La larga tradición “conspiranoica” argentina
Ante la ola de teorías conspirativas de distinto rango y nivel de sofisticación respecto del duro desenlace que tuvo el partido final del Mundial de fútbol del domingo pasado, nada mejor que rec...
Ante la ola de teorías conspirativas de distinto rango y nivel de sofisticación respecto del duro desenlace que tuvo el partido final del Mundial de fútbol del domingo pasado, nada mejor que recordar el principio de Ockham: frente a un hecho que puede ser explicado de maneras diferentes, priorizar siempre la más sencilla. Si no es satisfactoria, recién entonces tiene sentido explorar conjeturas más complejas. El nombre de este postulado es en honor a un gran pensador escolástico del siglo XIV, el filósofo y sacerdote franciscano Guillermo de Ockham, uno de los fundadores del nominalismo, que planteó que no es necesario buscar hipótesis alternativas sin que antes fracasen las causas más obvias (pluralitas non est ponenda sine necessitate). Considerando el desarrollo del partido frente a España y el nivel en que la selección nacional había jugado durante el torneo, fundamentalmente frente a Cabo Verde, Egipto, Suiza y buena parte del clásico con Inglaterra, parece lógico concluir que perdimos frente a un excelente rival y muy justo campeón, a quien le anotaron solo un gol en 8 partidos y que nos superó futbolística, física y mentalmente durante casi 130 minutos con absoluta claridad. Para ganar hay que saber perder, reconocer las virtudes del rival, valorar la enorme entrega, sacrificio y compromiso de nuestro equipo y poner el esfuerzo en lo que viene: la finalísima en Qatar (¡gran oportunidad de revancha!), Copa América 2028 y Mundial 2030.
Las teorías conspirativas mezcladas con la paranoia (de allí el concepto de “conspiranoico” tan usado estos días) tienen una larguísima tradición en todas las culturas, incluidas (¡sobre todo!) las más profundas raíces occidentales. Homero nos enseñó que los dioses pueden conspirar si se encolerizan frente a determinadas acciones de los humanos. Y no es infrecuente encontrar ejemplos donde las conspiraciones existieron, como es el caso del cobarde asesinato del gran Julio César, donde además hubo dosis importantes de traición y ambición desmedida. La historia política a partir de la Edad Media contempla episodios que dieron lugar a las interpretaciones más antojadizas y hasta contradictorias, en las que aparecen todo tipo de prejuicios raciales (como durante la Inquisición, sin caer en el error de la descontextualización), que se repitieron sin solución de continuidad a lo largo de los siglos y llegaron a abundar durante las últimas semanas. A propósito, los que en ocasión del Mundial viajaron a Dallas seguramente visitaron una de sus atracciones turísticas: 498 Elm St., el lugar donde fue asesinado JFK. Pasados 63 años, aún se tejen todo tipo de controversias respecto de los autores intelectuales de ese magnicidio. Y los que en Nueva York fueron al Ground Zero, el impresionante monumento emplazado en lugar de las Torres Gemelas derribadas en los atentados del 11/9/2001, se habrán sorprendido por las absurdas teorías que circulan al respecto luego de un cuarto de siglo en el que la guerra y el terrorismo se volvieron penosamente parte de nuestra vida cotidiana.
