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La nueva guerra contra las drogas: cómo Internet se convirtió en el “libro de cocina” del narcotráfico

NUEVA YORK.- En una noche cálida de hace tres veranos, Kai Raydon, estudiante de la Universidad de Colorado, en Boulder, abrió un paquete de polvo blanco anaranjado que había comprado a través ...

La nueva guerra contra las drogas: cómo Internet se convirtió en el “libro de cocina” del narcotráfico

NUEVA YORK.- En una noche cálida de hace tres veranos, Kai Raydon, estudiante de la Universidad de Colorado, en Boulder, abrió un paquete de polvo blanco anaranjado que había comprado a través ...

NUEVA YORK.- En una noche cálida de hace tres veranos, Kai Raydon, estudiante de la Universidad de Colorado, en Boulder, abrió un paquete de polvo blanco anaranjado que había comprado a través de un sitio cifrado de la dark web. Había pedido quaaludes , un sedante ilegal, pero no quiso correr riesgos. Colocó una muestra en una tira reactiva para detectar fentanilo: dio negativo.

El señor Raydon pesó un gramo con una balanza digital que estaba sobre la mesa ratona de su habitación en la fraternidad. Pósteres de Grateful Dead cubrían las paredes. Delilah, su perra rat terrier, estaba sentada con él en el sofá. Con un billete de 50 dólares enrollado, inhaló el gramo.

“Acabo de probar la droga y es tan buenos como dice la gente”, le escribió a un amigo por redes sociales. “Por Dios. Las dosis salen 20 dólares”.

Su novia, Emma Buck, estaba en el pasillo hablando por teléfono. Volvió a la habitación y lo encontró caminando de un lado a otro, una reacción extraña, “poco característica de un sedante”, según dijo.

No era un sedante. Era algo nuevo y desconocido, y formaba parte de una explosión de sustancias químicas novedosas fabricadas en laboratorios que están redefiniendo el mercado de las drogas ilícitas. En los últimos años surgieron cientos de drogas ultrapotentes, que a menudo son identificadas por las autoridades sanitarias y policiales recién después de aparecer en el informe toxicológico de alguien que sufrió una sobredosis.

La mayoría de estas sustancias se originan en la investigación médica tradicional: artículos científicos y patentes publicados por científicos y empresas legítimas, que luego son copiados y modificados por químicos que operan fuera de la ley. Este es el conducto de la ciencia a la calle, y terminó por dominar el mercado de drogas ilícitas.

En su habitación de la fraternidad aquella noche, el 22 de julio de 2023, Raydon empezó a sentirse mal. Se dio una ducha fría, se colocó una pulsera contra las náuseas y se recostó con la cabeza en el regazo de la Buck. La pareja se había enamorado profundamente esa primavera. Él estudiaba neurofarmacología y estaba fascinado por el cerebro. “Fue la persona más intelectualmente curiosa que conocí”, dijo ella.

Ella se fue después de la medianoche; para entonces, contó, él se sentía mejor y se había quedado dormido. Al día siguiente, cuando no logró comunicarse con él, fue a buscarlo. Lo encontró en la cama, con Delilah posada sobre su cuerpo. Pensó que dormía hasta que tocó su piel y la sintió fría.

Katie Becker, supervisora de la morgue del condado de Boulder, participó en la autopsia. Advirtió espuma alrededor de los labios: una señal reveladora de sobredosis, habitualmente asociada al fentanilo. La droga ralentiza la respiración y suprime el reflejo nauseoso, lo que provoca que se acumule líquido en los sacos de aire, ahogando de hecho al consumidor.

Pero el examen toxicológico no detectó fentanilo. “No había nada en el informe que explicara la causa de la muerte”, dijo Becker. “Fue un misterio”.

La historia de lo que le ocurrió a Raydon y la investigación que vino después, es un ejemplo escalofriante de la relación íntima entre la ciencia bienintencionada y los creadores de las drogas más letales del mundo. Al final, el caso llevó a los científicos investigadores inquietantemente cerca de su propia puerta.

Una frontera sintética

En 1971, el presidente Richard Nixon dio inicio a lo que se conoció como la guerra contra las drogas; ese año murieron 6771 estadounidenses por sobredosis. En 2024, la cifra llegó a 80.000, un aumento de casi el 70% respecto de apenas una década atrás.

