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Limoges: los secretos de un destino tan francés como refinado

Adentrarse en las calles del centro de Limoges es como descubrir atajos en el tiempo que permiten remontar los siglos, hasta la Edad Media primero y la Revolución Industrial después. Así se reve...

Limoges: los secretos de un destino tan francés como refinado

Adentrarse en las calles del centro de Limoges es como descubrir atajos en el tiempo que permiten remontar los siglos, hasta la Edad Media primero y la Revolución Industrial después. Así se reve...

Adentrarse en las calles del centro de Limoges es como descubrir atajos en el tiempo que permiten remontar los siglos, hasta la Edad Media primero y la Revolución Industrial después. Así se revelan los secretos del origen y el éxito de los dos principales oficios que distinguieron a esta ciudad, casi oculta en el corazón de Francia, y la consagraron como la capital de las artes del fuego.

Uno es el esmalte y la otra, la porcelana. Cuando se mira desde el siglo XXI, recorriendo las salas de los museos modernos, el pasaje de los relicarios del año 1000 a los juegos de mesa que se usan en las cenas de gala de los palacios parece evidente, pero en realidad no fue tan fácil. La historia es larga e incluye un toque de la varita de la suerte, que a Limoges le llegó cuando se descubrió uno de los yacimientos de caolín más puros del mundo en los alrededores de la ciudad. Corría el siglo XVIII.

Aunque las épocas se entrecruzan en la arquitectura de las calles y las iglesias, la historia de Limoges recobra su cronología en los dos principales museos locales. El antiguo palacio obispal se transformó en Museo de Bellas Artes, mientras un antiguo hospital para enfermos mentales es ahora el mayor museo del mundo dedicado a la porcelana.

Una denominación de origen medieval

Como tantas veces al viajar en el tiempo, aparece un personaje mítico, que en el caso de Limoges es Martial, un evangelizador que recorrió las Galias y terminó su vida a mediados del siglo III en la ciudad de los Lemovices, donde fue enterrado y se convirtió en santo. Sus reliquias atrajeron a peregrinos y convirtieron la pequeña localidad en un centro espiritual de cierta relevancia. Al mismo tiempo, los esmaltes locales fueron cobrando fama en el mundo cristiano: así, cuando Limoges se transformó en una etapa importante en uno de los principales caminos hacia Santiago de Compostela, los peregrinos europeos participaron en la difusión y el prestigio de esta producción.

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Eric Boutaud, un guía experto de Limoges, suele acompañar a los grupos que realizan las caminatas interpretativas por la ciudad. Gran conocedor de la historia local, enriquece la visita al Museo de Bellas Artes y asegura que la colección del museo “rivaliza con las del British Museum o del Hermitage de San Petersburgo, con más de 1200 piezas desde el siglo XI hasta hoy”. “En mis visitas llamo particularmente la atención sobre los esmaltes champlevés, una técnica que nació hacia 1130 en Limoges y que tuvo un éxito tan grande en toda Europa que cada pieza se identificaba como opus lemovicense, una denominación de origen muy anterior a la porcelana o las protecciones industriales modernas”, agrega.

Entre las piezas que siempre figuran en sus explicaciones se encuentra una modesta medallita de tono azul y motivos geométricos de apenas tres centímetros de diámetro. Se hizo en torno al año 1000 y es la más antigua del museo. También hay relicarios medievales, verdaderas obras maestras, igual que los esmaltes pintados del Renacimiento. Sobre todo los de Léonard Limosin, un artista de Limoges que vivió en el siglo XVI y fue el más grande de los esmaltadores. Su talento y su estilo sedujeron a reyes, príncipes y obispos en todas las cortes europeas. Eric Boutaud recuerda que dejó retratos de un realismo revolucionario para la época, gracias a su técnica de esmaltes pintados sobre placas de cobre.

