La vida de barrio cerrado
Tengo una teoría: a la gente que se muda a un barrio cerrado le pasa lo mismo, se cierra. No tengo las pruebas necesarias para postularlo como verdad pero sí tengo algunos ejemplos. Lucas, 38 añ...
Tengo una teoría: a la gente que se muda a un barrio cerrado le pasa lo mismo, se cierra. No tengo las pruebas necesarias para postularlo como verdad pero sí tengo algunos ejemplos. Lucas, 38 años, se fue a Escobar y ya no se junta con sus amigos todos los jueves a cenar como lo hacía desde que terminaron la secundaria. A veces ni siquiera va a los cumpleaños porque tiene tenis con los del barrio, hace un asado para los del barrio. Paula, 46, se instaló en Canning y buscó un trabajo nuevo para poder hacerlo desde la casa y dejar de ir de lunes a viernes a microcentro. Nicolás, 44, ahora vive en San Vicente, arregló ir a la oficina en San Cristóbal solo martes y jueves y dejó de hacer pádel en el club que hacía desde hace tiempo para hacer pádel en su nuevo barrio y jugar con los del barrio y también anotarse en un torneo de futbol interbarrial. Los sábados hay partido. A todos les pasó los mismo, las cuadras se les derritieron como bombón escocés al sol y entonces hacen yoga en lo de una vecina que llama a una profesora particular, compran ensaladas ya hechas en el bufet, anotan a sus hijos en el jardín que abrieron ahí dentro, y entonces “no chicas, cenar este viernes en Recoleta me queda a contramano” y entonces “no amigos, no llego, los veo la próxima, armemos un asado en casa y de paso vienen a la pileta”.
Yo me mudé a la Ciudad porque quería lo contrario. El barrio en que nací en algún punto o de alguna manera a mis 20 años me empezó a apretar. Me sentía asfixiada aunque respiraba sin problemas. El aire entrababa entero y salía entero pero todas las personas que conocía iban al mismo bar cada viernes, cada sábado; todas las obras de teatro que quería ver no llegaban al Coliseo de la calle España; todos los cursos que quería hacer quedaban a sietes estaciones de tren, a varias de subte y después combinación con la línea D y a mí me daba miedo volver sola en el Roca a las once de la noche. Por eso me fui, para desatarme. Yo era el anticountry.
Cuando llegué a mi nuevo barrio me anoté en una segunda carrera que se dictaba por las noches en Once, en un taller de escritura que se daba en Villa Crespo, salía cada jueves y conocía un bar distinto, el de la calle Uruguay, el que estaba pegado al paso a nivel, el que solo pasaba canciones de Los Beatles, el de la esquina cerca del cementerio de Chacarita. Viajaba una hora para ir a ese cine que queda cerca de la Panamericana, me tomaba una combi y me iba los miércoles de verano a la pileta de una amiga en Pilar, trabajaba en una redacción en Palermo, dormía cuatro horas y seguía o volvía a empezar. No entiendo esto del encierro.
El fin de semana pasado fui a la casa que mi cuñada alquiló por el verano en un barrio privado para pasar el día y cuando estábamos volviendo mi novio me dijo como si fuera cualquier cosa: “De afuera, si solo mirás las paredes y los alambres, es igual a una cárcel” y me pareció tan cierto. No en el sentido literal pero sí en el que yo veo, en esta alabanza al encierro de hacer todo en los mismos metros, “no sabés qué genial, en el mío hay un gimnasio y voy todos los días”. Me da taquicardia mental pensar así. Me atraganto con nada. Y justo después de su frase de la prisión me quedé un rato en silencio, mientras miraba por la ventana y veía los locales de comida iguales a los que están cerca de casa, los locales de ropa iguales a los que están cerca de casa, y recordé que siempre voy al supermercado que tengo a la vuelta aunque es más caro que el que queda a cinco cuadras. Y también que hace unos meses empecé a hacer pilates en un espacio nuevo que abrió a una cuadra de casa. Que el lugar anterior me gustaba más, que la clase que daba la mujer de pelo enrulado, sonrisa clavada y ese gesto que me hace pensar en mi amiga Pía era más linda y hasta era un poco más barata pero que cambié igual. Que cambié porque este me quedaba más cerca. Qué tremendo.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/la-vida-de-barrio-cerrado-nid29012026/