Lo que cambió fueron las drogas. En la década de 1970, los principales objetivos —cocaína, amapolas, marihuana— provenían de cultivos. Hoy, la mayoría de las drogas ilegales se fabrica en laboratorios no regulados de todo el mundo, desde grandes empresas en China e India hasta operaciones unipersonales manejadas desde departamentos anónimos.

Las drogas incluyen al fentanilo, pero es apenas una entre cientos de compuestos sintéticos cada vez más potentes, conocidos como nuevas sustancias psicoactivas. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito enumera actualmente 1446 nuevas sustancias psicoactivas, frente a las 643 de hace 10 años.

Los expertos se refieren a esta tendencia como la “digitalización de las drogas”. Hoy, gracias a Internet, prácticamente cualquier estructura molecular esotérica o estudio de química que se publique en línea queda disponible de inmediato para químicos aficionados y proveedores de drogas ilícitas de todo el mundo.

La doctora Laura Bohn, decana asociada de investigación en la Facultad de Medicina Morsani de la Universidad del Sur de Florida, que desarrolla nuevas moléculas de opiáceos para investigación médica, describió a Internet como el “libro de cocina” del narcotráfico, al ofrecer “miles de artículos, actas y libros con diferentes moléculas”.

Internet también volvió al suministro de drogas peligrosamente impredecible. Los compuestos ahora se mezclan, se sustituyen y se adulteran casi de manera constante. Un estudio reciente del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST por su sigla en inglés), que analiza drogas ilícitas de todo el país, determinó que el 42% de las muestras que contienen fentanilo incluyen cinco o más compuestos psicoactivos, frente al 23% de hace tres años. El suministro está tan sistemáticamente contaminado que incluso usuarios cuidadosos como el Raydon operan prácticamente a ciegas.

“Casi no hay forma de saber qué tenés”, dijo Edward Sisco, químico investigador del NIST.

Para los científicos, la nueva realidad resulta demasiado clara: el descubrimiento de investigación mejor intencionado, si se publica, puede convertirse rápidamente en la próxima droga mortal de consumo callejero.

“Nunca imaginamos que estos compuestos se usarían de forma ilícita”, dijo Alexandros Makriyannis, profesor de química medicinal en la Universidad Northeastern de Boston y director del Centro de Descubrimiento de Fármacos. “Ni siquiera se nos ocurrió”.

El auge de los nitazenos

El 19 de octubre de 2023, tres meses después de la muerte de Raydon, llegaron muestras de su sangre y orina para ser analizadas en el Centro de Investigación y Educación en Ciencias Forenses, un laboratorio forense sin fines de lucro ubicado en Horsham, Pensilvania, en las afueras de Filadelfia. El laboratorio tiene la tarea de identificar una variedad de nuevas drogas sintéticas de rápido crecimiento que están contaminando aún más el suministro de drogas y provocando sobredosis generalizadas.

En 2023, el caso de Raydon fue uno de los 268 vinculados a nuevas sustancias farmacológicas no identificadas que manejó el Centro de Investigación y Educación en Ciencias Forenses; este año va camino de superar los 1000.

El centro está dirigido por Alex J. Krotulski, toxicólogo forense y experto emergente en nuevas sustancias psicoactivas. Corpulento y de sonrisa fácil, el doctor Krotulski se mantiene activo a lo largo del día con bebidas energéticas y café con endulzante. Esculturas coloridas de calaveras decoran su oficina, y pinturas del mismo motivo cuelgan de las paredes. “Es porque trabajo mucho con la muerte”, dijo una tarde del verano de 2024, sentado detrás de su escritorio.

Cuando llegaron las muestras de Raydon, fueron analizadas mediante un espectrómetro de masas de alta resolución, que mide con precisión los pesos moleculares de los compuestos como primer paso para identificarlos. Luego, los resultados se compararon con una base de datos de 1200 moléculas de fármacos conocidas, varias veces más de las que puede consultar un médico forense habitual. Para noviembre, el laboratorio logró encontrar una coincidencia para la molécula que había matado a Raydon: N-desetil etonitazeno.

“Es diez veces más potente que el fentanilo”, escribió Krotulski en un correo electrónico a Becker, la patóloga de Boulder. “Estamos viendo esto por primera vez”.

