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La increíble vida de Eduardo Gordo Moore, el hombre que cambió la historia del polo, “el que inventó todo”

“Jorge, perdón que lo moleste. Estamos preocupados. El Gordo no apareció por Nueve de Julio y hace horas que no lo podemos encontrar. Quería tenerlo al tanto porque usted siempre está cerca d...

La increíble vida de Eduardo Gordo Moore, el hombre que cambió la historia del polo, “el que inventó todo”

“Jorge, perdón que lo moleste. Estamos preocupados. El Gordo no apareció por Nueve de Julio y hace horas que no lo podemos encontrar. Quería tenerlo al tanto porque usted siempre está cerca d...

“Jorge, perdón que lo moleste. Estamos preocupados. El Gordo no apareció por Nueve de Julio y hace horas que no lo podemos encontrar. Quería tenerlo al tanto porque usted siempre está cerca de él y sabemos que le había pedido los caballos para ir a jugar a Santa María”.

Es el viernes 20 de junio de 1986. Día de la Bandera. Jorge es Mac Donough, veterinario de profesión. Polista. Padre de Pablo, multicampeón de Palermo con Ellerstina y La Dolfina, y de Matías, también jugador de alto handicap. Jorge Mac Donough fue concuñado de Eduardo Moore: ambos se casaron con las hermanas Mercedes y María Arriola, respectivamente. Cuando recibió aquella llamada de uno de los colaboradores de Moore en la estancia de Nueva Escocia Polo Club, de la ciudad bonaerense de Carlos Casares, dejó el Haras La Irenita, en Daireaux (a unos 150 kilómetros), se subió a la avioneta (como solía hacer) y se fue para Casares. Algo no estaba bien. Lo intuía.

Pero, ¿quién era el Gordo Moore? ¿Cuál fue su trascendencia en el polo argentino y mundial? ¿Por qué era archiconocido en Inglaterra? ¿Qué vínculos tenía con la realeza británica y hasta con el mismísimo Haji Hassanal Bolkiah, Sultán de Brunei? ¿Es cierto que inventó todo? Vale la pena meterse en la vida de un personaje fascinante, único, querible. La llave de todas las puertas en el polo profesional.

Los vínculos del Gordo Moore con el polo británico comenzaron en los años sesenta. Y rápidamente se ganó la simpatía de todos. Era un polista talentoso, diferente, pero sobre todo, una mente brillante

Hace unos 20 años, cuando en una entrevista, a Gonzalo Pieres, nueve veces campeón del Abierto de Palermo, se le mencionaba que había inventado el profesionalismo de elite del polo en la Argentina junto con el magnate australiano Kerry Packer (alias “el Rey de las propinas” y el hacedor de la organización Ellerstina), el padre de Gonzalito, Facundo y Nicolás, hoy jugadores de la Z, puso una pausa obligada. “Pará, yo no inventé nada. El que inventó todo fue el Gordo Moore. Ese sí que la tenía clara. Yo aprendí algunas cosas de él. Pero como Moore no habrá ninguno en la historia del polo”.

Oriundo de Carlos Casares, nacido el 18 de octubre de 1941, el Gordo Moore fue un personaje que dejó una marca en cada persona que conoció. Se volcó al polo de joven, pero de una manera diferente a la de la mayoría. ¿Cuál es la hoja de ruta de los jugadores argentinos, los mejores del mundo en esta disciplina? Formarse desde pequeños, con una idea fija desde que se suben por primera vez a un caballo y van a ver un partido al Campo Argentino de polo en Palermo: ganar esa copa. Viven para y por ello. Es la obsesión. Después están la crianza de caballos, los viajes profesionales, mejorar la organización. Pero ganar Palermo es la meta principal. Y de ahí, jugar afuera con patrones. Bien, ¿quién inventó esto último? El Gordo Moore.

