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La tragedia del chapecoense: el día en que la pelota no entró en el arco

El combustible se agotó y la nave se estrelló a 19 kilómetros del aeropuerto. Dos días después, la noche en la que debía jugarse la final, solo quedaban tres jugadores vivos: los demás habí...

La tragedia del chapecoense: el día en que la pelota no entró en el arco

El combustible se agotó y la nave se estrelló a 19 kilómetros del aeropuerto. Dos días después, la noche en la que debía jugarse la final, solo quedaban tres jugadores vivos: los demás habí...

El combustible se agotó y la nave se estrelló a 19 kilómetros del aeropuerto. Dos días después, la noche en la que debía jugarse la final, solo quedaban tres jugadores vivos: los demás habían muerto en un cerro en el que, durante varios días, quedó también un tendal de valijas, fuselaje y botines. Los demás que habían muerto eran los otros atletas del equipo, pero también los entrenadores, los directivos, los periodistas y los amigos. Todos ellos, que sumaban 71 víctimas fatales, fallecieron el 28 de noviembre de 2016, y entonces la final de la Copa Sudamericana en Medellín se transformó en un escenario de dolor. Ante tanto sinsentido, lo único que uno podía pensar desde lejos era que, evidentemente, somos frágiles incluso cuando creemos estar en lo mejor de la vida.

Mientras el shock continuaba, Marcos Angeleri -un defensor de San Lorenzo que había tenido una última chance de gol en la semifinal contra Chapecoense- dio una entrevista a un diario brasileño y se refirió al disparo que el arquero rival había atajado. El partido había culminado dos o tres segundos después de eso, con una ovación para ese arquero: gracias a él, el equipo brasileño, pequeño y aguerrido, clasificaba de una manera épica. Por supuesto, nadie entonces podía imaginar que la muerte aguardaba al abordar el avión hacia Medellín.

“¿Y si yo hubiera hecho el gol?”, se preguntó en la entrevista el jugador de San Lorenzo, y así una pregunta de vestuario se convirtió de pronto en una herida filosófica. Si ese gol hubiera sido anotado, quizás San Lorenzo habría pasado a la final, Chapecoense no habría viajado a Medellín y acaso todas esas personas estarían vivas. Leí esa entrevista, recuerdo cuánto me impactó. Y fue aquella pregunta, más que la tragedia, la que me metió en esta historia.

Rápidamente encontré un título para mi proyecto: El secreto de los sobrevivientes. Lo tomé de un koan (un koan es una especie de acertijo espiritual del budismo zen) y ahora veo que el libro que resultó podría parecer, en sí mismo, un largo koan. El koan en el que hallé el título fue escrito en el año 1228; dice que antes de que se haga un movimiento el objetivo ya está alcanzado, que antes de que la lengua se mueva el discurso ya terminó, y que aun así queda un secreto trascendental. Me pareció que ese secreto debía ser el mismo que cargaban los sobrevivientes, y que consistía en algunas respuestas y en algunas preguntas. ¿Por qué en la tragedia del Chapecoense se habían salvado seis personas? ¿Por qué esas seis y no otras?

A lo largo del trabajo en este libro, pensé que quizás los peritos podían ayudarme a revelarlo, pero no: en los aviones no existe un asiento de oro que sea el más seguro ante un accidente. Los estudios se contradicen porque algunos señalan que es mejor viajar atrás, otros que es mejor en el medio, y los que parecen más sensatos indican que en realidad la supervivencia depende de cómo sea el impacto. En el vuelo del Chapecoense el fuselaje se partió en dos y hubo sobrevivientes adelante, cerca del ala y atrás.

Mientras pensaba en todo eso, fui detectando las piezas que giraban en torno a este desastre aéreo: había un partido de fútbol, una jugada increíble en el minuto 48, un club humilde que en siete años había pasado de los torneos locales a una final continental, un exsenador venezolano que fundó una empresa de vuelos charter, un piloto boliviano que apostó a que el escaso combustible alcanzaría para llegar, una investigación judicial repartida entre cuatro países y, al final, aquel secreto trascendental.