Cuando hablaba de “primera vez”, Krotulski se refería a que era la primera vez que detectaban ese compuesto en las calles. Sin embargo, advirtió que ya se había topado con él antes, en un artículo escrito por un colega menos de dos años atrás.

El N-desetil etonitazeno, la droga encontrada en el organismo de Raydon, pertenece a una familia de opiáceos sintéticos conocidos como nitazenos. Este grupo químico despertó por primera vez la atención de Krotulski en la primavera de 2019, cuando él y otros científicos a la vanguardia de la toxicología forense tomaron conocimiento de una muerte en Alberta, Canadá. La causa fue una variante de nitazeno llamada isotonitazeno. La misma droga apareció también en muertes ocurridas meses después en Minnesota, Iowa e Illinois, entre otros lugares.

Estas drogas parecían seguir un patrón conocido, del laboratorio a la calle. La familia de los nitazenos fue desarrollada a finales de la década de 1950 por la empresa farmacéutica suiza Ciba, cuyos científicos creían haber encontrado un nuevo analgésico. Pero en los primeros ensayos, los nitazenos suprimieron de forma peligrosa la respiración. Así, como tantas otras creaciones farmacéuticas con efectos secundarios inaceptables, los nitazenos prácticamente desaparecieron, y sus estructuras químicas y efectos quedaron apenas documentados, más allá de viejas patentes alemanas.

Krotulski y sus colegas elaboraron una hipótesis sobre el motivo por el cual los nitazenos estaban reapareciendo de manera repentina en el suministro de drogas: Estados Unidos y China habían prohibido el fentanilo, y los fabricantes de drogas ilícitas salieron en busca de un reemplazo.

“Cada vez que pasaba algo con un compuesto, algo nuevo venía a ocupar su lugar”, explicó Krotulski.

Luego, en julio de 2020, un segundo nitazeno, llamado metonitazeno, apareció vinculado a una muerte en Ohio. La posibilidad de que los nitazenos estuvieran mutando ya no era teórica. “Oh, no”, recordó haber pensado entonces Krotulski. “Esto realmente está pasando”.

“¿Por qué esperamos?"

Para ese momento, Krotulski había comenzado a intercambiar ideas con un pequeño grupo de detectives de moléculas, integrado por investigadores académicos, funcionarios europeos y toxicólogos forenses de empresas privadas. ¿Podían predecir de manera razonable qué nitazeno podría aparecer luego en las calles? Al modelar el futuro, ¿podían ayudar a que las fuerzas de seguridad y los hospitales se prepararan e incluso salvar vidas?

“¿Por qué esperamos hasta que muere un chico de 15 años o hasta que alguien sufre una sobredosis?“, se preguntó Roy Gerona, toxicólogo forense de la Universidad de California en San Francisco, que colabora en la identificación de nuevos compuestos farmacológicos para la Administración de Control de Drogas y trabaja de manera independiente del grupo de Krotulski.

Christophe Stove, toxicólogo de la Universidad de Gante, en Bélgica, sostuvo que este trabajo predictivo podría ayudar a acortar la vida útil de nuevas drogas peligrosas, al permitir que sean declaradas ilegales con mayor rapidez y quizá desalentar su producción.

“Les estamos diciendo a los productores de drogas: ‘Ya sabemos de la existencia de este compuesto, ya contamos con los estándares, ya es detectable’”, explicó. “Preferimos tener los datos antes de que un compuesto llegue al mercado masivo”.

El círculo se cierra

En marzo de 2021, el trabajo de análisis y predicción sobre los nitazenos fue publicado en dos artículos independientes pero relacionados en la revista ACS Chemical Neuroscience, de la American Chemical Society. Con el tiempo, esos trabajos volverían para perseguir al Dr. Krotulski cuando revisó el informe toxicológico del Sr. Raydon.

El primero de los artículos, firmado por Ujváry y varios funcionarios de alto rango de la Agencia de Drogas de la Unión Europea, revisaba investigaciones que se remontan a la década de 1950 para analizar distintas variantes de nitazenos y las formas en que esas moléculas podrían modificarse con el fin de crear otras nuevas, más o menos potentes. En el trabajo, los autores sostenían que gran parte de esa información ya estaba publicada; si los químicos clandestinos estaban revisando la literatura científica, ya conocían lo que Ujváry y sus colegas tenían para decir.