Moore entró en círculos selectos y hasta se codeó con la realeza. No podían faltar vínculos con el Príncipe Carlos, otro apasionado por la práctica del polo. ¿Qué tan estrecha resultó esa relación? Fue invitado en julio de 1981 a la ceremonia de casamiento con Lady Di

“Al Gordo no le importaba jugar el Abierto. Viste que nosotros siempre tratamos de tener los mejores caballos acá para poder ganar y después conseguir buenos contratos profesionales afuera. Bueno, Moore buscaba siempre estar a pleno en Inglaterra. Jugaba en Argentina, sí, pero para él la prioridad era Inglaterra. Allá siempre fue Gardel. Lo que Juancarlitos Harriott era en Argentina, el Gordo lo era en Gran Bretaña. Una personalidad como no te podés imaginar”. El retrato es de Alejandro Garrahan, el jugador que más fuerte le pegó a la bocha en los últimos 50 años y ganador en Palermo en 1986, con Indios Chapaleufú. Pero además, compañero de Moore durante varias temporadas en la formación de Nueva Escocia.

Los vínculos del Gordo Moore con el polo británico comenzaron en los años sesenta. Y rápidamente se ganó la simpatía de todos. Era un polista talentoso, diferente, pero sobre todo, una mente brillante. De alguna forma cambió el juego, que por aquellos tiempos era bien lineal, con golpes para adelante y para atrás (backhander). Moore cortaba los caminos con golpes angulares, cogotes (pegar por debajo del pescuezo del caballo) y hasta ensayaba redondillas, es decir, girar sobre el montado para continuar la jugaba de frente al arco rival. Un adelantado de lo que se ve hoy en día.

Su vinculación con los poderosos hermanos Sam y Marc Vestey le permitieron crecer en Inglaterra, donde llegó a 10 goles de handicap y ganaba las principales competencias. Fue el nacimiento del polo con patrones: un jugador de alto handicap a cargo de la formación, haciendo el grueso del trabajo dentro de la cancha. ¿Cómo concretarlo? Con buenos caballos. Ahí estaba la explicación: todo caballo destacado que encontraba iba para Inglaterra. Su “Abierto de Palermo”.

En la Argentina muchos hablaban de un Gordo Moore introvertido, pero en Inglaterra afloraba una personalidad diferente. Divertido, ameno, entrador. Los que lo trataron hasta hablaban de “bromas pesadas” que lo tenían como autor intelectual. Lo cierto es que todos se divertían con él y Moore se las ingeniaba para divertir a todos. Era “Eddy” para todo el mundo.

Activo participante en reuniones sociales, de las muchas que suele haber en las competencias internacionales, Moore entró en círculos selectos y hasta se codeó con la realeza. Obviamente no podían faltar vínculos con el Príncipe Carlos, otro apasionado por la práctica del polo. ¿Qué tan estrecha resultó esa relación? Fue invitado en julio de 1981 a la ceremonia de casamiento con Lady Di, nada menos.

Ahora bien, ¿qué pasaba con el Gordo Moore en la Argentina? ¿Qué representaba Nueva Escocia en su vida? Se trata del club que creó en Carlos Casares, en la estancia que era propiedad de su madre, de apellido Drysdale. Mente prodigiosa, no pensó solamente en construir unas canchas de polo para jugar con los amigos: lo proyectó como negocio. Nueva Escocia albergó 5 canchas, salones e instalaciones para recibir invitados especiales. ¿Quiénes eran? Normalmente extranjeros. Creó una escuela de polo, donde asistían para aprender los secretos de este deporte con un maestro del taqueo. Una modalidad que décadas más tarde se propagaría, con servicios varios relacionados con el deporte y el campo en diferentes estancias de las zonas de Pilar y Open Door. Moore hacía las cosas antes que todos.

El Gordo, además, tenía una casaquinta en el centro de Carlos Casares, donde alojaba a sus visitantes ilustres, con todas las comodidades. Polo, asados, buenos caballos, comidas típicas, buena onda. Un programón para los invitados que acudían atraidos por el magnetismo de un personaje todoterreno.