“Los esmaltes en Limoges no son solo piezas de museo. Muchos artistas siguen abriendo talleres nuevos y producen, manteniendo una tradición creativa que ya tiene más de un milenio de existencia. Por ejemplo, en la catedral Saint-Étienne de Limoges se puede admirar una obra única, una virgen negra realizada íntegramente en esmalte con colores muy llamativos. Se llama Notre-Dame de la Pleine Lumière y la debemos a los esmaltadores Léa Sham’s y Alain Duban”.

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Blanco de Limoges

Gracias a la producción de los esmaltes, todo estaba preparado para el nacimiento de la porcelana: desde el talento de los decoradores y pintores hasta los “hombres del fuego” que sabían controlar los tiempos y las temperaturas de los hornos. Solo faltaba un golpecito del destino para que en Occidente se pudiera por fin emular a los chinos, que guardaban celosamente el secreto de la fabricación de la porcelana desde tiempos inmemoriales.

Algunas leyendas locales vinculan el descubrimiento del yacimiento de caolín con el trazado del ferrocarril entre París y Toulouse (el mismo ramal que existe hoy todavía y hace su principal parada intermedia en la monumental estación de Limoges). Sin embargo, fue muy anterior: hay que remontarse a los años en torno a 1760, cuando un cirujano de la región mandó analizar una tierra blanca que su esposa utilizaba para lavar la ropa. Identificó enseguida la materia prima que sirve para producir porcelana y comprobó que se trataba de una veta de pureza excepcional. Alertado sobre el descubrimiento, el rey Luis XV en persona impulsó enseguida la producción en los talleres de Sèvres.

La ubicación resultó una suerte para Limoges por partida doble: la ciudad se encontraba a pocas decenas de kilómetros de las canteras y tenía cerca (todavía hoy) una cantidad inagotable de bosques que permitían extraer la madera necesaria para alimentar los hornos. Del esmalte a la porcelana, el salto fue rápido. Cambió el arte, pero no el “savoir faire” y el dominio del fuego, como recuerda Eric Boutaud, ya a las puertas del otro museo más importante de Limoges.

El Museo Nacional Adrien Dubouché lleva el nombre de un mecenas del siglo XIX, que impulsó la creación de la primera colección de piezas en porcelana producidas localmente. En esa época, la Revolución Industrial había llegado a Limoges gracias al tren o las máquinas de vapor. Fueron tiempos ambivalentes para la ciudad, que creció exponencialmente y, mientras ganaba un prestigio sin igual en las mesas más refinadas del mundo, también se hundía en una realidad de miserias y penurias difícilmente imaginables hoy.

Las salas del Museo Dubouché cuentan este contraste entre dos mundos a quienes sepan interpretarlo. Eric es de gran ayuda y recuerda que la segunda mitad del siglo XIX fue la edad de oro de la porcelana, impulsada por las Exposiciones Universales, “cuando las fábricas comenzaron a marcar sus piezas para que fueran reconocidas internacionalmente y se consolidó el prestigio de los Blancos de Limoges, famosos por su blancura y perfección”. El guía orienta la visita hacia obras maestras como el servicio “Grain-de-riz” de la manufactura Pouyat (1878) o las innovaciones de la fábrica Haviland, que introdujo el japonismo en la región. A la vanguardia de las artes decorativas, la producción de Limoges adoptó todas las corrientes que marcaron las épocas más recientes, como el art nouveau o el art déco, junto a tradiciones muy francesas como las figuritas que suelen esconderse en las roscas de reyes.

Grandes fábricas y pequeños talleres

En Limoges, ni la porcelana ni los esmaltes son artes del pasado. La ciudad sigue escribiendo una historia donde la alquimia, el trabajo extenuante y la máxima sofisticación artística van de la mano. Aunque sea poco visitada por los turistas extranjeros —y menos todavía por los latinoamericanos— es reconocida mundialmente por ser la capital de las artes del fuego y designada Ciudad Creativa de la Unesco. A la vuelta de cada esquina hay casas de porcelana, talleres que producen piezas únicas, outlets que venden juegos de mesa a precios de fábrica o artistas que producen joyas con las antiguas técnicas del esmaltado medieval. Hasta hay talleres para quienes se quieren iniciar en este arte y llevarse como recuerdo de su paso por Limoges una pieza creada por ellos mismos.