De hecho, para entonces ya habían empezado a aparecer nitazenos aún más recientes. En febrero de 2021, el protonitazeno —15 veces más potente que el fentanilo— surgió en Iowa y desde entonces provocó al menos 200 muertes. Otra variante, 40 veces más potente que el fentanilo, apareció en marzo de 2021 en Virginia Occidental y causó al menos 100 muertes.

El segundo artículo de 2021, escrito por otros investigadores —entre ellos Stove, de la Universidad de Gante—, analizó compuestos de nitazenos existentes, modeló otros hipotéticos y exploró cómo interactúan con el receptor opioide del cerebro.

No mucho tiempo después, algunas de las drogas mencionadas en esos dos trabajos comenzaron a circular por las calles por primera vez. En noviembre de 2022, el N-desetil isotinizonazeno apareció en una muestra de droga incautada en Florida; es 80 veces más potente que el fentanilo y fue detectado en al menos 40 sobredosis fatales, según Krotulski.

Luego, en octubre de 2023, surgió otro compuesto. Había sido uno de los hipotéticos mencionados en el segundo artículo y se llamaba N-desetil etonitazeno. Pero ahora se había vuelto real: era la droga que había matado a Raydon.

A diferencia de muchas drogas ilícitas nuevas, esta no pudo haber sido copiada directamente de la literatura científica antigua; la patente alemana original no había detallado su potencia ni su estructura. Esa información apareció recién en el trabajo “profético” de 2021, que, según Krotulski, puso al compuesto en el radar.

Confrontar el pasado

¿Habían contribuido de algún modo esos artículos a la muerte de Raydon? ¿Los toxicólogos forenses estaban prediciendo el futuro o, en realidad, lo estaban creando?

En noviembre de 2024, durante un simposio en Filadelfia, Simon Elliott, profesor visitante de toxicología forense en el King’s College de Londres, planteó la pregunta de manera directa a Ujváry, a Krotulski y a Stove.

“¿Existe la posibilidad —en este dilema del huevo y la gallina— de que, cuando proponen ciertos compuestos, los químicos ilícitos los vean y digan: ‘Hicieron el trabajo duro por nosotros, ahora ya sabemos cuál es la química’”?, preguntó Elliott. Y agregó: “¿Existe la posibilidad de que, en realidad, estén iniciando la tendencia?“.

El simposio, organizado por el laboratorio de Krotulski, había reunido a funcionarios de la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos y de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, además de científicos de todo el mundo. Durante tres días de exposiciones y paneles de debate, analizaron de dónde provenían las nuevas moléculas —en su mayoría, de la literatura científica y las patentes—, quiénes las estaban fabricando —laboratorios en India, China y México— y cómo frenar su propagación —con más químicos y más recursos—.

El primero en responder a la pregunta de Elliott fue Krotulski.

“La realidad es que sí, siempre existe esa posibilidad”, dijo. Caso por caso, añadió, por lo general no queda claro de dónde obtienen sus ideas los químicos clandestinos. “Nadie sabe realmente qué es lo que va a aparecer después”, continuó. “Así que se puede argumentar que tener esa información es más beneficioso para nosotros que no tenerla”.

Luego habló Ujváry. “Si yo puedo acceder a la literatura”, dijo, “ellos también pueden encontrar esas estructuras”. El desafío, agregó, era no estar un paso atrás, sino un paso adelante.

Stove coincidió. “Si nosotros podemos pensarlo, otros también pueden hacerlo”, dijo. “No somos tan inteligentes”. En una entrevista más reciente, Stove señaló que no sabía si el artículo había influido en la aparición del N-desetil etonitazeno. “No estoy del todo seguro de que no hubiera aparecido igual”, dijo, al agregar que la droga podría haber surgido de todos modos.

Entre el público que asistía al simposio en Filadelfia estaba Becker, la supervisora de la morgue que había participado en la autopsia de Raydon; Krotulski la había invitado a presentar el caso y el hallazgo del N-desetil etonitazeno en su organismo. Más tarde, dijo que le había resultado interesante que el intento de predecir nuevos nitazenos pudiera haber contribuido a su aparición. Aun así, valoró el esfuerzo por frenar su avance.

“Todos estamos tratando de mantenernos un paso adelante”, dijo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-nueva-guerra-contra-las-drogas-como-internet-se-convirtio-en-el-libro-de-cocina-del-narcotrafico-nid31032026/

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