Los caballos del sultán

Cuenta la historia que muchos empresarios famosos tomaron clases en Nueva Escocia. Hay incluso videos didácticos que elaboraban con Daniel Devrient, otro reconocido polista con quien jugó mucho tiempo en Inglaterra y en la Argentina. En las historias que pasan de boca en boca se habla de que alguna vez habría pasado por Carlos Casares el mismísimo Sultán de Brunei, una de las personas más ricas del mundo, también amigo del Gordo Moore y con una anécdota imperdible.

“El Gordo jugaba con el patrón Sam Vestey, y el hermano de éste, Marc, con el Gordo Barrantes (Héctor, criador famoso y expareja de Susan Barrantes, madre de Sarah Fergusson) y con Nicky Williams, hijo de Jack Williams, que fue edecán del Sultán de Brunei. Un día, allá por 1975, llama Jack pidiendo caballos de manera urgente para el Sultán. Pero no 5, 10 caballos: más de cien querían. ¡Una locura! ¿Cómo hacés para conseguir semejante cantidad? Bueno, se juntaron los dos gordos y a los pocos días salió el embarque para Brunei. ¡Fueron 116 caballos de polo! Récord histórico. El primer Jumbo 747 sólo con caballos. ¡Un disparate! Sólo Moore era capaz de una cosa así. Por eso fue único”, cuenta Garrahan sobre, probablemente, el episodio más increíble relacionado con la venta de caballos de polo.

Moore jugando en Palermo contra ChapaleufúAsí jugaba el Gordo Moore

Es que el Gordo Moore era una máquina de conseguir caballos. Pasaba unos seis meses al año en Inglaterra, pero cuando estaba en la Argentina salía en su avioneta e iba por todo el país buscando petisos de polo. “Moore era muy entrador, un gran vendedor de caballos. Tenía una especie de monopolio. O pasabas por el Gordo o no conseguías caballos. Yo tenía dos referentes. Afuera el Gordo, acá Juancarlitos Harriott. Eran tipos distintos. Uno un profesional de lujo: Harriott acá. Se cuidaba en las comidas. Todo. Y el Gordo Moore, en el exterior, era como el Juancarlitos de acá. No le ganaba nadie. No sólo carismático: cuando tenía 10 goles, los demás tenían que tener 9″, lo describe con admiración Gonzalo Pieres.

¿Por qué esa devoción de Pieres, uno de los más grandes polistas de Argentina, por Moore? Hay una historia ahí también. Gonzalo guardaba una relación muy estrecha con él. Que empezó cuando tenía apenas 19 años... “En 1975, Moore me llevó como petisero a Inglaterra, para trabajar con los Vestey, los patrones más fuertes que había. De petisero literalmente hablando. Yo tenía 3 goles de handicap. De pronto, me invitó a jugar la Coronation Cup y podría decir que ahí me hice polista, porque sólo jugaba en Lobos, en Monte. Ahí empezó mi carrera. El Gordo era muy revendedor de caballos, probaba en todo el país y traía gente de afuera en serio. Así fue su relación con Brunei, muy fuerte. En Estados Unidos yo empecé con Peter Brant como patrón gracias a Moore. Y me quedé 10 años. En España fue clave para el desarrollo en Sotogrande. En Inglaterra fue el número uno por afano durante 15 años”, rememora Gonzalo, con absoluta admiración.

Después de ese viaje, Gonzalo Pieres se instaló durante un año y 8 meses en Nueva Escocia para trabajar con Moore y ahí conoció de cerca todos los movimientos relacionados con la organización de polo. El destino quiso, también, que contra el propio Gonzalo, el Gordo jugara su último partido del Abierto de Palermo con la camiseta de Nueva Escocia.

Fue el 9 de noviembre de 1985. El debut en el torneo de Moore, con su amigo, Ezequiel “Pilo” Fernández Guerrico, Valerio Zubiaurre y “El Grandote” Alex Garrahan. Una derrota lapidaria por 27-3 en la cancha 1 de Palermo frente a La Espadaña, que era el campeón y contaba con el debut del mexicano Carlos Gracida, jugando junto a Gonzalo y Alfonso Pieres y Ernesto Trotz. Luego, el certamen, que ya venía demorado por lluvias, se interrumpió por la epizootia equina. Continuó, con cuatro formaciones, en abril/mayo de 1986 (volvió a ganar La Espadaña). Pero Nueva Escocia ya no volvería a ser de la partida.

