La otra inflación y la sabiduría
El 20 de mayo de 2026, la Universidad de Harvard aprobó que –a partir del otoño boreal de 2027– las calificaciones máximas en los cursos de grado tendrán un límite del 20% del total de est...
El 20 de mayo de 2026, la Universidad de Harvard aprobó que –a partir del otoño boreal de 2027– las calificaciones máximas en los cursos de grado tendrán un límite del 20% del total de estudiantes. En otras palabras, en un curso de 40 alumnos no podrá haber más de 8 con la máxima calificación. El objetivo de esta medida es combatir la inflación de calificaciones (grade inflation), ya que la universidad comprobó que en el ciclo académico 2024-2025 más del 60% de las notas otorgadas fueron A (calificación máxima otorgada a un estudiante en el sistema educativo estadounidense, equivalente al 10 en nuestro sistema), frente al 25% registrado en 2005-2006. Esta inflación preocupa no solo a Harvard, sino también a numerosas instituciones de los Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá.
¿Cuáles podrían ser las causas de este fenómeno? Por un lado, las universidades compiten por atraer estudiantes y, muchas veces, los tratan como “clientes” que esperan recibir buenas calificaciones a cambio de sus matrículas. Por otro lado, los profesores, especialmente aquellos sin cargos permanentes, dependen de encuestas de satisfacción estudiantil, lo que puede incentivar el otorgamiento de notas altas para asegurar evaluaciones favorables. ¿Y cuáles son las consecuencias de esta inflación? La principal es la pérdida del valor simbólico de la máxima calificación, lo que provoca que los potenciales empleadores dejen de confiar en las notas como criterio de reclutamiento.
Los estudiantes sostienen que fijar una cuota de excelencia destruye el aprendizaje cooperativo
La medida implementada por Harvard enfrentó un fuerte rechazo por parte de los estudiantes, quienes sostienen que fijar una cuota de excelencia destruye el aprendizaje cooperativo, fomenta un clima de competencia extrema, desalienta la toma de riesgos intelectuales y vulnera la autonomía docente. Esta controversia nos invita a un viaje al pasado: al año 1792 y a Inglaterra, cuando el profesor de la Universidad de Cambridge William Farish (1759-1837) introdujo las calificaciones como una forma simbólica de representar el nivel de conocimiento alcanzado por un estudiante. El pensador Michel Foucault (1926-1984) habría dicho que, desde ese momento, el estudiante pasó a convertirse en “un sujeto calculable”. A su vez, el filósofo György Lukács (1885-1971) interpretaría esa condición como una forma de cosificación: la transformación en objeto de algo que, por naturaleza, no puede reducirse plenamente a una cosa, como el conocimiento de un estudiante.
El educador John Dewey (1859-1952) sostuvo que los exámenes suelen reducir procesos complejos de aprendizaje a símbolos numéricos simplificados. No obstante, consideró especialmente valiosos aquellos que exigen pensamiento crítico y análisis y comprensión del conocimiento aprendido. Al mismo tiempo, rechazó los basados meramente en la memorización de información. El poeta T. S. Eliot (1888-1965) se preguntaba en su obra teatral La roca: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en la información?”.
Las distintas áreas de la actividad humana constituyen sistemas de conocimiento
El universo presenta ante nosotros lo que llamamos hechos, es decir, entidades o atributos de la realidad. Cuando registramos esos hechos o hablamos acerca de ellos, se transforman en información. Cuando esa información se organiza, adquiere contexto e intenta comprender el entorno, se convierte en conocimiento. Las distintas áreas de la actividad humana constituyen sistemas de conocimiento; la botánica, la plomería y el periodismo son ejemplos de ello. La sabiduría, en cambio, es la capacidad de conocer y la voluntad de realizar la acción apropiada en una situación determinada. Inherente a ella existe un componente moral, ya que incluye la facultad de juzgar según la verdad, la bondad y la belleza, así como la de actuar en favor de la igualdad, la libertad y la justicia. Además, la sabiduría requiere siempre la convergencia de más de un ámbito de la actividad humana. Sin embargo, la erudición no es sinónimo de sabiduría, pues esta última implica una valoración crítica y diferencial de los conocimientos. El problema más serio que globalmente enfrentan las universidades no es la inflación de las calificaciones –un tema burocrático y discutible, dirían Foucault y Lukács–, sino, al decir de Dewey y Eliot, las dificultades para formar personas sabias.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-otra-inflacion-y-la-sabiduria-nid16062026/