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Laetitia d’Arenberg. “Tengo tanta libertad que no sé qué hacer con ella”, confiesa la princesa

PUNTA DEL ESTE.- Se ríe como una niña cuando su adorada Begonia –la chihuahua de pelo largo que la acompaña a cada paso en Uruguay y en el mundo– la besa en la mejilla. Mientras, camina y le...

Laetitia d’Arenberg. “Tengo tanta libertad que no sé qué hacer con ella”, confiesa la princesa

PUNTA DEL ESTE.- Se ríe como una niña cuando su adorada Begonia –la chihuahua de pelo largo que la acompaña a cada paso en Uruguay y en el mundo– la besa en la mejilla. Mientras, camina y le...

PUNTA DEL ESTE.- Se ríe como una niña cuando su adorada Begonia –la chihuahua de pelo largo que la acompaña a cada paso en Uruguay y en el mundo– la besa en la mejilla. Mientras, camina y le encuentra lugar a las decenas de orquídeas que renueva cada año en el espectacular rancho de José Ignacio. “No puedo vivir sin flores y sin animales”, desliza la princesa Laetitia d’Arenberg, sonriente como siempre, a pesar de haber perdido al último amor de su vida, John Patrick Anson, hace apenas un mes.

“Después de 35 años estoy sola. Y yo, que me creía la persona más libre del mundo, me doy cuenta de que en realidad no era así. Porque mientras seguís cuidando, más allá de los viajes y actividades que hagas, tu corazón y mente están ahí. John partió tomado de mi mano y ahora sí, con mis 84 años, entiendo que soy libre. ¡Y no sé para dónde agarrar! Tengo tanta libertad que ahora ya no sé qué hacer con ella”.

Hija de nobles, nacida en el Líbano y educada en Europa, la princesa que junto a sus padres llegó a Uruguay huyendo de las secuelas que había dejado la Segunda Guerra Mundial siempre es tema en los medios. Empresaria, filántropa, aristócrata, personaje del jet set internacional, es famosa por romper con los prejuicios de su época, militar una frescura que siempre aporta títulos y rodearse de amigos variopintos, que hoy son el néctar de su vida.

–Los amigos. ¿El gran secreto?

–Sin dudas. Familia y amigos, que terminan siendo lo mismo. Yo tuve algunas desilusiones, porque a lo largo de la vida pasan cosas. Pero el balance es altamente positivo. Me siento bendecida por tanto amor.

–¿Te traicionaron mucho?

–Nada grave, a veces algunos ofendidos. Y eso que a mí me cuesta decir no. Qué cosa. Hoy los jóvenes nacen o los formatean con eso. Enseguida ponen los puntos. Pero a mí me cuesta. ¿Será porque me han dicho tantos no toda la vida? Puede ser. En mi casa era la palabra de todos los días. Pero nunca le quise hacer a los otros lo que no me gustaba que me hagan a mí. Con el tiempo aparecieron frases curiosas, que me parecen interesantes aunque nunca terminé de adoptar. Una es eso de ejercitar el ¡momentito! Dicen que es excelente porque te hace reflexionar. La otra es aquello de que la distancia es el arte de la elegancia.

–Pero si hay algo que te caracteriza es la cercanía. Es lo que le impacta a la gente.

–Y sí. Que yo tenga una situación privilegiada no significa que no sepa o vea cómo vive la gente. Siempre ayudé donde pude porque la carencia me destruye. De gurisa viví tres años en India. Me marcó ver tanta pobreza. Por supuesto estaba preparada y conocía la cultura, pero era demasiado fuerte para mí. Por más que me explicaban eso del karma, no lo podía aceptar. Lo peor es que ellos no estaban tristes; la que sufría era yo.

–¿Te considerás justiciera?

–Un poco sí. El otro día viví como propia la alegría de la mayoría de los venezolanos. Soy una mujer muy informada, me interesa el mundo. Así que cuando me enteré lo del ataque de Trump obviamente lo festejé. Conozco mucha gente e infinidad de historias tristísimas. Familias partidas, diseminadas por el mundo a causa del capricho de un dictador. Yo soy europea y conozco muy bien lo que fue el muro de Berlín, ese símbolo físico de la opresión comunista, dividiendo familias y una nación durante tantos años. Todo lo que tiene que ver con vigilancia, miedo y una vida de restricciones directamente me aterra y subleva.