El efecto Malvinas

“¿Cómo se tomó el Gordo aquella derrota catastrófica con La Espadaña? Normal. No te voy a decir que le divirtió, pero tampoco era de amargarse mucho. Si a veces los amigos lo anotaban engañado en los torneos... Porque siempre pensaba en el polo de afuera más que en la Argentina. Aunque aquella vez ya hacía tiempo que no podíamos ir a Inglaterra por el tema Malvinas. Eso creo que le cambió el ánimo. Nunca pudo volver ahí”, señala Garrahan.

Tal cual. En abril de 1982, cuando todos los polistas argentinos se preparaban para ir a la temporada británica, que incluía los torneos tradicionales por la Queen’s Cup, Cirencester y el British Open, se desató el conflicto bélico en las islas Malvinas y se cerraron las fronteras para los habitantes de nuestro país. Los torneos siguieron haciéndose con ingleses, franceses y polistas de otras nacionalidades, pero no con argentinos. Golpazo para todos, pero en especial para Moore. Y la reapertura para argentinos llegaría recién en 1988. Demasiado tarde.

Otro de los que tuvo estrecha relación con el Gordo Moore fue Eduardo Novillo Astrada, exintegrante de La Aguada y La Cañada y campeón de la Copa República Argentina 1990 con sus hijos, Eduardo, Miguel y Javier. “En aquellos tiempos, a comienzos de los años setenta, yo vivía en Inglaterra, trabajaba en un banco. Recién me había casado. Conocí al Gordo y me presentó a su patrón en España, Ramón Mora Figueroa. Nos fue muy bien. Y ahí me invitó para jugar con él en Argentina. Yo tenía 5 de handicap. Fue el comienzo de nuestra relación”, cuenta Taio.

Jugaron juntos, en Nueva Escocia, entre 1973 y 1978. Con el Gordo Barrantes, con Pilo Fernández Guerrico, con el inglés Julian Hipwood, con Gonzalo Pieres. La relación llegó a tal punto que Moore fue padrino de Ignacio Novillo Astrada, uno de los hijos de Taio. “Fue un tipo de una generosidad increíble, un corazón enorme. Me hacía acordar a Bautista Heguy: cuando arrancaba era explosivo, si se te iba en los primeros cinco metros no lo agarrabas más. Era livianito, pesaba 63 kilos. Y era de los pocos que cambiaba caballo en medio del chukker. Lo hacía tan rápido que ni te dabas cuenta”, apunta Novillo Astrada. Moore también fue un adelantado en eso de jugar más de un caballo por chukker.

Taio, y muchos otros, recuerdan especialmente algunos partidos del Gordo Moore en Palermo, sobre todo uno con Coronel Suárez en el que brilló hasta promediar el quinto chukker y tuvo a maltraer a la formación legendaria que integraban Juancarlitos y Alfredo Harriott y Alberto Pedro y Horacio Antonio Heguy. En esa ocasión, Moore se había montado como nunca antes para un partido en el Argentino Abierto y era imparable, sobre todo arriba de un caballo: El Capricho. Su estilo de juego era complicado de contrarrestar porque se salía del libreto, cambiaba los parámetros tradicionales del polo. El propio Juancarlitos destacó más de una vez que uno de los rivales más complejos que tenía, además de Santa Ana en el clásico de aquellos tiempos, era Moore.

Porque el Gordo, de alguna manera, fue el inventor del dribbling, ese polo que años más tarde trajeron del exterior los polistas argentinos a la Triple Corona. De juego corto, posesión, bloqueos, caballos que frenan y arrancan para el otro lado. Moore, según descripción de Novillo Astrada, Garrahan y Pieres, fue como la semilla de un polo que décadas después tomarían los Adolfo Cambiaso, Facundo Pieres y muchos cracks que hicieron y siguen haciendo historia en el polo nacional. El juego diferente. “El Gordo jugaba la pelota”, describe Pieres.

