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La Mesa de los Galanes: el ritual cotidiano que hizo de Fontanarrosa un mito

“Lo que más extraño del Negro es su silencio”, confiesa Ricardo Centurión desde la histórica y ya legendaria “Mesa de los Galanes”, en el no menos relevante bar El Cairo, en la ciudad d...

La Mesa de los Galanes: el ritual cotidiano que hizo de Fontanarrosa un mito

“Lo que más extraño del Negro es su silencio”, confiesa Ricardo Centurión desde la histórica y ya legendaria “Mesa de los Galanes”, en el no menos relevante bar El Cairo, en la ciudad d...

“Lo que más extraño del Negro es su silencio”, confiesa Ricardo Centurión desde la histórica y ya legendaria “Mesa de los Galanes”, en el no menos relevante bar El Cairo, en la ciudad de Rosario. Durante más de tres décadas, Roberto “El Negro” Fontanarrosa concurrió todos los días junto a una runfla de amigos a la misma mesa, donde también se sentaron Caloi, Sabina o Joan Manuel Serrat, entre otros notables.

“Nunca dimensionamos su fama; para nosotros era el Negro, nuestro amigo”, confiesa José Vázquez, quien, junto a Centurión, es de los últimos “galanes” que aún frecuentan la misma mesa del bar que recuerda a su más celebrado cliente con frases de sus personajes más idolatrados colgadas en las paredes, su imagen en los altos ventanales y una estatua en un rincón íntimo cerca de la cocina.

“El Negro veía lo que nadie podía ver”, dice Centurión. Primero: la mentada mesa tenía algunos protocolos. No se hablaba de temas profundos, jamás de política ni de religión. El propio Fontanarrosa lo explica en uno de sus cuentos del libro La Mesa de los Galanes, donde condiciona la temática de las conversaciones: “No se hablan de temas personales o importantes; para eso estaban las otras mesas periféricas, para no alterar la grata vaguedad de la tertulia ni introducir un motivo de tensión o profundidad metafísica en la sabia pelotudez de los discursos cotidianos”.

La mesa está ubicada al lado del mostrador, en el eje central del salón y con una visión panorámica de las calles Santa Fe y Sarmiento, en cuya encrucijada se ubica el bar. Hoy, esa esquina lleva el nombre de Serrat y Fontanarrosa. “El Cairo”, fundado en 1943, siempre fue un bar frecuentado por artistas (está a pocas cuadras de la facultad de Humanidades y Arte), intelectuales “y todo el zurdaje que andaba dando vuelta”, recuerda Centurión. “Nunca pensamos que esta mesa iba a ser una leyenda”, reconoce.

Anécdotas hay miles. Algunas muy recordadas. El fútbol fue y será el tema más importante sobre esta mesa. Pero el grupo de amigos fue más allá: hicieron su propio equipo con la camiseta de El Cairo, participaron de un campeonato y llevaron porristas. “Muchos llegaron al partido ebrios”, recuerda Centurión. El propio Fontanarrosa fue un jugador con relevantes habilidades. ¿Las porristas? “Al segundo partido, no vinieron”.

Cuando el Negro ya era una figura reconocida a nivel nacional, llegó un día Eduardo Galeano a Rosario; una de sus razones era ir a la mesa para encontrarse con Fontanarrosa. “Lo acompañé y lo buscamos juntos en el hotel; yo no podía creer que iba a verlo a Galeano; para el Negro era como ir a buscar a un tipo normal”, afirma Centurión. Ya en la mesa, en una pausa en la que Fontanarrosa va al baño, el escritor uruguayo se confiesa.

“Es un monstruo el Negro, te voy a contar algo: cada vez que yo escribo algo, él ya lo escribió”, sentenció Galeano aquella noche inolvidable en la mesa. Otro invitado de lujo fue Joan Manuel Serrat. También Centurión fue protagonista de otra confesión:

“Serrat me dijo: es de las personas que más admiro en el mundo, su obra es profunda, su sentido de la amistad”, recuerda Centurión. Aquello llamó la atención del cantor catalán. También su perfil está grabado en los ventanales del bar.

Otro español fue partícipe de la Mesa de los Galanes: Joaquín Sabina. Mucho antes de ser uno de los íconos de la música hispanoparlante, el cantautor español tuvo una relación cercana con Rosario y la visitó muchas veces. “Fui músico y cantaba canciones de él que eran totalmente desconocidas acá”, dice Centurión. Muchas de ellas hoy son himnos. Dos historias lo relacionan con la mesa.

“Una vez entramos a las 2 de la mañana y salimos a las 11, cerca del mediodía”, afirma Centurión. Entre botellas de vino y tabaco pasó la melancólica noche rosarina. Centurión no la olvida más. “Sabina me contó sus secretos; esto es lo que pasa en esta mesa, él adoraba a Fontanarrosa”, sostiene. Le reconocía muchas virtudes al Negro, sobre todo su capacidad de observación “y de recordar diálogos enteros que habíamos hablado muchos años atrás”, recuerda Centurión.

“Inventé una conferencia de prensa”, cuenta. Sabina aún no era conocido en la Argentina, pero su figura de alto bohemio se paseó por Rosario y, sobre todo, por el bar El Cairo. Para promocionar sus poemas y canciones, el rosarino tuvo una idea: aprovechar su presencia y organizar una conferencia de prensa.