Las grandes manufacturas del siglo XIX se fueron concentrando con el tiempo y hoy la principal es Bernardaud (fundada en 1863). La marca tiene boutiques en los lugares más prestigiosos del mundo y convoca a grandes artistas de cada época, como Marc Chagall, Joan Miró o Jeff Koons, para crear piezas que cotizan en miles de euros. Al mismo tiempo, prosperan pequeños talleres con una producción más limitada pero innovadora, para seguir seduciendo a sus principales mercados: Estados Unidos, Brasil, China, Rusia o los Emiratos Árabes Unidos. Es el caso de Ateliers Arquié, donde el ingeniero Gregory Rosenblatt recibe en persona a quienes quieren hacer una visita a sus instalaciones para conocer el paso a paso de la creación de la porcelana, desde la preparación de la materia prima hasta la decoración.

Arquié representa el nexo perfecto entre la herencia manual y el diseño de vanguardia industrial de Limoges, dentro de un edificio del año 1900 con una estructura metálica tipo Eiffel, a orillas del río Vienne. “Producimos piezas únicas a mano. Históricamente, la empresa vivía de la exportación de pastilleros para coleccionistas estadounidenses, pero ampliamos nuestra producción y actualmente fabricamos también objetos muy diversos, desde recipientes de farmacia con estética callejera hasta los bancos de porcelana ubicados frente al ayuntamiento de Limoges, además de piezas únicas como el majestuoso candelabro de porcelana que se puede ver en la Ópera de Aviñón”. Junto a esta casa, varias marcas más proponen una porcelana exclusiva que, para llevar grabado a fuego el sello “Porcelaine de Limoges”, debe cumplir con requisitos estrictos.

Los hombres de fuego y su terrible vida

Conocer en detalle las ramificaciones del oro blanco en Limoges podría llevar varios días, pero si hay que agregar una sola visita más a este recorrido, se trata del imprescindible Four des Casseaux, el único sobreviviente de los grandes hornos industriales del siglo XIX. Se encuentra junto al puerto donde se recibían de a miles los troncos de los bosques del Limousin, en un predio que hoy está dividido entre el sitio-museo industrial y el gigantesco salón de venta de la manufactura Royal Limoges, la más antigua aún en funcionamiento (desde 1797).

Con las explicaciones de Thomas Hirat, director del museo del horno, se descubre el costado más duro y cruel de la porcelana, que necesitaba de una cantidad infinita de madera, pero también brazos, sin importar el sexo o la edad. El Limousin fue siempre una región pobre y, para muchos campesinos que apenas sobrevivían con el trabajo de la tierra, emplearse en las fábricas era la única manera de ganar los pocos francos que necesitaban para no morirse de hambre, a cambio de un trabajo agotador que acortaba en mucho su expectativa de vida.

Frente a la enorme construcción de ladrillos refractarios, Hirat explica: “Lo que es único en Limoges a nivel mundial es esto, este horno. En esta ciudad hemos construido monstruos de ladrillos. Para este horno hicieron falta más de 120.000. La cúpula tiene ocho metros de altura. Imaginen que en el apogeo industrial, a finales del siglo XIX y principios del XX, llegaron a existir hasta 50 grandes fábricas simultáneas en Limoges. Algunas eran colosales, como la de la familia estadounidense Haviland, que contaba con 20 hornos, 2500 empleados y exportaba el 85 % de su inmensa producción a Nueva York. Al mismo tiempo, en las afueras, pequeñas granjas adaptaban sus establos para albergar hornos de leña rudimentarios. En total, Limoges producía entre 800.000 y un millón de piezas mensuales”.