–¿Cómo imaginás esta nueva etapa de tu vida?

–La realidad es que sólo hay dos caminos: dejarse llevar por la tristeza o abrirse a la vida. Si empezás a encerrarte en un mundo de pura melancolía es un horror para los dos. Hablo de uno, y también del que se fue. Porque creo que esa persona que te quiso feliz, alegre, no puede verte mal. Yo siento que el alma de los seres amados sigue por ahí. Estoy empezando una nueva etapa, mi último camino a la eternidad. Y estoy dispuesta a comerme el mundo, la naturaleza, todo lo que me hace bien. Decreto que mis momentos más hermosos vendrán ahora. Fui tan feliz que tengo la obligación de seguir recogiendo flores. Dejar abrazarse por amigos es una buena medicina. Y siento que John está acá conmigo.

–Luego del padre de tus hijos, el archiduque Leopold Franz Erzherzog, un gran amor de más de tres décadas. ¿Cómo fue ese matrimonio?

–Fue el monumento a la libertad. Un inglés que, lejos de hacerme la vida estructurada, elevó mi ser. ¿Por qué? Porque jamás trató de cortarme las alas. Siempre me entendió y ayudó en todo. Pensábamos parecido, compartíamos libros y películas. Pero fundamentalmente me abrió los ojos y me dio las fuerzas para seguir adelante en muchas cuestiones. A veces la vida te golpea fuerte y resulta fundamental tener a tu lado alguien que confía en ti. Nos conocimos acá en Uruguay y después lo volví a encontrar en Inglaterra porque yo tenía a mis hijos pupilos allí. Durante mucho tiempo fuimos amigos hasta que un día, no sé, surgió otra cosa. Y no nos separamos más. Se fue de mi mano y eso me alivió mucho porque unos días antes estuve en Buenos Aires haciéndome chequeos médicos. No hubiera soportado que partiera estando lejos.

–Siempre resaltás la palabra libertad. Es tu marca.

–Claro. Por eso fue tan importante estar al lado de alguien que me dejaba hacer lo que quería. Ahora, que ya no me ata nada, siento algo que podría describir como exceso de libertad. Y no lo digo como algo malo, desde ya, pero estoy como abrumada. Debo sentarme, ordenarme y soñar los últimos años de mi vida. Tal vez viva más veranos que inviernos. Imagino mucho Italia y lo que hice siempre, que es volver sobre mis huellas. Iré tras el sol, los caminos de la libertad. Pero la verdad es que si hoy me preguntan que voy a hacer mañana, la verdad es que aún no lo sé.

–Te gusta Buenos Aires, vas seguido.

–Sí, tengo mi departamento y mis rituales. Yo adoro Argentina y en Buenos Aires soy absolutamente feliz. Nadie tiene idea lo bien que me hace esa ciudad. Será que voy y allá no tengo ninguna obligación. Pero también me sucede que llego y me siento una recoleta más. Adoro pasear por esas calles, mirar negocios. Veo gente bien vestida, mujeres monas, hombres elegantes. Aunque parezca polémico, yo siento que hay un chic en Buenos Aires que ya no existe en París.

–¿Qué te emociona hoy?

–Hoy veo mensajes en todas partes y me emociona sentir que John está aunque no lo vea en la cama. Anoche hice una comida y lo sentí. En mi casa de Montevideo hay montones de colibrís. Y creo, como los mexicanos, que son mensajeros espirituales que traen amor, esperanza y señales de seres queridos fallecidos, representando alegría, libertad y sanación. Acá en José Ignacio no se acercan tantos porque se los lleva el viento. Pero cada tanto hay visitas fabulosas. Me gustan todas las criaturas del cielo, amo los pájaros, incluso los rapaces. Habría que pensar qué haría uno con hambre. La naturaleza es perfecta y en ella me inspiro para seguir viviendo, honrándola.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/agencias/laetitia-darenberg-tengo-tanta-libertad-que-no-se-que-hacer-con-ella-confiesa-la-princesa-nid10012026/

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