“Era un tipo extraordinario, increíble, amiguero. No podría sino hablar bien de él. Además de todo lo que hizo en el polo, era buena persona. Fue el padre del profesionalismo, la persona que abrió los mercados afuera”, dice Taio, conmovido en el recuerdo. Y se mete en las anécdotas. “Los primeros años me daba los caballos. ¡Pero eran distintos todos los fines de semana! Me los cambiaba. Llevaba y traía caballos para todos lados. Era imposible armar una lista fija con él. Era el pedo”.

Y se mete Taio en una curiosidad: Moore no jugaba sólo el alto handicap. “Noooo. El Gordo jugaba todos los niveles. En Inglaterra tenía 10 de handicap y participaba en torneos de hasta…8 goles en total. Formaba equipo con un cero gol y con dos que tenían menos uno para dar los 8 goles. ¡Jugaba solo! No le dejaba tocar la pelota a nadie. Una vez salió para el lado equivocado, a propósito, y se iba a hacer un gol en contra. ‘Eddy nooo, Eddy nooo, wrong side, wrong side (lado equivocado)’, le gritaban los tres compañeros. Llegó hasta el arco, se paró en la línea y preguntó: ‘What do you say? (qué dicen?)’. Entonces salió desde ahí y metió el gol en el otro arco. ¡Un monstruo!”.

Otro día no podía asistir a jugar unos partidos porque tenía un imprevisto en Nueva Escocia… “Una vez, en Miami, conoció a la secretaria del rey de Jordania en un evento. Un mercado diferente se abrió de golpe. Al poco tiempo lo llamó el rey para pedirle 30 caballos de polo y le mandó cuatro emisarios al campo. Bueno, estaban ahí. Eran todos militares. El Gordo invitó a un sargento, que en realidad no jugaba al polo sino que hacía equitación, a probar algunos de los caballos que se iban a llevar. ¡El tipo se pegó un golpe bárbaro! Lo llamo al Gordo para avisarle que teníamos partidos en Buenos Aires y me dice: ‘No puedo ir ahora, tengo acá a un jordano dormido de un golpe’. ¡No lo llevó al hospital ni nada! Por suerte se despertó al rato. De esas historias tiene miles”, remató Novillo Astrada.

En algunos posteos de redes sociales, cada tanto surgen recuerdos de Moore muy conmovedores. De cómo era puertas adentro. En Nueva Escocia, sus empleados no lo sentían como el patrón, sino como un amigo más. Recuerdan las reuniones de fin de año, los eventos especiales que era capaz de organizar con tal de ver bien a toda la gente que quería. De una vez que llevó hasta un circo a la estancia para que disfrutaran las familias de una función especial. Por todo eso, entre tantas cosas, se habla de una persona extraordinaria.

El cumpleaños al que no quiso faltar

“Si me decías qué tipo no se iba a deprimir nunca en su vida, te decía el Gordo Moore”, sintetiza Gonzalo Pieres. Otro de sus amigos recuerda lo que pasó una vez que llegaron a Brunei, en la isla de Borneo, en el sudeste asiático. “Íbamos un mes. Había una pileta inmensa, suites. Tenía tendencia a estar solo y medio encerrado. La primera vez que fui, nos vinieron a buscar, fuimos a un supermercado y se compró un pasacasette grande y muchos casettes. Se metió en el cuarto, pidió que le llevaran la comida ahí y se quedó encerrado un día y medio. Me llamó la atención”.

El cierre de fronteras con Inglaterra le cambió el humor. Sentía que algo le faltaba. Seguía buscando caballos, seguía siendo amigable, pero algunas cosas empezaron a salir mal. Tuvo un amigo que le manejaba los aspectos comerciales y nunca le falló: siempre fue y será su amigo Willy. Otro empresario, al cual imprevistamente le confió años más tarde esos manejos, no le habría respondido de la misma manera y le dolió enormemente, más allá de la pérdida material. Nunca lo entendió.

