La renuncia de Marcelo Gallardo en River: el escapista se quedó sin trucos
“No encontré respuestas”.La frase latió en el corazón del entrenador, luego de una nueva derrota, ésta vez frente a Vélez, y se repitió en la charla con el presidente del club el l...
“No encontré respuestas”.
La frase latió en el corazón del entrenador, luego de una nueva derrota, ésta vez frente a Vélez, y se repitió en la charla con el presidente del club el lunes antes de la práctica vespertina. La expresión, contundente, aludía a la ausencia de reacción que el técnico reclamó y no encontró en un grupo de jugadores sin confianza, pero al mismo tiempo aturdido ante decisiones tan cambiantes como confusas.
Sin embargo, y aunque esa molestia también quedó evidenciada en el “olvido” del mensaje de despedida, en el que los agradecimientos obviaron al plantel, la expresión lapidaria bien podría haber sido una definición autorreferencial que retratara la mayoría del ciclo ya extinto. Él tampoco resolvió sus propios enigmas.
Al abandonar el José Amalfitani, Marcelo Gallardo ya se sentía el ex técnico de River. La caída ante Tigre encendió las primeras alarmas del año y activó la memoria emotiva para volver al calamitoso 2025. La derrota frente a Argentinos confirmó la contundencia del mazazo recibido días antes y el escaso poder de asimilación y aunque el gol de penal de Quintero sacó del apuro a todos ante Ciudad Bolívar, lo que vino luego precipitó el final. El primer tiempo ante Vélez fue un concierto de errores adentro y la postal de la resignación afuera. Pocas veces, el escapista se vio tan atrapado y tan incapaz de resolver el acertijo para salir airoso del conflicto. Marcelo Gallardo, el hombre que siempre tuvo una solución a mano, también se quedó con un manojo de preguntas a las que en un año y medio nunca pudo encontrarle respuestas.
Le dieron todo en mercados de pases multimillonarios, pero esa imagen de equipo reconocible y representativo, dos palabras que repitió hasta el cansancio, jamás logró plasmarse en el campo de juego. La idea de “equipo en construcción” se volvió un ícono de sus conferencias como en otro tiempo fueron el “les pido que crean” o “mantengan la guardia alta”. Incómodo en un rol desconocido ante la repetición de resultados negativos, se transformó en un comentarista profesional de derrotas. Frustrado y disconforme con la respuesta de sus dirigidos, cayó en los cambios compulsivos como búsqueda desesperada para torcer una dinámica negativa, en la que no pudo potenciar a ninguno de todos esos futbolistas a los que él mismo eligió para ejecutar su modelo.
Un mensaje de Marcelo Gallardo para todos los hinchas de River 🤍❤️🤍 pic.twitter.com/byDSJdcnOY
— River Plate (@RiverPlate) February 24, 2026Los números también definen lo errático del ciclo. Obtuvo solo el 53 por ciento de los puntos. En 29 de los 85 partidos no convirtió goles, pero en un evidente error de diagnóstico esa anemia ofensiva no lo convenció de buscar un centrodelantero para iniciar el año, aun cuando en el presupuesto contaba con 10 millones de dólares. No ganó títulos disputando 10 competencias, varias a partido único y desde la caída ante Palmeiras cuando se produjo el comienzo del fin, se acostumbró a perder sin siquiera mostrar signos vitales de rebeldía.
Gallardo seguirá siendo un enorme entrenador de fútbol porque nadie gana todo el tiempo. Es cierto que el éxito no inmuniza a nadie, pero lo más llamativo de su segundo capítulo es que pareció haber perdido “el toque”, la magia, el efecto sorpresa que producían sus cambios o los ajustes con los que cambiaba la historia de los partidos. La ferocidad de sus equipos quedó en el archivo. La presión asfixiante para recuperar el balón se extravió tanto como sus ideas. Desvitalizado y sin colmillo, el final lo atrapó sin presentar batalla.
Llegó para ser “la solución” y se fue cuando aceptó que era “el problema”. Su grandeza le permitió modificar la dinámica del ecosistema del fútbol. Se fueron decenas de futbolistas y él permaneció en el cargo. Hasta que la agonía ya no tuvo razón de extenderse más, porque aún desde el afecto incondicional de la masa, el cuestionamiento individual comenzó a ser mucho más que el de una pequeña minoría. La estatua se descascaró y el dolor del hincha precipitó el desenlace luego de una larga agonía, al confirmar que debajo del traje de superhéroe había un ser terrenal, tan capaz de regalarle alegrías únicas como errores sistemáticos.
La renuncia descomprimirá la tensión de los últimos meses y la despedida del jueves mezclará emoción y nostalgia en dosis exactas, pero también la tristeza de acabar con el “mito viviente” y humanizar al prócer. Con la salida del arquitecto del ciclo más exitoso de la historia del club y aunque el plantel aún tiene nombres de ese poster que siempre permanecerá inmaculado, la partida del “Muñeco termina de sellar el final de la gesta “Madrid 2018” para comenzar a escribir la historia en tiempo presente.
Suele ocurrir que la gota que rebalsa el vaso no es por enojo sino por cansancio. El hastío jugó sus fichas y ésta vez se quedó con el premio mayor. Gallardo se fue de River. A veces, solo con el amor no alcanza.