda del barrio El Martillo, en Ma...

Lo abandonaron envuelto en un trapo y, ocho años después, un estruendo lo alejó de quienes lo habían rescatado

Hay encuentros que parecen azarosos, pero que con el tiempo revelan una precisión quirúrgica del destino. La historia de Julio comenzó hace ocho años en una vereda del barrio El Martillo, en Ma...

Hay encuentros que parecen azarosos, pero que con el tiempo revelan una precisión quirúrgica del destino. La historia de Julio comenzó hace ocho años en una vereda del barrio El Martillo, en Mar del Plata. Pipe, que entonces tenía apenas dos años, caminaba con su tía cuando vio algo que se movía: una caja de cartón abandonada. Adentro, un cachorro diminuto, flaco y envuelto en un trapito esperaba un final, ¿o quizás un nuevo comienzo?

Pipe hizo lo que dictaba su instinto: cargó la caja y llamó a sus padres para anunciarles que tenía una sorpresa. “Nosotros pensábamos que sería un dibujo o alguna manualidad... pero nunca imaginamos que estaba hablando de un perro”, relata María Elena Tapia. En aquel momento, la casa ya era un pequeño refugio con 17 perros rescatados. La rutina recién se acomodaba tras dar en adopción a una camada de cachorros, pero el gesto del niño conmovió a todos.

“Sorprendió a todos”: creían que no volvería a caminar, pero las cámaras de la casa mostraron algo insólito

Julio, como bautizaron al perrito, no era el cachorro más “vistoso”. Y, como la manada ya tenía una cantidad de integrantes considerable, la familia decidió ponerlo en adopción. Lo bañaron, le sacaron las pulgas, lo alimentaron y dejaron que pasaran algunos días para que recuperara fuerzas.

“En nuestro parque vivían otros perros rescatados, la mayoría grandes, muchos ya viejitos. Era un verdadero geriátrico perruno. Nosotros sabíamos que la gente adopta cachorros y que probablemente este iba a encontrar un nuevo hogar rápido”, rememora Tapia.

Con cada día que pasaba, el cachorro se integraba más a las actividades de la casa: dormía con Pipe, jugaba con la gata, seguía a los otros perros como si siempre hubiera sido parte de la manada. Entonces, le sacaron fotos e intentaron darle un aspecto más tierno junto a un elefante de peluche y filtros de todo tipo. La sesión fue larga, porque el cachorro no tenía su mejor perfil. Sin embargo, mientras la mujer buscaba el ángulo perfecto, Pipe se quedó dormido abrazado al perro. En ese abrazo, el destino de Julio quedó sellado. El posteo de adopción nunca se publicó.

El anfitrión de la manada

Con el paso de los años, Julio —mejor conocido como Julito- se convirtió en mucho más que un integrante de la manada. Se volvió el pilar de la familia y de Rocas Company la empresa libre de crueldad animal que Tapia y su esposo Guido Joachim fundaron hace más de veinte años.

Junto a la familia, Julito viaja todos los años a Nicaragua, donde lo saludan en los aeropuertos como “Julito, el perro de la Argentina”. Pero su mayor don es la empatía: en una casa donde siempre entran perros rescatados en situaciones críticas, él es el primero en recibirlos. “Juega con ellos, los integra a la manada y les muestra que están en un lugar seguro”.

La noche del miedo

Sin embargo, la calma de la familia se vio interrumpida el pasado 24 de diciembre, ocho años después de su llegada. “Íbamos a estar fuera de casa solo una noche. Como tantas otras veces, dejamos todo preparado para que los perros estuvieran seguros en el parque, con refugio y espacio”, detalla Tapia.

Mientras el matrimonio y su hijo pasaban Nochebuena en Necochea, los fuegos artificiales estallaron en Mar del Plata antes de la medianoche. Julio, aterrorizado, cavó un pozo bajo el cerco y escapó hacia los montes, lejos de los ruidos, pero también lejos de todo lo que conocía.

“Cuando volvimos ya no estaba. Los días que siguieron fueron de una angustia enorme. Cuando se pierde un perro, se pierde un miembro de la familia”, explican. Mar del Plata, se volvió un laberinto imposible. La familia, que siempre intentó no mezclar lo personal con el negocio, entendió que solo la comunidad podía ayudarlos. Publicaron la foto de Julito y la viralización fue inmediata. “Miles de personas compartieron la búsqueda. Llegaron mensajes de todo el país, palabras de amor, consejos, pistas sobre por dónde buscar”.

El puente de la energía

Tras días de búsqueda infructuosa, la desesperación los llevó a explorar caminos no convencionales: la comunicación animal. Aunque inicialmente escépticos, decidieron escuchar. La comunicadora describía imágenes que Julio “enviaba”: pastos altos, maderas, un corazón latiendo fuerte de ansiedad, pero un deseo profundo de volver.

“Hablé con una comunicadora animal y la experiencia fue muy fuerte. Ella me describía imágenes que decía percibir de Julio: pastos altos, maderas, monte. Decía que estaba lejos de la ciudad, asustado. No veía autos ni calles ni personas que pudieran ayudarlo. Pero también decía algo más: que quería volver. Nos explicó que Julio estaba desorientado y que lo primero que necesitaba era tranquilizarse para poder encontrar el camino. Nos sugirió salir a buscarlo con calma, hablarle en voz alta y recorrer la zona en camioneta con cosas que tuvieran nuestro olor. Durante tres días hicimos exactamente eso”.

Siguiendo consejos, la familia cambió la táctica. Salieron en camionetas desde las seis de la mañana hasta la madrugada, recorriendo los montes: “Íbamos en varias camionetas, con mantitas de nuestros perros colgando por las ventanas para que Julio pudiera reconocer el olor de su casa”.

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El 31 de diciembre, cerca de las dos de la mañana, la familia regresó a casa agotada y con el corazón roto. Abrieron el portón y los perros salieron a recibirlos, pero la ausencia de Julio pesaba más que nunca. Sin embargo, al abrir la puerta de vidrio del pasillo, ocurrió lo increíble: él estaba ahí, moviendo la cola, esperándolos adentro.

“Grité tan fuerte que asusté a toda la familia. Durante esos días, varias veces creí ver perros que no eran Julio, así que al principio pensé que estaba delirando. Pero era él. Nadie sabe cómo entró. Solo sabemos que volvió. Y en ese momento entendí que la comunidad, el amor por los animales y la energía de tantas personas ayudando de corazón habían hecho algo enorme”.

Esa noche, el misterio de cómo un perro perdido en el monte logró entrar a una casa cerrada quedó en segundo plano frente a la certeza del amor. “Nosotros nunca encontramos a Julio. Fue él quien encontró el camino de regreso a casa”. Hoy, Julio sigue recibiendo a los clientes en el store, moviendo la cola a quienes compartieron su foto, recordándoles que, cuando una comunidad se une por amor a un animal, lo imposible se vuelve real.

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Si tenés una historia de adopción, rescate, rehabilitación o ayudaste a algún animal en situación de riesgo y querés contar su historia, escribinos a bestiariolanacion@gmail.com

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/lo-abandonaron-en-una-caja-y-ocho-anos-despues-de-su-rescate-huyo-asustado-por-fuegos-artificiales-nid12032026/

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