Investigué todas estas historias. Me llevó mucho tiempo; no fue fácil descubrir por dónde empezar, por dónde terminar, cómo ordenar los eslabones. Investigar y escribir a veces son movimientos opuestos (esta es una de las lecciones que me dejó El secreto de los sobrevivientes). Investigar expande; escribir contrae. Tres meses de investigación periodística pueden conducir a una sola línea o, a veces, a ninguna. No sé cuánta información recolecté y luego dejé de lado, pero sé que hay mucha que no publiqué porque un libro complejo como este necesita un centro de gravedad. En otras palabras, las tramas necesitan de una jerarquía.

En 2024 viajé a Chapecó —el hogar del Chapecoense, en el estado de Santa Catarina— y me senté con tres futbolistas que habían formado parte de aquel equipo, y que al no haber viajado, habían salvado la vida. Corrí en mi computadora el video de la semifinal y les dije: “Cuéntenme qué están viendo”. Quise aprender a mirar una jugada desde adentro, a ver lo que ve un profesional cuando nosotros vemos solo una pelota. Contar una historia real consiste también en aceptar que a veces uno no sabe mirar lo suficientemente bien. Y que debe aprender.

La investigación fue adoptando formas filosóficas y al mismo tiempo brutalmente concretas. Entendí qué le ocurre a un avión cuando se queda sin combustible, qué se hace en una emergencia y qué sucede durante un impacto. Trabajé con el informe técnico de las autoridades aeronáuticas colombianas, con las transcripciones de la caja negra y con unas 1200 páginas generadas por una comisión investigadora del Senado brasileño, y allí encontré, en algún párrafo, el correo electrónico de Ricardo Albacete Vidal, el exsenador venezolano que había iniciado la empresa aérea y que nunca había sido acusado formalmente. Le escribí. Aceptó responder por correo electrónico y le mandé 40 preguntas, pero luego de enviarlas pensé que me había pasado, que eran demasiadas y que ya no volvería a saber de él. No fue así. Respondió las 40.

Catástrofe, misterio, fútbol, periodismo, algo de filosofía. El desafío fue encontrar el equilibrio. La falta de combustible no es metafísica, una negligencia no es un destino y un error humano no debe convertirse en un misterio solo porque escribir el misterio sea más literario. En este caso hay culpables y hay un dejo de esa impunidad que, como latinoamericanos, conocemos de un modo desgarrador. La cadena de responsabilidades ha sido delineada, los investigadores y los peritos ya han hecho su parte: solo falta que haya uno o varios juicios.

Sin embargo, estoy seguro de que las sentencias que algún día leeremos no nos podrán explicar algunos hechos. ¿Por qué una persona sobrevivió y la que iba sentada a su lado murió? El azar y el destino no justifican la responsabilidad, pero a veces la cargan de una atmósfera un poco extraña.

Los periodistas podemos reconstruir un vuelo minuto a minuto. Podemos escuchar una caja negra, rastrear un correo electrónico, perseguir a alguien que no quiere hablar. Podemos seguir una cadena de causas y efectos aun sabiendo que puede ser infinita. Seguirla hasta que ya no queden respuestas, sino preguntas, nada más que preguntas: enormes, insondables, exageradas y esenciales. A veces podemos encontrar que la información final está codificada en aquel secreto trascendental, en un koan de hace casi mil años. Cuando empecé El secreto de los sobrevivientes quería respuestas; cuando lo terminé, había entendido que mi trabajo no era encontrarlas a cualquier precio ni en cualquier lado. No hay mucho más que decir, salvo que aquella noche de noviembre de 2016, en el partido entre San Lorenzo y Chapecoense, la pelota no entró en el arco.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/la-tragedia-del-chapecoense-el-dia-en-que-la-pelota-no-entro-en-el-arco-nid03102026/

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