A nivel sentimental, el Gordo Moore tuvo dos parejas y cuatro hijas. Con la primera mujer, Jamima Campbell (fallecida en febrero de 2021, a los 74 años), nació Sofía; con la segunda, María Arriola, llegaron Celina, Josefina y Mía.

Dentro de las muchas particularidades que tenía Moore, una llamaba poderosamente la atención. Así como la mayoría de los polistas, cuando viajan a jugar al interior suelen quedarse en el lugar del torneo, el Gordo era un hombre bien de Carlos Casares, ciudad ubicada a 310 kilómetros de Buenos Aires. Si jugaba a las 2 de la tarde en Hurlingham, a las 4 terminaba el partido y se volvía a Casares. Jamás se quedaba. Iba y venía por la ruta con su Peugeot 504.

Otra de sus características, cuando estaba en la Argentina, era paradójica si se repara en la activa vida social que desplegaba en el exterior: no le gustaba ir a fiestas. Pero aquella vez era especial...

Fue el viernes 13 de junio de 1986. Su compañero de Nueva Escocia, Alex Garrahan, cumplía 40 años y lo celebraba en Stud Book, en el centro porteño. Era una reunión diferente. Alex tuvo que hacer un trabajo fino para convencerlo. “¡Lo que me costó! Le insistí tanto que al final me dice: ‘Voy con una condición. Que me sientes de un lado a Willy (Fiorito) y del otro a Pilo (Fernández Guerrico)’. Vino, estuvo ahí sentado entre sus dos grandes amigos. La pasó bien. Fue justo una semana antes de que me llamaran cuando estaba por jugar un partido en La Espadaña, en Lobos, para contarme la noticia...”.

Eduardo Moore le había pedido a su concuñado Mac Donough que le mandara algunos caballos a Nueve de Julio, al club Santa María, de la familia Lalor, para disputar un torneo. Pero nunca llegó. Era el viernes 20 de junio. Un momento peculiar en la Argentina: faltaban dos días para el choque por los cuartos de final del Mundial de México entre el seleccionado e Inglaterra. Sí, el partido de La Mano de Dios y del gol de todos los tiempos.

Algunos relatos mencionan que Moore se tiró a dormir un rato en Nueva Escocia antes de ir a Nueve de Julio y que desde ahí le perdieron el rastro. Desde Santa María surgió la inquietud ante la imprevista ausencia de un “infaltable”. Lo buscaron intensamente durante horas y horas. Averiguaron a nivel policial y hospitales también ante la eventualidad de que se hubiera producido un accidente vehicular en el trayecto entre ambas localidades, de unos 50 kilómetros por la ruta nacional N° 5. Nada.

Fue entonces cuando Jorge Mac Donough recibió aquella llamada preocupante. Él ya había notado cierta angustia y tristeza en Moore y por eso muchas veces, cuando Eddy lo llamaba, se iba inmediatamente a verlo desde La Irenita hasta Nueva Escocia.

Finalmente, luego de una búsqueda incesante, lo encontraron dentro del tronco de un eucalipto grande, de esos a los que le queda un hueco cuando es quemado. El Gordo había tomado la decisión de quitarse la vida. Tenía apenas 44 años. Quizá sin saberlo, había dejado un legado imborrable para la historia del polo. Hoy en día, en Estados Unidos y en Inglaterra, se juegan torneos y se entregan premios especiales en su memoria.

“Quizá por su personalidad, el Gordo no alcanzó la trascendencia que realmente tuvo en el polo mundial. En Inglaterra lo único que le faltó es que le pusieran Lord. Tenía un don especial para estar comunicado con la gente, para abrir mercados. No se ha profundizado en lo que fue su vida porque no se exponía públicamente. No era una persona famosa, como la exposición que tienen hoy las grandes figuras del polo”, afirma Garrahan.

“El que inventó todo fue el Gordo Moore”. La frase de Gonzalo Pieres es el testimonio de una sentencia irrefutable y para siempre.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/polo/la-increible-historia-de-eduardo-gordo-moore-el-hombre-que-cambio-la-historia-del-polo-el-que-nid19082022/

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