Había un problema: nadie lo conocía. Encontró rápidamente una solución. “Comencé a llamar gente que pasaba por la vereda del bar y le daba un papel con una pregunta para que la memorizaran”, recuerda Centurión. Así fue la primera conferencia de prensa que tuvo Joaquín Sabina en Rosario. De esta clase de soñadores estaba constituida la Mesa de los Galanes. “Si lee esta nota, lo estamos esperando; lo queremos mucho”, dice.

El bar El Cairo, desde 1943 hasta 2001, nunca cerró. La crisis de aquel último año fue letal y, por primera vez, el clásico rosarino bajó las persianas. “Nos quedamos huérfanos”, dice Centurión. En 2004, un incendio devoró gran parte de sus instalaciones y, cuando parecía que el olvido lo había alcanzado, aparecieron los ángeles tutelares y lo restauraron. Ese mismo año reabrió y Rosario recuperó su punto de encuentro y los galanes, su adorada mesa.

“Es un emblema de lo rosarino”, dice Rubén Díaz, quien junto a su hermano es dueño y responsable de sostener en el presente y proyectar hacia el futuro un espacio que es, como el Monumento a la Bandera, indisoluble de la identidad de la ciudad. “Es parte de nuestra vida”, afirma. Algo que lo vuelve un bar y también un refugio para noctámbulos, trabajadores y soñadores. “Nosotros jamás cerramos, ni siquiera en feriados o en las fiestas; es un orgullo sostener este lugar”, dice Díaz.

“Para los que nos formamos con él, sus libros e historietas, El Cairo y la Mesa de los Galanes son lugares muy importantes”, afirma Fernando Santarelli, dueño del restaurante Negre y de familia gastronómica —su padre está al frente del mítico comedor Balcarce—, ícono de Rosario. “Muchas de sus mejores historias nacieron en esa mesa”, reflexiona. Hace hincapié en su gastronomía: “Están los mejores Carlitos de Rosario”. Este sándwich es un emblema de la ciudad: un tostado de jamón, queso y kétchup.

“Él nos traía sus libros, dedicados, y nosotros a eso mucha bola no le dábamos”, confiesa Centurión. “Se hizo famoso y nosotros salíamos al lado de él; se lo extraña mucho”, agrega. Aquel silencio del que habla y que añora ahora, con su ausencia, cobra otro sentido. Sus amigos comenzaron a ser protagonistas de sus historias. “Nos hacía hablar como realmente éramos, nos sacó la ficha a cada uno; tenía un gran talento”, sostiene.

La Mesa de los Galanes, publicado en 1996, es el epítome del trabajo del escritor de observar y escuchar a las personas y sus historias de la vida real para trasladarlas al papel. Muchos de los cuentos del libro tienen a los galanes como protagonistas. “Cuando él necesitaba alguna historia, venía a la mesa y ya la tenía”, asegura Centurión. Con los años, su figura entre los amigos se agigantó, aunque el propio Fontanarrosa fue el primero en evitar que su fama cambiara la ceremonia con ellos. Nunca cambió.

“Una vez nos dijo que se iba a Buenos Aires y no podía venir a la mesa”, cuenta Centurión. Al día siguiente todos supieron por qué. “Le habían entregado el Konex de Platino; así era el Negro, pura humildad”, agrega su amigo.

“De a poco el bar y la mesa se fueron transformando en una atracción turística”, dice José Vázquez. Hincha confeso de Rosario Central, su figura fue la única que logró borrar la profunda grieta con los simpatizantes de Newell’s Old Boys. “Jamás habló mal de la lepra —como se conoce en Rosario a los hinchas de Newell’s— y venían a saludarlo de los dos clubes”, dice Centurión.

Algunas intimidades de su vida. Fue un pésimo estudiante, no por mala conducta. “Él se la pasaba haciendo dibujitos”, dice Centurión. Nunca le gustó vivir en Buenos Aires, se crió en el centro de Rosario y no le gustaba el campo. Una duda lo persiguió siempre. “Una vez fue al campo y volvió a la ciudad a dormir a la noche”, recuerda, y se pregunta: “¿Cómo hizo para crear a Inodoro Pereyra? ¿Cómo conoció tanto el campo si no le gustaba?”. Misterios del arte.

En 2003 le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica. Allí su vida cambió. “El Negro se cuidaba mucho”, afirma Centurión. Con el tiempo reconoce algunas señales, pero jamás pensó que le podía pasar algo a su amigo. “A veces se le caía un vaso y no me animaba a decirle si tenía un problema en la mano, que era con la que dibujaba”, dice. En 2006 comenzó a usar silla de ruedas. Siempre que podía volvía a la mesa. “Fue una enfermedad muy dura”, le cuesta hablar y reconocer su ausencia.

El 19 de julio de 2007, Fontanarrosa falleció y con él, un sostén de la cultura popular argentina y un monumento de la identidad rosarina. “Jamás quiso dejar esta ciudad”, confiesa Centurión.

La Mesa de los Galanes lo recuerda. Sobre un vidrio hay docenas de fotos de los mejores momentos. Fontanarrosa está en todas. Las patas de la mesa simulan las de una mujer; no es un capricho, sino un símbolo para este grupo de amigos. Están pintadas con los colores de Rosario Central, Newell’s y Central Córdoba, que eran los temas de los que más se hablaba.

“Nosotros extrañamos a un amigo”, concluye Centurión.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-mesa-de-los-galanes-el-ritual-cotidiano-que-hizo-de-fontanarrosa-un-mito-nid13062026/

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