Es justo reconocer que nuestro país es afín a esa clase de especulaciones, a menudo relacionadas, con o sin razón, con hechos históricos significativos. En el siglo XIX tuvimos casos notables, como la conspiración realista liderada por el acaudalado comerciante Manuel de Álzaga en 1812 en contra del Primer Triunvirato, la Logia Lautaro (una sociedad secreta masónica integrada, entre otros, por San Martín, O’Higgins y Carlos María de Alvear), las múltiples denuncias durante el rosismo que terminaban en furiosas represiones a dirigentes unitarios, la misteriosa actitud de Urquiza en la Batalla de Pavón, de la que se retiró prácticamente sin luchar y que dio pie a la unificación de la Confederación con la Provincia de Buenos Aires…
Tal vez el texto donde esta tradición cuaja de manera más articulada sea La Bolsa, de Julián Martel, a propósito de la gran crisis de 1890 (renuncia de Juárez Celman incluida), donde argumenta que la inmigración en general y la judía en particular (por entonces muy incipiente) habían sido responsables del default y la caída en el valor de las acciones en la ilustre Bolsa de Comercio porteña (que acaba de celebrar su 172º aniversario y fue un actor fundamental en la rápida recuperación de la economía liderada por Carlos Pellegrini). Hablando de defaults, pocos políticos fueron más desconfiados que el propio Néstor Kirchner, que difícilmente hubiera trascendido los límites de su provincia si no fuera por la gran crisis de comienzos de siglo. De hecho, a partir del escándalo de Antonini Wilson, desarrolló una sensibilidad muy especial: estaba convencido de que “los gringos le habían picado el boleto”, como gráficamente afirmó un integrante de su gobierno, como venganza por las humillaciones sufridas por George W. Bush durante la Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en noviembre de 2005. Por eso malinterpretó el conflicto por la resolución 125 como parte de una conspiración para derrocar a Cristina, a la que supuestamente se habían sumado el Grupo Clarín (que informaba, como el resto de los medios, sobre los piquetes de los productores), la Iglesia (que se oponía a la expansión del juego, uno de sus negocios, en el Hipódromo de San Isidro) y el mercado financiero (que aceleró la sempiterna dolarización de activos frente a la profundización de la crisis). Por eso los Kirchner pensaron en renunciar luego del “voto no positivo” de Julio Cobos: creían que la situación se volvería ingobernable. Nada de eso ocurrió. Cristina logró en 2011 su reelección con cifras récord. Probablemente, Néstor falleció convencido de su antojadiza versión de los hechos.
Un caso bastante similar es el de Javier Milei, persuadido de que la corrida cambiaria del año pasado fue fruto de una confabulación para entorpecer su gestión y promover su caída por parte de “los kukas” y algunos socios en el sector privado, cuando en rigor la dolarización de carteras es un clásico nacional, sobre todo en contextos preelectorales y si el Banco Central no acumuló reservas, decisión tomada en su momento por el propio Milei (contradiciendo el acuerdo que acababa de firmar con el FMI y la independencia de la institución que ahora tanto reclama). Ni Kirchner ni Milei hicieron una denuncia en la Justicia por violación de la ley de defensa de la democracia (23.077), pues no había fundamentos para activar una investigación penal.
Al margen de tantos rumores sobre conspiraciones y supuestas campañas “antiargentina” (un concepto que no se escuchaba desde otro Campeonato Mundial, el juvenil de 1979, en plena dictadura militar), resulta particularmente patética la acusación de que el nuestro es un país racista por el simple hecho, explicable por nuestra evolución demográfica, de que no hay jugadores negros en el equipo nacional (como si su presencia implicara lo contrario, cosa que contradice la narrativa de los supuestos defensores de derechos civiles, que apuntan a la discriminación que siguen sufriendo en sus respectivos países, cosa que nadie puede poner en duda). De todas formas, vale la pena recordar a Alejandro de los Santos, un goleador afrodescendiente que integró la selección en la década de 1920; José Manuel Ramos Delgado, legendario defensor de River e integrante del equipo nacional en los mundiales de 1958 y 1962, y luego capitán y campeón de la Copa de las Naciones en 1964, y a Héctor “Chocolate” Baley, el arquero que integró el plantel campeón de 1978, que enfrentó en la final a Países Bajos, donde entonces no había ni un solo jugador negro. Existen sin dudas bolsones de racismo e intolerancia en nuestro país, pero si hay algo que funcionó de forma magnífica fue la convivencia e integración de inmigrantes provenientes de las culturas más diversas y que muy pronto se sintieron sincera y pasionalmente argentinos.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-larga-tradicion-conspiranoica-argentina-nid24072026/