Thomas Hirat llama a los obreros de la porcelana “hombres del fuego”. Vivieron una realidad cruda, que difícilmente podría imaginarse hoy si no existieran todavía fotos y testimonios que muestran a chicos preadolescentes ya trabajando junto a padres, madres o hermanos. “Las condiciones de trabajo eran extremas. Por eso Limoges es la madre del sindicalismo. La CGT nació aquí, en 1895. Imaginen la vida de los obreros en el horno. En 1878 se patentó el sistema de llama invertida, que permitía cocer hasta 20.000 piezas a la vez en un horno como este. El ciclo duraba cerca de doce días: dos días para llenar el horno, tres o cuatro días de cocción a 1.400 grados centígrados, varios días de enfriamiento y otros dos para vaciarlos. Los hombres del fuego carecían de cualquier tipo de protección, manipulaban herramientas que se deformaban por el calor extremo y, a menudo, su esperanza de vida no superaba los 30 o 40 años. Mientras entraban en los hornos, sus hijos, desde apenas ocho años, trabajaban en los talleres fabricando las gazettes, estuches de arcilla refractaria diseñados para proteger las piezas de porcelana del contacto directo con las llamas y el humo, algo indispensable para que cada pieza pueda conservar su pureza blanca”.

La producción de “gazettes” fue tan gigantesca que cuando no servían más se rompían y servían de pavimento para las calles de Limoges y los patios de los inmuebles. En varios puntos de la ciudad todavía se las puede ver, resistiendo al avance del asfalto. Pero más que este detalle, son las palabras de Hirat las que terminan marcando esta visita tras el oro blanco. Es el atajo más brutal entre las dos realidades de la porcelana hasta hace solo un par de generaciones: el refinamiento extremo de las artes del fuego con las condiciones obreras más precarias imaginables. Por suerte, visitas a talleres como los de Arquié muestran una realidad bien distinta. El oro blanco y las artes del fuego siempre supieron adaptarse a sus tiempos, desde los remotos esmaltes religiosos del siglo XII, para mantener el nombre de Limoges en lo más alto del “savoir-faire” francés.

Cómo vivir el circuito de la porcelanaManufacture Bernardaud: 27 rue Pierre Bernardaud. Visitas guiadas de lunes a sábado, solo con reserva previa. Duración: 1:15. Precio: 12 € para adultos. Cuenta con su propio negocio de fábrica en el mismo predio. Ateliers Arquié: 230 avenue Baudin. Visitas guiadas de aproximadamente 45 minutos. Con reserva previa o consultando en la recepción de la fábrica y su negocio. Costo: 5 €.Royal Limoges: 54 rue Victor Duruy, y boutique histórica en 28 rue Donzelot. La tienda abre de lunes a sábado de 10 a 18. Acceso gratuito.Museo Nacional Adrien Dubouché: 8 bis Place Winston Churchill. Abierto todos los días (excepto martes), de 10 a 12.30 y de 14 a 17:45. Entrada general 7 € (gratuita el primer domingo de cada mes).Four des Casseaux: 1 rue Victor Duruy. Visitas de lunes a sábado de 10 a 12.30 y de 14 a 17.30. Domingos y feriados cerrado. Visita libre: 4,50 €. Visita guiada: 9 €.Talleres en Atelier Chamothé: 6 Place des Jacobins. En semana por las tardes, sábado de 10 a 19; y domingo de 14 a 18. Entrada libre. Los talleres tienen tarifas según la actividad. Consultas en https://www.facebook.com/atelierchamothe/?locale=fr_FR. Talleres en Roue Libre: 3, rue Jean Jaurès. Dedicado a experiencias de cerámica y creación contemporánea. Reserva previa y los horarios varíables según los cursos. A partir de 55 €. Consultas en https://www.facebook.com/p/ROUE-LIBRE-100081164330366/ Museo de Bellas Artes: Place de l’Évêché. Abierto lunes, miércoles, jueves y viernes de 9.30 a 12 y de 13 a 17.30. Sábados y domingos de 13.30 a 17.30 hs. Entrada: 5 €. Gratis el primer domingo de cada mes.

Más datos en visitlimousin.com y destination-limoges.com

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/salud/limoges-los-secretos-de-un-destino-tan-frances-como-refinado-nid04102026/

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