La IA aprovecha el descrédito generalizado
Hay cosas que damos por hechas y solo echamos en falta cuando más las necesitamos. Pienso en las instituciones. Desde las Naciones Unidas y el Congreso, por ejemplo, hasta la Justicia o la prensa....
Hay cosas que damos por hechas y solo echamos en falta cuando más las necesitamos. Pienso en las instituciones. Desde las Naciones Unidas y el Congreso, por ejemplo, hasta la Justicia o la prensa. Su descrédito ha crecido justo en el momento en que más falta hacen, cuando el mundo transita una etapa de gran incertidumbre en la que muchos analistas ven una crisis civilizatoria.
Otros momentos de zozobra global, como por ejemplo la crisis financiera de 2008, fueron superados por instituciones que, bien o mal, los supieron encauzar. Pero hoy parece que los vientos de cambio –que arrecian desde varios frentes, aunque en todos incide la tecnología- las están esmerilando gradualmente para dar vuelta la página e iniciar otra era muy distinta, en la que la lógica de los algoritmos podría prevalecer y eclipsar del todo los valores que nuestra parte del mundo abrazó en los papeles y persiguió durante los últimos dos siglos. Lo haría, paradójicamente, por aislar y entronizar uno solo de los motores de la civilización que está siendo desplazada, la razón práctica, en contra de las advertencias de larga data de aquellos pensadores que, como Tzvetan Todorov, proponían una visión menos cientificista y más humanista de los postulados de la Ilustración.
Hoy la incertidumbre es tal que nadie sabe a ciencia cierta lo que puede ocurrir con el mundo y la humanidad en el futuro inmediato. En su optimismo, Elon Musk dice que la inteligencia artificial liberará a la gente del trabajo y le proveerá de todo aquello que necesite. Yuval Noah Harari hace sonar otra campana y advierte que en diez años la IA será capaz de reemplazar a los humanos en la toma de decisiones y hacerse del control del mundo. Eso ocurrirá, agrega, a menos que las instituciones detengan a tiempo –ahora mismo- el desarrollo de esas inteligencias tanto más poderosas que las de los seres humanos. El contrapunto entre ambos se puede apreciar en dos entrevistas recientes con uno y otro que hizo en video una periodista de The Economist.
¿Estamos asistiendo a la agonía de las instituciones frente al avance de los algoritmos y del mundo que imponen?
Podríamos decir que hoy en el mundo se libra un duelo sordo entre dos fuerzas que luchan entre sí para prevalecer. Aunque una de ellas parece imparable, todavía cabe la duda: ¿estamos asistiendo a la agonía de las instituciones que conocemos frente al avance de los algoritmos y del mundo que imponen?; ¿o serán capaces, estas instituciones, de sacudirse la modorra para recuperar el terreno perdido y asumir de nuevo el sentido y el papel con el que fueron creadas?
En síntesis, ese sentido no es otro que el de representar a las gentes y a los pueblos para hacer frente a problemas y conflictos que demandan, por su envergadura, grandes debates y grandes acuerdos. Pero hoy una de las crisis severas de las democracias es, precisamente, la crisis de representación. La gente ya no cree en quienes tienen el mandato de representarla y opta por alzar su voz o su grito en la Babel de las redes, lo que aumenta la confusión general. Escéptica, ya no espera mucho de sus mediadores, que por su parte no se muestran capaces de establecer diálogos constructivos, ni en el país ni en el orden global, para transmitir certidumbre o darle un rumbo inteligible a los días.
Aun a pesar de reacciones como el fallo de la justicia estadounidense contra Meta, este primer cuarto de siglo quizá sea recordado como el tiempo en que el poder encarnado en las viejas instituciones de la democracia se fue apagando para dar paso al poder omnímodo de la tecnología. Quienes están detrás de ellas podrían acabar instalando el imperio de los algoritmos con consecuencias graves. Harari no tiene la bola de cristal, pero conviene escucharlo.
Para recuperarse y hacer frente a la crisis, muchas de las instituciones que nos representan y que en teoría velan por nuestros derechos deberían empezar por reconocer la responsabilidad que les cabe en la construcción de su propio descrédito, en el que no pocas de ellas siguen empeñadas.
¿Cómo creer en una Justicia que desde la cúpula busca el modo de dejar impunes chanchullos que la ciudadanía conoce con pelos y señales mediante el trabajo del periodismo o de fiscales que honran su cargo? ¿Cómo calificar a jueces que absuelven a corruptos que roban a mansalva a través de maniobras delictivas que han quedado a la vista de todos?
¿Cómo rescatar de la irrelevancia a la ONU cuando Rusia, un país que ha invadido a otro e iniciado una guerra que amenaza a toda Europa, no solo participa de la elección del nuevo secretario general del organismo, sino que tiene poder de veto? Veámoslo así: si yo invito a cenar a un grupo de amigos y uno de ellos entra a la casa de otro, rompe todo y le propina una paliza que lo deja al borde de la muerte, ¿quito el plato de la mesa o lo recibo como si nada hubiera pasado? Quienes conocen los juegos de la diplomacia dirán que es mejor tener a Putin adentro que afuera. Aunque tengan razón, ¿cómo se mide el costo del descrédito?
Necesitamos a las instituciones. Pero, si no actúan como factores de cambio y de mejoras para la gente, acaso estén destinadas a desaparecer. La historia es cruel. La crisis civilizatoria que precipitó la tecnología las encuentra débiles, con la guardia baja, en decadencia, y es tan profunda que pone en riesgo incluso la continuidad de su propia existencia. Y la de todos, en la peor de las hipótesis de Harari.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-ia-ante-el-descredito-de-las-instituciones-nid05092026/